Rey de la gula (Pecados 6) 62. Mi corazón está dentro de ella
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62. Mi corazón está dentro de ella

MI CORAZÓN ESTÁ DENTRO DE ELLA

Aoife

—Bueno, está claro que sabes cómo causar sensación —dijo Podge el viernes por la mañana cuando se sentó conmigo en nuestra mesa habitual del comedor en la pausa del desayuno—. Todos están hablando de ti, Aoife.

Sí, todo el alumnado del instituto Ballylaggin estaba hablando de mí. Algunos de los más atrevidos incluso me hicieron preguntas que no eran asunto de nadie. Joder, hasta uno de los profesores sustitutos me preguntó si era verdad.

Lo peor de todo es que Joey no estaba.

No se había presentado.

—¿Ya ha llegado? —quise saber, sin molestarme en reconocer lo obvio—. ¿Estaba fuera cuando saliste a fumar al principio de la pausa?

Podge negó con la cabeza, haciendo una mueca.

—Aún no. Pero vendrá.

Miré el reloj en la pared y noté cómo aumentaba la ansiedad.

—Son las once y diez, Podge. Ya se ha saltado las tres primeras clases. El instituto cierra a las doce. Solo nos queda una clase después de comer.

—Debe de haber pasado algo en su casa. —El mejor amigo de mi novio volvió a ofrecerme otro gesto de incomodidad—. Escucha, sé que pinta mal, pero Lynchy no te dejaría colgada ni de coña a menos que fuera por algo importante.

—Sí. —Se me revolvió el estómago y golpeé con los dedos la mesa, reprimiendo las ganas de gritar—. Por eso estoy preocupada.

Porque tenía suficiente fe en mi novio para saber que no iba a dejarme tirada. Joey era un montón de cosas, pero no un cobarde. Jamás en su vida le había dado la espalda a una responsabilidad, lo que solo hacía aumentar la ansiedad que supuraba en mi interior.

Mi madre había llamado a la Gardaí la noche anterior para informar sobre Teddy y no hacía falta ser un genio para saber que la ausencia de Joey en el instituto tenía que ver con eso.

—Es ella —susurró un grupo de novatos de primer año mientras pasaban por nuestra mesa corriendo, apiñados—. La embarazada de sexto.

—¿El tío con el que está sentada es el padre?

—He oído que no sabe quién es el padre.

Maldita señorita Lane por castigar a Casey durante la hora de la comida.

No había sido tan malo cuando estaba conmigo durante las clases.

Hablaba como un camionero y tenía una respuesta para cualquiera que fuese lo bastante imbécil para acercárseme en el pasillo.

Pero esa boca la había hecho terminar castigada, lo que significaba que yo estaba sola y sangrando en el tanque de los tiburones.

Agradecía que Podge hubiera venido a sentarse conmigo. Todos los demás que supuestamente eran mis amigos me trataban como si el embarazo fuese contagioso. Aparte de Casey, solo los chicos de mi clase eran amables.

Las chicas eran horribles.

Todavía no me habían llamado al despacho del director para la temida charla, pero sabía que era cuestión de tiempo que se enterara de los rumores de mi rebeldía.

—¿Cómo se ha tomado Lynchy la noticia? —me preguntó Podge, trayéndome de vuelta al presente—. Le he llamado un par de veces, pero no contesta.

—Mejor de lo esperado. —Solté el aire de forma entrecortada—. Sobre todo, por cómo lo descubrió.

—Tu hermano se ha portado como el culo —comentó— al decírselo a Ricey antes de que Lynchy lo supiera. Joder, eso es caer bajo.

—Ya —gruñí, todavía dándome de todo con solo pensarlo—. No quiero saber nada de Kev.

—Entonces ¿cuál es el plan?

Parpadeé.

—¿El plan?

—Sí —asintió Podge—. ¿Vas a tenerlo?

—Sí —respondí, sintiéndome extrañamente a la defensiva—, pues claro.

—Bien por ti. —Asintiendo para sus adentros, Podge cogió una cucharada de yogur y se la metió en la boca—. Hará lo correcto contigo.

—Sí —susurré—, sé que lo hará. Es que… es todo un lío, ¿sabes?

—No quiero ni pensarlo.

—No me extraña.

—Oye. —Desde el otro lado de la mesa del comedor, me apretó el hombro en señal de apoyo—. No eres la primera en tener un bebé con un chaval del instituto, Aoife —dijo—, y seguro que no vas a ser la última, joder. Pronto será noticia pasada.

—Sí, Podge, gracias y eso —mascullé, notando que las mejillas me ardían por las miradas intensas que estaba recibiendo—, pero de algún modo dudo que esto pase pronto.

—Eh, Piernas Sexis, le acabo de dar una paliza a tu hermano —declaró Alec, sentándose en la mesa delante de nosotros—. Espero que no te importe.

Abrí mucho los ojos.

—¿Ah, sí?

—Claro. —Me guiñó el ojo—. Lynchy recibió el último aviso y no podía hacerlo. Y yo no podía dejar que Cerebrín le hiciera esa jugada a mi chica favorita.

—¿Dónde está ahora?

—¿Quién? ¿Cerebrín? —Alec se encogió de hombros—. Sospecho que llamando por teléfono a vuestra mami.

—Ay, Al… —No pude evitar la sonrisa que apareció en mi cara, encantada de que al mierdecilla lo hubieran puesto en su sitio—. Gracias, colega.

—De nada —respondió con una sonrisa—. Y solo para que lo sepas: aunque tengas una barriga enorme, seguirás siendo muy follable.

—Qué bonito, Al. —Podge se rio—. Justo lo que quiere oír cualquier chica.

—Me pido ser el padrino —dijo Alec.

—No puedes pedirte ser el padrino, gilipollas.

—Lo acabo de hacer.

—Bueno, pues no cuenta. —Podge resopló—. Si alguien va a ser el padrino, ese soy yo.

—No, mira, Piernas Sexis va a nombrar madrina a Tetas de diablesa, lo que le da rienda suelta a Lynchy para decidir quién será el padrino de su vástago.

—Sí, porque referirse al hijo nonato de nuestro mejor amigo como «vástago» es algo que haría un padrino.

—Mira, Pelo Púbico Pelirrojo, va a pasar, así que retírate de una puta vez y ni se te ocurra robarme el protagonismo en esto.

Podge se encogió de hombros.

—Sí, bueno, prefiero tener el pelo púbico pelirrojo que una polla infestada de ladillas.

Alec soltó un grito ahogado.

—No tengo ladillas.

—Ya no.

—Nunca he tenido ladillas. —Entrecerró los ojos—. ¡Me rascaba porque me había afeitado las pelotas y picaba de la hostia!

Me reí.

—¿Te afeitaste las pelotas, Al?

—Ay, sí, a Al le va mucho la depilación masculina —dijo Podge cuando sonó el timbre que indicaba el final de la pausa.

—¿Qué queréis que os diga? —Alec se levantó y me dedicó una sonrisa de medio lado—. Soy un caballero.

—¿Quieres venir con nosotros, Aoife? —me preguntó Podge, poniéndose de pie—. Todos tenemos Irlandés con Dineen.

—Ahora os veo, chicos —dije, despidiéndome de ellos con la mano—. Tengo que ir a hacer pis.

—Mantén la cabeza alta, Piernas Sexis —me animó Alec por encima del hombro mientras salía del comedor con Podge—. Y mantén esas piernas cerradas hasta que mi ahijado esté hecho del todo.

—Gracias, Al —suspiré con fuerza, ignorando las miradas que estaba recibiendo—. Muchas gracias, colega.

Estaba saliendo del lavabo, de camino a clase de Irlandés, cuando mi hermano me paró en el pasillo.

—Tenemos que hablar.

Lo ignoré cuidadosamente, lo esquivé y continué caminando.

—Aoife, para. —Me agarró del brazo y tiró hacia él—. Por favor. Tenemos que hablar de esto.

—¿Qué ocurre, Kev? —espeté, caminando a su lado a regañadientes por el pasillo hacia mi clase—. ¿También me echas la culpa por tu labio partido?

—Me ha pegado el esbirro de tu novio.

—Sí, bueno, los soplones reciben lo que se merecen, gilipollas.

—Lo siento, ¿vale? —Con las manos alzadas delante de mí, Kevin intentó razonar con una parte de mi corazón que ya no existía. Al menos, para él no—. Sé que me lo monté como el culo, ¿vale? No estuvo bien, Aoife. Ahora lo entiendo.

—Demasiado tarde.

—Aoife, por favor —suspiró con fuerza—. Vamos.

—No. Ya has oído lo que va diciendo la gente de mí —contesté, deteniéndome en la puerta de mi clase—. Ya has visto cómo me tratan. Tú has provocado eso, Kev. Has orquestado todo este rollo. Así que métete tu disculpa por el culo, porque no me soluciona nada.

—Lo que dijiste ayer sobre Joey… Tenías razón —admitió, frotándose la mandíbula con la mano—. No me gusta. Representa una amenaza para mí. Y, sí, lo hice para hacerle daño.

No me estaba diciendo nada que ya no supiera.

—Pero no tuve en cuenta lo que te harían a ti mis acciones —añadió, sonando arrepentido de verdad—. No pensé y punto.

—Lo que hiciste no puede arreglarse con una disculpa —respondí, sin estar dispuesta a ceder—. No puedes detonar una bomba en la vida de una persona y luego decir «uy» cuando todo se ha ido a la mierda.

—¿Cómo está el futuro tío? —preguntó Paul, cuando salió de nuestra clase. Echó un brazo por encima de los hombros de mi hermano y me sonrió con crueldad mientras se dirigía a Kevin—. ¿Todo bien, Kev?

Avergonzado, mi hermano se encogió de hombros, violento, antes de mascullar:

—¿Todo bien, Ricey?

—Ay, lárgate, Paul —gruñí, harta de tanta chorrada—. Estoy intentando tener una conversación privada con mi hermano.

—¿Privada? —me dijo con desdén como si yo fuera una mierda en su zapato—. No hay nada tuyo que sea privado, ¿eh, Aoife?

Lo fulminé con la mirada y lo mandé a tomar por culo con el dedo.

—Que te den.

—Te dije que te arruinaría la vida —insistió con crueldad— y ahora mira en qué estado te encuentras. —Me recorrió con la vista, deteniéndose en mi barriga antes de negar con la cabeza—. Ya estás engordando.

—Ricey —dijo mi hermano, intentando defenderme—. Déjala en paz.

Fue un triste intento, porque, en cuanto notó la presión de la mirada de Paul, se derrumbó y bajó los hombros.

—¿A ti qué te importa, chaval? —Paul se rio—. Lo dijiste tú mismo. Tu hermana es una puta.

Le lancé una mirada asesina a mi hermano, que tuvo la decencia de agachar la cabeza, avergonzado.

—¿Crees que me importa tu opinión, Paul? —repliqué, decidida a defenderme yo misma frente a la provocación de aquel gilipollas—. Lo mejor que hice fue alejarme de ti.

—No, eso fue el mejor favor que me hiciste a mí —dijo con desprecio—. Pero fue lo peor que te hiciste a ti misma, porque ahora lo único que serás es la madre del bastardo de ese yonqui de mierda.

—Repítelo.

Me quedé sin respiración en un vertiginoso instante cuando una familiar voz amenazadora se introdujo en mis oídos. Bajé los hombros y sinceramente sentí que me iba a desplomar por la oleada de alivio que me recorrió el cuerpo.

—Repítelo, gilipollas —volvió a decir Joey, que se acercó por detrás de mí.

Tiró el palo de hurling y el casco al suelo, se quitó la mochila de los hombros y me rodeó con uno de sus fuertes brazos la cintura antes de llevarme contra su duro pecho.

—A que no te atreves.

Temblé cuando su mano me acarició el pequeño bulto en mi vientre y me entraron ganas de llorar cuando movió el pulgar con cuidado de arriba abajo.

—Ahora es cuando sales corriendo —le dije al gilipollas de mi ex—. Rápido.

Mi hermano abrió la boca para hablar, pero Joey se le adelantó.

—Deberías escuchar a tu hermana.

Fue casi gracioso lo rápido que ambos chicos se fueron, dirigiéndose en direcciones opuestas.

—Sí, corre —le dije a mi hermano, disfrutando totalmente de su incomodidad mientras me apoyaba en el pecho de mi novio—. Nenaza.

—Siento muchísimo haber llegado tarde —murmuró Joey cuando estuvimos fuera del alcance de su oído—. Me quedé dormido.

—Me alegro mucho de que hayas venido —respondí, dándome la vuelta en sus brazos—. No creía que fueras a presentarte… ¿Qué coño te ha pasado en la cara?

Me quedé boquiabierta mirando el horrible morado y la hinchazón en el lado izquierdo de su rostro.

—Dios santo, Joe. —Levanté la mano para tocarle—. La mejilla.

—Sí, creo que está rota —masculló, retirándome la mano con cuidado mientras cogía el palo y la mochila.

—No la toques, ¿vale? Está delicada de la hostia.

—¿Rota? —Tragué el nudo que tenía en la garganta mientras se me partía el corazón.

Su padre le había dado otra paliza.

Tenía otro hueso roto.

Otro trocito de su corazón que se perdería para siempre.

—Te lo ha hecho él —se me quebró la voz—. ¿Por mí? ¿Por el bebé?

—No, no fue por el bebé —respondió con un tono suave—. Fue porque es un capullo. —Abrió la puerta del aula y me invitó a entrar yo primero—. Esto no ha sido por tu culpa.

—¿Qué horas son estas? —exclamó el señor Dineen cuando entramos en clase.

—Perdón por llegar tarde, señor —declaré antes de que el profesor la tomara con mi novio como de costumbre—. Estamos en plena crisis.

—¿Crisis?

—Náuseas matutinas —dijo algún gilipollas fingiendo tos al fondo de la clase, lo que provocó un coro de gritos y silbidos.

—Muy bien, os la dejo pasar esta vez —respondió nuestro profesor con las mejillas coloradas mientras nos indicaba que tomáramos asiento.

Corrí hacia el fondo de la clase y me senté en la última fila mientras veía a Joey esperando a que el señor Dineen le firmara el libro rojo en su escritorio.

De camino a nuestro pupitre, sus movimientos eran rígidos y supe muy bien que las marcas que llevaba en la cara no eran las únicas que le había dejado su padre en el cuerpo.

Se me partió el corazón al pensarlo.

—Joe —susurré cuando se sentó con cuidado a mi lado.

—Todo va bien, Molloy. —Tiró el palo y el casco al suelo delante de sus pies antes de girarse para prestarme toda su atención—. Estoy bien. —Sus ojos verdes cálidos estaban llenos de cariño cuando se inclinó hacia mí y susurró—: ¿Tú cómo te encuentras?

—Estoy bien.

—¿Sí? —Deslizó la mano bajo el escritorio y me apretó el muslo—. Bueno, se te ve muy bien, nena.

No podía entender cómo era tan bueno conmigo, tan considerado, cuando él estaba pasando un infierno.

—Te quiero —susurré, poniendo la mano encima de la suya—. Muchísimo.

—Lo sé. —Exhaló con dolor y entrelazó los dedos con los míos—. Lo sé, Molloy.

—Ya está mal que ambos hayáis llegado tarde a clase, pero encima tenéis el morro de poneros a hablar —bramó el señor Dineen mirándonos mal—.

Joseph, ¿te importaría decirle a la clase qué estáis susurrando?

En tu lengua materna, si quieres, puesto que he pasado seis años intentando enseñarte el idioma.

— Ceart go leor, a mhúinteoir —respondió mi novio, encogiéndose de hombros con despreocupación mientras respondía en gaélico—. Bhí mé ag rá le mo leannán go bhfuil grá agam di.

El corazón me golpeó con fuerza el pecho mientras traducía mentalmente las palabras.

«Muy bien, profesor. Le estaba diciendo a mi novia que la quiero».

— Dúirt mé léi freisin go bhfuil cuma álainn uirthi —continuó diciendo Joey, sin vacilar. «También le he dicho que está preciosa». —Encogiéndose de hombros, añadió—: Agus go bhfuil mo chroí istigh inti. —«Y que mi corazón está dentro de ella».

— Go hiontach —respondió el señor Dineen, arqueando una ceja. «Impresionante»—. Le haghaidh buachaill nach n-éisteann sa rang . —«Para un chico que nunca atiende en clase».

— Sea . —Joey sonrió—. Tá a fhios agam . —«Sí, lo sé».