72. Respira, cariño, respira
RESPIRA, CARIÑO, RESPIRA
Joey
—¿Joe?
Sentía sus manos en mi cara.
—¿Joey, cariño?
Su olor me envolvía.
Tenía sus manos en mi cara.
—Respira.
No sentía mi cuerpo. No sentía nada, tan solo sus manos.
Sabía que intentaba sentarme. Era consciente de que mis piernas trataban de apartar las sábanas, pero mi cabeza no estaba activada. No me funcionaba el cerebro.
Todo estaba destrozado, joder.
—Molloy. —Arrastraba las palabras. Le rozaba el cuello con los labios al hablar—. ¿Dónde está?
—Se encuentra bien. —Me abrazó más fuerte, cubriéndome con un apretado manto de calidez y confort—. Shannon está bien, Joe. La han operado y todo ha salido perfecto. Los chicos también están genial. Todo va bien, cariño.
Me recliné hacia delante y me dejé caer sobre mi novia. Sabía que no debía ponerle peso encima, pero fui incapaz de detenerme.
—El bebé…
—El bebé está bien. —Me besaba la frente—. Los dos estamos bien.
Ella era lo único que parecía real en ese momento. Estaba allí y era real. Podía olerla, tocarla, sentirla.
«Solo a ella».
—¿Qué hora es?
—Sobre las seis y media.
—¿Qué día es?
—Domingo por la mañana, Joe.
—Mi cabeza… —mascullé enterrando la cara en su cuello cuando el dolor me atravesó—. Mis ojos…
—Chisss… Tranquilo. No intentes ponerte de pie. —Sentí sus labios en la sien y luego su mano en la parte de atrás de mi cabeza, acariciándome suavemente el pelo—. Quédate en la cama. Estoy aquí contigo, Joe.
¿Cama? Ni siquiera me acordaba de haberme subido a una.
—¿Dónde estoy?
—En un box de los servicios de urgencias. —Volvió a besarme en la sien—. Has estado entrando y saliendo.
—¿Ah, sí?
—Ajá. Te han hecho muchas pruebas. Un TAC , unas radiografías y una resonancia magnética. —Noté que se le entrecortaba la respiración y oí el sollozo que intentaba ocultar—. Pero vas a estar bien, ¿vale? No voy a dejar que te pase nada.
—No llores, Molloy. —Mientras le acariciaba el cuello con la nariz, traté de llevar las manos hasta su cara para consolarla, pero pesaban de la hostia y solo conseguí colocárselas débilmente alrededor de la cintura—. Sabes que me mata verte llorar.
—No estoy llorando. —Sorbiéndose la nariz, me dio otro beso en la cabeza y luego me acunó la cara contra su pecho—. Todo va bien, Joe.
—¿Y Shannon?
—Está a salvo. —Molloy se apresuró a tranquilizarme—. Ya te lo he dicho, ¿te acuerdas?
No.
No me acordaba de una mierda.
—Te quiero —balbuceé—. Eso es todo lo que recuerdo.
—Yo también te quiero —contestó con voz emocionada—. Más de lo que te puedas imaginar.
—Joder, mis ojos… —gruñí haciendo un gesto de dolor cuando la luz que me rodeaba se me hizo demasiado intensa—. ¿Dónde está Seany?
—En casa, con la tata Murphy. —Otro beso—. Igual que Ollie y Tadhg. Todos están bien.
—Tadhg estaba… Eh… —Moviendo la cabeza hacia los lados, me agarré a su cintura; en ese momento necesitaba aferrarme a ella porque sentía que mi cuerpo se desmoronaba—. Tenía un cuchillo.
—No está herido, Joe —susurró—. Chisss, cariño. No digas nada más, ¿vale? Espera a sentirte mejor. Ya lo hablaremos entonces.
Asentí débilmente y lancé un gruñido cuando la presión que notaba en la cabeza alcanzó unas cotas épicas.
—¿Llevo pantalones?
—No, cariño. Llevas tus bóxers y una bata de hospital. Tuvieron que quitarte la ropa para la resonancia.
—Buah, mierda.
—¿Por qué?
—Tengo una piedra de hachís en los vaqueros —murmuré somnoliento—. Me vendría muy bien un peta.
—Ay, Joe… —Se le escapó una risa entrecortada—. Mira que pensar en colocarte estando como estás…
—¿Puedo pasar? —preguntó una voz desconocida. De repente, nos bañó una anómala cantidad de luz mientras oía cómo se descorría una cortina—. ¿Es usted un pariente cercano?
—Sí.
—¿Está por aquí su madre o algún tutor legal?
—No, solo yo.
—Puedo volver cuando su madre…
—Ya ha cumplido los dieciocho —la oí decir—. Yo le llevo el papeleo como pariente cercano. Es el padre de mi bebé. Somos familia. —Me cogió la cara ahuecando las manos y la atrajo hacia sí—. ¿Me ves, Joe?
Gesticulando a causa del dolor que las luces me provocaban, me esforcé por centrarme en el único rostro que veía desde los doce años.
—¿Molloy?
—Ha venido el médico, Joe. —Sonrió y empecé a ver borroso, hasta que posé la vista en sus ojos verdes—. Vamos a hablar con él, ¿vale?
—Vale. —Me obligué a asentir con la cabeza y luego me retorcí de dolor—. Lo que tú digas, reina.
—Los resultados de la resonancia indican tres fracturas lineales independientes en el cráneo —le explicaba la voz—. Tiene una fractura nasal, una fractura orbital y una pequeña fractura en el hueso cigomático izquierdo.
—¿Cigo qué? —oí preguntar a Molloy—. Doctor, por favor, hábleme en cristiano.
—Aparte de tres pequeñas fracturas en el cráneo, Joseph también tiene un pómulo roto, la nariz rota, la cuenca del ojo rota y un golpe en la cabeza de grado tres —escuché que explicaba el hombre—.
La resonancia también muestra varios golpes antiguos y daños importantes en el húmero, por no mencionar los signos de fracturas metafisarias-epifisarias que parecen haberse curado bastante bien sin producir ninguna deformación grave ni debilitación de la estructura esquelética.
—No tengo ni idea de lo que significa —oí decir a mi novia con un hilo de voz—. ¿A qué se refiere cuando dice que se han curado bastante bien?
—¿Puedo ser franco?
—Sí, sí, por supuesto.
—Joseph, ¿puedo ser franco?
—Haga lo que le salga del nabo, doctor. Yo no mando sobre usted —murmuré tan a gusto sintiendo los dedos de Molloy sobre mi pelo que me acerqué más a ella y le apoyé la barbilla en el hombro—. Usted sea Franco y yo seré Joey.
—No, Joe, lo que quiere decir… Da igual. Siga, doctor.
—En casos como el de Joseph…
—Joey —farfullé—. Es Joey, Franco.
—En casos como el de Joey, cuando los pacientes se presentan en estas circunstancias, suele haber un largo historial de violencia doméstica y, para simplificárselo, digamos que los resultados de las pruebas que le hemos hecho a su pareja revelan un patrón de maltrato infantil que claramente se remonta a la infancia.
Mi novia soltó un sollozo de angustia.
—¿Infancia?
—No, no, no —traté de consolarla rozándola con la nariz—. No llores, Molloy.
—Estoy bien, Joe —susurró acariciándome—. ¿Cómo lo sabe, doctor?
—Los resultados de las pruebas indican de forma concluyente que sufrió fracturas de consolidación viciosa que no se trataron ni se curaron bien.
Se ha detectado una fractura mal curada en la parte media del húmero derecho.
Por desgracia, esto suele darse en niños de menos de dieciocho meses que han sido expuestos a maltratos físicos.
En el caso de su pareja, aunque los huesos se han curado con el tiempo, muchas de las heridas que sufrió su cuerpo han dejado lesiones residuales. Manchas, si lo prefiere.
—¿Quiere decir que esto le ocurre desde que era un bebé?
—Lo que digo es que hay pruebas que llevan a creer que su pareja ha sufrido un tremendo nivel de maltrato físico durante un amplio periodo de tiempo.
—¿Desde que era un bebé?
—Es posible.
—Dios mío… —Molloy lanzó un sollozo y me acercó más a ella—. ¡Dios mío!
—La verdad, es un milagro que esté aquí sentado.