Rey de la gula (Pecados 6) 79. ¿Te sientes segura?
58%

79. ¿Te sientes segura?

¿TE SIENTES SEGURA?

Aoife

Tenía el corazón desbocado, y cada una de las gotas de sangre que parecía poseer había decidido precipitarse hacia mis mejillas. Odiaba que me pesaran. Odiaba aún más estar ahí. Pero lo peor de todo aquel calvario era tener que hacerlo sola.

Hacía ocho días que Joey se había escaqueado y yo había llegado a mi límite.

—Eres una chica muy alta, ¿eh? Por encima de un metro setenta y cinco —musitó la comadrona distrayéndome de mi colapso interior—. ¿Es alto el padre del bebé?

—Eh… Sí —contesté bajándome de la báscula y volviendo a ponerme las zapatillas—. Mide alrededor de un metro ochenta y cinco.

—Entonces llevarás un bebé bien alto en los brazos. —Soltó una risilla y anotó algo en la carpeta roja que me habían dado en la recepción—. Bueno, ya has entregado la muestra de orina y te han hecho los análisis de sangre, así que ¿por qué no nos sentamos y repasamos tu historial médico?

—Vale.

—¿Nos va a acompañar el padre del bebé?

—Eh… No… Él… Eh… —Con voz entrecortada, me hundí en la silla antes de añadir—: Le hubiera encantado venir, pero no ha podido dejar su puesto de trabajo.

La mentira se deslizó por mi lengua y se unió al resto de las mentiras que había contado la semana anterior para explicarle la ausencia de mi novio a la gente de mi entorno. Porque decir la verdad quedaba descartado.

Solo había podido contarle el secreto a Casey.

—No te preocupes —respondió la comadrona sentándose frente a mí—. Puedes contestar tú todas las preguntas que sepas sobre el historial familiar de tu pareja y, si luego él tiene algo que añadir, podrá hacerlo cuando quiera.

—Vale. —Junté las manos sobre el regazo, asentí y forcé una sonrisa—. Adelante.

—¿Primer día de tu último ciclo menstrual?

—El 14 de diciembre.

—¿Y cuántos días te dura el ciclo?

—Entre veintiocho y treinta y cinco días, normalmente.

—¿Tiene tu pareja o algún miembro de la familia antecedentes de diabetes, hipertensión, cardiopatías, trastornos autoinmunes, epilepsia o cualquier otra enfermedad grave que no haya mencionado?

—Eh… No… —Me aclaré bruscamente la garganta—. Que yo sepa.

—¿Algún miembro de tu familia o de la familia de tu pareja tiene síndrome de Down, distrofia muscular, espina bífida o cualquier otra enfermedad genética grave que no haya mencionado?

—No —exhalé con el corazón palpitante—. Nada.

—¿Antecedentes de gemelos?

—Yo soy melliza —contesté—. Tengo un hermano mellizo. La tía de mi madre tiene dos pares de mellizos. Eso es todo, que yo sepa.

—¿Hay alergias en tu familia o en la de tu pareja?

—Tengo intolerancia a las tonterías, ¿eso cuenta?

Sonrió.

—No, eso está bien.

Me encogí de hombros; la cara me ardía.

—Vale.

—¿Algún aborto recurrente o muerte del feto en el parto en la familia?

—No, al menos en la mía.

—¿Y en la de tu pareja?

—Bueno, su madre perdió un bebé en las últimas etapas de su último embarazo.

Los ojos de la comadrona parpadearon con compasión.

—Siento oír eso. ¿Sabes por casualidad cuál fue la causa?

—Creo que tuvo un desprendimiento de placenta —logré decir, nerviosa—. No estoy muy segura. Ha tenido muchos niños. Diría que ese iba a ser el séptimo.

La comadrona arqueó las cejas con cara de sorpresa.

—¿Y tu pareja? Él es el número…

—Dos —dije completando la frase—. Es el segundo hijo.

—Una familia grande.

«Una familia de mierda».

—Sí.

—Parejas sexuales…

—Solo he estado con él —la interrumpí—. Llevamos juntos desde quinto, pero somos amigos desde primero.

Me sonrió con calidez.

—¿Y tu pareja?

—Bueno, él ha tenido otras parejas sexuales, pero desde que estamos juntos solo ha estado conmigo.

—Ajá. ¿Y fumas?

—No.

—¿Tu pareja fuma?

—Eh… Sí.

—¿Y tu consumo de alcohol?

—Tengo dieciocho —repuse encogiendo los hombros—. Cuando salía, lo daba todo.

—¿Y durante el embarazo?

—No, por Dios —farfullé—. No bebería a propósito estando embarazada.

—¿Y el padre del bebé?

—No. —Me empezaron a sudar las manos—. No es muy bebedor.

—¿Qué me dices de los métodos anticonceptivos?

—Yo tomaba la píldora —le expliqué—. Obviamente, dejé de hacerlo en cuanto me enteré.

—¿Usáis preservativo?

—No.

—¿Tomas alguna vitamina o suplemento?

—He estado tomando ácido fólico y un multivitamínico para el embarazo que compró mi madre en la farmacia.

—¿Qué me dices del consumo recreativo de drogas?

«Ay, Dios, allá vamos».

—Nunca en la vida me he tomado nada más fuerte que un paracetamol.

—Ajá —murmuró anotando todo lo que le decía en mi carpeta—. ¿Y tu pareja?

Me asaltaron las dudas.

—Aoife, no estoy aquí para juzgarte —dijo al percatarse de mi reticencia—. Todo lo que pregunto es por el bien de tu bebé. —Su mirada reflejaba calidez y bondad cuando dijo—: Es información confidencial.

—Él está bien —musité con el corazón martilleándome salvajemente en el pecho—. O sea… Tonteó un poco con esas cosas, pero ahora está bien.

—¿Y con qué cosas tonteó?

Me encogí de hombros, incapaz de lograr que mi voz obedeciera porque hablar implicaba traicionarlo, y todas las fibras de mi corazón se negaban en redondo.

—Aoife, si hay algún patrón de consumo de drogas en el historial de… —Hizo una pausa para escudriñar sus notas antes de añadir—: Joey, esa información es importante para tu futuro bebé.

—Algo de hierba —dije por fin tras decidir que esa droga era el mal menor en este caso—. Pero, como le he dicho, ahora está bien.

—Vale. —Dejó la carpeta en la silla que tenía al lado, se inclinó hacia delante y puso los codos sobre las rodillas—. Voy a hacerte algunas preguntas y quiero que seas del todo transparente conmigo.

—Vale.

—¿Tiene tu pareja antecedentes de consumo de alcohol u otras sustancias?

—No, ya le he dicho que no es muy bebedor.

—Aparte de la marihuana, ¿consume tu pareja otras sustancias ilegales? —insistió—. ¿Sustancias que podrían ser un peligro para ti?

—¿Como cuáles?

—¿Se droga por vía intravenosa, por ejemplo?

—No —musité con voz agitada—. O sea, ya no.

—¿Ya no?

—Solía hacerlo.

—De acuerdo. —Sus ojos se llenaron de preocupación—. ¿Y ha sido tu pareja alguna vez violento contigo?

—¿Qué? —exclamé indignada—. No.

—¿Te ha hecho daño o te ha provocado dolor físico?

—Es la misma pregunta —espeté—. Y la respuesta sigue siendo no. Nunca me ha puesto ni un dedo encima y nunca lo haría.

—¿Te sientes en peligro?

—No, por Dios —le solté rebotando las rodillas con ansiedad—. Él no me tocaría ni un pelo.

—Vale. —Se acercó y me apretó la rodilla en señal de apoyo—. No quiero que te pongas nerviosa, y esto es algo puramente protocolario en el hospital, pero vamos a tener que enviar un análisis de sangre más exhaustivo.

—¿Para qué?

—Para eliminar potenciales enfermedades de transmisión sexual que no hayan sido detectadas en tu análisis anterior.

—¿Por qué? —pregunté—. Joey y yo solo estamos el uno con el otro.

—Muchas veces, los consumidores de drogas suelen utilizar agujas infectadas.

Por no mencionar la falta de inhibición que tienen cuando se encuentran bajo los efectos de las sustancias.

No es raro que las mujeres embarazadas en circunstancias similares presenten enfermedades de transmisión sexual, incluso cuando solo han estado con su pareja.

Por eso, no me cansaré de insistir en lo importante que es que te protejas durante el coito.

—No es ningún guarro —afirmé con voz ahogada y totalmente confundida a causa de la información que estaba recibiendo—. Es un chico estupendo. Listo y responsable, va al instituto y tiene un trabajo. Es un hurler de Cork, por el amor de Dios.

—Tenemos disponible un servicio en el hospital para madres jóvenes que creo que podría ayudarte mucho…

—No, gracias. —Moví la cabeza hacia los lados—. No lo necesito.

—Voy a derivarte allí de todos modos y haré que algún miembro del equipo se ponga en contacto contigo cuando llegue el momento.

—Ignorando mis deseos, la comadrona alcanzó la carpeta y continuó realizando anotaciones antes de levantarse y desplazarse hasta la puerta—.

Necesito que esperes aquí, Aoife. No tardaré mucho.

Ay, Dios.

La cosa no pintaba bien.

No pintaba bien en absoluto.

Me saqué el teléfono del bolsillo, marqué rápidamente el único número que sabía que siempre iba a contestarme y me puse el aparato en la oreja.

—Aoife, cariño, ¿estás bien?

—Mamá. ¿Puedes venir al hospital? —Cerré con fuerza los ojos, dejé ir una exhalación entrecortada y luego susurré—: Te necesito de verdad.