65. ¿Deberíamos habernos cambiado de ropa?
¿DEBERÍAMOS HABERNOS CAMBIADO DE ROPA?
Joey
«Joey, soy yo, Shannon. Voy de camino a Dublín con el instituto. No volveré hasta tarde esta noche. ¿Puedes decírselo a mamá? Tiene mi móvil, así que no llames, ¿vale? No podrás localizarme, pero estoy bien, Joe. No te preocupes por…».
Reproduje por tercera vez el mensaje de voz que me había dejado mi hermana y me planteé cómo coño iba a suavizar esto en casa. Borré el mensaje del móvil, me lo guardé en el bolsillo y me pasé una mano por el pelo en señal de frustración.
—Igual deberíamos habernos cambiado de ropa —susurró Molloy devolviéndome al presente.
Nos encontrábamos en la abarrotada sala de espera del hospital materno-infantil, rodeados de mujeres en avanzado estado de gestación y sus maridos…, todos susceptibles de ser confundidos con nuestros padres.
—No te preocupes —respondí apoyándole la mano sobre la rodilla para que dejara de moverla arriba y abajo—. Yo te cubro, Molloy.
—Sí, Joe, a eso me refiero —murmuró—. Aquí todos saben lo bien que me cubres.
Me reí porque, la verdad, ¿qué otra cosa iba a hacer en un momento así? No se equivocaba.
Llevábamos puestos los uniformes del Ballylaggin y atraíamos diversos tipos de miradas de la gente que había alrededor.
Pena. Asco. Compasión. Sorpresa…
La lista no acababa ahí.
—Que les den —le dije lanzándole una mirada de advertencia a un futuro padre especialmente pervertido que tenía los ojos clavados en las piernas de mi novia—. No nos conocen.
—Joe, somos los únicos adolescentes —siguió divagando con tono de pánico—. Aquella chica de allí parece que tiene veintipocos años, pero ya está. Todas estas mujeres son mucho mayores que yo.
—No pasa nada, Molloy —traté de calmarla—. La edad es solo un número.
—Tienes razón —acordó alisándose el bajo de su falda plisada—. Tienes toda la razón, Joe. —Me alcanzó la mano y se acercó hasta pegar su costado contra el mío—. Dios, me estoy meando.
—Aguanta —contesté—. Ya has leído el formulario. Dice que la vejiga tiene que estar llena.
—Ya, pero es muy incómodo. —El malestar la hizo retorcerse—. Distráeme.
—¿Cómo?
—Dime quién estaba al teléfono.
—Shannon —repuse suspirando profundamente—. Se ha ido a Dublín con el instituto.
—¿En serio? No me lo habías dicho.
—Porque no lo sabía —admití—. Sí, va a ser divertido explicárselo al viejo cuando se entere.
—No. —Apretó su mano alrededor de la mía—. No, no, no, no tienes que explicarle nada, ¿vale? Tú mantente alejado de ese gilipollas. Deja que se encargue tu madre.
—Molloy.
—Lo digo en serio, Joe —dijo con voz ahogada llevando mi mano hacia su regazo—. No soporto saber que te hace daño…
—¿Aoife Molloy? —gritó una enfermera con aspecto de estar hecha polvo poniéndole fin a la conversación—. Te toca, cariño.
—Ay, Dios. —Como un conejo ante los faros de un coche, Molloy se puso en pie y me arrastró con ella—. No te vayas, Joe —susurró cogiéndome la mano con una fuerza letal mientras seguíamos a la enfermera—. No te alejes de mí.
—No lo haré —prometí dejando que tirara de mí hacia una sala de luz mortecina—. No me iré a ninguna parte.
—Me llamo Margaret y soy la ecografista —se presentó la mujer cerrando la puerta a nuestra espalda—. Has venido a hacerte la ecografía de datación, ¿verdad?
—Eh… Sí… —dijo Molloy con un hilo de voz soltándome la mano a regañadientes cuando la mujer la condujo hasta la mesa de reconocimiento—. Eh… Él es el padre, ¿se puede quedar conmigo?
—Claro, el papá puede sentarse en la silla que tienes al lado.
«Papá».
Hostia puta.
—¿Joe? —gimoteó Molloy mirándome fijamente desde la mesa en la que estaba tumbada boca arriba y con la mano extendida hacia mí.
—Mierda, claro.
Sacudí la cabeza para deshacerme del pánico, me acerqué a ella, me hundí en la silla que había junto a la mesa y le cogí la mano.
—Según tu ficha, este es tu primer embarazo —dijo la ecografista mientras lubricaba el vientre de mi novia con una botella de gel transparente—. El primer día de tu último ciclo menstrual fue el catorce de diciembre, ¿es correcto?
—Eh… Sí —dijo Molloy con voz entrecortada—. Así es. Manché un poco a finales de enero, pero mi amiga me dijo que eso podría ser…
—El sangrado de implantación —completó la ecografista asintiendo con la cabeza—.
Ajá. Y tienes un hermano gemelo, ¿no? —Tras meterle un montón de pañuelos de papel a mi novia por debajo de la cinturilla de la falda, se puso a manipular el equipo de ultrasonidos que había junto a la mesa, toqueteando los botones y escribiendo en el minúsculo teclado—. ¿Bivitelino? ¿Dicigótico?
—Pues… —Molloy me miró y yo me encogí de hombros; no tenía ni puta idea de lo que significaba eso—. Sí… Creo…
—Bueno, vamos a echar un vistazo. —Sacó la vara del aparato y se la pasó a mi novia por la tripa—. Vas a sentir mucha presión en la parte baja del abdomen y la zona pélvica, pero no debería doler.
Concentrado en la pantalla que teníamos delante, vi cómo la oscuridad se transformaba en un extraño orbe blanquecino con un fuerte movimiento palpitante que procedía de su centro.
—Precioso —comentó la ecografista mirando alternativamente hacia la vara y hacia la pantalla mientras usaba el teclado y cambiaba de ángulo—. Sí, no hay duda de que estás embarazada.
—Mierda —soltamos Molloy y yo al unísono acercándonos para ver mejor la pantalla.
—¿Es eso? —preguntó Molloy apretándome la mano mientras observábamos cómo esa criaturita con forma de alien flotaba por la pantalla—. ¿Eso es el bebé?
—Sí, y escuchad esto. —La ecografista se calló, pulsó unos botones del monitor y la sala se llenó de un ruido trepidante—. Tiene un latido fuerte y hermoso.
—Parece un caballo al trote —suspiró Molloy—. ¿De verdad es su latido?
—Ajá, y, a juzgar por el tamaño de esta habichuelita, tus fechas son exactas. Estás de catorce semanas y tres días, de modo que la fecha estimada del parto es el 20 de septiembre de 2005. Enhorabuena, mamá y papá.
—Dios, Joe… —susurró Molloy girándose para mirarme—. Fue en la fiesta del Tommen.
—Sí —logré balbucir, pese a que mi corazón retumbaba diez veces más rápido que el de la criatura que llevaba mi novia en el útero—. Puto Gibsie y sus acanutilados de Moher…
—Y el champán.
—Puto champán.
—¿Perdón?
—Nada —canturreamos a la vez.
Sacudiendo la cabeza, pregunté:
—Entonces… Eh… ¿Ahora qué?
—Bueno, le daremos a la mamá una cita con la comadrona para repasar el historial médico, familiar y esas cosas, y a partir de ahí ya veremos.
—Siguió explorando el abdomen de Molloy mientras hablaba—.
Como sabréis por lo abarrotados que están los pasillos y la sala de espera, esta tarde estamos bastante saturados, así que te enviaremos los datos de la cita por correo postal la semana que viene, más o menos.
—¿Qué busca? —preguntó Molloy con recelo mientras observaba cómo la ecografista le desplazaba la vara por el abdomen.
—Eres una gemela; intento asegurarme de que no haya ninguna sorpresa oculta.
—¿Qué? —exclamé con el corazón martilleándome el pecho—. ¿Hay más? —Clavé los ojos en los de mi novia—. ¿Más aún?
—No, no, no —dijo Molloy con una risilla nerviosa alejando la mano de la ecografista—. Con una sorpresa basta, gracias. Joder, no nos busque más problemas.
—No te preocupes. Solo veo un saco membranoso fetal.
—Gracias a Dios —espeté echándome hacia atrás en la silla y presionándome una mano contra el pecho—. No me dé esos sustos.