Rey de la gula (Pecados 6) 74. Soy tu hermano
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74. Soy tu hermano

SOY TU HERMANO

Joey

—¿Dónde está? —pregunté en cuanto mi novia hubo desaparecido tras la puerta con millones de pensamientos arremolinándose en mi mente. Aunque mi corazón exigía muchas respuestas, era una pregunta la que sobresalía entre la neblina de las demás—: ¿Dónde está papá?

—La Gardaí no ha sido capaz de encontrarlo.

Claro que no. El viejo no iba a dejarse ver hasta el momento adecuado. Era más listo que el hambre. Sabía mejor que nadie cómo jugar con el sistema.

No quería que Molloy escuchara nada de esto. No quería que ese hombre contaminara su vida más de lo que ya lo había hecho.

—Lo encontrarán, Joey —continuó diciendo Darren. «O mintiendo, más bien»—. La Gardaí lo está buscando por el campo. No va a salirse con la suya. Esta vez no.

—Esta vez no —repetí sus palabras lentamente, desviando la mirada de Darren a mamá—. ¿Qué te hace pensar que esta vez va a ser diferente?

Habían estado en contacto todo este tiempo. En los últimos cinco años y medio no había intentado hablar conmigo ni una sola vez.

Pensé en Shannon y en cómo le afectaría que yo desapareciera durante cinco años y sentí un rechazo físico. Sería incapaz de dejarlos. El hecho de saber que él sí había podido, que lo había hecho, me hizo sentir tanto puto rencor que casi me ahogué en mi propio odio.

Entendía que había necesitado irse, como todos, pero eso no cambiaba la forma en que lo había hecho. Ahí estaba, yendo de puto salvador de los Lynch, y yo lo despreciaba por ello.

—Porque mamá está preparada para dejarlo. —El tono de Darren destilaba sinceridad, lo que indicaba que realmente se creía la mierda que soltaba por la boca—. Esta vez de verdad, Joe.

—No está preparada —contesté con rotundidad ignorando la forma en que mi madre asentía vigorosamente con la cabeza como un perro fiel—. No lo dejará hasta que él la meta en una caja, y eres imbécil si piensas lo contrario.

—Eso no es verdad, Joe —dijo tratando de convencerme mientras se acercaba hacia mí y ocupaba el espacio que había dejado libre mi novia—. He ido al juzgado. Ha habido una vista urgente y me han concedido una orden de alejamiento.

Palabras.

No eran más que palabras.

Las había oído ya un millón de veces.

Significaban tan poco ahora como siempre.

Mucho prometer y poco cumplir.

Todo gilipolleces.

—¿Y tú? —Me centré en el cabrón traidor al que llevaba sin ver desde la pubertad—. ¿De qué vas?

Darren frunció el ceño.

—¿Que de qué voy?

—¿Qué quieres? —pregunté sin mostrar ninguna emoción—. ¿Qué haces aquí?

—He vuelto para ayudar —contestó aclarándose con fuerza la garganta—. He venido por mi familia, Joe.

—Tu familia.

—Sí, mi familia. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Te he echado mucho de menos, chaval.

Había acumulado tanto resentimiento en mi interior que la verdad es que me daba miedo abrir la boca por miedo a lo que se me pudiera escapar. Menos mal que iba medicado a más no poder, si no igual me habría abalanzado sobre ese capullo.

—¿Has hablado con la Gardaí? —inquirió mamá sacándose un pañuelo de papel de la manga de la chaqueta de punto y limpiándose la nariz.

—¿Por qué?

—Porque creo que tendríamos que ajustar nuestras historias —respondió Darren por ella. Otro hombre respondiendo por ella. Otro puto jefe—. Deberíamos pensar cómo le planteamos esto a la Gardaí.

—No hay que ajustar ninguna historia —dije—.

No voy a mentir por ninguno de los dos. Nunca más.

Por lo que a mí respecta, ella es tan responsable como el viejo de lo que le ha pasado a Shannon.

Así que vosotros planteaos lo que cojones queráis, pero dejadme fuera de vuestras maquinaciones de mierda.

—Venga, Joe, ya sé que ahora estás dolido, pero no eres la única víctima. Mamá también lo es.

—¿He dicho yo que fuese una víctima?

—No, soy yo el que lo dice…

—Tú no sabes una mierda de mí —le solté interrumpiéndolo—. No sabes por lo que he pasado, así que no vengas aquí a poner palabras en mi boca y a plantarme una etiqueta en la frente. Se acabó. —Me giré hacia mi madre y me reafirmé en lo dicho—. Y contigo también se acabó.

Así era.

Lo decía en serio.

«Joder, lo decía muy en serio».

No iba a volver a darle la oportunidad de que me defraudara.

—Sé que has estado un tiempo yendo por el mal camino —tuvo el valor de decir Darren—. Y también sé que pronto tendremos a un pequeño Joey.

—Las buenas noticias vuelan —repuse con frialdad—. ¿Te enteraste en una de vuestras llamadas entre mami e hijo?

—Es la chica del muro, ¿verdad? A la que le echaste el ojo en primero.

—¿Qué cojones sabrás tú…? —gruñí apretando la mandíbula—. No estabas aquí cuando hice primero. Te habías largado, gilipollas.

—Recuerdo cómo reaccionaste al verla ese día.

—Bien por ti.

—¿La has dejado preñada estando todavía en el instituto, Joe? ¿En serio? —Su tono destilaba condescendencia cuando dijo—: ¡Hablando de seguir los pasos del viejo y repetir el puto ciclo!

—Ni se te ocurra darme lecciones, gilipollas —espeté decidido a no mostrar lo mucho que me habían herido sus palabras—. ¡Ni yo soy nuestro viejo ni ella es asunto tuyo, hostia!

—¿Y Shane Holland? —continuó retándome con una dura mirada—. ¿Tampoco es asunto mío? Por el amor de Dios, Joey, ¿qué te dije sobre juntarte con ese tío?

—Joder, Dar, no me acuerdo. —Me encogí de hombros—. ¿Cuánto hace que no hablamos? ¿Cinco años, seis?

—Joey… —suspiró hastiado—. Ya sabes por qué me tuve que ir.

—A mí no me vengas con esas —dije con aspereza—. No puedes volver como si nada y ponerte a dirigir el cotarro. No eres el patriarca de la familia, imbécil.

—¿Y tú sí?

—Lo he hecho lo mejor que he podido con las cartas que tenía —repliqué—. Así que no menosprecies mis decisiones. Al menos yo estaba aquí.

—Por favor, no os peleéis —suplicó mamá poniéndole una mano a Darren en el hombro—. Somos familia.

—No. Vosotros dos no sois mi familia —mascullé con voz grave—. Mi familia se acaba de ir.

—¿Qu-qué quieres decir?

—Joe, esa chica no es tu familia. Tu familia somos nosotros.

Ni me preocupé en contestarles. Tiré de los cables y los tubos conectados a mi cuerpo y me puse en pie tambaleándome.

—Joey, ¿qué haces?

—Shannon —gruñí mientras buscaba mi ropa en la pequeña estancia—. Aoife dijo que estaba en la planta de arriba. ¿En qué habitación?

—Joey, detente —lloriqueó mamá cuando me arranqué la aguja del brazo y fui a por mis vaqueros, que colgaban sobre el respaldo de la silla que había junto a la cama—. Túmbate y descansa. No deberías levantarte de la cama.

Me quité la bata del hospital y me quedé en calzoncillos, temblando y con la cabeza a punto de estallar, pero decidido a moverme porque la idea de estar ahí era impensable.

—Por Dios —oí que decía Darren con voz ahogada cuando me giré y me vio la espalda—. ¿Qué le ha hecho papá, mamá?

«Darren».

Puto Darren.

—Shannon —fue lo único que logré decir mientras la cabeza me daba vueltas y trataba de centrarme. Acostado no era para tanto, pero al ponerme en pie me quedé como embotado—. Tengo que ver a mi hermana.

—Joey, no te puedes ir.

—Vete a la mierda.

—Te tiene que dar el alta un doctor, y no estás en condiciones de ir a ningún sitio.

—He dicho que te vayas a la mierda.

—¡Joey, por favor!

—¿Dónde está mi hermana? —Mareado, metí las piernas torpemente en los vaqueros y me los subí por las caderas antes de coger la sudadera, todavía manchada de sangre—. ¿Dónde está Shannon?

No tenía ni puta idea de dónde estaba mi camiseta, pero en ese momento tampoco es que me importara. Solo quería salir de allí y alejarme de esa gente.

—No te vas a ir. —Dos manos me agarraron por los hombros y estuve a punto de perder la cabeza—. Acuéstate y descansa, ¿vale?

—Quítame las putas manos de encima —bramé apartándome de ese fantasma del pasado—. ¡No vuelvas a tocarme!

—Soy yo. —Levantando las manos en son de paz, Darren me observó con recelo—. Joe, sabes que nunca te haría daño. Lo sabes.

—No sé quién eres —le solté arrancándome las vendas del ojo, que no me dejaban ver con claridad ni protegerme—. ¡Ya no sé quién cojones eres!

—Joe. —La emoción se reflejó en sus ojos—. Soy tu hermano.

—Tú no eres mi hermano —gruñí justo antes de hacer una mueca cuando el dolor me atravesó los ojos.

Joder, las luces me hacían un daño de la hostia—.

Así que las manos quietas. Porque me la suda el cuerpo del que hayas salido, igualmente voy a…

—Tambaleándome hacia los lados, me sujeté contra la pared para mantener el equilibrio—. ¡Que me dejes en paz!

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la enfermera que llevaba cuidándome todo el día tras abrir la cortina—. Joseph, cariño, tienes que volver a la cama.

—No, tráeme los papeles que haya que firmar, porque me piro de aquí —contesté reclinándome con fuerza contra la pared mientras me calzaba las zapatillas—. Joder, ¿dónde están mis calcetines?

—¡Joey, no te puedes ir!

—¡Te he dicho que te vayas a la mierda! —Gesticulando por el dolor, me agarré la cabeza e intenté evitar que siguiera dando vueltas—. Tengo que ver a mi hermana. Asegurarme de que está bien.

—No es buena idea —afirmó la enfermera con tono persuasivo acercándose a mí—. ¿Por qué no le decimos a tu familia que se vaya a casa y nos sentamos a hablar un poco? Los dos solos.

—Me voy —espeté estremeciéndome de asco cuando me cogió el codo con su pequeña mano—. ¿Tengo que firmar algún formulario de alta o algo así?

—¿Por qué no avisamos a tu novia? —sugirió tratando de hacer que volviera a la cama—. ¿Eh? ¿Cómo se llamaba?

—Aoife.

—Eso. ¿Qué te parece si te metes en la cama y yo voy a avisar a Aoife? Ha dejado su número de teléfono en el puesto de enfermería. Tú descansa y yo me encargo de llamarla por ti, ¿vale?

—No, no, no —farfullé sacudiendo la cabeza cuando me invadió una oleada de confusión—. No la llames. Tiene que descansar. Tan solo ayúdame a salir de aquí.

—Joey, por favor, túmbate y descansa.

—¿Qué tal si le damos a Joey un poco de espacio? —oí que exigía la enfermera—. Buen chico. Cógeme la mano y todo irá bien.

—Joey, cariño, ¿estás bien?

—Mis ojos… —gemí parpadeando rápidamente al notar que la vista se me nublaba y no podía enfocar—. Les pasa algo…

—Te vas a sentir desorientado durante unos días —me explicó la enfermera mientras me devolvía a mi prisión—. Por eso tienes que descansar y dejar que te cuidemos, ¿vale?

—¿Se va a poner bien?

—Fuera —oí que ordenaba la enfermera—. Ahora mismo, por favor.

—Dígale que volveremos luego.

—Váyanse, por favor. O llamaré a seguridad.

—Mierda —gruñí sintiendo que me desmayaba—. No quiero verlos.

—No tienes por qué —dijo la enfermera—. Bueno, he hablado con la jefa de la tercera planta y arriba hay una cama disponible para ti. El celador vendrá enseguida para subirte.

—No quiero ir a la planta de arriba —balbuceé mientras me hundía en la cama—. Quiero ir a casa.

—Buen chico —dijo con voz persuasiva ahuecándome las almohadas de la espalda—. ¿Qué le has hecho a tu pobre brazo, eh?

Entre gemidos, me pasé una mano por los ojos e hice una mueca de dolor.

—Ni puta idea.

—Te voy a poner otra vía.

—No quiero ninguna vía —murmuré cerrando fuerte los ojos cuando la habitación empezó a dar vueltas—. Solo… quiero algo para el dolor.

—Vale. Ahora te lo traigo, Joseph —oí que contestaba—. ¿Dónde te duele más? ¿En la cabeza?

—No, aquí —susurré frotándome el pecho—. Es el peor de todos.

—¿En el corazón?

Asentí rígidamente con la cabeza.

—Vale, cielo —contestó la enfermera con suavidad—. Tú cierra los ojos y descansa un poco. Iré a buscarte algo para el dolor.