Rey de la gula (Pecados 6) 63. Acógete a la quinta enmienda
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63. Acógete a la quinta enmienda

ACÓGETE A LA QUINTA ENMIENDA

Joey

Apenas habíamos calentado el asiento en Irlandés cuando sonó el timbre de megafonía y la voz de la secretaria del instituto dijo por el altavoz:

—Joseph Lynch y Aoife Molloy, por favor, preséntense en el despacho del director inmediatamente.

—¿Pueden expulsarlo por dejarla preñada? —preguntó Alec desde el pupitre al lado del nuestro, y, si no hubiera sido porque lo decía en serio, le habría dado una hostia—. Porque tenemos un partido y estamos jodidos sin él.

—No lo creo, Al. —Podge se rio a su lado—. Pero nunca se sabe.

Cogí mis libros y los metí en la mochila antes de levantarme, ignorando los «uuuh» y «ay, mierda» que decían algunos de nuestros compañeros. Me dirigí a la puerta, la abrí y esperé a que mi cómplice moviera el culo y saliera conmigo.

—Buena suerte —dijo Alec, levantando los dos pulgares con entusiasmo cuando Molloy llegó a la puerta—. Acógete a la quinta enmienda.

—¿Qué crees que nos va a decir el señor Nyhan? —preguntó Molloy, cogiéndome de la mano mientras marchaba a mi paso—. ¿Es que se le permite tocar el tema?

—¿Cómo coño voy a saberlo yo?

—Bueno, tú eres el que se pega la mayor parte del tiempo en su despacho.

—Solo porque tú eres demasiado astuta para que te pillen.

—Bueno, está claro que esta vez me han pillado.

—Qué graciosa.

—¿Y si me grita, Joe?

—Si te grita, le partiré la nariz.

—No le partas la nariz —se apresuró a decir—. No tienen que expulsarte, ¿vale? Ni arrestarte. Sí, necesito que no te ocurra ninguna de esas dos cosas.

—Muy bien. Haré lo que pueda.

—Ay, Dios. Me encuentro mal —se quejó cuando llegamos a la puerta de cristal esmerilado del despacho—. ¿No podemos escaquearnos y marcharnos antes?

—No. —Negué con la cabeza mientras abría la puerta y tuve que meterla dentro literalmente—. Venga, Molloy. Acabemos con esto de una vez.

—Vuestras madres están en el despacho con el señor Nyhan. Podéis entrar directamente —anunció Betty, sin levantar la vista de su ordenador mientras escribía a toda velocidad en el teclado que tenía delante—. Buena suerte.

—¿La madre de quién?

—De los dos.

—¿Mi madre está aquí? —Fulminé con la mirada a la secretaria, a quien llamaba por el nombre de pila—. ¿Por qué?

—¿Por qué no entras ahí y lo averiguas, Joseph? —respondió Betty, sin perder el tiempo—. Ya sabes qué puerta es.

Sí.

La tercera a la derecha.

—Buena suerte, Joe —susurró Molloy, apretándome un poco la mano—. Te quiero.

—Sí. —Exhalé y le mantuve abierta la puerta del despacho para que pasara—. Igualmente, Molloy.

Me senté más que incómodo en un lado de la mesa de reuniones, al lado de mi madre, mientras Molloy y Trish estaban situadas enfrente de nosotros.

A un lado de la mesa estaba sentada la señorita Lane, nuestra tutora de curso, y en el otro, el señor Nyhan, nuestro director, que estaban haciendo un magnífico trabajo hablando de nosotros en vez de con nosotros.

No era que Molloy yo fuéramos los afectados directos por el embarazo ni nada parecido. Uy, no, era más pertinente dirigirse a nuestras madres cuando se trataba de tomar decisiones sobre nuestro futuro.

«Cretinos».

Como no podía rozarme nada la espalda, me incliné hacia delante y apoyé un codo en la mesa, mientras dejaba caer la mano libre en el regazo.

Cuando el director le hizo a mi madre una pregunta y la mujer se giró para prestarle toda su atención, aproveché la oportunidad para introducir discretamente la mano que tenía apoyada en el regazo en su bolso, que estaba en el suelo entre nuestras sillas.

Apenas respirando, rebusqué en el interior hasta tocar con los dedos el familiar frasco de pastillas circular.

Cerré la mano sobre él y me lo metí enseguida en el bolsillo, sintiendo una oleada de alivio por el cuerpo por no tener que enfrentarme a otra noche infernal en mi casa.

Ignorando sus voces y la inquietante necesidad de escapar al baño para tomarme unas cuantas pastillas, concentré toda la atención en mi novia, que se mordía por los nervios la uña del meñique, mientras miraba con los ojos muy abiertos a los adultos en la sala.

—¿De cuánto tiempo estarás, Aoife?

Los ojos de Molloy, atormentados por la culpa, se dirigieron al señor Nyhan.

—¿Hum?

Puse de inmediato la espalda recta.

No tenía que sentirse culpable por nada.

Eso era cosa mía.

—¿De cuánto estarás cuando sean los exámenes de acceso a la universidad en junio, Aoife?

—Ah. —Se le pusieron coloradas las mejillas y se aclaró la garganta con fuerza antes de lanzar una mirada nerviosa en mi dirección—. ¿Qué fecha de junio?

—El día 7.

—Ah. —Tragó saliva, nerviosa—. Creo que para entonces estaré de veinticinco semanas.

—¿Tú crees?

—Sí, eh… Bueno, verá, no lo tengo claro.

—¿No lo tienes claro?

—Bueno, todavía no me han hecho el escáner fetal —se apresuró en explicar—. De hecho, lo tengo hoy.

—¿Por qué la estás presionando con eso? —espeté, irritado por que la estuviera interrogando—. Ya te ha contestado. Dale un puto respiro, ¿no? Por Dios.

—Joey —soltó mi madre, dándome un codazo mientras Molloy me dedicaba una sonrisa.

El señor Nyhan decidió ignorar mi estallido, que, para ser sincero, fue un poco decepcionante, y devolvió la atención a mi madre.

—Sé que Teddy y tú estáis muy ocupados con este, Marie, y odio sacar el tema en estos momentos difíciles, pero tengo que preguntarte por Shannon. Espero sinceramente que le esté yendo bien en Tommen.

—Le va muy bien, gracias —respondió mi madre—. Y, en cuanto a mi hijo, le va mucho mejor en clase desde Navidades.

—Sí, bueno. —Sin molestarse a terminar la frase, se dirigió a Trish—: Por favor, ten en cuenta que, aunque en el instituto público Ballylaggin desaconsejamos firmemente las relaciones entre alumnos, no la rechazaremos en estos momentos de necesidad.

—¿Rechazarme? —soltó Molloy, frunciendo el ceño—. ¿Qué significa eso?

—¿Estos momentos de necesidad? —intervine, negando con la cabeza—. ¿Qué coño de afirmación es esa?

—Joey —volvió a llamarme mi madre la atención—. Basta.

—No viene al instituto en burro, buscando refugio —refunfuñé—. Quiere recibir una educación, no oro, incienso y mirra.

Mi madre dejó caer la cabeza en sus manos y suspiró, cansada.

—Ay, Joey.

—Hay muchas cosas que tener en cuenta, Joseph —terció la señorita Lane con un tono altanero—. Antes que nada, está la cuestión de si el seguro del centro cubre o no tener a una alumna embarazada en el instituto.

—¿Qué está diciendo? —exclamó Aoife, poniéndose pálida—. ¿Que, si el seguro no me cubre… —miró a su madre—, entonces me echan?

—No vais a echarla del instituto —gruñí, sentándome recto—. No estamos en los putos años cincuenta. Ni de coña voy a permitir que la rechacen como si fuera una mujer de moral distraída o algo por el estilo. Yo soy el que va por el puto mal camino.

—Joey.

—En serio, yo estoy tan preñado como ella.

—Joseph, por favor.

—¿Qué? —dije—. Es cierto. Soy el padre. Yo le puse ese bebé ahí. Si queréis echarle la culpa a alguien, echádmela a mí, no a ella. Solo le quedan poco más de dos meses para dejar el instituto y lo va a terminar. Por encima de mi cadáver le quitaréis eso.

—Joey, cálmate. Aoife, respira. Nadie va a echar a nadie — intentó calmar Trish la situación, con los ojos clavados en el señor Nyhan—.

Es discriminación, por no mencionar que está totalmente en contra de la ley no permitir a una alumna que asista a clase por el único motivo de estar embarazada. No es cierto, ¿Eddie?

—Bueno, sí, por supuesto. —El cabrón intentó dar marcha atrás—. Nadie está sugiriendo que se vaya a echar a tu hija del instituto.

—Igual que no se sugirió que se echara del instituto a Samantha McGuiness ni a Amy O’Donovan o a Denise Scully.

Todas chicas de mi urbanización —comenté con desdén, lanzándole una mirada que decía «Sí, gilipollas, sé cómo funciona»—.

Si ese es el caso, entonces explícame a qué viene eso de que el seguro del instituto no va a cubrir que Aoife venga a clase.

—No he dicho que no lo cubra. Solo estaba diciendo que…

—Estabas intentando intimidar a mi novia para que se vaya en silencio y no se monte un escándalo en el instituto —la interrumpí—.

Sí, conozco vuestro juego. No nací ayer.

Sé que para la junta de profesores es mucho más fácil cuando las chicas preñadas desaparecen.

La diferencia es que esas chicas estaban solas.

—Hice una pausa para señalar a Molloy antes de añadir—: Pero Aoife me tiene a mí, y yo no tengo intención de marcharme en silencio.

Si podía hacer algo por ella era ponerme delante y soportar la presión, la decepción y el dolor. Podía recibir los golpes por ella, y lo haría.

Me quedé ahí sentado, con la espalda bien recta, los músculos en tensión, y recibí su decepción en la barbilla, consciente de que ella no estaba en condiciones para recibir otro golpe.

—Joey. —Mi madre me puso una mano en la rodilla que no paraba de moverse y la apretó—. Por favor, tranquilízate, ¿vale?

—Sí —afirmó el señor Nyhan, lanzándome una mirada asesina —. No hay nadie luchando contra ti.

—Solo porque he hecho un ataque preventivo —dije entre dientes—.

¿Qué es lo que estamos haciendo aquí? —Miré a las caras de los que estaban presentes—.

Aoife está embarazada. Yo soy el padre. Va a tener al bebé cuando ya hayamos terminado el instituto, así que no entiendo la necesidad de esta mierda de reunión.