Rey de la gula (Pecados 6) 67. Pon tu mano sobre la mía
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67. Pon tu mano sobre la mía

PON TU MANO SObrE LA MÍA

Joey

—Dame una canción, Joe.

—¿Hum?

—Una canción.

Eran poco más de las diez. Estábamos refugiados en su habitación, tratando de pasar desapercibidos para Tony, que iba de un lado a otro del piso de abajo como un oso con dolor de cabeza, y Molloy se las había arreglado para convencerme de que viera otra de las películas de terror de su colección. Hoy tocaba Destino final 2 .

Confundido de la hostia por todo lo que había sucedido durante las últimas veinticuatro horas, hacía lo posible para aliviarle la tensión a mi novia.

Para que no sintiera que pasaba por aquello sola.

Porque, aunque era ella la que llevaba dentro a nuestro bebé, la responsabilidad de la paternidad se nos venía encima a los dos.

Solo de pensarlo el corazón me daba un vuelco.

¿Qué coño iba a hacer?

Tenía que cuidar de una chica y de un bebé.

Pero también estaban Shannon y los niños.

Y mamá.

«Por Dios bendito».

—¿Que te dé una canción? ¿Qué quieres decir? —pregunté encajándome otra almohada por detrás para aligerar la presión de la espalda y mitigar el dolor que recorría mi carne—. Yo no canto, cariño.

—Ya sabes que no me refiero a eso —repuso acurrucada entre mis piernas con la espalda apoyada contra mi pecho—. Dame una canción para nosotros.

—Para nosotros —repetí con tono reflexivo mientras rodeaba su centro con un brazo y atraía su cuerpo hacia mí.

—Sí, para nosotros.

—No tengo ninguna canción.

—Bueno, pues encuentra una porque la necesito.

—Vale. —Reposando mi mano sobre su abdomen, dije—: Madonna.

—¿«Like a Virgin»?

—«Papa Don’t Preach».

Molloy resopló.

—Muy buena. Nos viene que ni al pelo.

Sonreí.

—Gracias.

—Pero en serio. —Zafándose de mí, se giró hasta quedar a horcajadas sobre mi regazo—. Dame una de verdad.

—Me pones en un aprieto.

—¿Y? —Acercándose, frotó su nariz contra la mía—. Eres increíble bajo presión.

Con un fuerte suspiro, la agarré por la cintura.

—Molloy.

—Porfa…

—Vale. —Moviendo la cabeza hacia los lados, me devané los sesos tratando de encontrar algo, lo que fuera, que apaciguara a esa chica, hasta que al final se me ocurrió—: «The Way», de Divine Inspiration.

—¿Del festival de Kerry? —Sus ojos verdes brillaron cuando cayó en la cuenta, y me sonrió—. ¿Te acuerdas de eso?

—¿Te sorprende?

—No, es que… —Negando con la cabeza, arrugó la nariz antes de reconocer lo que estaba pensando—: Esa noche ibas bastante pasado de alcohol.

No solo iba pasado de alcohol.

Iba pasadísimo de rosca.

—Aún me acuerdo de cómo bailabas en ese campo, con las botas de agua amarillas y unos pantaloncitos vaqueros —me oí decir recordando el momento con nitidez.

Mis recuerdos más claros eran los de las noches que había pasado con ella.

Las únicas que quería recordar—. Arriba solo llevabas un sujetador minúsculo y se te salían las tetas —seguí contándole para que supiera que siempre iba a atesorar ese recuerdo—.

Enseñabas los cachetes del culo, y te juro por Dios que me volvía medio loco con solo mirarte.

—¿En serio?

—Sí, claro —le confirmé reflejando su sonrisa como si fuera un espejo.

—Y tú bailaste —se burló mientras alargaba una mano para pellizcarme de broma la mejilla buena—. El chico que se niega a bailar movía el esqueleto como un fiestero.

—No me quedaba otra… —contesté—. Era más seguro unirse a la locura. Tú llevabas esa pintura por todo el cuerpo…

—¡Ay, sí, la pintura corporal! —Lanzó una carcajada—. Tú también.

Claro, porque ella me la había restregado por todas partes.

—Y, cada vez que parpadeaban las luces estroboscópicas, te iluminabas como los fuegos artificiales.

—¿Sí?

—Sí, Molloy. —Con un suspiro de satisfacción, levanté una mano y le metí el pelo detrás de la oreja—. Esa noche iba ciego, pero tú me hiciste ver las estrellas.

—Qué ingenioso.

—Bueno, solo soy sincero.

—Fue un verano inolvidable, Joe. Yo giraba en torno a ti. —Se detuvo mirándome un buen rato antes de soltar un nostálgico suspiro—. Supongo que ahora todo eso ha quedado atrás para mí, ¿no?

—No, Molloy. —Se me aceleró el corazón—. Volveremos a hacerlo.

—Ya —respondió murmurando de forma poco entusiasta—. Con un bebé en brazos.

—Volveremos a hacerlo —repetí cogiéndole la barbilla con la mano y obligándola a que me mirara.

—¿Sí? —susurró esperanzada.

—Sí —confirmé con voz grave—. Y tú serás igual de temeraria. —Se inclinó hacia mí y le rocé los labios con un beso—. Y yo iré un poco menos puesto.