66. Loca por ti
LOCA POR TI
Aoife
—¿Estás bien? —preguntó Joey cuando aparcamos en el sendero que había fuera de mi casa esa misma tarde.
Nos habíamos pasado la mayor parte del camino de vuelta del hospital en silencio dándole vueltas a la cabeza. Él no había despegado los ojos de la carretera en todo el rato y yo no había podido dejar de mirar la tira de imágenes de ultrasonido que la ecografista nos había imprimido.
Era real. Había oído el latido. Tenía un bebé diminuto creciendo en el interior de mi cuerpo.
—¿Molloy? —Tras apagar el motor del coche, Joey se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró hacia mí—. ¿Te encuentras bien?
No estaba segura. Todo era muy surrealista. No sabía qué hacer ni cómo sentirme.
—¿Y tú?
Hizo un gesto de impotencia.
—Me ha llamado «papá», Molloy.
—Ya… —Aliviada al ver que él también parecía alucinado, asentí vigorosamente con la cabeza y me giré hacia él para repetir sus palabras—. Me ha llamado «mamá», Joe.
—Es que he sido consciente cuando estábamos allí, ¿sabes? — musitó frotándose el mentón—. Vamos a ser padres.
—De una persona —convine mordiéndome las uñas con gesto nervioso—. Un ser humano de verdad.
—El año que viene por estas fechas ahí detrás habrá una criatura —añadió señalando hacia la parte de atrás del coche—. Hecha por nosotros.
—Qué dices del año que viene —gimoteé—. Para este Halloween ya habrá un bebé. —Abrí los ojos como platos—. Para Halloween, Joe. Tendremos que hacer el truco o trato.
—Y por Navidad celebrar que viene Papá Noel.
—Y en primavera, el conejito de Pascua.
—Y yo no tengo ni casa ni coche ni ningún puto título. —Se restregó la mano por la cara—. La situación nos supera, nena.
—Tú no tienes problema —razoné—. Se te dan de miedo los bebés. La que está en un aprieto soy yo. El único bebé que he tenido en brazos es la cría de jerbo de mi primo, y adivina qué le pasó, Joe… Se me cayó. Ajá. Tal cual. Esa cosita cayó de narices en su jaula cuando yo me quedé a su cargo.
—Vale, pero comparar tu capacidad para cuidar de nuestro bebé con hacerte cago del roedor de tu primo no tiene sentido, Molloy.
—Tal vez no, pero tampoco es que dé el perfil de madre responsable…
—¿Y yo sí?
—¡Anda ya! —Puse los ojos en blanco—. Tú has ejercido de padre toda la vida. Dominas incluso la amenaza esa de «como suba para arriba…».
—Guau. Gracias.
—Lo digo en serio, Joe. Tú lo tienes controlado. Yo estoy jodida.
—Déjame verla otra vez —murmuró arrebatándome la ecografía del bebé de la mano y acercándosela a la cara—. Joder, creo que veo una polla.
—¿Qué? No es verdad. —Boquiabierta, le quité la imagen y escudriñé la zona donde me señalaba—. Eso no es una polla, es una pierna.
—No, esto es una pierna —me corrigió dando unos golpecitos sobre la ecografía—. Y esto, la otra. Y eso de ahí es una polla.
—Es el cordón umbilical.
—Es una polla, Molloy. —Dejó caer la cabeza sobre el volante, masculló algo incomprensible entre dientes y, en voz alta, gruñó—: Es un niño.
—Pero dijiste que aún era pronto para saberlo.
—Ya, bueno, no sé qué decirte, porque eso es una polla.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Créeme, he visto demasiados putos sonogramas de esos a lo largo de los años. Reconozco una polla cuando la veo.
—¿Qué pasa si te equivocas?
—Espero que así sea.
—Joey. —Le di un guantazo en el brazo—. No digas eso.
—No le pongas mi apellido —murmuró con la cabeza apoyada sobre el volante—. Por favor, Aoife, ponle el tuyo y rompe el ciclo.
Sus padres.
Al final todo se reducía a ellos.
—No hay nada que romper, Joey —contesté acariciándole el pelo—. Ni tú eres él, ni yo soy ella.
—Escúchame, por favor. No quiero que lleve mi apellido —repitió en voz baja—. Ni mi nombre, pero mucho menos mi apellido. No quiero que ese crío tenga nada que le haya llegado de mí.
—Joey, venga ya. Ni siquiera sabemos si es un niño.
—Lo es —refunfuñó echándose hacia atrás para mirarme—. En cualquier caso, lo tienes que convertir en un Molloy. No le pongas mi apellido.
—Joey. —Mi corazón se aceleró—. Eres el padre de este bebé y es algo de lo que estoy orgullosa. —Levanté una mano para acariciarle su magullada mejilla—. Estoy orgullosa de ti. Nunca me he avergonzado de quién eres ni de dónde vienes, y nuestro bebé tampoco lo hará.
La emoción centelleaba en sus ojos verdes.
—¿Qué pasa si me convierto en él?
—Eso no va a pasar.
—Pero ¿y si pasa? ¿Y si ya soy como él?
—Eso es imposible.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo conozco a él y te conozco a ti. —Le acaricié la mejilla—. Él es un abusón y tú eres un hombre. No se os puede comparar. Sois polos opuestos. Teddy y tú no sois la misma persona, Joe —susurré—. Ni de lejos.
—Yo nunca te haría daño.
—Lo sé.
—Lo digo en serio. —Me agarró la mano y se la llevó a la mejilla—. Nunca te pondría ni un dedo encima, Aoife Molloy. Nunca. Ni a ti ni a nuestro hijo.
—Lo sé —repetí acercándome para apoyar mi frente sobre la suya.
—Lo haré bien por ti —juró con voz grave—. Te lo prometo.
—No tienes que convencerme, Joe. —Me acerqué y le di un beso antes de susurrarle—: Estoy loca por ti desde los doce años.
Me contempló durante un buen rato y luego dejó escapar un amargo suspiro.
—Te quiero, Aoife.
—Yo también te quiero, Joe.
—¿Me puedo quedar una? —preguntó sosteniendo la larga tira de ecografías.
—Claro —respondí con el corazón a mil por hora mientras lo observaba cortar una con cuidado y metérsela en la cartera—. Es tu bebé, Joe.
—Sí. —Asintiendo con la cabeza, se guardó la cartera y sonrió—. Es mi hijo.