60. Suena la alarma #3
—No, Tony, déjame terminar, porque esto tiene que decirse —arguyó, levantando una mano en dirección a mi padre, mientras se centraba en Teddy Lynch—. Puede que hayas tenido seis hijos, pero ni de coña los has criado.
—Joey —dijo Marie, agobiada—. Por favor, no vayas por ahí.
—Y tú desde luego no nos has hecho de madre —espetó con un tono acusador mientras la fulminaba con la mirada—.
Darren nos crio a mí y a Shannon. No tú, ni él.
Fue Darren quien nos crio… Hasta que tu marido literalmente lo echó del puto país.
Y luego los demás me los dejasteis a mí.
¡Así que no vengáis a sentaros aquí a decir que soy incapaz de ser un buen padre con mi hijo cuando eso es justo lo que llevo haciendo con los vuestros desde que tenía doce años!
No abrí la boca para detenerlo, porque aquellos gilipollas se merecían oír su dolor. Se merecían oír la verdad.
—No soy él y Aoife no es tú —continuó Joey diciéndole a su madre—. Y puedes decir lo que quieras de mí, viejo —añadió, dirigiéndose a su padre—, pero no tienes ni puñetera idea del tipo de persona que soy.
—Sé muy bien quién eres —replicó su padre, inflexible—. Eres yo hace veinticuatro años.
Nada más de lo que pudiera haber dicho podría haberle hecho más daño a Joey que esa comparación y noté su mano sin fuerzas en la mía mientras se recostaba en su silla, sin aliento.
—No es cierto —me apresuré en decir para tranquilizarlo—. No te pareces en nada a él.
Y esta vez, al decir las palabras, también me referí al físico, así como a cualquier otro sentido.
Durante mucho tiempo, creía que Joey tenía un asombroso parecido con su padre, y, para cualquiera que no se fijara lo suficiente, era verdad.
Pero allí sentados, al mirar al padre y al hijo bajo la clara luz de la cocina, las diferencias eran evidentes.
Teddy, aunque no estaba gordo, era un hombre fornido con barriga por un consumo excesivo de alcohol y pesaba considerablemente más que su hijo.
Joey mostraba una dulzura en los ojos de la que carecían los de su padre.
Me fijé en que su nariz era como la de su madre, y también sus pómulos prominentes.
Como su hermana, tenía unos labios carnosos que sin duda habían heredado también de ella.
Y, sí, aunque los dos eran altos, anchos de hombros, rubios y de piel morena, Teddy Lynch tenía unos ojos castaños fríos, muertos, sin emoción, mientras que unas brasas de fuego color esmeralda ardían en los ojos de su hijo.
Eran como el fuego y el hielo. Tenía mucho más de su madre en él de lo que la gente podía apreciar.
—Que todo el mundo se calme —intervino mi madre, levantando las manos—.
No estamos aquí para hablar del pasado. Todo eso se puede discutir otro día.
Ahora mismo tenemos que hablar de este embarazo, porque, en poco más de cinco meses, nuestros hijos van a tener un bebé, un bebé del que los cuatro seremos abuelos.
—Si alguien en esta mesa cree que voy a dejar que se acerque este a mi hijo, estáis todos pirados —soltó Joey, fulminando con la mirada a sus padres—. Por encima de mi cadáver.
—Joey —sollozó su madre con la voz quebrada—. Por favor.
—Sí —decidí meter baza, por el simple hecho de que supiera que lo apoyaba en esa lucha—. Opino lo mismo que Joe.
—Aoife —dijo mi madre negando con la cabeza—. No estás ayudando.
Le lancé una mirada en plan «¿y?».
—¿Crees que me importa una mierda? —Teddy se rio con crueldad—. Nunca quise verte la cara, chico, y sigo sin querer hacerlo. Así que ¿qué te hace pensar que querré ver lo que sea que venga de ti?
—Me partes el corazón —dijo Joey alargando las palabras con sarcasmo.
—Lo que te voy a partir es la cara.
—Por Dios santo, Teddy —espetó mi padre, pasándose las manos por el pelo—. Estás hablando de tu hijo.
—Que se calme todo el mundo —ordenó mi madre, dirigiéndose a la mesa entera—. Esto no tiene que ponerse personal.
—¿Sabes qué? Creo que ya es personal —declaró Joey mientras retiraba la silla y se levantaba—. Lo siento, Trish, de verdad que sí, pero no me voy a sentar aquí y hablar de un bebé del que no quiero que estos dos cabrones lo echen a perder.
—¿Con quién coño te crees que estás hablando? —Su padre se puso de pie, furioso, rodeó la mesa y sujetó a su hijo por la nuca con su mano fornida—. Siéntate, imbécil —le ordenó, obligando a Joey a sentarse.
Con la mandíbula temblando, vi cómo mi novio mantenía las manos a los lados, negándose a derramar sangre en mi hogar familiar mientras dejaba que su padre lo maltratara.
Era degradante.
Era asqueroso.
—¡Oye! —Incapaz de contenerme, dejándome llevar por el impulso de proteger al chico que amaba con todo mi ser, clavé las uñas en la mano que Teddy estaba usando para agarrar del cuello a Joey—. Quítale tus sucias manos de encima.
—¡Aoife!
—Ni la mires —gruñó Joey, incorporándose para ponerse delante de su padre y que no me viera cuando el hombre abrió la boca para responder.
—Joey —dijo su madre entre sollozos—, por favor…
—No voy a hablar más con vosotros —le dijo a su madre con tono tembloroso—. Se acabó. —Se giró hacia su padre y dijo—: Yo no huyo de mis responsabilidades, me voy para evitar cargos por asesinato. —Exhaló, frustrado, y me inclinó la barbilla hacia arriba con ternura antes de decir—: ¿Estás conmigo?
Me levanté de la silla al instante y fui hacia la puerta con la mano entrelazada firmemente con la suya.
—Estoy contigo del todo.
—Esperad —nos llamó mi madre—. Ni se te ocurra ir por ahí de noche en tu estado. Sube con Joey a tu habitación hasta que hayamos terminado aquí.
—¿Arriba? —murmuró mi padre—. ¿En serio, Trish?
—¿Qué van a hacer, Tony? —susurró mi madre—. ¿Quedarse otra vez embarazada? Antes de tener otro tendrán que sacar a este.
—Dios, no les des ideas.
—Menudos huevazos ha tenido al venir aquí —soltó Joey mientras caminaba de un lado a otro de mi habitación—. Ese cabrón beato se ha creído que tiene derecho a sermonearme sobre la paternidad. ¡El mamón no ha cambiado un pañal en su vida y te puedo asegurar que tampoco ha pagado uno!
Había pasado más de una hora desde que habíamos subido a mi cuarto, dejando a nuestros padres abajo discutiendo, y Joey continuaba caminando de un lado a otro como un loco.
—Toda la parte de su familia es igual —continuó despotricando con el pelo de punta en cuarenta direcciones distintas por el simple acto de tirarse de él debido a la frustración—. Son unos gilipollas todos.
Vestido con el uniforme y al parecer demasiado a gusto en mi dormitorio, Joey andaba por el cuarto como una fuerza motriz, deteniéndose cada pocos minutos para poner recto un póster torcido en la pared o para doblar alguna de las muchas prendas de ropa que tenía desperdigadas por el suelo.
—Si hubieras conocido al gilipollas de su padre y a los cabrones de sus hermanos, sabrías a qué me refiero —gruñó, doblando otro par de vaqueros tirados—. ¿Y su madre? —Negó con la cabeza y se estremeció—. No me hagas hablar de ese puto demonio de mujer.
—¿Tu abuela? —pregunté desde la cama mientras me hacía una pedicura francesa chunga—. Creía que era amable.
—No, no, esa es la abuela Murphy —me corrigió, llevando a mi armario un montón de ropa recién plegada—. Es del lado de mi madre. La tata es buena persona. Tú la has conocido.
—¿La que tiene una permanente muy mona?
—Sí, es la que me dio aquella Medalla Milagrosa de Knock que te regalé cuando cumpliste los dieciocho.
—Ay, sí, me encanta tu tata.
—Sí, deberíamos ir a verla —murmuró, frotándose la mandíbula— y darle nosotros la noticia.
—¿Del bebé?
—Sí —asintió—. La tata es una santa. La bruja es la madre de mi padre —volvió a aclarar—.
Es una tirana, Aoife. No has visto una persona tan fría en…
Espera. ¿Puedes usar esa cosa? —Dejó de despotricar para coger el frasco de laca de uñas y mirarlo con recelo—.
¿Esta mierda no tiene productos químicos que pueden ser malos para el bebé?
—Será malo para ti si no me dejas darme la última capa —gruñí, alargando la mano para recuperar el frasco—. No te pongas en plan obsesivo, Joe.
—Oye. —Levantó las manos—. Solo lo pregunto porque me preocupo por el niño.
—Qué decente.
Puso los ojos en blanco.
—Volviendo a la bruja.
—La bruja —repetí con un resoplido—. Es una conversación que me encantará que tengas con nuestro hijo. —Me reí y, poniendo su voz grave, dije—: Eh, chaval, esta es tu bisabuela, la bruja, y estos son tus abuelos, los gilipollas.
—Y este es tu abuelo, el violador, el cabrón alcohólico. —Gruñendo, Joey dejó de caminar para darse en la frente con la puerta del armario—. Pobre niña, está jodida y ni siquiera ha nacido aún.
—A lo mejor es un chico.
—Dios, espero que no.
Me dio un vuelco el corazón.
—¿Quieres una niña?
—No quiero nada que se parezca a mí —respondió, y su sinceridad me destrozó—. Si es todo tú, seré feliz.
—Pues yo sí que quiero que sea como tú —contesté.
Me fulminó con la mirada.
—¿En serio, Molloy?
—¿Qué? —dije—. Eres leal, eres fuerte, eres atlético, tienes talento y eres guapo. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no iba a querer que nuestro bebé fuera como tú?
—Porque soy un desastre.
Sonreí.
—No todo el tiempo.
—Ah, entonces vale —respondió con el tono cargado de sarcasmo—. Si no es todo el tiempo…
—Por no mencionar el hecho de que eres mucho más listo que yo.
Resopló.
—Estás loca.
—Eres probablemente el tío más listo de nuestro curso, y, si hubieras nacido en otra familia, estarías en la clase de los cerebritos, con Kev y los demás empollones.
—Apenas presto atención, Aoife —dijo, nervioso—. Apruebo por los pelos.