Rey de la gula (Pecados 6) 60. Suena la alarma #4
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60. Suena la alarma #4

—Pero apruebas y por eso lo digo —reiteré—.

Porque si Kev, o Paul, o cualquier otro de nuestro curso tuviera que pasar a diario por lo que pasas tú, te garantizo que se derrumbarían —respondí—.

Niégalo cuanto quieras, pero tienes una mente privilegiada dentro de esa mollera tuya —consideré mientras me cubría el meñique del pie con una última capa de pintaúñas antes de cerrar el frasco.

—Bueno —le sonreí con dulzura, me recosté sobre los codos y moví los dedos de los pies—, sopla.

Joey me miró como si me hubiera crecido otra cabeza.

—Estás como una puta cabra si crees que voy a soplarte los dedos de los pies.

—Vamos, Joe —le pedí gimoteando, moviendo los dedos—. Estoy embarazada.

—¿Y? —dijo, sintiéndose insultado.

—No quiero que se estropee el esmalte.

—Pues no lo estropees.

—Sopla.

—No.

—Sóplame los pies.

—Ni de coña.

—Joey Lynch.

—Aoife Molloy.

—Dijiste que estarías ahí por mí.

—Como novio y padre de tu bebé —farfulló, alzando las manos—. No como tu puto esteticista.

—No hubo estipulaciones cuando hiciste tu promesa —argüí—, así que ven aquí a soplar.

—Esa frase es mía.

—Tú haz esto por mí y yo haré otra cosa por ti.

—Hostia puta. —Joey puso los ojos en blanco, se sentó en el borde de la cama y se puso mis pies en el regazo—. Me has transformado en un idiota.

—Eres el mejor —canturreé, victoriosa—. He tenido mucha suerte con que seas el padre de mi hijo.

—Hum —gruñó Joey, nada impresionado conmigo, mientras me soplaba cada uno de los dedos de los pies para secar la laca de uñas antes de dejarlos caer de nuevo en la cama sin ningún cuidado para acercarse a la ventana.

—Vaya, buen trabajo, Joe —lo felicité admirando mis dedos—. La próxima vez puedes ayudarme a pintar…

—No te pases —refunfuñó, abriendo la ventana y sacándose un paquete de cigarrillos del bolsillo—. Necesito fumar.

Se sentó en el alféizar con una pierna por encima de la cornisa, que dejó colgando fuera mientras mantenía la otra dentro de mi habitación, y encendió el cigarrillo.

—¿Y tienes el morro de sermonearme porque me estaba pintando las uñas? —Arqueé una ceja—. Deberías pensar en dejarlo.

—Estoy dejando un montón de cosas últimamente. Permíteme algo a lo que agarrarme, ¿vale? —dijo el listillo mientras se inclinaba hacia fuera—. ¿Crees que siguen abajo con tus viejos?

«Sí». Me encogí de hombros.

—No he oído la puerta principal cerrarse de golpe.

—¿De qué coño estarán hablando? —masculló, agobiado y nervioso—. No me gusta esto, Molloy.

«Ni a mí tampoco».

—Todo saldrá bien, Joe.

—Tienes razón. —Dio una profunda calada y se asomó por la ventana para echar el humo de los pulmones antes de añadir—: Irá genial. Si el niño es tan persuasivo como su madre y da puñetazos como los de su padre, entonces estamos de suerte.

Arqueé una ceja.

—¿El niño?

—El niño. La niña. —Movió la mano sin dirección—. Lo que sea.

—¿Quieres saberlo?

—¿Saber el qué?

—El sexo.

—¿Mañana? —Se giró para mirarme con el ceño fruncido y los labios sosteniendo el cigarrillo—. Porque no lo saben tan pronto, Molloy. —Volvió a asomarse por la ventana para exhalar otra nube de humo antes de añadir—: Tendrás que esperar a la ecografía morfológica.

—¿La ecografía morfológica? —Lo miré boquiabierta—. ¿Qué coño es eso y por qué suena como si fuese a ser doloroso?

—¡Por Dios, qué dramática eres! —se rio, frotándose la mandíbula—. No duele. Es una ecografía detallada que se hace alrededor de las veinte semanas.

—¿Dónde? —Abrí mucho los ojos por el miedo—. Porque vi un horrible documental en el que un médico le ponía un preservativo a una cámara con forma de consolador gigante y literalmente se lo metía por el coño a esa pobre chica…

—Te hacen una ecografía del vientre —se rio, interrumpiéndome—. Vamos, Molloy. Eres una chica. ¿Cómo es que no sabes estas cosas?

—Bueno, lo siento, susurrador de bebés —repliqué de mal humor—. No todos venimos de una familia que supera los jugadores de un equipo de fútbol. No todos conocemos los espeluznantes dolores del embarazo.

—Pues será mejor que los conozcas, y rápido —respondió Joey, exhalando otra nube de humo—. Porque ya llegan.

—Dios. —Me recorrió un escalofrío—. Oye, Joe.

—¿Hum?

—¿Todavía me querrás cuando esté como una ballena?

—Molloy —se rio entre dientes—. Joder.

—Va en serio.

—Ya lo sé. —Negó con la cabeza, tiró el cigarrillo fuera y volvió a entrar—. No te vas a poner como una ballena.

—Pero ¿y si ocurre?

—No va a ocurrir.

—A lo mejor sí.

—Vas a tener un bebé, Molloy, no a comerte una ciudad.

—Pero dicen que pasa.

—Dios santo. —Echó la vista hacia arriba—. Sí, todavía te querré.

—¿Cómo?

—¿Cómo? —Frunció el entrecejo, confundido, mientras salvaba el espacio entre nosotros—. ¿A qué te refieres con «cómo»?

—¿Cómo vas a encontrarme aún sexy cuando esté enorme y toda hinchada? —Me señalé el cuerpo y suspiré—. Mírame, Joe. ¿No echarás de menos mi cuerpo?

Echó la cabeza hacia atrás y se rio.

—Oye, no te rías de mí, gilipollas. —Entrecerré los ojos—. Me siento vulnerable.

—Eres la chica más vanidosa que he conocido en mi vida.

—No es vanidad cuando es cierto —apunté—. Entonces solo es sinceridad.

Todavía riéndose, negó con la cabeza, porque sin duda le resultaba divertido.

—Dios, te quiero. —Sonriendo, se sentó en el colchón a mi lado y estiró el brazo para que dejase que me abrazara. En cuanto me acurruqué contra su brazo, me acercó más a él y suspiró, satisfecho—. No la pierdas nunca, Molloy.

—¿Perder el qué?