75. Vuelvo con él
VUELVO CON ÉL
Aoife
—¿Cómo te encuentras, cariño? —me preguntó mi madre esa misma tarde cuando entré en la cocina recién duchada y sintiéndome como algo que Spud había cagado.
—No preguntes —farfullé de camino a la lavadora para dejar la toalla—. No creo que puedas quitarles las manchas —añadí levantando mis vaqueros y mi sudadera, que estaban llenos de sangre—. ¿Crees que debería tirarlos?
—Por Dios bendito. —Mamá dejó la plancha y se cubrió la boca con la mano; tenía los ojos llorosos—. Sí, tíralos, mi amor. La semana que viene iremos a comprarte unos nuevos.
—No quiero ir de compras, mamá —respondí con un suspiro cansado mientras me dejaba caer sobre una de las sillas de la mesa de la cocina—. Lo único que quiero es que la Gardaí encuentre a ese hijo de puta, lo encierre y tire la puta llave.
—¿Cómo está Joey?
—Destrozado. —No podía ocultar el dolor en mi voz—. Tanto física como mentalmente.
—Ay, Aoife, cariño…
—Nunca me quitaré de la cabeza esa imagen de Shannon y Joey en el suelo de la cocina.
—Me lo imagino.
—No, mamá —dije negando con la cabeza—. No te lo imaginas y deberías estar agradecida por ello.
—Aoife, ¿tú cómo estás?
—Como si me hubieran hecho papilla el corazón y lo hubieran puesto en una camilla de urgencias.
—Cariño…
—Odio a sus padres, mamá. —Con los ojos ardiendo entre lágrimas, dejé caer la cabeza entre las manos y reprimí un gruñido—. Odio a esos putos monstruos.
—Mi amor, ya sé que estás disgustada. —Se acercó a mí y me puso una mano en el hombro—. Pero tienes que mantener la calma y cuidarte. Llevas un bebé en el vientre. No puedes alterarte.
—¿Alterarme? —Se me rompió la voz—. Mamá, joder, estoy desolada.
—Ya lo sé. —Me envolvió entre sus brazos y me atrajo hacia su pecho—. Ya lo sé, cariño.
—Es mi mejor amigo —sollocé girándome en la silla para abrazarla—.
Olvídate de la parte romántica y toda esa mierda.
Es mi amigo más cercano de todo el planeta y esto me está matando.
—Sorbiéndome la nariz, agarré su jersey y me dejé caer contra ella—.
No entiendes lo mucho que me duele verlo pasar por todo eso y sentirme completamente inútil.
—No eres inútil, mi amor —dijo mi madre tratando de calmarme y estrechándome entre sus brazos—. Eres como un chaleco salvavidas para ese chico, por así decirlo.
—No es verdad.
—Claro que sí. Llevas años manteniéndolo a flote.
—Pero no es suficiente, mamá —contesté llorando con la voz rota—. No puedo seguir viéndolo sufrir. Tengo mucho miedo por él. No lo entiendes. Me paraliza. Estoy tan asustada de lo que pueda pasarle que apenas puedo respirar. Uno de estos días se hundirá, y yo no voy a poder volver a levantarlo.
El teléfono me sonó a todo volumen en el bolsillo. Ahogando un grito, me separé de mi madre, lo cogí y pulsé Aceptar de inmediato mientras me lo ponía en la oreja.
—¿Hola?
—Hola, ¿hablo con Aoife?
—Sí, soy yo.
—Hola, Aoife. Me llamo Stephie Hubbard. Soy la enfermera que se ocupa de Joey esta tarde.
—¿Está bien? —pregunté al borde del desmayo—. ¿Ha pasado algo?
—Se encuentra bien —me aseguró enseguida—. Estaba algo desorientado tras la visita de su madre y de su hermano, así que le dije que te llamaría. Tenemos una cama para él en la habitación de la planta de arriba, pero insiste en que quiere el alta.
—¿Su madre y su hermano siguen ahí?
—No, como estaba cada vez más angustiado, les pedí que se fueran.
—Bien. —El corazón me retumbaba dolorosamente en el pecho—. Dígale que voy de camino, ¿vale? Salgo para allá ahora mismo. Tardaré media hora.
—Ay, Aoife —sollozó mamá en cuanto colgué—. Ya sé que estás preocupada por Joey, todos lo estamos, pero yo también me preocupo por ti. ¿No podrías echarte un rato antes de volver al hospital? Por el bebé. Puedo ir yo al hospital a ver cómo está.
—No. —Negando con la cabeza, me levanté y endurecí las facciones—. Me vuelvo con él.
—Entonces le diré a tu padre que te lleve en coche —contestó mi madre con aire desmoralizado—. No estás en condiciones de conducir hasta la ciudad.
—¿Tienes saldo en el teléfono para llamarme después para que te lleve a casa? —preguntó papá un poco más tarde cuando aparcó en una plaza del aparcamiento del hospital—. ¿Llevas algunas monedas en el bolso por si te entra hambre o quieres un té?
—Tengo saldo, papá. —Me desabroché el cinturón de seguridad y me dispuse a abrir la puerta—. Y no necesito dinero. No tengo hambre.
—Aoife, espera. —Inclinándose sobre los asientos, mi padre cerró la puerta del coche—. Siéntate y hablemos un momento.
—¿De qué quieres hablar, papá? —repliqué atontada.
—¿Estás bien?
—No, no estoy bien —dije con voz ahogada—. ¿Cómo iba a estarlo cuando él…? —Un sollozo me rasgó el pecho—. Podría haber muerto, papá.
—Por Dios.
—La cara… —logré decir notando la familiar punzada de las cálidas lágrimas—. Apenas se lo reconoce.
—Pobre chaval.
—Y no sabes ni la mitad.
—Es un chico con problemas.
—Es un buen hombre.
—Nunca he dicho lo contrario.
—Ya basta, papá. —Llorando, miré a mi padre—. Ya sé que estás enfadado por lo del bebé, pero no seas duro con él. Es demasiado. Ya tiene demasiada mierda en su vida. Simplemente… trátalo bien.
—Aoife. —Los ojos de mi padre destilaban emoción cuando susurró—: Temo por ti.
—Y yo temo por él —repuse abriendo la puerta del coche y saliendo hacia el exterior—. Gracias por traerme, papá.
—¡Aoife, espera!
No esperé.
No podía.
Cerré la puerta del copiloto de la furgoneta de mi padre y caminé a toda prisa hacia la entrada del servicio de urgencias.
Parpadeé para enjugarme las lágrimas que quedaban y esbocé mi sonrisa más radiante cuando crucé la zona de triaje y me dirigí por el atestado corredor en dirección a los cubículos de admisión, sin detenerme hasta que llegué al box de Joey.
—Me han dicho que has estado dando problemas —bromeé apartando la cortina—. ¿Planeando la escapada, semental?
Mi sonrisa seguía en su sitio, pero el corazón se me cayó al suelo al ver la cama vacía.
La manta estaba tirada sobre la cama, mientras que la ropa y los zapatos habían desaparecido de la silla que había al lado.
Del soporte de suero colgaba una bolsa llena de líquido transparente y la vía que debía estar conectada al brazo de mi novio se encontraba en el suelo, goteando líquido transparente sobre un charquito.
Presa del pánico, miré como loca a mi alrededor buscando frenéticamente su cara en el abarrotado pasillo, aunque en el fondo sabía que la búsqueda era inútil.
Porque mi novio se había ido.
¿Esa cornisa de la que había intentado bajarle con tanta desesperación?
No me cabía la menor duda de que se había ido dando trompicones sobre ella.