Rey de la gula (Pecados 6) 70. Él o nosotros 2.0 #2
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70. Él o nosotros 2.0 #2

—No. —Sorbiendo un sollozo, negué con la cabeza y dije—: A partir de ahora, estás muerta para mí.

Tú te gestionas tu mierda. La próxima vez que te pegue no estaré aquí para protegerte.

La próxima vez que se gaste todo el dinero en priva y no tengas para darles de comer a los niños o para pagar la luz, encuentra otro gilipollas a quien sacarle la pasta.

La próxima vez que te tire por las escaleras o te rompa un puto brazo en uno de sus rebotes de borracho, me haré el loco como tú lo has hecho aquí mismo, en esta cocina.

—Joey.

—A partir de hoy, no estaré aquí para protegerte de él, al igual que tú no has estado aquí para protegernos a nosotros.

—No le hables así a tu madre. —Poniéndose en pie a duras penas, el imbécil intentó amenazarme—. Eres un desagradecido, pedazo de…

—¡Ni se te ocurra hablarme, pedazo de mierda asqueroso! —grité sin intención de seguirle el rollo ni un segundo más—. Puede que comparta tu sangre, pero eso es todo. Tú y yo hemos terminado, viejo. Por mí, puedes arder en el infierno. De hecho, espero sinceramente que lo hagáis los dos.

—¿Crees que puedes hablarme así? —refunfuñó limpiándose la sangre de la cara—. Relájate de una puta vez, niñato.

—¿A mí me llamas «niñato»? —Eché la cabeza hacia atrás y me reí con cinismo—.

¿A mí? ¿Al que se ha pasado media vida criando a tus putos hijos?

—Señalé a los niños que se escondían detrás de mí—.

¿Al que ha estado arreglando vuestros problemas, cumpliendo con vuestras responsabilidades, sustituyendo a dos padres que no valen para una mierda?

—Y justo habían sido ellos los que habían decidido que yo no iba a ser un buen padre.

Hipócritas de mierda—. ¡Puede que solo tenga dieciocho años, pero soy más hombre de lo que tú serás jamás!

—No te pases, Joey. Te lo advierto…

—¿O qué, joder? —Lo fulminé con la mirada—.

¿Me vas a pegar? ¿A darme puñetazos? ¿Patadas?

¿Te vas a sacar el cinturón? ¿Vas a partirme las piernas con el hurley?

¿A reventarme una botella en la cabeza? ¿A acojonarme?

Adivina. Ya no soy un niño asustado, viejo.

—Moví la cabeza hacia los lados como puta señal de desprecio por aquel hombre—.

No soy un crío indefenso, ni una adolescente aterrorizada, ni tampoco tu mujer maltratada.

Así que, me hagas lo que me hagas, te aseguro que te lo devolveré multiplicado por diez.

Él lo sabía. La única manera de mantenerme a raya era matándome. Porque nunca iba a retroceder ante él. Mientras tuviera aire en los pulmones, mi firmeza sería inquebrantable.

No dejaría de luchar.

—Fuera de mi casa —exigió, lo que me hizo saber que me había oído alto y claro—. ¡Ahora, niñato!

—¡Teddy, para! —Mamá se apresuró a interceptarlo—. No puedes…

—¡Cierra la puta boca, mujer! ¡O te parto la cara! ¿Me oyes?

—No puedes echarlo… —lloriqueó encogida ante él—. Por favor. Es mi hijo…

—Ah, ¿así que ahora soy tu hijo? —Asqueado, moví la cabeza hacia los lados. Era demasiado tarde—. No me vengas con favores.

—Esto es culpa tuya, niña —dijo entonces mi padre con tono acusador dirigiendo su cabreo de borracho de nuevo hacia mi hermana—. ¡Zorreando por toda la puta ciudad y trayéndole problemas a esta familia! Tú eres el problema aquí…

—Ni se te ocurra —le advertí poniéndome delante de ella para que no la mirara—. ¡Que no la mires, joder!

—Es la verdad —continuó diciendo para provocar, centrándose en Shannon al ver que conmigo no llegaba a ningún sitio.

La sangre que yo había derramado era de tipo físico, pero nuestro padre quería algo más. Se moría por tener alguna prueba de la angustia mental que nos infligía. Como en ese sentido no iba a obtener nada de mí, lo intentó con mi hermana.

—No eres más que una inútil y siempre lo has sido. Le conté a tu madre lo que haces y ella no quiso escucharme. Pero yo lo sabía. Te calé incluso cuando eras pequeña; eres una puta enclenque. No sé de dónde has salido.

—¡Eso es mentira, Teddy! —fue el patético intento que hizo mi madre por protegerla—. Shannon, cariño, eso no es…

—Nunca te hemos querido. ¿Lo sabías? Tu madre te dejó una semana en el hospital, pensando si abandonarte o no. Hasta que la culpa pudo más que ella. Pero yo nunca cambié de opinión. Ni siquiera soportaba mirarte, ¡cómo iba a quererte!

—Shannon, no le hagas caso —exhorté al ver cómo palidecía a mi lado.

La estaba volviendo loca, que era lo que pretendía, y eso me paralizaba.

Tal vez no pudiera dañarme, pero, joder, al lastimarla a ella, me hacía pedazos a mí—.

No es verdad. Es un hijo de puta desquiciado. Ignóralo. ¿Me oyes, Shan? Ignóralo.

—Tampoco te quería a ti —dijo intentándolo de nuevo conmigo.

—Me rompes el corazón —le solté en un tono que destilaba sarcasmo.

Sus palabras no podían herirme. Eso solo podía hacerlo la mujer que tenía al lado.

—Bueno, nosotros sentimos lo mismo por ti —espetó Tadhg—. ¡Ninguno de nosotros te quiere!

—Tadhg, cállate —le advertí entrando en pánico cuando mi hermano pequeño se puso en plena línea de fuego—. Yo me encargo de esto.

—No, no voy a quedarme callado, Joe —sostuvo—. Él es el puto problema de esta familia y alguien tiene que decírselo.

Estaba totalmente de acuerdo con él, pero tenía que cerrar la boca y dejarme hablar a mí. Yo podía enfrentarme a la mierda que lanzaba nuestro padre. Podía soportar los golpes. Pero Tadhg no era más que un crío. Debía estarse quietecito y, sobre todo, permanecer ileso.

—¡Sácalo de mi vista! —rugió nuestro padre señalando a mi hermano—. ¡Ahora, Marie! Llévate a este pequeño hijo de puta antes de que acabe con él.

—Me gustaría verte intentarlo —mascullé empujando bruscamente al pequeño bocachancla detrás de mí antes de que volviera a hablar—. Venga, viejo.

—¡No! —Mamá se interpuso entre nosotros—. Eres tú quien se va.

—¿Qué has dicho? —farfulló—. ¡¿Qué coño has dicho?!

—Vete —susurró mamá sin aliento con aspecto de estar a punto de caerse de narices contra el suelo—. Se acabó, Teddy. Estoy harta. Hemos terminado. No puedo… ¡Necesito que te vayas!

—¿Estás harta? ¿Crees que me vas a dejar? Eres mía, Marie. ¿Me oyes? Eres mía, joder. ¿Crees que puedes echarme? ¿Alejarte de mí?

—¡Que te vayas! ¡Quiero que te vayas, Teddy! Sal de nuestras vidas.

«Tienes que irte».

«Quiero que te vayas».

«Sal de nuestras vidas».

Se lo decía a mi padre, pero yo no sentía nada.

Porque sus palabras ya no significaban una mierda.

Era demasiado tarde. El daño estaba hecho.

El momento de enfrentarse a él había pasado hacía tiempo.

Cualquier cosa que hiciera ahora no era por miedo a lo que pudiera pasarles a sus hijos, sino a ella misma.

—¿Crees que tienes vida sin mí? —siguió diciendo en tono de burla—. ¡No eres nada sin mí, perra! ¡La única forma en que me vas a dejar es en una caja! Te mataré antes de permitir que me abandones. ¿Me oyes? Quemaré esta puta casa contigo y tus retoños dentro antes de dejarte ir.

—¡Para! —sollozó Ollie agarrándose a mi pierna—. Haz que pare. Por favor.

—¿Ahora eres una niña? —se burló papá mirando a su segundo hijo más joven—. ¡Échale huevos, Ollie, hostia ya!

—¡Ya basta, Teddy! —intentó de nuevo mamá—. ¡Vete!

—Esta es mi puta casa —gruñó con obstinación—. ¡No voy a ir a ninguna parte!

—Muy bien —dije en un tono de voz extrañamente calmado, teniendo en cuenta que en ese momento estaba de todo menos calmado—.

Ollie, sal fuera y llévate a Sean contigo.

—Me metí la mano en el bolsillo, cogí el teléfono y se lo di—.

Toma, coge esto y llama a Aoife, ¿vale? Llámala y vendrá a buscarnos.

Odiaba meter a Molloy en aquello.

Joder, me despreciaba a mí mismo por hacerla volver a esa casa.

Pero no me quedaba otra.

No tenía a nadie más.

Ella era la otra parte de mi «juntos hasta el final» y, fuera o no lo mejor, sabía que vendría.

—¡No, no, no! Joey, por favor, no me los quites.

—Presa del pánico, mi madre corrió hacia mí—.

Le he pedido que se vaya. Se lo he pedido, Joey.

—Con los ojos fuera de las órbitas, me puso la capucha y me rogó que hiciera algo que ambos sabíamos que yo no podía hacer—.

¡Por supuesto, por supuesto que os elijo a vosotros!

Por favor, no hagas esto… Por favor, Joey. No te lleves a mis hijos.

—¿De qué les sirves si no puedes mantenerlos a salvo?

—Cada centímetro de mi cuerpo se sacudía y temblaba mientras yo luchaba contra la imperiosa necesidad de consolarla.

Pero no podía volver a hacerlo. Esa vez no—.

Eres como un puto fantasma en esta casa.

No pintas nada, mamá. Tan pasiva… ¡No nos haces ningún bien!

—¡Joey, espera, espera! Por favor, no hagas esto. —Me cogió las manos, se puso de rodillas frente a mí y yo me quise morir—. No me los quites.

—No puedo dejarlos aquí —dije con voz ahogada. Lo sentía tanto por ella que el corazón me martilleaba en el pecho—. Y tú has tomado una decisión.

Así era.

Podía negarlo, pero lo había elegido a él.

Siempre iba a elegirlo a él.

Pero esa vez yo elegía a mis hermanos antes que a ella.

—No lo entiendes —lloriqueó—. Tú no lo comprendes.

—Entonces levántate, mamá. —Los ojos se me llenaron de lágrimas y, en serio, fue como si ella me atravesara el pecho con la mano y me envolviera con ella mi corazón—. Levántate y sal de esta casa conmigo.

—No puedo. —Sacudió la cabeza con ojos suplicantes—. Me matará.

«¡También los matará a ellos!», quise gritar.

¿Qué parte de eso no entendía? ¿Cómo cojones podía justificar que se quedaran en esa casa? Eso no era amor. Era algo enfermizo. Estaba tan enferma como él y yo no quería seguir formando parte de eso.

—Entonces muérete —fue todo lo que respondí.

—Deja que se vaya, Marie —ordenó mi viejo—. Volverá con el rabo entre las piernas. El cabrón es un inútil. No aguantará ni un día por su cuenta…