Rey de la gula (Pecados 6) 60. Suena la alarma
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60. Suena la alarma

SUENA LA ALARMA

Aoife

Cuando se oscureció el cielo y el frío comenzó a calarnos hasta los huesos, Joey y yo regresamos a mi urbanización.

Con una gran cantidad de incertidumbre todavía sobre mi cabeza, y el inminente interrogatorio de mi padre, me alegraba de tenerlo a mi lado.

La manera familiar en la que me pasaba el brazo por el hombro en cierto modo significaba más para mí que cualquiera de las otras miles de veces que me había agarrado así.

Porque teníamos problemas y él seguía allí, apoyándome como un fiel compañero.

Ambos sabíamos que, respecto a lo que tuviera pensado decir mi padre de nuestra situación, la culpa inevitablemente caería sobre mi novio y, aun así, no vaciló en ningún momento. Le estaba muy agradecida por ser el tipo de persona que hacía honor a su palabra.

Joey decía que estaría ahí, y estaba. Sabía que tenía miedo a lo desconocido. A su capacidad para estar limpio y mantenerse limpio.

Se había abierto más esa tarde de lo que lo había hecho en mucho tiempo y, aunque los demonios que lo poseían me asustaban muchísimo, daba las gracias por que estuviera dispuesto a dejarme entrar.

Daba las gracias por que hubiera encontrado la manera de confiar en mí, incluso cuando él no se fiaba de sí mismo.

—¡Pero qué coño…! —exclamó Joey cuando doblamos la esquina de mi calle y vio el viejo y familiar Honda Accord aparcado delante de mi casa.

El corazón se me disparó en el pecho al verlo y se me abrieron mucho los ojos por el horror.

—¿Es el…?

—¿El coche de mi viejo? —Asentí, furioso—. Voy a matarlo.

—No —dije, girándome para mirarlo—. Oye, oye, Joe. —Le cogí de la cara y lo obligué a que me mirara—. Chisss, cálmate un segundo, ¿vale?

—¡Está en tu casa, Molloy! —Lleno de furia, Joey empezó a caminar hacia la puerta del jardín, agarrándome con un brazo, llevándome consigo cuando no me aparté de en medio—. ¿A qué coño está jugando?

—No importa, Joe. ¿Me oyes? —Clavando los talones en la acera, le puse las manos en el pecho—. No pasa nada. No me da miedo ese cabrón.

—¡Bueno, no lo quiero cerca de ti!

Yo tampoco quería que estuviera cerca de nosotros, pero tenía la impresión de que si su padre estaba allí era más por mi padre que por otra cosa.

—Respira, ¿vale? Tú respira.

Se le salían los ojos de las órbitas por la ira.

—¿Estás pirada o qué?

—No emplees ese tono conmigo, cabronazo —espeté, dándole en el pecho para atraer su atención de nuevo—. Deja de caminar y respira.

Joey soltó un gruñido de frustración y se detuvo a regañadientes en un patético intento de controlar su genio.

—¿Lo ves? —bramó, inhalando exageradamente—. Estoy respirando.

Sí, estaba respirando fuego.

—Si tus padres están aquí es porque los míos los han invitado —traté de hacerle comprender—. Necesito que te calmes, ¿vale? Lo digo en serio, Joe. Que no te afecte. Por favor.

—¿Por qué? —preguntó con la voz ronca, echando las manos hacia arriba—. ¿Por qué tus padres iban a invitar a su casa a los míos, por el amor de Dios?

—Lo más seguro es que para hablar.

—¿De qué?

Puse los ojos en blanco.

—Eh… Ostras, no sé, Joe. ¿A lo mejor sobre que sus hijos van a tener un bebé?

Joey se me quedó mirando como si no entendiese una palabra de mi lógica y se me partió el corazón. De verdad no entendía cómo se debían comportar los padres. Jamás había experimentado ni de lejos un acto de amor por parte de los suyos.

—Escúchame —le dije acariciándole el cuello—. Esto no es una emboscada, ¿vale? No te van a atacar. Mis padres no saben nada, ¿eh? Lo único que saben de tu padre es que es un mierda y que están a punto de tener un nieto en común. Eso es lo que está pasando, Joe, se han sentado a hablar.

—Es un mierda, sí —afirmó mi novio, con la voz llena de dolor—. Un mierda total.

—Por eso tienes que mantenerte calmado ahí dentro, ¿vale?

—No puedo.

—Por favor, Joe —le supliqué—. Tranquilízate, ¿vale? —Al no llegarle mis palabras, lo agarré del brazo y lo llevé hacia mi vientre—. ¿Notas esto? —le pregunté, con los ojos clavados en él—. Es nuestro.

—Molloy.

—Este bebé es tuyo —continué y me estremecí al notar sus dedos en mi barriga—.

Pero este bebé no eres tú, del mismo modo que tú no eres él.

Así que vamos a entrar ahí y nos vamos a tragar toda la mierda que nuestros padres nos echen encima, porque ambos sabemos que nada de lo que digan o hagan cambiará en absoluto lo que tenemos.

Porque yo te apoyo y tú me apoyas. —Poniéndome de puntillas, lo cogí de la barbilla y lo besé con fuerza—.

Somos un equipo, Joey Lynch, y ese cabrón no tiene ni una posibilidad contra nosotros.

Se le hizo un nudo en la garganta.

—Joder.

—¿Estás conmigo?

Asintió despacio.

—Estoy contigo, Molloy.

Saber exactamente a quién me encontraría en la mesa de la cocina hizo que me costara más caminar de la puerta principal hasta ella.

La idea de enfrentarme a mi padre ya me provocaba un ataque de pánico silencioso como para que encima añadiéramos a los padres de Joey al asunto.

Hallaba una fuerza inmensa en el chico que me agarraba de la mano con seguridad y conseguí reunir el valor para llevar mi culo hasta dentro y enfrentarme a todos.

A mis padres.

A sus padres.

A mi hermano.

Hasta Spud estaba allí despatarrado, con una modorra, encima del felpudo de la puerta trasera.

—Ay, gracias a Dios —rompió mi padre el silencio mientras dejaba su taza encima de la mesa y soltaba el aire, aliviado—. Has vuelto.

Con el corazón a toda velocidad en el pecho y la tensión que rezumaba mi novio, nos quedamos en la puerta de la cocina, de la mano, contemplando los cinco pares de ojos que se posaron sobre nosotros.

—Trish —saludó tranquilo Joey—. Tony.

—Joey —dijeron mis padres al unísono.

—Aoife —terció Marie en voz baja y luego miró a su hijo—. Joey.

Le hice un gesto con la cabeza.

—Marie.

Joey se puso rígido a mi lado, pero no le dijo nada a su madre, porque toda su atención estaba en el hombre que lo fulminaba con la mirada.

Su padre.

—Vaya, ha resultado que eres el desastre que le dije a tu madre que eras —dijo Teddy con desprecio, yendo directo al grano, con la atención centrada en mi novio—. Justo cuando creía que no podías decepcionarnos más, lo llevas a otro nivel.

Joey inspiró con fuerza, pero por suerte no hizo ademán de responder. En su lugar, se quedó rígido a mi lado, en un acalorado duelo de miradas con el hombre que, por lo que a mí respectaba, era el diablo en persona.

—Eso no es necesario, Teddy —intervino mi madre, incómoda—. No hace falta regañar al chico.

—Nos habéis traído aquí para decirnos que nuestro hijo ha dejado en estado a vuestra hija, ¿y no creéis que necesite disciplina?

Diría que le hace mucha falta —soltó el hombre y, dirigiéndose a Joey, añadió entre dientes—: ¿Estás satisfecho contigo mismo, imbécil?

¡Qué hijo de puta, solo piensas con la polla!

—Negó con la cabeza, asqueado—. Ya puedes despedirte del hurling.

¡No tendrás tiempo para eso con todo lo que vas a tener que currar para pagar los pañales!

—Teddy —susurró Marie, poniendo una mano sobre la de su marido—. Por favor.

—No empieces a joderme, mujer —le advirtió, quitándose su mano de encima con brusquedad—. Es culpa tuya que el chico sea tan…

—Basta —lo interrumpió mi madre, fulminando con la mirada al padre de Joey desde el otro lado de la mesa—. No sé cómo funcionan las cosas en tu casa, Lynch, pero ahora estás en la mía y bajarás ese tono.

«¡Vaya!».

«Vamos, papá».

Teddy le lanzó una mirada amenazadora a mi padre, pero no respondió, lo que demostró lo que pensaba, que ese hombre solo servía para pegar a mujeres y niños. Cuando se enfrentaba a alguien de su tamaño, enseguida reculaba.

—Cretino —mascullé para mis adentros al mismo tiempo que Joey.

Nos miramos el uno al otro.

Le apreté la mano.

Él me apretó la mía.

—Vale, vosotros —dijo entonces mi padre, dirigiéndose a ambos—. Sentaos. Tenemos mucho de lo que hablar.

—Quiero que él se largue —declaré, ignorando a todos salvo a mi padre—. Échalo. —Señalé donde estaba mi hermano en la mesa, junto a la madre de Joey, como si tuviera todo el derecho a participar en aquella conversación—. Esto no tiene nada que ver con él.

Kev abrió la boca para protestar, pero nuestra madre se apresuró a interrumpirlo.

—Vete arriba, Kevin.

—Eso no es justo.

—O te vas arriba o te vas fuera —espetó nuestro padre, dándose la vuelta para mirar a mi hermano con mala cara—. Lo que no vas a hacer es quedarte en la cocina.

—Esto es una mierda —gruñó mi hermano y después se giró hacia mí en busca de ayuda—. Aoife, vamos. Ya sabes que no pretendía que nada saliera como ha salido.

Sí, claro. El único arrepentimiento de Kev era por el hecho de que ahora mis padres estaban a malas con él.

Joey se erizó como un tigre enjaulado a mi lado. Vi cómo miraba a mi hermano y noté que se enfurecía. Joey no dijo una palabra, pero la mirada que le lanzó a Kev hizo que se levantara de la mesa, dejando su valentía anterior.

Joe se negó a apartarse para que mi hermano pasara más fácilmente y se quedó en la puerta, obligando a Kev a pasar junto a él de lado. Con la cara colorada y los hombros encogidos, pasó con la vista clavada en el suelo para evitar la mirada mortal que le estaba echando.

«Que te jodan —pensé—. Vete arriba a cambiarte los calzoncillos, mierdecilla».

Cuando mi hermano se fue y cerramos la puerta de la cocina, me acerqué a la mesa, pero me detuve a mitad de camino cuando el chico que me sujetaba con fuerza la mano se negó a moverse.

Sabía por qué se negaba. No me quería cerca de su padre. Ni yo tampoco quería estar ahí, pero no iba a acobardarme un asqueroso como ese. No retrocedería por ese hombre. Porque no pudo conmigo esa noche y nunca podría.

Era una batalla de voluntades y jamás ganaría.

Jamás.