80. Déjame fuera, con la basura
DÉJAME FUERA, CON LA BASURA
Joey
El sonido de mi propio pulso retumbándome en los oídos fue el primer indicio de que no estaba muerto. El segundo fue la voz de mi hermana.
—¿Shan?
La oía. Sentía sus manos en mi cara. Su aliento en mi mejilla. Pero… Joder, no era capaz de centrarme.
—¿Qué te has metido? —Volvía a oír su voz junto a mi oído—. Sé que estás borracho, y he notado que hueles a hierba, pero hay más, ¿no? ¿Qué ha sido? ¿Qué te han dado?
No podía contestarle. Porque no recordaba lo que me había metido. Ni siquiera sabía dónde estaba. Mierda, ni siquiera parecía que me funcionaran los labios.
Estaba con la bajona de después del colocón y descendía a todo trapo. Entre violentos temblores, intenté hacerme un ovillo y morir. Tal vez si aguantaba la respiración, el dolor desaparecería. Mi corazón se daría por vencido.
—Lo siento —murmuré con una mueca de dolor cuando su decepción cayó sobre mí como balazos verbales—. Por favor, no me odies.
Escupiendo vómito y bilis, luché contra las náuseas que atacaban mis sentidos mientras trataba por todos los medios de sobrevivir a la agonizante sensación de ardor que recorría mi organismo.
«No me odies».
«Me odio».
«Me odio».
«Me odio».
A medida que se disipaba la niebla de mi mente y poco a poco comenzaba a percibir lo que había a mi alrededor, me di cuenta de que estaba en pelotas en el cuarto de Johnny Kavanagh con el rarito de su flanker sacándome de la ducha.
—¡No me toques, hostia! —gruñí mientras me apartaba de él tambaleándome, solo para acabar desplomado sobre mi culo.
Me hablaban, y hasta me gritaban, joder, pero yo no era capaz de entender una sola palabra. Sabía que les respondía porque movía los labios, pero no tenía ni puta idea de lo que salía de mi boca. Estaba en una situación vulnerable, tan trastornado que no era capaz de controlar lo que decía.
Todo era muy intenso.
Todo dolía.
Con el cuerpo sacudido por los temblores, intenté controlar la respiración mientras poco a poco me iban llegando flashbacks de las dos semanas anteriores.
«Papá».
«Shannon».
«Molloy».
«Mamá».
«¡Darren!».
«Shane».
«Dolor».
«Dolor».
«Puto dolor».
Aguantándome las ganas de gritar, me agarré la cabeza con las manos en un intento de que la habitación dejara de dar vueltas.
El dolor que sentía entre los ojos era tan fuerte que pensaba que me iba a desmayar.
Oía al dublinés poniéndome a parir, hablándome con desprecio, como si fuera un pedazo de mierda, y tenía razón. Sin duda, lo era.
«Este tío quiere a tu hermana —me decía mi cerebro a través de la niebla y el síndrome de abstinencia—. Ya no está sola».
Confuso, traté de relacionar todo lo que decía con los acontecimientos que habían tenido lugar, pero la puta cabeza no me daba para tanto. Mi lengua escupía veneno y le contaba demasiados secretos familiares a ese tío, pero yo ya no tenía el control. Me había perdido por el camino.
Lo único que recordaba era a Shannon tirada en el suelo de la cocina y la sangre que le salía de la boca.
Había sido un inútil.
Un puto paquete.
No había hecho una mierda por protegerla.
Le había fallado a mi hermana.
Otra vez.
Y luego la cara de Molloy se iluminó como una señal de neón en un primer plano de mi mente. La culpa y el dolor que sentí al pensar en ella anegaron todo lo demás. La oscuridad que siempre sentía en mi interior no era nada comparada con el eterno pozo de noche en el que me encontraba.
Quería salir.
Necesitaba salir.
Ya no podía aguantarlo más.
—¿Puedo ayudar? —La voz de Kavanagh atravesó mis aterrados pensamientos—. ¿Puedo hacer algo por ti?
—Sí, déjame algo de ropa.
Necesitaba salir de ese lugar, joder. Agarrándome al lavamanos que tenía al lado, me obligué a ponerme de nuevo en pie.
Sin decir una palabra, Kavanagh salió del baño y regresó poco después con un montón de ropa, que me lanzó desde la puerta. Aturdido, la revolví y enseguida me enfundé unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca por la cabeza. La ropa me agobiaba, pero me importaba una mierda.
Tenía un frío de la hostia.
Me calaba hasta los huesos.
Temblando, salí del baño y me metí en una habitación en la que cabría toda la planta baja de mi casa.
—Gracias por la ropa —logré enunciar con coherencia antes de preguntar—: ¿Tienes algún teléfono que pueda usar?
Oí el titubeo en su voz al preguntar:
—¿Por qué?
—Porque tengo que llamar a mi novia.
El recelo le titilaba en los ojos.
—¿A tu novia?
—Sí, a mi novia —solté conteniéndome para no perder la paciencia con él, con todo lo que me había ayudado—. ¿Puedo usar tu teléfono o no?
—No hace falta que te vayas —dijo Kavanagh poniéndome un móvil en las manos—. Te puedes quedar, tío. Todo el tiempo que necesites.
No, no podía
Tenía que largarme.
Mi padre seguía por ahí fuera.
¿Y Molloy?
Madre de Dios, había pasado de ella.
—Joder, venga ya… —solté al ver que mis manos no cooperaban y los dedos no querían pulsar los putos botones.
—¿Cuál es su número? —preguntó cogiendo el teléfono—. Dilo en voz alta y te lo marco.
Dejé escapar un agónico suspiro y me esforcé por echarle un buen vistazo al imponente chaval que tenía delante. Yo no confiaba en él, pero estaba claro que Shannon sí, lo que me parecía extraño. Me hacía dudar de mis instintos.
Johnny Kavanagh se encontraba en el mismísimo centro de toda mi mierda familiar y no se iba corriendo. Había algo en él que me recordaba a Molloy y eso me hizo fruncir el ceño.
—Advertí a mi hermana sobre ti, ¿sabes? —me oí decir con el entrecejo arrugado mientras trataba de enfocar la vista—. Le dije que te largarías. —Con una mueca derivada del dolor que sentía en el cráneo, sacudí la cabeza y me centré en él—. Que no se hiciera ilusiones contigo.
No reaccionó.
Tampoco parecía sorprendido por mis declaraciones.
Simplemente, me preguntó:
—¿Cuál es su número?
Presionándome la frente con la parte baja de la mano, recité el número de teléfono que tenía memorizado desde primero, el único que guardaba en mi mente, antes de decir:
—No la decepciones. —Tratando de mantenerme recto, lo miré a los ojos y le espeté—: No sé qué estás haciendo aquí, Kavanagh, pero no jodas a mi hermana.
Tecleó el número en su teléfono antes de devolvérmelo. Con los ojos llenos de una emoción incontenible y un tono cargado de sinceridad, me miró fijamente y juró:
—No lo haré.