64. Ir a la guerra por ti
IR A LA GUERRA POR TI
Aoife
Si tenía alguna duda sobre si Joey Lynch estaba dispuesto a estar a mi lado antes de esa reunión, había desaparecido.
Porque allí, sentada en el despacho, oyendo a mi novio ir a la guerra por mí contra nuestra tutora de curso y el director, lo único que podía pensar era «Gracias a Dios de que es mío».
Que añadieran mi nombre a la temida lista de las chicas que se quedaron embarazadas en el instituto fue, con diferencia, uno de los momentos más vergonzosos de mi vida, pero no sentí nada más que orgullo respecto a la persona con la que iba a tener aquel bebé.
Joey, guapo y agobiado, estaba sentado enfrente de mí, con su madre a su lado, y parecía que estaba a tan solo unos segundos de lanzar la mesa por los aires.
Sí, era descarado, y sí, era malhablado como un camionero, pero sus palabras significaban más para mí que ningún discurso bien preparado.
Porque él hablaba con el corazón. Cada palabra que pronunciaba iba en serio, y ese sentimiento calmó algo muy dentro de mí.
A lo mejor sí nos iba a ir bien.
A lo mejor sí podía hacer esto de verdad.
Con él.
La situación en la que me encontraba era más que aterradora, pero, a diferencia de las otras chicas del instituto que habían sido víctimas de la misma desgracia de nueve meses con las hormonas alteradas, mi cómplice estaba a mi lado.
De alguna manera extraña, me sentía como Rose de Titanic , cuando las demás chicas estaban ahogándose, pero Jack la mantuvo a flote. Joey no sería ningún ángel, pero era leal y responsable, y mejor hombre de lo que creía cualquiera de esa sala.
Me sentía mejor estando en su presencia.
Ese tipo de persona era.
Escuché a nuestras madres hablar con el señor Nyhan y la señorita Lane durante unos minutos más. Hablaron de mis restricciones en Educación física, etcétera, pero, a decir verdad, Joey había dado en el clavo.
Aquella reunión era un despropósito. Lo único que saqué de ella fue que me subiera la tensión y que me doliera la barriga.
—¿Quieres que vayamos a tomar café? —oí que le preguntaba mi madre a la de Joey cuando llegamos al aparcamiento del instituto después—. Hay una bonita cafetería en la esquina de Main Street. Podríamos charlar nosotras un rato. De madre a madre.
—¿Café? —susurró Joey—. ¿Qué coño?
—Ni idea. —Puse los ojos en blanco—. Quizá sea un gesto de paz.
—O podríamos volver a mi casa. Tengo un pastel de Madeira recién hecho en la panera —sugirió mi madre, abriendo la puerta del conductor de la furgoneta de mi padre—. ¿Qué me dices, Marie? ¿Café y pastel mientras analizamos nuestro futuro como abuelas?
La madre de Joey parecía como si le acabaran de pedir que explicara el último teorema de Fermat.
—¿Café? —Abrió y cerró la boca varias veces antes de susurrar—. Eh… No sé.
—¿Has venido en coche?
—No. —Con unos ojos azules inseguros, muy abiertos, miró a mi madre y negó con la cabeza, y aquel movimiento la hizo parecerse mucho a su hija—. Eh… He venido caminando desde el trabajo.
—Bueno, pues venga —la animó mi madre, subiéndose al asiento del conductor de la furgoneta—. Ven a casa a tomar café y luego te acerco a la tuya.
La madre de Joey miró a su hijo y se encogió de hombros, sin saber qué hacer, casi como si le pidiera permiso.
—¿Qué quieres hacer, mamá?
—Yo, eh… —Se calló y miró a su alrededor, nerviosa, antes de dar un paso hacia la furgoneta—. Eh… —Puso rectos sus frágiles hombros y abrió la puerta del copiloto—. Gracias.
—Vosotros dos —dijo mi madre mientras bajaba la ventanilla—. Id directos a casa después del hospital, ¿me oís? Ni os imaginéis que os habéis librado ya. El sermón que tengo que echaros ni siquiera ha empezado.
—No sé cómo tomarme eso —señaló Joey mientras veía cómo nuestras madres se marchaban en la furgoneta de mi padre—. Me hace sentir incómodo de la hostia, Molloy.
—Sí, lo sé —coincidí con un suspiro y le rodeé la cintura con el brazo—. Pero ¿quieres saber qué me hace sentir muy cómoda?
—¿Hum?
—Tú, Joe —le sonreí—. Lo que hiciste en el despacho del señor Nyhan, lo que dijiste, significa mucho para mí.
Me miró con el entrecejo fruncido.
—No hice nada, Molloy.
—Sí que lo has hecho —repliqué, apoyándome en su costado mientras nos acercábamos a mi coche—. Y lo significó todo.
—No sé qué decir —contestó—. ¿Conduces tú, nena?
—No. —Negué con la cabeza y le lancé las llaves—. ¿Puedes hacerme un favor?
—Dime.
—Quédate conmigo esta noche.
Suspiró con fuerza.
—Molloy.
—No me digas que no. —Me senté en el asiento del copiloto y tiré la mochila que llevaba al hombro hacia el asiento trasero antes de volver a centrar mi atención en Joey, que estaba encendiendo el motor—. Di que sí.
—¿Y los críos?
—¿Y tú? —repliqué, encendiendo la radio del coche con un asentimiento de aprobación cuando sonó «Underneath It All» de No Doubt por los altavoces—. Esta habla de ti, Joe.
—Para ya con las canciones —masculló—. Y estoy genial.
—Tu cara no dice lo mismo.
—Aoife.
—Joey. —Le puse la mano sobre la que tenía en el cambio de marchas—. Por favor.
No me contestó hasta salir del instituto y estar en la calle principal. Solo entonces dejó escapar un suspiro y le dio la vuelta a la mano.
—Tú ganas, Molloy. —Entrelazó los dedos con los míos—. Otra vez.
—Yupi.
—Bueno, ¿estás preparada? —preguntó, con la atención entre mi cara y la carretera delante de nosotros—. ¿Para ver al bebé?
—No —admití en voz baja—. ¿Y tú?
—No. —Me apretó la mano—. Pero esto está hecho, Molloy.