Rey de la gula (Pecados 6) 69. Padres y abuelos
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69. Padres y abuelos

PADRES Y ABUELOS

Joey

Aunque me dolían sitios que no sabía que podían llegar a doler, encajé el mal humor de Tony en el trabajo sin quejarme y navegué por las peligrosísimas aguas en las que me veía inmerso tratando de no desplomarme a causa del dolor que me atravesaba.

La espalda me dolía hasta el punto de que casi me daba miedo quitarme la camiseta y mirarme al espejo. No quería ver el tipo de daños que me había provocado ese cinturón la otra noche.

Sabía que mi desnudez solo iba a conseguir estresar aún más a mi embarazada novia, así que, pese a sus sospechas, la noche anterior me había ido a la cama en camiseta y pantalón de chándal.

Me dormí enseguida, gracias a un par de benzos de las que le prescribían a mi madre que me había tragado en el baño después de que Molloy se quedara frita, pero por la mañana volví a sentir lo mismo.

Aun así, saqué el culo de la cama y me las arreglé para estar puntual en el taller, pues era consciente de que había llegado el momento de demostrarle mi valía a Tony Molloy. Y es que, por primera vez en la vida, estaba a malas con mi jefe, y no era algo que me hiciera sentir bien.

No me había dicho ni una sola palabra desde la noche en la que nos sentamos alrededor de la mesa de su cocina con mis padres, y la presión iba en aumento.

Cuando esa mañana vino al taller y me vio esperando en la puerta, yo no estaba muy seguro de cómo iba a ir la cosa.

Al no mandarme directamente a la mierda, me quedé por ahí y esquivé todas las llaves inglesas y de carraca que me lanzaba.

Y cuando digo que me las lanzaba me refiero a que me las tiraba a la cabeza.

Estaba más que furioso, y no lo culpaba. Además de decepcionarlo, había arrastrado a su hija conmigo.

Soportando su silencio y los misiles voladores, agaché la cabeza, ignoré el móvil y trabajé hasta la hora de comer, determinado a no darle más motivos para que me largara del trabajo.

No me importaba cómo quisiera gestionarlo. Tampoco es que yo tuviera mucho a lo que aferrarme. Le había jodido la vida a su hija. Si el bebé que crecía dentro de Molloy fuera una niña y acabara enamorada de un mierda como yo, a mí también se me iría la castaña, como le había pasado a Tony.

Eran poco más de las cinco de la tarde cuando por fin dejó de hacerme el vacío y plantó una taza de café en el carrito que había junto a mí. Sin atreverme a decir nada que lo mosqueara aún más, hice ademán de llevarme la taza a los labios, pero me detuve en seco mientras miraba el borde con recelo.

—Relájate, no está envenenado —farfulló antes de darle un sorbo a su taza y cambiarla por la mía para demostrármelo—. No quiero dejar a mi nieto sin padre.

Eso decían sus palabras, pero su expresión mostraba claramente que lo había pensado.

—Gracias —murmuré antes de probar la bebida.

—¿Qué te ha pasado en la cara?

—Me he dado contra una puerta.

Movió la cabeza hacia los lados, pero no insistió; prefirió darle otro sorbo al café.

Agradecido por su pequeño acto de misericordia, yo también le di un trago al mío.

—Entonces ¿vamos con ello?

—¿Quieres hacerlo ahora?

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

—De acuerdo —dijo mirándome con dureza.

—De acuerdo —contesté manteniendo el contacto visual en señal de respeto, pero gritando por dentro: «Que empiece el espectáculo. Prepárate para el dolor».

—Me has defraudado, Joey.

Mierda, oírlo decir eso en alto me dolió más de lo que había pensado.

—Ya lo sé, Tony.

—Pero lo peor es que has decepcionado a mi hija.

—Sí. —Tensando la mandíbula, asentí con rigidez—. Eso también lo sé.

—¿Qué vas a hacer al respecto?

—Dar un paso al frente.

—Un paso al frente.

Hice un gesto afirmativo con la cabeza.

—Voy a hacer lo que Aoife quiera que haga.

—¿Y qué pasa con lo que Trish y yo queremos que hagas?

—Eso también. —Me encogí de hombros—. Siempre que se ajuste a lo que quiere tu hija.

—¿Vas a estar a su lado?

—Sí.

—¿Vas a casarte con ella?

—Si es lo que quiere, sí.

—¿Tú qué quieres?

—A ella.

Se me quedó mirando un buen rato y luego lanzó un suspiro cargado de frustración.

—Me cago en todo, Joey, esto sería mucho más fácil si no me cayeras bien.

«Sí, lo sé».

—Puede que ella vaya a tener a tu bebé, pero sigue siendo mi bebé —espetó—. Siempre lo será. Moriría por ella. Mataría por ella. Sé que eres buen tío, pero te aviso, de hombre a hombre, si alguna vez se te pasa por la cabeza ponerle un dedo encima a mi hija o a esa criatura…

—No tendrías que matarme, Tony —lo interrumpí—. Lo haría yo mismo.

—No digo que vayas a hacerlo, pero sabes por dónde voy, ¿verdad?

Yo voy a tener tiempo para ti, chaval, lo sabes, y sé que quieres a mi hija, pero el hogar de donde procedes y el hombre que te ha criado…

—Se le quebró la voz y dejó ir un profundo suspiro antes de echarme una mirada de advertencia—. ¿Me sigues?

Ofendido y con sensación de haber sido acuchillado por la espalda, me obligué a tragar el amargo sabor de la traición.

—Sí, Tony, te sigo.

—No digo que lo vayas a hacer —matizó—, pero eres…

—Soy hijo de mi padre —dije con rotundidad completando la frase—. Lo pillo.

—¿Y bien? —inquirió Molloy al otro lado de la línea mientras yo volvía a casa caminando esa misma tarde—. ¿Cómo ha ido? ¿Se ha pasado mucho? ¿Estás bien? ¿Te ha pegado? Dime que no te ha pegado…

—Molloy, respira. Estoy genial —dije interrumpiéndola antes de que se pusiera a interrogarme con todas las de la ley—. Estoy a punto de llegar a casa. Me ducho, compruebo cómo se encuentran los niños y luego me paso por tu casa.

—Entonces ¿de verdad estás bien?

Ni de coña.

—Sí, Molloy, todo fantástico.

—¿Qué te ha dicho?

—Me ha preguntado si tenía intención de casarme contigo.

—Dios mío… —gimoteó de forma muy dramática—. ¿Y tú qué le has dicho?

—Que ya nos habíamos casado en secreto y que, en lugar de un anillo, te habías tatuado mi nombre en el culo.

—¿No le habrás dicho eso a mi padre…?

—Claro que no —me reí—. ¿Cómo estás?

—Igual que la última vez que preguntaste —musitó—. Cálmate, Joe, sigo siendo yo.

Menos mal, joder.

—Bueno, estoy algo más abajo de tu calle —añadió—. Tengo el coche, así que llámame cuando estés listo y me paso a recogerte.

—¿Estás donde Casey?

—Sí. Le estoy haciendo unos reflejos. Tenía que salir de mi casa, si no iba a apuñalar a mi hermano con una cuchara.

—Si vas a apuñalarlo, usa algo más afilado.

—¿Un cuchillo, por ejemplo?

—Mejor un tenedor. No queremos que el bebé nazca en la cárcel.

Se echó a reír al otro lado del teléfono.

—Las rayas me sentarían de muerte.

—No lo dudo —coincidí—. Oye, cuelga, te llamo luego.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

Finalicé la llamada, me metí el móvil en el bolsillo y lo saqué de nuevo en cuanto se puso a sonar.

Sin leer la pantalla de visualización, le di a Aceptar y me puse el teléfono en la oreja.

—No, Molloy, las rayas no te hacen gorda; no, tampoco has ganado peso y, sí, aunque así hubiera sido, yo te querría lo mismo que ahora…

—Joey, ven a casa. ¡Ven rápido! —gritó Ollie al teléfono—. Por favor, ven. ¡Papá la va a matar!

—¿A quién, Ollie? —pregunté mientras mis piernas rompían a correr en dirección a casa—. ¿A mamá? —El corazón se me replegó en el pecho—. ¿Le está haciendo daño a mamá?

—¡A Shannon! —gritó Ollie—. ¡Está matando a Shannon!