70. Él o nosotros 2.0
Joey
Corriendo más rápido que en toda mi vida, hice un esprint durante el resto del camino, con el corazón desbocado y la mente a la deriva.
«No pasa nada».
«No será para tanto».
«Respira».
Al rodear el jardín, vi a Ollie en la puerta principal, haciéndome señas como un loco para que me diera prisa. Sabía que estaba gritando y que las lágrimas le resbalaban por las mejillas, pero no fui capaz de decirle nada.
Mientras me tambaleaba al cruzar la puerta de entrada y seguía un rastro de sangre que llevaba hasta la cocina, tan solo oía el atronador rugido de mi pulso. Mi cerebro tardó un rato en asimilar lo que veían mis ojos.
Había sangre impregnada en los azulejos de la cocina.
Shannon permanecía inmóvil en el suelo.
Tadhg cubría el cuerpo de nuestra hermana con el suyo.
Tenía sangre en la cara.
Mamá estaba de pie, gritando.
Y él.
Él.
En medio de esa carnicería se encontraba nuestro padre.
La bolsa de deporte se me cayó del hombro y el ruido que hizo al chocar contra el suelo pareció despertarme del trance que me asfixiaba. Sentía como si se me hubiera cerrado la garganta. El corazón se me secó y murió dentro de mi pecho.
Volví a mirar a Shannon, y el dolor que sentí al ver su cuerpo machacado fue demasiado para mí. Joder, todo aquello era demasiado.
—¡Hijo de puta! —Las palabras rasgaron mis labios como un grito de guerra y noté que me movía, abalanzándome sobre él con el corazón clamando venganza—. ¡Puto animal asqueroso!
—¡Espera, Joey!
No esperé. No podía.
—Pégame. —Lo tiré al suelo con más fuerza de la que creía poseer y le estrellé la cabeza contra las baldosas antes de volver a ponerme en pie y arrastrar conmigo a ese pedazo de mierda inútil—. Vamos, cabrón. Pégate con alguien de tu tamaño, joder.
—¡Joey! Por favor, no…
—¡Cierra la puta boca! —rugí perdiendo los papeles cuando mi madre trató de hablarme. Mi hermana estaba inconsciente en el suelo y, en lugar de ir con ella, a esa mujer tan solo se le ocurría proteger a su marido—. Eres la madre más patética que ha pisado la faz de la tierra.
Soltando todo tipo de improperios, se echó hacia atrás para coger impulso y me encajó su fornido puño en la mandíbula.
—Mocoso de mierda…
—¿Has visto eso? —pregunté clavando los ojos en nuestra madre, ya ajeno incluso al propio dolor. Sabía que debería dolerme (su puño era como un puto buldócer), pero la adrenalina que corría por mis venas me proporcionaba una fortaleza sobrenatural—. ¿Has visto cómo me pegaba?
—¡Yo te enseñaré modales, niñato! —balbuceó papá lanzando otro puñetazo.
Pero esa vez falló, lo que me dio la oportunidad de devolverle el gesto.
—¿No ves lo que les está haciendo a tus hijos? —Le enchufé el puño en el puente de la nariz y la sangre nos salpicó a los dos mientras se caía sobre su culo—. ¿Estás ciega o qué cojones te pasa?
—Joey, ¡para! —oí decir a mi hermana con un hilo de voz. Pero ya sobraban las palabras—. No se merece que vayas a la cárcel por él.
Porque no podía parar.
Al menos hasta hacerlo parar a él.
Para siempre.
Había que pararlo.
Joder, tenía que hacer que todo parara.
—¡Quítate de encima! —me suplicó mi madre—. Joey, para, ¡que lo vas a matar!
—¡Mejor!
Mis puños siguieron moviéndose con voluntad propia en una frenética escena desenfocada en la que mis nudillos desgarrados manaban sangre sobre los dos. Por una vez me dejé llevar por mi corazón y me dispuse a acabar lo que había empezado.
Si tenía que cumplir condena, que así fuera.
Alguien debía ponerle fin a todo aquello.
Y debía ser yo.
—Joey, lo… prometiste… —Una manita me tiró del brazo, rompiendo mi concentración—. Me prometiste que… nunca… me… abandonarías.
La voz de Shannon atravesó la rojiza neblina de mi mente y me eché hacia atrás, dejando caer las manos a los costados mientras sus palabras seguían filtrándose en mi dañado cerebro.
Shannon.
«Pam, pam, pam».
Shannon.
«Pam, pam, pam».
Shannon.
«Pam, pam, pam».
Anestesiado por completo y con la mente a mil por hora, me bajé de golpe de mi padre y me alejé.
—Teddy, Dios mío… —sollozó mamá corriendo hacia él—. Teddy, ¿qué has hecho?
Y ahí estaba.
Esa era ella.
Corriendo directamente hacia él.
Me destrozó.
Lo que fuera que me hubiera mantenido entero los últimos dieciocho años se hizo añicos y me cortó por dentro. Con ojos desorbitados, miré a mi alrededor tratando de encontrarle sentido a esa zona de guerra en la que nos habíamos criado. La zona de guerra en la que me encontraba.
Sangre y lágrimas.
Dolor y presión.
Era demasiado.
—Ollie. —Centrando mi atención en el punto en el que estaba encogido junto a Shannon, le hice señas con el dedo y le dije—: Ve arriba y trae a Sean.
Porque no me cabía la menor duda de que el bebé se estaba escondiendo debajo de mi cama. No lo culpaba. Yo mismo hubiera querido estar ahí debajo con él.
—¿Por qué?
—¡Porque nos vamos! —Temblando de la cabeza a los pies, anuncié—: No nos vamos a quedar en una casa con este pedazo de mierda ni un día más.
Afortunadamente, Ollie hizo lo que le pedía y se fue directo hacia las escaleras sin dudar ni un segundo.
—Tadhg. Ve con Ollie.
—Pero yo…
—Por favor —pedí con voz ahogada y sintiendo cómo se me agitaba el pecho al ver la sangre que ensuciaba su rostro—. Sube y coge vuestras cosas, chaval.
Después de intimidarlo con la mirada durante diez segundos, cedió y se fue a toda prisa hacia las escaleras.
Ya sin los niños más pequeños a la vista, pude centrarme en mi hermana.
No quería. Me hubiera gustado salir corriendo y esconderme, pero me obligué a mí mismo a contemplar los daños que había sufrido su cuerpo.
—Estás bien… —mentí dejándome caer de rodillas a su lado, sintiéndome más roto en ese momento que en cualquier otro de los que tuviera recuerdo—. Estoy aquí. —La levanté con suavidad entre mis brazos—. Estoy aquí, Shan.
Se tiró hacia mí como una muñeca de trapo, y el pánico me abrasó porque supe que esa vez había sido la peor. Esa vez le había hecho más daño que nunca.
—Estás sangrando —se lamentó mamá—. Ay, Dios, Teddy…
No me hizo falta más.
Esas palabras fueron suficiente para hacerme perder el poco autocontrol que había logrado reunir.
—¿Estás ciega, hostia? Ella también está sangrando. Shannon. ¡Tu hija!
—Shannon. —Mamá se puso a parpadear rápidamente como si saliera de una especie de abotargamiento, y le cambió la expresión—. Ay, cariño, tu cara…
—No te atrevas a venirle con «cariño»… —espeté ayudando a mi hermana a ponerse en pie.
Titubeaba y se caía contra mí como un potrillo recién nacido, y su falta de equilibrio y coordinación no hacían más que aumentar mi pánico.
Porque no era buena señal.
Era una puta mierda de señal.
—Estás bien… —traté de persuadirla mientras la llevaba hasta la mesa y la sentaba en una silla—. Estás bien. Estoy aquí. —Cogí un paño de cocina y lo presioné contra un lateral de su cara, del que parecía venir la mayor parte de la sangre—. Estoy aquí, Shan.
—Shannon, no quería…
—¡Ni se te ocurra hablarle, joder! —rugí colocándome protectoramente frente a la silla en la que estaba desplomada mi hermana cuando ese malnacido intentó decirle algo—. ¡Te mato! ¿Me oyes? ¡Como vuelvas tan siquiera a mirar a mi hermana te corto el puto cuello!
¿Cómo se atrevía a mirarla? ¿Cómo cojones se atrevía a decir que no quería hacerle daño?
Todo lo que había hecho ese hombre en la vida estaba orquestado con una malicia y una crueldad intencionadas.
Decía que lo sentía porque era tan consciente como yo de que esa vez había ido demasiado lejos.
Lo que acababa de hacer en esa cocina no se podía esconder ni enterrar. Estaba acabado, y el cabrón lo sabía.
En lugar de alegrarme, me puse de los nervios. Porque Teddy Lynch nunca era más peligroso e impredecible que cuando estaba acorralado, y ahora ese malnacido tenía el culo pegado a una pared.
Los chicos volvieron a la cocina poco después con las mochilas cargadas de ropa y juguetes, y me destensé aliviado al ver el rostro impoluto de Sean.
Estaba bien.
«El bebé está bien».
—Vale, esto es lo que va a pasar —dije cuando mis tres hermanos se pusieron corriendo detrás de mí—.
O encuentras algún instinto maternal en lo más profundo de ese puto corazón de piedra que tienes y echas a ese hijo de puta de una vez por todas —le planteé a mi madre—, o me llevo a estos niños de casa para siempre.
—Joey, lo siento mucho…
—No te disculpes —la interrumpí antes de soltar—: Protege a tus hijos y échalo.
—Joey, yo…
—Decídete, mamá. —Para mis adentros, deseé que hiciera lo correcto por una vez en su vida.
Sabía que tenía miedo. Yo también lo tenía.
Pero esos niños se merecían algo mejor. Ella debía ser mejor, hostia, porque aquella versión de lo que era una madre no bastaba para mantener a salvo ni a una camada de gatitos—. ¿Él o nosotros?
—Joey, si te calmas un momento…
—¡No te atrevas a venirme con palabrería! —Estaba furioso; el corazón se me resquebrajaba un poco más cada segundo que tardaba en elegirnos—. Haz lo correcto por una vez en tu puta vida y échalo.
—Joey, ¿no podríamos simplemente…?
—Él o nosotros —sentencié castañeando los dientes del dolor que desgarraba mi cuerpo y trataba de ignorar con desesperación—. Él o nosotros, mamá.
Silencio.
Miradas vacías.
Nada.
Seguía sentada a su lado, contemplándome con la mirada perdida.
—Quiero que sepas algo —logré articular conteniendo las lágrimas que se acumulaban en mis ojos—. Quiero que sepas que en este momento te odio más de lo que nunca lo he odiado a él. Quiero que sepas que ya no eres mi madre, aunque tampoco es que haya tenido ninguna jamás.
—Por favor…