60. Suena la alarma #2
Podía llamarse valor o simple terquedad, pero me negaba a darle un segundo más a ese hombre en mis pensamientos.
Teddy Lynch me era irrelevante y, al estar allí, mirándolo, se lo hacía saber.
Estar por encima de él era una manera de desafiarlo que le resultaba extraña y, se diera cuenta Joey o no, podíamos hacerle mucho más daño a su padre mostrando un frente unido.
Le di un tirón a Joey para intentarlo de nuevo y esta vez cedió. Me siguió hasta la mesa, donde nos sentamos frente a sus padres, con mi madre y mi padre en los dos extremos de la mesa.
—No me alegro de esto —dijo mi padre directamente, rompiendo aquel silencio horrible—. A decir verdad, estoy destrozado, pero lo hecho hecho está, así que ponerse a dar gritos no cambiará nada.
Sus palabras me golpearon con fuerza y me encogí.
—Papá.
—Lo siento, Tony —me interrumpió Joey y dijo, dirigiéndose a mi padre—. La he cagado.
—Con eso te quedas corto —terció Teddy con desdén—. Eres un lumbreras.
Podía notar la rodilla de Joey rebotando sin cesar contra la mía mientras vibraba apenas conteniendo la ira.
Por debajo de la mesa, entrelacé mi pie con el suyo y llevé su mano grande y nudosa hacia mi regazo, agarrándola con las dos mías.
Mi novio, con la mandíbula apretada, hizo justo lo que le había pedido que hiciera e ignoró a su padre, centrándose en mí.
—La he cagado —repitió Joey con el tono cargado de emoción y los ojos clavados en mi padre, mientras ignoraba el despotrique del suyo—. Os he decepcionado a ti y a tu mujer, pero no decepcionaré a vuestra hija. —Tragó con dificultad y dijo—: No decepcionaré a vuestro nieto.
—Joey, chico. —Los ojos de mi padre se cargaron de emoción—. Yo no…
—El camino al infierno está lleno de buenas intenciones —interpuso Teddy, al que parecía no afectarle la sinceridad en la voz de su hijo—. Las palabras se las lleva el viento. Está genial que digas que estarás ahí, pero no tienes ni idea de lo que se te viene encima, chico.
—No voy a abandonarla —continuó Joey, ignorando a su padre—. Voy a estar ahí. Para todo. No voy a huir, Tony.
—Yo tampoco hui —le recordó su padre—. Yo también me quedé a todo, chico, y mira adónde he llegado.
—No soy él —logró decir Joey mientras se le hinchaba una vena en el cuello por lo mucho que le estaba costando no contestar a las provocaciones de su padre. Se giró hacia mi madre, se encogió de hombros, impotente, sin duda con la intención de que le creyera—. No soy él, Trish.
—Lo sé, cariño —oí susurrar a mi madre.
—Esto no es una relación de aquí te pillo, aquí te mato —decidí intervenir, desesperada por darle un respiro a Joey y cargar con parte de la presión—.
Joey es mi mejor amigo. —Miré a los de la mesa, implorando a nuestros padres que me escucharan—.
Nos conocemos desde los doce años. Así que, cuando dice que estará ahí por mí, lo creo y vosotros también deberíais. Porque es fiel a su palabra.
Sorprendido por mi discurso, mi novio se giró para mirarme con unos ojos verdes ardiendo de emoción tácita. Era casi como si le doliera oír a alguien hablar tan bien de él. Le era extraño y eso me rompía el corazón.
—Es la mejor persona que conozco —añadí, sin apartar mis ojos de los suyos mientras hablaba—. Y le confiaría mi vida.
—Entonces eres incluso más tonta que mi mujer —soltó Teddy, negando con la cabeza—. Porque este hijo mío es un desastre con patas. —Y, mirando a mi padre, añadió—: Sabes que se le va la olla la mitad del tiempo, ¿no, Molloy?
—Teddy —dijo su mujer, llevándose una mano a la frente—. Por favor.
—Cállate, Marie —le advirtió Teddy—. El hombre tiene derecho a saber qué clase de bicho ha dejado preñada a su hija.
—Volvió su atención a mi padre—. No es ningún secreto que he estado la mayor parte de mi vida luchando con la bebida, pero este mamón…
—Se recostó y silbó—. Este mamón está en otro nivel.
—El chico lleva bien lo del alcohol —oí que lo defendía mi padre—. Y, si te estás refiriendo al poco de hierba que fuma, no se lo tengo en cuenta.
—¿Hierba? —Teddy echó la cabeza hacia atrás y se rio—. No seas tan ingenuo, Tony. Este chaval es un drogadicto en toda regla.
Las dos madres emitieron un grito ahogado mientras Joey dejaba caer los hombros y agachaba la cabeza, todavía callado, aunque le estuvieran haciendo pedazos delante de todos nosotros.
—No —me oí defenderle (y mentir), agarrando con fuerza la mano con el puño cerrado en mi regazo—. Ha cometido unos cuantos errores en el pasado, pero eso ya se acabó.
—He estado en tu lugar —dijo su madre, mirándome directamente desde el otro lado de la mesa, con tantas palabras sin pronunciar brillando en sus tristes ojos azules—.
Sé adónde va esto y creo… —Hizo una pausa, respirando superficialmente y con vacilación se metió su pelo oscuro detrás de las orejas antes de continuar—.
Creo que deberías considerar interrumpirlo.
—Así que me estás diciendo que, si pudieras volver atrás, ¿harías eso mismo? —le pregunté, furiosa y decidida a no echarme atrás—. ¿Habrías abortado a Darren?
—Quizá a Darren no, pero a él seguro que sí —soltó Teddy, y, si cualquier otro padre le hubiera dicho eso a su hijo, estoy segura de que habría habido un gran estallido, pero Joey ni parpadeó ante su crueldad. Estaba acostumbrado.
—¿Lo que debería haber hecho tu madre contigo, Teddy? —me oí decir.
—¡Aoife! —exclamó mi madre, sorprendida—. No le hablamos así a la gente.
—A la gente, no —estuve de acuerdo—, pero es que esto ni siquiera es una persona, mamá.
—Miré enfadada a cada uno de nuestros padres y dije—: No importa lo que ninguno de vosotros piense.
No me importa si estáis de acuerdo o no con mi decisión.
Lo siento, papá, pero eso te incluye a ti.
Joey y yo lo hemos hablado y vamos a tener el bebé.
—¿Estás segura? —insistió Marie, devastada.
—Sí —afirmé entrecerrando los ojos—. No hay nada de lo que haya estado más segura que de tu hijo.
—Estás cometiendo un error —dijo Marie sollozando y dejó caer la cabeza en sus manos—. Es un error.
—Todos hemos cometido errores —comentó mi madre, intentando ser la voz de la razón—. Ninguno de los que estamos sentados a esta mesa es perfecto y creo que es admirable por parte de nuestros hijos que…
—¡Ay, por el amor de Dios, mujer, ya vale! —espetó Teddy, golpeando con el puño la mesa, enfadado—. No hay nada admirable en que dos adolescentes se vayan a vivir juntos para jugar a las casitas. Si quieres ver cómo van a acabar, échanos un puto vistazo a nosotros.
—No le levantes la voz a mi mujer —le advirtió mi padre con un tono de voz glacial—. Y se llama Trish, no «mujer».
—Bueno, pues hazla entrar en razón —protestó, mirando a mi padre como si no pudiera entender por qué dejaba que mi madre llevase la conversación—, porque tiene la cabeza en las nubes si cree que esto va a funcionar.
—¿Que la haga entrar en razón? —A mi padre se le puso la cara roja.
—Cálmate, Tony, amor —lo interrumpió mi madre, guiñándole el ojo a su marido con complicidad desde el otro lado de la mesa—. Estamos aquí por nuestra hija, ¿recuerdas?
Mi padre suspiró, le hizo un gesto cariñoso con la cabeza y soltó el borde de la mesa que tenía agarrado con fuerza.
—Así que vais a tener el bebé.
Nos miró a mí y a Joey para que se lo confirmáramos.
Asentimos al unísono.
Supuse que para mi padre pareceríamos un dúo de focas moviendo la cabeza. O un par de ciervos inmóviles ante los faros de un coche.
—Vale, acepto vuestra decisión y respeto vuestra voluntad de seguir adelante con vuestro plan —respondió después de una larga pausa de silencio—.
Pero ambos tenéis que ser conscientes de que, al final de este embarazo, habrá que cuidar de un niño, y ese niño os unirá.
—Soltó el aire con fuerza y añadió—: Un hijo no es una relación que puedas dejar, ni un matrimonio que pueda disolverse.
Es un compromiso de por vida. Estaréis para siempre vinculados.
Ese bebé os necesitará a los dos el resto de vuestras vidas.
Estéis juntos o no. El bebé necesitará a su madre y a su padre en igual medida.
—Ahora mismo, ambos tenéis dieciocho años y estáis enamorados —comentó mi madre—, pero no siempre seréis jóvenes y puede que no estéis enamorados eternamente.
—Si así es, fantástico, no tenéis de qué preocuparos —apuntó mi padre, dedicándole a mi madre una sonrisa de complicidad—. Pero si dejáis de estar enamorados, si os distanciáis, ¿estáis seguros de que estaréis ambos preparados para enfrentaros a las consecuencias?
—Quiero a vuestra hija desde hace seis años —dijo por fin Joey—. Y puedo quererla sin problema otros dieciocho más.
«Ostras…».
Me dio un vuelco al corazón.
No estaba tratando de decir palabras bonitas.
Estaba tratando de sonar convincente.
Aun así, estaba a punto de darme algo.
—¿Amor? —dijo Teddy con desdén—. ¿Creéis que amarse es lo único que hace falta para que esto funcione?
—Así la mitad de la batalla está ganada —respondió mi madre con un tono cortante.
—Chorradas —descartó su opinión, dejando claro cada vez que abría la boca que no le importaba lo que dijera una mujer sobre nada—.
Te digo una cosa, Tony —continuó, mirando a mi padre—.
Puede que tu mujer lleve unas gafas con los cristales rosas, pero sé que en el fondo tú ves la realidad de todo esto: un montón de mierda.
Este hijo mío no está en posición de criar un bebé.
Tiene un billete a ninguna parte, y, si no quieres que tu hija vaya al mismo sitio, la mandarás a Inglaterra para que corte todo contacto con él.
—¡No va a irse a la puta Inglaterra! —estalló Joey soltando la furia sobre su padre—. Menudos cojones tienes al estar sentado a esta mesa dando consejos paternales y acusándome de que voy a ser incapaz de criar a un niño.
—Joey, hijo…