Rey de la gula (Pecados 6) 76. La lista de desaparecidos
56%

76. La lista de desaparecidos

LA LISTA DE DESAPARECIDOS

Aoife

Después de buscar a Joey por todo el hospital y no encontrarlo, llamé a nuestros amigos para que vinieran a recogerme, porque necesitaba cuerpos sobre el terreno que me ayudaran a dar con él antes de que se hiciera daño.

Aoife: Dime que estás bien. Por favor. Me estoy volviendo loca.

Aoife: ¡¡¡CONTESTA EL TELÉFONO, GILIPOLLAS!!!

Aoife: ¿Cómo te atreves a desaparecer? ¡Mierda, Joe!

¡Llámame, joder!

Aoife: ¿Dónde estás? Venga, Joey, por favor.

—Lo encontraremos. —Podge intentó calmarme mientras permanecía sentada en el asiento del copiloto de su Ford Fiesta con todo el cuerpo temblando por los escalofríos durante la vuelta a Ballylaggin—. Solo han pasado un par de horas desde que salió del hospital, Aoife.

—Exacto —ratificaron Alec y Casey desde el asiento de atrás—. No puede haber ido muy lejos.

—No lo entendéis —dije sofocada haciendo rebotar con ansia las rodillas mientras intentaba llamarlo a su teléfono por millonésima vez, solo para volver a oír el buzón de voz—. No está en sus cabales.

Su hermana se encontraba en una cama de hospital con un pulmón colapsado.

Él estaba demasiado herido como para andar dando tumbos por las calles, pero eso era justo lo que estaba sucediendo.

En el fondo de mi corazón, sabía que había un noventa y nueve por ciento de probabilidades de que hubiera hecho una locura.

Esperaba con todas mis fuerzas estar equivocada, pero el miedo seguía enconado en mi interior.

—¿Y qué? Lynchy nunca ha estado muy fino —opinó Alec—. Igual se tira el ochenta por ciento del tiempo fuera de sí y eso nunca le ha impedido cuidarse.

—No estás ayudando, Al —gruñó Casey.

—Tiene una conmoción cerebral —dije alterada retirándome el pelo de la cara—. Una muy chunga, y la cabeza le ha quedado destrozada. No debería estar fuera de la cama, y menos aún deambulando solo por ahí.

—No hagas eso aquí —soltó Casey y, cuando me giré, vi que le daba un manotazo al cigarrillo apagado que Alec llevaba en la mano—. Está embarazada, imbécil.

—Mierda, es verdad. —Rebuscó el cigarro por el suelo del coche—. Perdona, Piernas Sexis.

—¿Me puedes dejar en la urbanización Elk? —le pregunté a Podge—. Comprobaré si está en su casa y hablaré con sus vecinos.

—Sin problema —contestó Podge—. Yo iré hasta las instalaciones de la asociación de hurling y buscaré por allí.

—Vale, y yo miraré en el Biddies —propuso Casey.

—Voy contigo —intervino Alec.

—No, Al, tú tienes que ir al cuchitril de Shane Holland —lo interrumpió Podge—. Mira a ver si Joey ha estado allí.

—¿Qué? Ni de coña —protestó Alec con vehemencia—. Ese cabrón es un psicópata. Hay tantas posibilidades de que me apuñale como de que hable conmigo.

—Venga, Al.

—¿Por qué yo?

—Porque tú eres… Bueno, tú eres tú —estableció Podge—. Venga. Sabes que Lynchy lo haría por ti.

—Vale —resopló—. ¡Pero, si me pasa algo, será culpa tuya, Pelo Púbico Pelirrojo!

Casey: No está en el Biddies, cariño.

Podge: Ni rastro de él en el pabellón.

Alec: En casa del psicópata no hay nadie.

Inquieta, respondí con dos palabras y le di a Enviar antes de meterme el teléfono otra vez en el bolsillo.

Aoife: Seguid buscando.

El aire nocturno me azotaba la cara frente a la puerta principal de la casa de los Lynch mientras yo golpeaba sin descanso con el puño sobre el panel esmerilado.

—¿Qué has hecho? —pregunté cuando Darren por fin abrió la puerta—. ¿Qué le has dicho?

—Quizá deberías calmarte…

—No me toques las narices, Darren.

Furiosa, lo empujé para abrirme paso y entré en la casa; no estaba dispuesta a tolerar las mierdas de nadie, sobre todo estando Joey al borde del abismo, como yo sabía que estaba.

—Tú —solté al irrumpir en la cocina y encontrarme de frente con la mujer que lo había traído al mundo—. Siempre tú.

—Aoife… —Marie abrió los ojos como platos—. ¿De qué hablas?

—¡Tu hijo se ha ido!

—¿Qué quieres decir? —preguntó Darren uniéndose a nosotras en la cocina—. ¿Se ha ido del hospital?

—Sí, se ha ido del hospital —espeté—. Ha hecho que le den el alta y quiero saber qué coño le habéis dicho.

—No tenía por qué hacer eso —sollozó Marie hundiéndose en su silla de fumar en la mesa—. Ay, Darren…

—¿Qué le has dicho esta vez, eh? —dije con desdén y los brazos en jarras centrando mi atención en ella—. Y ni se te ocurra soltarme ningún rollo, porque sé que esto es culpa vuestra. Puede que tu pose de pobrecita te funcione con tus hijos, pero yo te tengo calada, Marie.

—Hace un rato se presentó en la habitación de Shannon en el hospital. —Mirándome con recelo, Darren añadió—: Hablamos, nos dijimos algunas cosas y se fue cabreado. Supuse que había vuelto a su cama.

—¿Que os dijisteis algunas cosas? —rugí notando cómo la temperatura me subía a la vez que la ansiedad—. ¿Qué tipo de cosas?

—Tiene un problema de actitud importante.

—¡Pues claro! —contesté con desprecio alzando las manos—. ¿Cómo quieres que esté? No sabes con lo que ha tenido que lidiar estos últimos seis años.

—Te estás pasando, Aoife.

—¿Qué le has dicho? —presioné—. ¡Algo lo ha llevado al límite y quiero saber qué ha sido!

—Sé que tienes buenas intenciones, pero no tengo por qué darte explicaciones.

—Ya, bueno, dáselas a tu conciencia —repliqué temblando—. ¡Porque si le pasa algo habrá sido por tu culpa!

—Vamos a dejarnos de gilipolleces. Solo hay un motivo por el que Joey ha hecho que le dieran el alta en el hospital —se apresuró a contraponer Darren—. Va en busca de su próxima dosis.

—Cállate —le advertí levantando una mano—. Cierra la puta boca.

—Es un adicto, Aoife, y eso no es culpa mía.

—No es tan fácil, Darren —me oí decir con voz sofocada—. No nació siendo un adicto. Él no es así. Sus problemas de adicción se derivan directamente de llevar dieciocho años en este infierno de casa, con esas terribles personas a las que por desgracia ambos tenéis que llamar padres.

—¡Para ya, Aoife!

—Y tú no me tires de la lengua, Marie. No te mereces llamarlo hijo —gruñí dándome la vuelta para mirar a su madre—.

¡Nunca has merecido su amor y nunca lo merecerás!

—Parpadeé para enjugarme las lágrimas y cargué mi dolor contra la mujer que le había creado tanta confusión a mi novio—.

Todo el mundo piensa que tu marido es el progenitor que lo maltrata, pero yo he visto lo que le haces a tu hijo.

—Me di un golpecito con la mano en la sien; estaba furibunda—.

Sé cómo eres, Marie. A mí no me engañas.

—No le hables así a mi madre —me advirtió Darren colocándose delante de ella para defenderla—. O hablas civilizadamente o te vas.

—Eres ridícula —continué, señalándola con el dedo—. Llevas años comiéndole la cabeza a Joey, cambiando su forma de pensar y cargándote su confianza. Convenciéndolo de que es la reencarnación de su padre. ¡De que es peligroso, una carga, una decepción!

—¡Cómo te atreves!

—Sí, sé lo que has hecho con él —dije con desdén sin el menor rubor—.

Y puedes esconder la cabeza bajo tierra cuanto quieras, pero aquí la maltratadora psicológica eres tú.

Lo has destruido, Marie. Le has causado más daño a Joey con tus palabras que su padre con los puños.

¡Eres una zorra que le ha hecho dudar de su propia cordura!

—Mira quién fue a hablar.

—Lo único que yo he hecho siempre ha sido querer a tu hijo.

—¡Demasiado! —gritó estallando contra mí mientras se agarraba la cabeza con las manos—.

¡Si quieres echarle algo en cara a la persona que le ha jodido la vida a mi hijo, solo tienes que mirarte en un espejo!

Porque la que se está cargando su futuro eres tú, Aoife.

¡Eres tú la que va a endosarle un bebé que él no quiere tener!

—No tienes ni idea de lo que dices —respondí en un hilo de voz como si me hubiera clavado un atizador al rojo vivo en el pecho con sus palabras—. Él quiere ese bebé.

—¡Quiere hacerte feliz! —me vociferó en la cara—. No es lo mismo que querer ser padre.

—Dime una cosa —decidió intervenir Darren—. Si sabías que mi hermano estaba tan mal, ¿por qué no intentaste protegerlo?

—Que te follen, Darren —le espeté—. No sabes nada de ninguno de nosotros dos.

—Sé que mi hermano no está bien —repuso con calma—. Y tú también lo sabes. Entonces ¿por qué cojones lo engañaste para ser padre?

—Yo no lo engañé. —Me puse rígida y sentí que se me erizaba el vello y el corazón se me partía con la primera inhalación—. Ni que lo hubiera hecho a propósito…

—Ah, ¿no ha sido así?

Se me heló la sangre.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Venga ya, Aoife. —Me miró con severidad al preguntar—: Es un tío atractivo. ¿Cuántas de las veces en que lo has dejado entrar en tu cuerpo estaba fuera de sí?

—¿Perdón?

—Oye. —Levantó las manos—. Si quieres venir como una apisonadora a esta casa, armada hasta los dientes, y echarnos la culpa de la crisis de Joey, por mi parte estaré encantado de ponerte un espejo delante.

—Yo nunca le haría daño a Joey —me oí decir negándome a retroceder ante aquella manipulación emocional. Puede que esa mierda surtiera efecto con sus hermanos, pero conmigo no—. Lo quiero.

—No, yo lo quiero, Aoife —argumentó con vehemencia—. Así que no te equivoques cuando te digo que estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para protegerlo.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Digo que, si quieres a mi hermano tanto como dices, entonces harás lo mejor para él y harás que desaparezca el problema.

—¿Con «el problema» te refieres a tu sobrina o sobrino?

—No nos pasemos de dramáticos poniéndole etiquetas a un feto —contestó ecuánime—. Mira, mi madre me ha dicho que no vienes de una familia adinerada. Si lo que pasa es que no puedes pagarte el viaje a Inglaterra, yo estoy más que dispuesto a ocuparme de la parte económica.

—Piénsatelo, Aoife. —Marie metió baza, con tono desesperado, mientras me suplicaba—: Si no quieres darle prioridad a tu propio futuro, dásela al de mi hijo.

—Joder, no me lo puedo creer. —Ahogando una irónica carcajada, me limpié una lágrima de forma brusca—. Cada vez que pienso que no podéis caer más bajo, vais y os superáis.

—Aoife, sé razonable.

—Estoy siendo razonable —solté fulminando a Darren con la mirada—. ¿Te das cuenta de que a Joey lo mataría saber que me has ofrecido eso? Lo entiendes, ¿verdad? Esto no es más que otra traición que añadir a la larga lista.

—No estoy traicionando a mi hermano —razonó—. Intento protegerlo. Y, a mi modo de ver, solo saldrá herido si tú te vas de la lengua. En ese caso, serías tú la que lo destrozaría, Aoife, no yo.

Me tenía contra la espada y la pared, y lo sabía.

«Cabronazo».

—Ya, bueno, vamos a quedarnos al bebé —solté notando cómo mi mano bajaba hasta mi vientre ligeramente abultado mientras me invadía una oleada de instinto maternal—. Está todo hablado. Ya hemos tomado la decisión.

—Querrás decir que tú has tomado la decisión.

—No, quiero decir que la hemos tomado entre los dos —repliqué decidida a no dar un paso atrás ni a dejarme comprar por ese gilipollas—. Y absolutamente nada de lo que digáis ninguno de vosotros va a cambiar eso. No podéis pagarme ni sobornarme porque no me voy a ir.

—Entonces le vas a arruinar la vida.

—Al menos lo arruinará el amor y no el dolor.