Rey de la gula (Pecados 6) 61. Solo esta vez
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61. Solo esta vez

SOLO ESTA VEZ

Joey

Cuando llegué al final de la carretera, el coche patrulla se marchaba de mi casa. Como sabía que la Gardaí de esa ciudad no necesitaba muchos motivos para meterme en una celda últimamente, me escondí en el callejón de al lado hasta que pasaron de largo.

Cuando se fueron, tiré la colilla del cigarrillo detrás de mí y me acerqué a mi casa al trote, pues necesitaba otro arresto en mi historial tanto como un agujero en la cabeza.

Porque eso sería lo que sucedería. Daba igual lo que Trish Molloy le hubiera dicho a la policía. Mi padre no recibiría ningún castigo. Nunca lo recibía.

La culpa recaía en mí.

Siempre lo mismo.

Cuando crucé la puerta principal al cabo de unos minutos, me dio la bienvenida el puño de mi padre en la mandíbula.

—Hostia. —Desprevenido y sorprendido por el ataque inesperado, retrocedí a trompicones y aterricé de culo en el pasillo, con un latigazo de dolor recorriéndome la cara—. Puta.

—Subnormal de mierda —me llamó, encima de mí—. Te vas de la lengua con esa gente y les cuentas nuestros asuntos privados. Vas corriendo a la madre de tu novia a llorarle. ¿Qué creías que iba a pasar?

Quería levantarme y pelear, de verdad que sí, pero el pómulo me dolía tanto que se me revolvió el estómago.

Me puse a cuatro patas y eché el hígado en el suelo, incapaz de ocultar mi sufrimiento mientras me ardía la cara.

—Que te… jodan.

A continuación, me pegó con la bota en el estómago, quitándome el aire de los pulmones.

—Si no quieres estar bajo mi techo, chico, ya sabes dónde está la puerta. Nadie te impide marcharte si no quieres estar aquí.

—Teddy, no. —Esa era mi madre. Oí que le suplicaba que dejara de darme patadas, pero no paró. No hasta que me dio media docena más—. Por favor, para. No es más que un niño.

—Hazle las putas maletas —le ordenó mi padre mientras yo estaba hecho un bulto en el suelo, intentando respirar con aquel dolor—. ¡Quiero a este imbécil fuera de casa!

Sabía que debía volver a levantarme, pero no me quedaban fuerzas.

Aun así, ese fuego del autosabotaje orgulloso continuaba ardiendo intensamente en mi interior, exigiéndome que me pusiera en pie y no me quedara allí tumbado hasta que el corazón resistiera.

—¿Crees que estás preparado para ser padre? —bramó, y le oí desabrocharse el cinturón, un sonido que me era demasiado familiar—. Pues claro que sí, idiota. Primera lección para ser padre: saber cuándo poner a raya a tus pequeños cabrones.

Un gruñido de dolor se me escapó cuando noté el latigazo del cuero en la espalda.

—¡Teddy, no!

Volvió a darme con el cinturón. Más fuerte esta vez.

—¡Por favor, Teddy, no!

Temblé con violencia y me mordí el labio tan fuerte que saboreé la sangre, pero me negué a gritar ni a suplicarle a aquel hombre nada.

—¡Joey! —Ese era Tadhg.

Lo oí llorar por allí cerca.

Otro chasquido del cinturón que me cortó la piel y una bocanada de vómito salió entre mis dientes.

—¡Sube esas escaleras y vete a la cama o serás el siguiente!

La hebilla metálica se me clavó en la carne y reprimí un grito. Sacudiéndome violentamente, me retorcí hasta ponerme de lado para taparme la cabeza con las manos.

—¡Papi, no, no le hagas daño! —se filtró la voz de Ollie en mis oídos.

—Es…, es-to-toy bien —intenté decirles, mientras se me hinchaban las fosas nasales y me obligaba a respirar a pesar del dolor—. Id a la ca-cama.

No sabría decir cuántas veces me azotó el cuerpo con ese cinturón, porque debí de desmayarme del dolor y, cuando volví en mí, todo estaba en silencio y mi padre se había marchado.

Entumecido hasta la médula, me quedé justo donde estaba, demasiado hecho polvo para levantar ni un dedo, mientras evaluaba lo que había sucedido esa noche.

Finalmente, cuando no pude soportar más el frío que me estaba calando en los huesos, me obligué a incorporarme, soltando el aire con dificultad cuando noté un terrible dolor en la espalda.

—Joey. —Apartándose del último escalón de las escaleras, donde debía de estar sentada, mi madre se arrastró hacia mí—. Ay, Joey.

Como estaba demasiado cansado para quitármela de encima, dejé que me cogiera la cara con sus manos pequeñas y me acribillara a besos la mejilla, mientras con la manga me limpiaba la cara.

—Lo siento, tesoro. Lo siento muchísimo. Se ha ido fuera. Se ha marchado.

—¿Me das un cigarrillo?

Frunció el entrecejo mientras unas lágrimas gigantes continuaban brotando de sus ojos.

—¿Un cigarrillo?

Asentí con la cabeza.

—Me he quedado sin tabaco.

Los ojos se le llenaron de dolor y negó con la cabeza antes de sollozar y asentir.

—Te voy a buscar uno.

—Gracias.

Se puso de pie con dificultad, corrió a la cocina y volvió al cabo de un instante con un paquete de veinte Rothmans y un encendedor. Temblando, sacó despacio un cigarrillo del paquete y me lo puso en los labios antes de encender una pequeña llama con su mechero.

Me incliné hacia la llama y lo encendí antes de dar una buena calada.

—¿Estás bien?

Negué con la cabeza.

—¿Tienes algo roto?

«Probablemente».

—¿Dónde están los chicos? —pregunté después de otra profunda calada.

—En la cama.

Llevó las manos a mis hombros y me recorrió la piel comprobando los daños.

—¿Dónde está Shan?

—En la cama. Con los auriculares puestos.

—Menos mal, joder.

Cuando levantó el dobladillo de la camisa del uniforme, soltó un sollozo de dolor.

—Tenemos que limpiarte eso. ¿Puedes levantarte?

Con unos movimientos lentos, rígidos y calculados, me obligué a ponerme de pie y a seguirla hasta la cocina.

—Quítate la camisa —me indicó, yendo a por el hervidor—. Tengo que lavarte esos cortes antes de que se infecten.

«Dios».

No quería ni ver el aspecto de mi espalda.

Sosteniendo el cigarrillo entre los labios, me desabroché los botones de la camisa antes de quitármela con cuidado por los hombros, y puse una mueca de dolor al ver las rayas de sangre que manchaban la tela.

—¿Está muy mal?

Mi madre inspiró otra vez con fuerza.

«Sí, está mal».

—Ten —dijo, pasándome un paquete de verdura congelada envuelto en un trapo—. Póntelo en la mejilla. Ayudará con la hinchazón.

—Voy a necesitar una camisa nueva para el instituto —mascullé, dando una calada—. El cabrón me ha estropeado esta.

—Hay una en el armario del calentador. —Puso las manos en mi espalda, apretando una tela húmeda sobre la carne en llamas—. No te muevas y déjame limpiarte esto.

—¿Estoy aún sangrando?

—Un poco.

—¿Necesito puntos?

—No lo creo. Esta vez no.

Negando con la cabeza, le di otra calada al cigarrillo mientras mi madre me limpiaba.

—Si quieres que me vaya, me piraré.

—Yo no quiero que te vayas.

—Pero no voy a dejar aquí a Shan y los niños —continué, ignorando sus palabras—. Si me marcho, se vendrán conmigo.

—Joey.

—Lo digo en serio.

—Nadie se va a ninguna parte.

Ese es el problema.

—Sé que estás de acuerdo con él.

—¿Que estoy de acuerdo respecto a qué?

—Aoife.

Sus manos se quedaron quietas en mi espalda.

—No quiero esta vida para ti.

—Sí, yo tampoco quiero esta vida para ti.

Mi madre suspiró, cansada.

—Joey.

—Voy a estar a su lado, mamá. Es mi novia y, lo creas o no, da la casualidad de que la quiero mucho. —Conteniendo un estremecimiento cuando sus dedos tocaron una parte de la espalda particularmente delicada, solté—: Voy a estar a su lado y lo haré muchísimo mejor de lo que él lo hizo contigo.

—¿No tienes miedo?

«Estoy aterrorizado».

—Me da miedo por ti —dijo cuando no contesté—. Ojalá no te estuviese pasando esto.

—Pues es lo que hay.

—Ojalá reconsiderarais ambos…

—Calla —la interrumpí—, eso no es lo que quiere Aoife.

—¿Y qué hay de lo que tú quieres, Joey?

—Yo quiero que esté bien.

—Eso no es una respuesta.

—Sí, bueno. —Me encogí de hombros y tiré el paquete de verdura congelada sobre la encimera de la cocina, antes de girarme para mirarla, haciendo una mueca cuando posé los ojos en la toalla manchada de sangre que tenía en las manos—. Es lo único que tengo.

—Necesito que agaches la cabeza durante unos días —susurró, con los ojos cargados de culpa—. Mantente fuera de su camino hasta que se calme. No les cuentes a los chicos lo de Aoife. No se lo cuentes a Shannon. Dame… Dame un tiempo para convencer a tu padre, ¿vale?

—¿Hablas en serio?

—Joey, es complicado.

Esta vez, cuando fue a tocarme, retrocedí.

—Siempre va a ser él. Siempre vas a elegirlo a él.

—No estoy eligiéndolo a él. Estoy intentando mantener a esta familia unida. —Dio otro paso hacia mí y yo me alejé tres de ella—. Joey, por favor.

—¿Tienes algo para el dolor? —pregunté, ya que no estaba dispuesto a seguir con una conversación en la que terminaría yo teniendo la culpa de todo—. La cara me está matando.

—Hay paracetamol en el armario.

—Mamá.

—No, Joey.

—Te estoy pidiendo ayuda —solté, notando el ansia por el alivio arañando sin cesar mi garganta—. Por favor, mamá.

—Joey.

—Por favor —le pedí—, me duele mucho.

—Te he dicho que tengo paracetamol en el armario.

—Por favor —le rogué, reprimiendo las ganas de gritar «Que le den a tu paracetamol»—. Solo esta vez y no te lo volveré a pedir.

—Joey.

—Te lo suplicaré de rodillas si hace falta.

—No supliques.

—Por favor, mamá. Por favor, joder.

—Vale. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Solo una vez.

—¿Qué tienes?

Se sorbió la nariz antes de susurrar:

—Clonazepam.

«Menos mal, joder». Suspiré aliviado.

—¿Dónde?

Se le contrajo la cara por el dolor y dijo gimoteando:

—En mi bolso. —Se acercó a la mesa para coger el bolso que estaba colgando del respaldo de su silla—. Coge una y ya.

—Necesito más, mamá —le pedí, yendo detrás de ella—. Por favor. Una no me hace una mierda.

—Son muy fuertes. —Sorbiéndose la nariz, desenroscó el frasco y me puso dos C2s en la mano que tenía abierta—. No me pidas que repita esto.

—No lo haré —contesté, aunque ambos sabíamos que era mentira.