Rey de la gula (Pecados 6) 68. Vacaciones de Pascua
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68. Vacaciones de Pascua

VACACIONES DE PASCUA

Aoife

—¿Adónde vas? —le pregunté a mi padre el sábado por la mañana desde la puerta de mi cuarto mientras lo observaba bajar las escaleras con el gesto torcido—. ¿Papá?

—A trabajar —vociferó mi padre sin darse la vuelta—. ¡Así que vete diciéndole a ese novio tuyo que saque el culo de tu cama!

«Uy, mierda».

—Joey no está aquí.

—Sé que se quedó a dormir.

«Cierto».

—Se fue hace un rato.

—Bueno, entonces espero que esté en el taller, porque si no será mejor que se vaya buscando a otro con quien trabajar; yo ya estoy harto de tonterías.

—¡Espera, papá! —Corrí tras él escaleras abajo y lo perseguí hasta el exterior de la casa, donde tenía aparcada la furgoneta—. No le pegues, ¿vale?

—No voy a pegarle.

—¿Me lo juras?

—Si quisiera pegarle al chaval, lo habría hecho la otra noche —farfulló mi padre mientras se subía al vehículo—. Entra ya, que hace frío y no quiero que encima te pongas enferma.

—Tampoco lo despidas —supliqué agarrando la puerta de la furgoneta para impedir que la cerrara—. Por favor, papá. Necesita su trabajo.

—Pues claro que necesita el puto trabajo —espetó mi padre—. Tiene que pagar los gastos de la criatura que viene de camino, ¿no?

Estaba claro que consultarlo con la almohada no le había hecho ningún bien a mi padre. Parecía más enfadado que cuando se enteró.

—Pero el otro día nos apoyaste cuando los Lynch…

—Joder, porque eres mi hija. Claro que te apoyo.

Siempre estaré contigo frente a los demás para beneficiarte.

Pero no me gusta, Aoife —gruñó arrancando el motor—.

¡Mi niña va a tener un niño con otro niño cuando ella misma aún es una niña!

Esto no me parece bien, pero tampoco es que ahora pueda decir nada al respecto, claro.

Es demasiado tarde. ¿Qué sentido tendría que le rompiera el cuello al muchacho a toro pasado?

No puedo retroceder en el tiempo y ponerle un condón a ese imbécil en la polla, ¿a que no?

No podía responderle a eso, así que solté la puerta y me quedé mirando mientras él la cerraba de golpe y se largaba. Volví a entrar a toda prisa y subí corriendo las escaleras para coger el teléfono y avisar a mi novio de que mi padre estaba en pie de guerra.

Aoife: Código rojo. Código rojo. Evita el taller a toda costa.

Mi padre está sediento de sangre.

Joey: Siento haberme ido sin despertarte.

Tenía que ir a ver cómo estaban los niños antes del trabajo.

¿Cómo te encuentras? X

Aoife: ¿Yo? Bien. Eres tú el que me preocupa.

¿Los niños están bien?

Aoife: ¿Joe?

Joey: Todo en orden.

Aoife: ¿Y Shan?

Joey: Aún no ha vuelto de Dublín. X

Aoife: Ay, mierda.

Joey: Sí, lo sé. X

Aoife: Mantente alejado de tu casa, Joe. Te puedes quedar en la mía unos días. No quiero que corras peligro.

Aoife: ¿Joe?

Aoife: ¡Joey!

Joey: Todo en orden. No te preocupes. Estoy en el trabajo, así que hablamos luego. X

Aoife: Joe, lo de mi padre iba en serio. He visto unos alicates oxidados en el asiento del copiloto de su furgo. Creo que se podría estar planteando castrarte.

Joey: Ya me las arreglaré con Tony. Tú ten cuidado, ¿vale? No vayas por ahí subiéndote por las paredes ni haciendo mierdas locas de esas. Te veo esta noche. X

Aoife: Te quiero. X

Joey: Yo también te quiero. X

—Bueno, las cosas como son —dijo mamá cuando entró en la cocina después de llevar la comida de mi padre al taller—. El padre de tu bebé los tiene bien puestos.

Me levanté de la silla como un resorte.

—¿Joe?

—Ajá. —Mamá asintió con la cabeza—. Ha ido a trabajar.

—¿De una sola pieza?

Mamá hizo una mueca.

—Más o menos.

—Por Dios, mamá. Dime que papá no le ha pegado.

—Según tu padre, le ha tirado a Joey una llave inglesa a la cabeza, pero no ha tenido nada que ver con el moratón de su ojo.

—Dios mío —sollocé sentándome de nuevo y dejando caer la cabeza entre las manos—. Me quiero morir.

—A tu padre se le pasará —repuso en tono reconfortante—. Los dos estarán bien, cariño. Con el tiempo se arreglarán. Ya llevan mucho tiempo trabajando juntos. Son casi un viejo matrimonio.

—Deberías haberlo oído esta mañana, mamá —gimoteé viendo a mi madre corretear de un lado a otro de la cocina—. Era tan hostil…

—No es que sea hostil, mi amor, es que tiene roto el corazón.

—Eso es aún peor —logré decir—. Se lo he roto yo. Por eso huyó de mí como de la peste anoche cuando llegó de trabajar. Me odia.

—¿Podemos hablar? —preguntó Kev entrando en la cocina con las manos alzadas—. Civilizadamente.

—Kev —suspiró mamá hastiada—. No creo que sea el momento…

—Tenemos que solucionarlo, Aoife —insistió ignorando el comentario de mi madre—. Venga. Vamos a sentarnos y a hablarlo. No podemos estar ignorándonos todo el rato.

—Puedes hablar con él todo lo que quieras —le dije a mi madre mientras me ponía en pie y cogía las llaves de mi coche de encima de la mesa—. Me voy a casa de Casey.

—Aoife —dijo Kev con un hilo de voz cuando pasé por su lado—. Por favor.

—Vete a la mierda, Kevin.