73. En las buenas y en las malas
EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS
Aoife
Habían pasado veinticuatro horas desde nuestra acelerada entrada a Urgencias; Joey con su hermana en brazos y yo pidiendo ayuda a gritos.
En honor a la verdad, la ayuda había llegado de inmediato, pero en cuanto se llevaron corriendo a Shannon en una camilla, rodeada por el trajín de los médicos y el personal de enfermería, Joey se desplomó abruptamente en el suelo de la sala de espera.
Decir que estaba aturdida sería quedarme corta si tratara de describir lo que sentía en esa silla junto a la cama de mi novio, detrás de una cortina azul pálido en medio de una sala de urgencias abarrotada, mientras esperábamos a que alguna cama quedara libre en el piso de arriba.
Lo que fuera que le hubieran dado para mitigarle el dolor unas horas antes lo había dejado fuera de combate, y yo me sentía aliviada.
Cuanto más durmiera, más tiempo estaría a salvo.
«Más tiempo estaría protegido del dolor que lo iba a devorar».
Porque, en el fondo, yo sabía que, una vez que se le pasara el efecto de la medicación y su pobre y maltrecho cerebro volviera a tomar consciencia de sí mismo, se levantaría y saldría de ahí.
Poco iba a importarle que necesitara descansar o que le hubieran dado una paliza despiadada.
Joey se iría directo a la cabecera de la cama de su hermana sin pensar en las consecuencias, ni en sí mismo.
Y después de visitarla a ella… No quería ni pensarlo.
Con los codos apoyados en su cama, seguí llorando y viéndolo dormir.
Apenas se le reconocía la cara bajo las gasas, los esparadrapos y los vendajes. Su ojo izquierdo quedaba oculto tras un apósito blanco y tenía vendado el puente de la nariz. Los moratones y la hinchazón alrededor del ojo derecho eran tan descomunales que resultaba difícil saber si estaba despierto.
Me mordí el labio, ahogué un sollozo y me incliné hacia él para apartarle el pelo de la frente, dejando a la vista más hematomas. Estaban por todas partes. Cada centímetro de su piel narraba una brutal historia de maltrato a manos de un monstruo.
Las marcas en carne viva que le había descubierto en la espalda la noche anterior mientras lo ayudaba a desvestirse me habían revuelto el estómago. No había manera de ocultar lo que le había ocurrido. El cinturón de su padre había dejado una profunda impronta en su piel.
Obligándome a ser fuerte por él, me quedé a su lado, determinada a no dejarlo solo más tiempo del que tardaba en sacar un té de la máquina expendedora. Mi madre me había llamado muchísimas veces, suplicándome que volviera a casa para ducharme y comer algo decente, pero no podía hacerlo.
No podía dejarlo.
Nunca lo haría.
La Gardaí había venido y se había ido, ya que mi novio no estaba en condiciones de hacer las declaraciones que buscaban. También habían hecho acto de presencia algunos asistentes sociales, un agente de la Gardaí del servicio de atención a las víctimas y muchas otras autoridades.
La tata Murphy se las había arreglado para conseguir mi número de teléfono y había llamado varias veces para preocuparse por su bisnieto y para que le diera algún que otro mensaje a Joey, pero eso era todo. Ella había sido la única.
No había vuelto a ver a Marie Lynch ni una sola vez desde que se lo llevaron en silla de ruedas a triaje. Entendía que Shannon no estaba bien, la tata me había dicho que había sufrido un colapso pulmonar, pero Joey también estaba herido, joder.
¡Por el amor de Dios, tenía tres fracturas en el cráneo! Era asombroso que el cerebro no se le hubiera hecho papilla. Ya lo había dicho el doctor: era un milagro que siguiera vivo.
—Molloy. —Soltando un gruñido de dolor, Joey cubrió mi mano con la suya y abrió el ojo bueno—. ¿Qué te he dicho sobre lo de llorar?
Sollozando, forcé una sonrisa y susurré:
—Hola, semental.
—Hola, reina. —Tenía la voz áspera y rota—. Bonitas piernas.
Ahogué un sollozo.
—Bonito todo.
—No llores por mí.
—No lo hago. —Me esforcé en sonreír aún más—. Vuelves a tener la nariz aplastada como una tortita.
—Hum… —exhaló con un bufido—. Vaya novedad.
—Me parece sexy. —Entre sollozos, acerqué su mano a mi boca y le besé todos y cada uno de sus magullados nudillos—. Le has pillado muy bien el punto al look de tipo duro malote.
—¿Cómo está mi bebé?
—Haciéndose.
—¿Y mi otro bebé?
—Estoy bien, Joe —dije—. Los dos estamos bien.
—Me alegro. —Su ojo parpadeó hasta cerrarse—. Necesito que estéis bien.
—Lo estoy, Joe.
—Los dos.
—Los dos lo estamos.
—Pues necesito que siga siendo así —murmuró apretándome la mano—. Es importante para mí.
Luchando desesperadamente contra la necesidad de subirme a la cama y abrazarlo, me levanté y me acerqué a él.
—Tú eres importantes para nosotros. —Reclinándome, le di un largo beso en la frente, que estaba húmeda y pegajosa—. Lo eres todo para nosotros.
—Quiero a ese bebé, reina.
Asentí mientras me sorbía la nariz.
—Lo sé, semental.
—Oí el latido de su corazón.
—Claro que sí.
—Está ahí de verdad.
—Ajá.
—Hemos hecho un bebé.
—Sí, Joe, así es.
—Tengo miedo.
—Ya lo sé. Es normal.
—¿Cuándo podré salir de aquí, Aoife?
—Los médicos quieren que te quedes unos días en observación —le expliqué rastreándole con los dedos las heridas de la cara—. Estamos esperando a que haya libre una cama en el piso de arriba.
—No —gruñó negando con la cabeza—. No, no, a la mierda. Me voy a casa.
—Tú te quedas aquí —le advertí cogiéndole la mano con la que iba a intentar sacarse la vía intravenosa—. Tienes una conmoción tremenda, Joe. El médico me lo ha explicado. Debes quedarte aquí, ¿vale?
—Tengo que ver a Shannon.
«Ya tardaba».
—Shannon está bien —dije tratando de calmarlo mientras me hundía en el borde de su cama y le sujetaba las manos sobre el pecho con ternura para evitar que se hiciera daño—. La están cuidando muy bien en la planta de arriba.
—Ya, pero necesita verme —intentó argumentar con voz tosca y quebradiza—. Tú no lo entiendes. Debo estar allí cuando se despierte. Va a estar asustada. No sabrá qué decir. He de ir a verla.
—Joe. —Le cogí la cara entre las manos, me incliné hacia él e hice que me mirara—.
Te juro que Shannon está bien. —Le di un suave beso en la comisura de la boca tratando de evitar los puntos que tenía en el abultado labio inferior y mentalmente le rogué que dejara de pensar en los demás—. Confías en mí, ¿verdad?
Asintió despacio con la cabeza.
—Vale. —Le acaricié el pelo y volví a darle un beso—. Entonces créeme cuando te digo que lo mejor que puedes hacer por Shan es descansar y ponerte bien.
—¿Joey? —La apesadumbrada voz de Marie nos llegó desde detrás de la cortina, y los dos nos pusimos tensos—. ¿Puedo hablar contigo?
—No, no, no —masculló cogiéndome la mano—. No puedo lidiar con ella ahora.
—No pasa nada —le susurré acariciándole la mejilla buena contra la mía—. Estoy aquí, Joe. Yo te cubro las espaldas.
—Mierda. —Lanzando una amarga exhalación, asintió rígidamente con la cabeza—. Vale.
—Entra, Marie.
La cortina se descorrió y apareció su madre, tan diminuta y frágil como la última vez que la había visto.
—Joey. —Con los ojos hundidos, hinchados de tanto llorar, dio un paso hacia nosotros con aire vacilante—. Aoife.
—Marie —la saludé con frialdad.
Desvié la mirada hacia el hombre alto de pelo oscuro que tenía detrás. Llevaba un traje demasiado ostentoso para ser asistente social, así que me imaginé que sería abogado.
«Bien sabía Dios que necesitaba uno».
—Joey, cariño…
Sorbiéndose la nariz, su madre fue hasta la cama, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que yo no tenía ninguna intención de apartarme.
No habría podido ni aunque hubiera querido.
Joey me cogía la mano como si le fuera la vida en ello.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Marie—. Tu pobre cara…
Mi novio no respondió. No movió ni un solo músculo. Su rostro no mostraba ningún tipo de emoción mientras contemplaba a la persona que había entrado detrás de su madre.
—Hola, chaval —dijo el hombre emocionado con la vista fija junto a mí, centrándose en mi novio—. Cuánto tiempo.
«¿Cuánto tiempo?».
Con el ceño fruncido, desvié la mirada hacia ese hombre y estudié sus rasgos, que me resultaban familiares.
Pómulos altos.
Pelo moreno.
Labios carnosos.
Ojos de color azul oscuro.
—Ostras —balbuceé sumando enseguida dos más dos y llegando a la conclusión de que era un rollizo Darren—. Eres tú.
Entonces se centró en mí y le noté en los ojos que me había reconocido.
—Y eres tú.
Arrugué el entrecejo, porque sabía a ciencia cierta que no había visto a ese hombre en mi vida.
—¿Qué?
—Así que lo hiciste igualmente, ¿eh, Joe? Te tiraste a la piscina —musitó, esta vez dirigiéndose a mi novio—. Bueno, no se te puede acusar de ser un veleta.
—En serio. —Pestañeé en señal de confusión—. ¿Qué?
—No importa —contestó Darren asintiendo con la cabeza—. ¿Cómo te encuentras, Joey?
—¿Qué haces aquí? —repuso Joey de forma brusca y fría—. ¿Qué quieres?
—Mamá me ha llamado.
—¿Qué quieres decir con que te ha llamado?
—Oye, Joe, ya sé que hay muchas cosas que…
—¿Qué quieres decir con que te ha llamado, Darren? —repitió con un tono cargado de veneno—. ¿Qué mierda dices?
—Quieto —le advertí colocándome de forma protectora frente a mi novio cuando su hermano hizo ademán de acercarse—. No te acerques, amigo.
—Aoife, no te metas en esto.
—¿Por qué sabes su nombre? —Joey soltó mi mano y se arrastró hasta sentarse, respirando de forma agitada mientras miraba a su madre y a su hermano como si fueran el enemigo—. ¿Por qué cojones sabe este el nombre de mi novia?
—Lo he llamado —masculló su madre poniéndose una mano sobre el pecho.
—Lo has llamado —dijo sin expresión—. ¿Así, sin más? ¿O sea que has tenido su número todo este tiempo? —preguntó con voz ahogada, temblando—. ¿Los últimos cinco años y medio? Estabas en contacto con él y no me lo dijiste.
—Joey, escúchame…
—¡Que no me hables, joder! —rugió mi novio señalando con el dedo a su hermano, ausente durante tanto tiempo—.
¡Ni me mires! —Girándose de nuevo hacia su madre, le espetó—: Entiendo que no se lo dijeras a papá, ni tampoco a los niños y a Shannon, pero ¿a mí?
—Le tembló el labio y sentí que se me partía en dos el corazón cuando preguntó—: ¿Por qué no me lo dijiste?
—Siento no habértelo dicho —trató de explicar Marie, pero a Joe ya le daba igual.
—¡Cállate! —Me pasó un brazo alrededor de la cintura, me acercó a él y noté la intensidad con la que temblaba—. ¡Fuera de aquí! ¡Los dos!
—Joey, por favor…
—Ya le habéis oído —solté con una mano en alto para advertir a su madre—. Tenéis que iros.
—Aoife, no te metas donde no te llaman —dijo Darren mirándome con frialdad—. Sé que tienes buenas intenciones, pero esto es un asunto familiar.
—No le hables así, gilipollas. —Joey salió de inmediato en mi defensa—. Ella es mi familia.
—Joey —sollozó Marie—. Yo soy tu madre.
—Y ella es la madre de mi hijo. Así que ni se te ocurra ir por ahí —contestó con desdén—. Porque gana ella. Siempre.
—Eso —puntualicé asintiendo vigorosamente con la cabeza mientras me cruzaba de brazos y miraba a su madre como diciendo «ja».
—Esto no es un concurso, chicas —medió Darren alargando las palabras—. Aoife, ¿te importa salir un momento mientras nuestra madre habla con su hijo?
—Vamos, ni de coña —espeté sintiendo que se me ponían los pelos de punta—. Soy yo la que ha estado sentada al lado de su cama desde que lo ingresaron. Soy yo la que consta como su pariente cercano porque ninguno de vosotros os habéis dignado venir hasta ahora, gilipollas. ¿Dónde coño estabais?
—Eso no es justo —gimoteó Marie—. Shannon estaba…
—No me digas lo que es justo —estuve a punto de gritar—. Mírale la cara.
—Aoife, por favor.
—¡Mírale la cara! —repetí subiendo la voz a medida que crecía mi rabia—. Mírasela bien, Marie. Porque es tu hijo. —Furiosa, señalé a mi novio—. Es tan hijo tuyo como Shannon, los niños o él.
—Ya sé que es mi hijo.
—¡Pues actúa en consecuencia, joder! —protesté irritada entornando los ojos—.
Deja de tratarlo como a un segundón. No lo es, ¿vale?
¡No puedes venir aquí a intentar imponer nada cuando no te has preocupado en ningún momento por él!
No funciona así, y no me voy a quedar con los brazos cruzados y dejar que le claves las garras más profundo de lo que ya lo has hecho…
—Molloy.
—No, Joe, alguien tiene que decírselo. —Ahogando un grito, enjugué mis lágrimas de cabreo y señalé a su madre con el dedo—.
Él es lo mejor que ha salido de tu matrimonio y tú eres demasiado idiota para verlo.
No es tu guardaespaldas. No es tu cuenta bancaria.
No es tu niñera. No es tu puto marido. ¡Es tu hijo!
—Hecha una furia, clavé la mirada en su hermano—.
Y tú… Bueno, aún no te conozco muy bien, pero me da la impresión de que este es un buen momento para mandarte a la mierda. ¡Así que vete a la mierda!
—¿Ya has acabado con la rabieta? —preguntó con calma el mayor de los Lynch arqueando una ceja—. Porque no me pienso ir hasta que hable con mi hermano en privado.
—Entonces supongo que nos quedamos todos —repliqué, inflexible.
—Molloy. —Sentí la mano de Joey en la cintura—. No te preocupes.
Presa del pánico, me di la vuelta para mirarlo.
—No tienes por qué hablar con ellos, Joe. ¿Me oyes? No tienes por qué escuchar ni una sola palabra más de esta mujer.
—No te preocupes —susurró apretándome la cadera con gesto tranquilizador—. Vete a casa y come algo. Yo estaré bien aquí.
—No voy a dejarte.
—Estaré bien.
—Joe, no me voy a ir.
—En algún momento tendré que hablar con ellos.
—Pero yo…
—No pasa nada, nena. Dame unas horas, ¿vale? Estaré bien.
Sí, claro que pasaba algo. Que todo iba mal. No quería a esa gente a su alrededor.
—Joe. —Mordiéndome el labio, le imploré con los ojos que no lo hiciera—. ¿Estás seguro?
No parecía estarlo. No parecía que se encontrara lo suficientemente recuperado como para lidiar con ellos. Aun así, asintió con la cabeza y me soltó la cintura.
—Vale. Son las tres —apunté echando un rápido vistazo a la pantalla de mi teléfono antes de volver a metérmelo en el bolsillo—. Me iré a casa, me daré una ducha y a las seis estaré de vuelta, ¿vale?
—Tómate tu tiempo —contestó—. No hay ningún problema.
Mentira.
En mi interior todo gritaba: «¡Mal, mal, mal!».
Pero ¿qué iba a hacer?
No podía echar a su madre y a su hermano del hospital a la fuerza, y, si Joey quería hablar con ellos, yo no podía detenerlo. Aunque de ningún modo quería que estuviera cerca de esa gente.
—Te quiero —le dije ignorando a su familia mientras me inclinaba sobre él y le daba un beso en los labios—. Volveré.