Rey de la gula (Pecados 6) 60. Suena la alarma #5
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60. Suena la alarma #5

—La chispa de fuego que te hace tan increíblemente tú —respondió, apretando el brazo contra mí—.

Da igual lo que cambie tu cuerpo, porque siempre volveré a ti.

Porque puede que me guste tocar todo esto —explicó recorriéndome el cuerpo con los dedos hasta llegar a mi cara y dar unos golpecitos en mi sien—. Pero estoy colgado de esto.

—¿Mi mente? —preguntó con incredulidad—. Qué chorrada.

—Es verdad —insistió—. Nadie me vuelve tan loco como tú y eso no tiene nada que ver con tu cuerpo, Molloy.

—Vale —me di por vencida con una sonrisa de medio lado. Me giré y deslicé la mano por debajo de su camisa para dejarla sobre la piel desnuda de su estómago—. Menudo piquito de oro tienes.

—Soy famoso por mis momentos —bromeó, poniéndose de lado para mirarme—. Cuando no la cago.

—Vamos a estar bien, ¿verdad? —me oí preguntar.

—¿No lo estamos siempre?

—Hablo en serio. —Le acaricié con la mano la mejilla—. Todo va demasiado rápido.

—Sí. —Puso una mueca—. Parece que es la costumbre en lo que a mí respecta.

—En serio, Joe, la cabeza me da vueltas con todas estas curvas.

—No tengo ni idea de cómo resultará todo esto —admitió sinceramente—, pero, vaya como vaya, yo te apoyo.

—Y yo a ti.

—Entonces saldrá bien —respondió con un breve asentimiento.

—¿Sí? —pregunté en voz baja, observándolo desde cerca.

Sus ojos verdes ardieron de franqueza al decir:

—Sí.

Entonces llamaron a la puerta de mi habitación y vi cómo el cuerpo entero de Joey se ponía tenso antes de retirar a regañadientes el brazo de detrás de mí y sentarse al borde de la cama.

—Pasa —dije, sin querer que nadie ni nada del mundo exterior entrara en mi cuarto y estallara nuestra burbuja.

Solo quería estar con él.

—Se han ido los padres de Joey —anunció mi madre al entrar en mi habitación, recorriéndonos con la mirada, sin duda para ver si nos estábamos comportando—. ¿Estáis bien?

—No deberías haberlo hecho, mamá —me oí decir, sentándome derecha—. ¿Por qué los has traído aquí? ¿Por qué esa emboscada?

—No he sido yo —se apresuró mi madre en corregirme, mirándonos primero a uno y después al otro—. Tu padre quería hablar con el padre de Joey.

—Sí, bueno, seguro que ahora sabéis que no se puede hablar con él —respondió Joey con un suspiro—. Solo oye lo que quiere, Trish.

—Sí —asintió mi madre con tristeza—. Escucha, Joey, si hemos empeorado la situación para ti en casa…

—Está bien —dijo enseguida mi novio, quitándole importancia—.

Entiendo por qué teníais que hablar con mis padres.

Lo pillo. —Se levantó, fue a por su mochila apoyada en mi armario y metió dentro su uniforme—.

Va en serio lo que he dicho —añadió, cerrando la cremallera y poniéndosela a la espalda—. No soy él, Trish.

—Sé que no lo eres, cariño —lo tranquilizó mi madre enseguida.

Joey asintió con rigidez y me miró.

—Será mejor que me vaya.

Se me cayó el alma a los pies.

—Podrías quedarte… —Miré a mi madre con esperanza—. Se podría quedar a pasar la noche, ¿no, mamá?

Mi madre se mordió el labio.

—Bueno, sí…

—No, tengo que irme a casa —la interrumpió Joey, metiendo ambos brazos por las asas de la mochila—. ¿A qué hora es la ecografía mañana?

—A la una y media.

—Terminamos las clases a las doce, así que podemos ir directamente al hospital desde allí. —Se retiró unos pasos de mi cama y se inclinó para darme un beso en la mejilla—. Te veo por la mañana.

—Puedes quedarte —le supliqué, cogiéndole de la mano.

Me la apretó un poco y me guiñó el ojo antes de soltarme.

—Te veo mañana, ¿vale? —dijo por encima del hombro mientras se dirigía a la puerta.

—No conozco los detalles de lo que pasa en tu casa —soltó mi madre, haciendo que mi novio se detuviera en seco en la puerta de mi habitación—, pero he oído suficientes historias y he visto suficientes morados en tu cuerpo para saber que tiene que parar.

—¡Mamá!

—Deberías saber que he llamado a la Gardaí y he informado de tu padre.

—Mamá —dije, dejando caer la cabeza entre las manos—. ¿Qué coño?

—Y deberías saber que no es la primera vez que informo de él, pero nunca había tenido pruebas suficientes.

—Ay, Dios mío, mamá.

—Pero esta noche ha amenazado con hacerte daño delante de mí —continuó diciendo, con los ojos clavados en mi novio—. Y puede que no sea asunto mío, pero me niego a quedarme sentada sin hacer nada.

—Joder, mamá —solté, notando los fuertes latidos de mi corazón en el pecho mientras esperaba que Joey estallara.

—Supongo que irán a visitar tu casa esta misma noche —añadió mi madre con la cara roja—. Lo siento, amor, de verdad que sí, pero no podía llevarlo sobre mi conciencia.

—Genial, Trish —fue lo que Joey respondió, sin volverse para mirarnos a ninguna de las dos—. Lo entiendo.

—Puedes quedarte —repitió con el tono cargado de emoción—. Siempre habrá un lugar para ti en esta casa.

—Gracias —suspiró con fuerza, negó con la cabeza, resignado, y dijo—: Pero tengo que irme a casa. —Y se marchó.

Se oyeron unos pasos ligeros que bajaban las escaleras, seguidos al cabo de unos instantes de la puerta principal abriéndose y cerrándose.

Negué con la cabeza y fulminé a mi madre con la mirada.

—¿Qué has hecho, mamá?

—Lo correcto, Aoife —respondió mi madre—. He hecho lo correcto.