Rey de la gula (Pecados 6) 71. Reflejos y angustia
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71. Reflejos y angustia

REFLEJOS Y ANGUSTIA

Aoife

—Eres la reina de todo lo relacionado con el pelo y el maquillaje —afirmó Casey dando un giro de trescientos sesenta grados para echarse un buen vistazo en el espejo—. Es de locos, Aoife. ¡Tus habilidades con el maquillaje son lo más de lo más, tía!

Con el equipo de música de su cuarto a todo volumen, mi mejor amiga bailoteaba al ritmo de «Give It Up», de KC era más bien que su locura complementaba la mía.

Encajábamos como el beicon y la col.

O el vodka y la Coca-Cola.

—Me gustaría darle las gracias a la academia… —Hice una dramática reverencia antes de volver a meter las brochas de maquillaje en la mochila—. Y también a mí misma, porque, a ver, soy increíble y todo eso…

—Te podrías sacar bastante pasta maquillando y peinando a la gente.

—Ya. —Me tiré en su cama y suspiré profundamente—. Ese es el plan, Case.

—Espero que tengamos una niña —dijo—. Así podremos inculcarle toda nuestra sabiduría sobre el delineado y la moda.

—Joey quiere una niña.

—¿Sí?

—Sí, y ese es perfecto —sentencié viendo cómo se reajustaba el cortísimo vestido negro que se estaba probando para su cita de esa noche—. En serio, Case. Estás cañón.

—Hum… —Con aire escéptico, estudió su aspecto en el espejo durante un buen rato antes de negar con la cabeza y sacarse la prenda por encima de la cabeza—. Voy a llevar el vestido rosa.

—Te equivocas —opiné—. El negro te hace unas piernas kilométricas.

—Pero el rosa me hace unas tetas brutales.

—¿Y qué? —resoplé—. Alec te ha visto las tetas miles de veces. Ya sabe lo brutales que son.

—Esta noche no voy a salir con Alec.

Se me iluminaron los ojos.

—¿Con Mack?

—No.

—¿Con Rambo?

—No.

—¿Con Charlie?

—Con nadie de nuestro curso, Aoife.

—Entonces ¿con quién?

—Con Patrick.

—¿Patrick? —Fruncí el ceño con gesto confundido—. ¿Quién coño es…? Ay, Dios. —Abrí los ojos como platos—. ¿Ese tío de la fiesta del Tommen?

Sonriendo, se mordió el labio y asintió.

—No está nada mal para una chica de Elk, ¿eh?

—Espera. —Ahogué una carcajada de sorpresa—. ¿No va como a cuarto?

—Tiene diecisiete y está en bachillerato. Y mira quién fue a hablar —se rio—. ¿El papi de tu bebé no es más joven que tú?

—Uy, sí, tres meses enteros. —Puse los ojos en blanco—. Estoy hecha una asaltacunas.

—Ya, bueno, disfruta esta noche desarrollando a tu criatura con el culo pegado al sofá, que yo me voy de caza.

—Oye, no te metas con hacer vida en el sofá —gruñí—. ¿Adónde vais?

—A la parte trasera de su coche, si tiene suerte.

—Guau. Haz que se lo curre un poco, ¿no?

—Frena esas hormonas de embarazada cabrona, impúdica Virgen María.

—Tengo más pudor que tú —dije con un bufido—. Por lo menos solo he tenido un rabo dentro de mí.

—Ya —resopló—. Un rabo sin protección y demasiado productivo.

Sonreí.

—Prefiero su rabo antes que el de Dicky el Pegajoso.

—Oye, deja en paz a Dicky el Pegajoso. —Movió las cejas—. No todo se centra en el tamaño del barco, Aoife. El movimiento del mar también es importante.

—Guarra.

—Qué blasfemia. —Fingió ahogar un gritito—. ¿Quién es la que vive en pecado aquí? Ten un poquito de vergüenza, Molloy. ¿Qué pensaría la hermana Alphonsus si te viera ahora mismo? —dijo antes de chasquear la lengua.

—Estamos fatal de lo nuestro, ¿verdad?

—Probablemente —convino con una risita—. Yo te culpo a ti.

—Y yo a ti.

—Así que a Joey le pareció bien lo del bebé, ¿no? —preguntó poniéndose seria mientras se subía a unos tacones de quince centímetros—. ¿Te apoyó?

—Se lo tomó muy bien, Case. —Lancé una exhalación—. Me daba mucho miedo su reacción.

—Qué va, yo ya sabía que él iba a estar a tu lado. —Movió una mano en el aire sin rumbo—. Ese chico tendrá lo que quieras, pero se le dan bien los niños.

—Eso es verdad —coincidí entre suspiros—. Prácticamente ha criado a su hermano pequeño.

—Bueno. Al menos uno de los dos sabrá lo que hace —contestó tumbándose a mi lado en la cama—. ¿Y ya sabes qué harás con lo de tu hermano?

—Déjalo, Case —farfullé notando cómo una oleada de ira me subía por las entrañas con tan solo mencionar a Kev—. No quiero tener nada que ver con él.

—No puedes hacer eso, Aoife —repuso con un suspiro de cansancio—. Además de tu hermano, es tu mellizo. Compartisteis útero.

—Ya lo sé, y por eso es aún peor —solté arrugando el ceño—. Me ha jodido pero bien, Case.

Entonces me sonó el teléfono y me alegré de la interrupción. Como no quería hablar sobre Kevin, y mucho menos perdonarlo, metí la mano en el bolsillo del vaquero y sonreí al ver el nombre de Joey parpadeando en la pantalla.

—Es Joe. —Me puse de pie de un salto, cogí la mochila y me la eché al hombro—. Ya puedo ir a recogerlo.

—Vale. —Casey volteó las pupilas y me dijo adiós con la mano—. Abandóname por el papi de tu bebé.

—Pásatelo bien en tu cita —dije ya de espaldas a ella mientras abría la puerta de su cuarto y atravesaba corriendo su pequeña sala cocina hasta llegar a la puerta principal—. Mañana envíame un mensaje con los detalles.

—Lo haré.

—Y usa condón.

—Siempre —anunció con voz cantarina—. No soy como tú.

Riéndome para mis adentros, cerré la puerta de la casa detrás de mí antes de pulsar Aceptar y ponerme el teléfono en la oreja.

—Hola, semental.

—Aoife —dijo una voz infantil al otro lado de la línea antes de sorberse los mocos—. Aoife, ¿puedes venir a buscarnos?

—¿Ols? ¿Eres tú? —Con el ceño fruncido, me recoloqué la mochila en el hombro y bajé a toda prisa la escalera comunitaria hasta llegar a la planta baja del edificio—. ¿Estás bien? Parece que estás llorando. ¿Dónde está Joey?

— Tenes que venir a buscarnos —gimoteó al otro lado del teléfono—. Por favor, Aoife, por favor. Tenes que venir rápido.

—Vale, vale, voy de camino —le dije entrando en pánico mientras corría hacia el exterior del edificio, donde había aparcado—. Me estoy metiendo en el coche, Ols. En dos minutos estoy en tu casa.

Un par de minutos más tarde, cuando llegué a casa de Joey y me bajé del coche, el corazón me palpitaba tan fuerte que parecía que se me iba a salir del pecho.

No quería entrar, pero el terror en la voz de Ollie me empujó a hacerlo.

Con las palmas de las manos sudorosas y el pulso acelerado, me dirigí hacia la puerta principal, sintiendo que el pánico crecía a cada paso que daba.

—I-fa. —Con la cara llena de lágrimas, Sean vino corriendo hacia mí y por el camino se tropezó con el umbral de la puerta—. I-fa.

Dios mío…

Había pasado algo grave.

Algo grave de la hostia.

—Hola, Seany, chiquitín —dije con voz ahogada cogiéndolo en brazos mientras seguía caminando hacia la puerta—. ¿Estás bien?

—I-fa. —Llorando, hundió su cara en mi cuello y, al sentir cómo le temblaba el cuerpecito, el miedo me heló el corazón—. O-ui.

—He llamado a una ambulancia —susurró Tadhg, que me esperaba en la entrada—. Creo que está muerta.

—¡La ha matado! —gritaba Ollie desde el pasillo—. ¡Papá ha matado a Shannon!

Al borde del desmayo, entré a trompicones por la puerta principal con Sean en los brazos y me encontré con una escena que parecía sacada de La matanza de Texas .

Había sangre por todas partes.

—Joey —grité mareada deteniéndome en la puerta de la cocina con los ojos completamente cerrados para no ver qué había más allá.

Si le había pasado algo, no sería capaz de soportarlo.

—¡Joey! —Se me quebró la voz y me aferré más fuerte a su hermanito—. ¡Joey, por favor, dime que estás bien!

—Molloy —lo oí contestar, y el sonido de su voz me dio el valor que necesitaba para cruzar el umbral y entrar en la cocina.

Sabía que estaba a punto de presenciar algo horrible, pero nada podría haberme preparado para ver a mi novio embadurnado de sangre y desplomado en el suelo de la cocina acunando en sus brazos el cuerpo sin vida de su hermana.

El hecho de no ver a Teddy por ninguna parte no me consoló demasiado en ese momento. Porque sabía que había estado allí. Esa brutalidad llevaba su nombre escrito en mayúsculas.

—¿Qué le pasa? —pregunté a punto de que Sean se me cayera de los brazos del susto que me había llevado al ver la carnicería que tenía delante—. Dios mío, ¿por qué está sangrando por la boca?

—¡Se está muriendo! —gritó Tadhg sacudiendo los hombros de su madre, que estaba sentada en el suelo de la cocina presionando una bolsa de guisantes congelados contra el pecho de su hija como si fuera la solución a todo—. ¡Ha matado a mi hermana y no estás haciendo nada!

—Shannon, respira… —sollozó Marie—. Respira, Shannon. Respira, cariño. La ambulancia está de camino.

—Todo va bien, todo va bien… Te tengo. —Ignorando a su madre, mi novio seguía susurrándole cosas al oído a su hermanita—. Te quiero. Te quiero, Shan. Aguanta un poco por mí, ¿vale?

—¡Shannon!

—¡Por Dios, Shannon!

—Estoy aquí. Estoy aquí, Shan —siguió diciendo Joey mientras la mecía adelante y atrás en sus brazos como haría una madre con un niño pequeño.

No sabría decir cuál de los dos sangraba más.

Sospechaba que Joey.

Pero Shannon… Su cuerpo parecía inerte.

—¿Respira? —pregunté entrando en acción mientras dejaba a Sean en el suelo y me acercaba a ellos.

—No lo sé, no lo sé. —Joey ahogó un grito y fue el peor sonido que jamás había oído salir de su boca.

Parecía tan joven…

Tan asustado…

Tan profundamente destrozado…

—¿Me oyes? —gimoteó sosteniendo su rostro ensangrentado entre las manos—. Voy a sacarte de aquí, ¿vale? Shannon, ¿me oyes? ¿Shan? Venga, háblame.

—Aléjate de ella —le advertí a Marie apartando bruscamente la bolsa de guisantes del cuerpecito de su hija mientras le buscaba el pulso—. ¡Vas a provocarle un shock!

—¡Perdón, perdón! —gritó su madre entre llantos—. Solo intento ayudar.

—Vale —suspiré aliviada al sentir la tenue vibración del pulso de Shannon en las yemas de los dedos—. Tiene pulso, pero es débil.

—No sé dónde está la ambulancia —lloriqueó Marie dejando caer la cabeza entre las manos—. Ya debería haber llegado.

—Deja de llorar y haz algo útil —le ordené combatiendo un arranque de furia dirigido por completo hacia ella. Porque esa mujer… Bueno, es que no sabía ni por dónde empezar. Colapsaría—. Quítate de en medio, Marie. Ve a coger a Sean, trae una manta, lo que sea.

Esperé hasta que se hizo a un lado y me acerqué a mi novio, que seguía acunando el cuerpo inmóvil de su hermana entre los brazos.

—Voy a conseguir ayuda, ¿vale? —le susurraba Joey a Shannon al oído mientras le daba un beso en la frente, refregando y mezclando su sangre con la de ella—. No me dejes.

Ella lo miraba con ojos vidriosos y ausentes, y el espantoso gorgoteo que salió de su garganta, junto con los coágulos de sangre que expulsó al intentar responderle, sería algo que me perseguiría en sueños durante el resto de mi vida.

—Aoife. —Sollozando, puso la mejilla sobre el rostro de su hermana y murmuró algo que no alcancé a oír antes de lanzar un suspiro entrecortado y darle un beso en el moflete—.

Dame tus llaves. —Respirando con dificultad, dejó ir un agónico berrido y espetó—: A la mierda la ambulancia. La llevaré yo mismo.

—Joey, no la muevas —insistí consciente de que ninguno de los dos estaba en posición de que lo desplazaran. Shannon parecía que se estaba muriendo, y a Joey tampoco debía de faltarle demasiado—. Podría tener daños intern…

—¡Dame las putas llaves, nena! —me cortó con la voz rota mientras se ponía en pie tambaleándose con su hermana entre los brazos. Había recibido tantos golpes en la cara que apenas podía reconocerlo—. Ayúdame.

Se dirigió hacia la puerta principal antes de que pudiera contestarle. Antes de que me diera tiempo de suplicarle que se sentara porque iba a desmayarse.

El pánico se me arremolinaba en el estómago, retorciendo mi corazón en una turbulenta oleada de miedo y temor. Mientras corría tras él, sabía que no era buena idea, pero lo acompañé igualmente porque me necesitaba. Porque, por primera vez en su vida, había pedido ayuda.

Una palabra.

«Ayúdame».

Nunca antes la había oído salir de su boca y sabía que quizá fuera la última vez, pero tenía que ayudarlo.

¿Cómo no iba a hacerlo?

Rodeé el coche a toda prisa, abrí la puerta del conductor y tiré el asiento hacia delante para que él pudiera subirse a la parte trasera.

No lo hizo.

—Conduzco yo.

—No, Joe. —Moví la cabeza en gesto de negación—. No es buena idea. Yo…

—Conduzco yo —dijo con voz ahogada—. Voy más rápido y no puedo… —Se le quebró la voz y aspiró de forma entrecortada—. Por favor, sujétala por mí. Necesito no… Eh… Solo necesito… —Tambaleándose, se reclinó contra el lateral del coche y se aferró al cuerpecito de Shannon—. Molloy, estoy muy asustado.

Se me partió en dos el corazón.

—Vale, Joe, cariño. Conduce tú. —Me abrí paso hasta el asiento de atrás, extendí los brazos y le hice un gesto para que me la pasara—. Tengo a Shan. La mantendré a salvo. Te lo prometo.