Rey de la gula (Pecados 6) 70. Él o nosotros 2.0 #3
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70. Él o nosotros 2.0 #3

—¡Cállate! —Con las manos levantadas, mi madre gritó a pleno pulmón—. ¡Cállate ya! Esto es culpa tuya. Me has destrozado la vida. Has destrozado a mis hijos. Eres un puto loco…

La golpeó tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar.

Le encajó el puño en la cara y vi cómo mi madre se estrellaba contra el suelo como un saco de patatas. Se desplomó sobre las manos y las rodillas, igual que otros tantos cientos de veces en otros tantos cientos de peleas que habían tenido lugar en esa misma puta cocina.

—¿Crees que puedes hablarme así? —masculló plantándose delante de ella—. ¡Tú eres la peor de todos, puta asquerosa!

«No lo hagas».

«No lo hagas».

«No lo hagas».

—¡Quítale las manos de encima a mi madre, joder! —me oí rugir reaccionando con la inercia de toda una vida mientras lo apartaba del destrozado cuerpo de mi madre de un empujón y avanzaba hacia ella—. Mamá…

Sentí que me rompía; mi voz, mi autocontrol, mi corazón. Todo explotó en mil pedazos. Me arrodillé junto a ella, y me dolió ver que mi contacto le asustaba tanto como el de él, cuando lo único que yo intentaba era protegerla.

—Deja a este hombre… —Le aparté el pelo de los ojos. Se parecía tanto a Shannon mientras me miraba… Era igual de asustadiza e infantil—. Ya se nos ocurrirá algo, ¿vale? Lo arreglaremos, pero no podemos quedarnos aquí. Yo cuidaré de ti…

—¿Quién coño te crees que eres? —gruñó mi padre agarrándome por la parte de atrás del cuello con su poderosa mano—.

¿Crees que lo sabes todo, niñato? ¿Crees que eres mejor que yo?

—Su contacto me trajo los horribles recuerdos y flashbacks de toda una vida—.

¿Crees que puedes apartarla de mí? —Subyugándome con su fuerza, me obligó a ponerme de rodillas—. ¡No se va a ir a ninguna parte!

Aumentó la presión sobre la parte de atrás de mi cuello y me hizo tumbarme boca abajo.

—Te he dicho que te enseñaría modales, puto desagradecido de mierda.

—El peso que ejercía sobre mí era insoportable y me dejaba completamente indefenso frente a su ataque—.

¿Todavía crees que eres un hombre, niñato?

—Luego me clavó la rodilla en la espalda y tuve que reprimir un grito cuando el dolor se propagó por la ya machacada zona—.

¡Enséñale a tu madre la clase de hombre que eres, llorando de rodillas como una pequeña perra!

—¡Para! —suplicó mi madre implorante—. Quítate de encima, Teddy.

—Soy más hombre que tú —logré decir tratando con desesperación de retirar la cara del suelo sobre el que pretendía aplastarme.

—Ah, ¿eso crees? —Riéndose con crueldad, me agarró del pelo y me echó la cabeza hacia atrás antes de golpearme bruscamente la cara contra las baldosas—. Eres un pedazo de mierda, chaval.

Sentí una calma siniestra en mi interior durante unos instantes, pero luego una repentina ráfaga de calor y dolor me recorrió el rostro, trayendo consigo el familiar sabor metálico de la sangre en mi boca.

En mi esfuerzo por zafarme de él, escupí un coágulo de sangre y vomité sobre las baldosas mientras intentaba desesperadamente quitármelo de encima.

Implacable, me dobló la cabeza hacia atrás y volvió a estamparla contra el suelo.

Una y otra vez.

Sin parar.

—¡Suéltalo! ¡Teddy, lo vas a matar!

Me quedé aturdido.

—¡Mejor! ¡Y tú eres la siguiente, puta traidora!

El dolor me rebotaba por dentro. Sentía cómo el hueso de la nariz se desplazaba de lado a lado con cada golpe que me daba. En cierto modo, estaba aliviado, porque pensé que por fin se acababa todo.

«Al fin se termina».

—¿Eso es todo lo que tienes? —gruñí todavía luchando por zafarme de su llave inquebrantable; porque nunca iba a ceder ante ese hombre. Para eso él primero tendría que hacer que mi corazón dejara de latir—. ¡Ya no eres como antes, viejo!

Solo podían pasar dos cosas. O él me mataba, o lo mataba yo a él. Al menos, si era él quien acababa con todo, eso me permitiría descansar. Podría tener paz.

«No te rindas».

«Tienes una novia y un bebé que dependen de ti».

«Vuelve a ponerte en pie, hostia».

«No la dejes sola con esto».

Lleno de furia, seguí peleando, provocando… Seguí adelante, joder. Hasta que de algún modo logré ponerme de lado y lo tiré al suelo junto a mí. Pero mi cuerpo estaba demasiado débil y exhausto como para defenderse.

Luchando desesperadamente por mi vida, traté de infligirle el máximo dolor posible, pero mis manos eran como bloques de hormigón. Me costaba mucho levantarlas, no digamos lanzar un puñetazo.

Sacando de nuevo lo mejor de mí, mi padre se puso a horcajadas sobre mi pecho y me echó la mano al cuello, cerrándome las vías respiratorias y limitando la capacidad de mis pulmones.

Oía a los chicos llorar, a mamá sollozar, y sabía que Shannon necesitaba ayuda, pero en esos momentos solo podía pensar en mi novia.

En todas las mierdas que había hecho, en todas las putas situaciones horribles en las que la había puesto a lo largo de los años.

Sentía cómo las lágrimas me caían por las mejillas mientras mi cuerpo se iba debilitando.

«Te quiero —le dije mentalmente—. Perdóname. Joder, de verdad que lo intenté».

Quería cerrar los ojos. Que todo parara. Pero algo captó mi atención entre el desconcierto. Fue Shannon. La veía. Al otro extremo de la cocina. Desplomada y sangrando por la boca. El pánico me desgarró por dentro.

«Se muere».

«Se muere».

«Levántate».

«Levántate y ayúdala».

—Ayúdala… —traté de gritar, pero mis palabras fueron apenas un susurro—. ¡Ayúdala…, joder!

—¡Deja a mi hermano! —El grito de Tadhg se filtró en mi mente momentos antes de que se redujera la presión de mi garganta.

Respirando con dificultad, tiré de la mano que seguía envuelta a mi cuello. Había dejado de estrangularme, pero aún no me había soltado.

—Tadhg, baja el cuchillo —oí decir a mi madre con voz sofocada—. Por favor, cariño.

—¡Vete a la mierda! —contestó a gritos—. Deja. A. Mi. Hermano.

—No seas estúpido, muchacho.

—No soy estúpido, y yo no soy Joey. No pararé porque Shannon lo diga.

Mareado y agotado por lo mucho que me estaba costando que mi corazón siguiera latiendo, desvié mi borrosa mirada hacia mi hermano pequeño, que sostenía un cuchillo contra la garganta de nuestro padre presionándole la afilada punta precariamente cerca de la yugular.

—Tadhg —logré balbucear cuando el viejo aflojó un poco más la mano—. No pasa nada. Tranquilo…

—Sí que pasa, Joey. —Con lágrimas resbalándole por las mejillas, movió la cabeza hacia los lados—. Pasa, y mucho.

—¿Qué vas a hacer, muchacho? —lo provocó el muy imbécil—. ¿Apuñalarme?

—Sí.

El viejo se lanzó a por el cuchillo, pero mi hermanito se agachó y dio un paso al frente, todavía blandiendo el arma.

—¡Hostia puta, Tadhg! —berreó mi padre trasladando las manos de mi garganta a la suya mientras le chorreaba sangre del corte que le había provocado el cuchillo—. Me has cortado.

—Se acabó —gruñó Tadhg sujetando el cuchillo con más firmeza de la debida para un chico de su edad—. Quítate de encima de mi hermano y lárgate de esta casa para siempre o te corto el puto cuello.