Rey de la gula (Pecados 6) 59. Te acompañaré #3
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59. Te acompañaré #3

—A veces no puedo controlarlo —reconocí con tono angustiado—. Es como si algo se apagara en mi cabeza y dejo de pensar. Dejo de sentir. Dejo de acordarme de todos los putos motivos que tengo para continuar adelante y empezar a pensar en todos los motivos por los que debería abandonarlo.

—Joe.

—Me da miedo estar en mi cabeza, Molloy —confesé con la voz entrecortada mientras me recorría un escalofrío—.

Me aterroriza mi puta incapacidad para controlar mis propias acciones, y lo peor es saber que, en algún momento, puedo terminar yendo demasiado lejos y apartándote de mí.

Podría alejar a la única persona, la única puta persona a la que le he importado.

—Exhalé de forma entrecortada, destrozado, abriéndome totalmente a esta chica—.

No quiero volver a lo de antes, a como yo era antes.

Sé lo que está en juego. Te veo. Te veo aquí delante de mí y el corazón me grita que continúe y ponga orden a mi vida.

Y quiero hacerlo. Lo quiero con toda mi alma, pero es que es…

Frustrado, me apreté las sienes con los dedos, intentando que me salieran las palabras para que ella le encontrara sentido, lo que era imposible si se tenía en cuenta que ni siquiera yo lo entendía. Aun así, lo intenté, consciente de que ella no se merecía menos.

—Es como si tuviera a otra persona en la cabeza, una voz completamente distinta, aunque sé que soy yo. Es mi voz, pero es una puta voz destructiva que asoma la cabeza cada vez que estoy estresado.

—Lo que es constantemente —terminó la frase con conocimiento de causa.

Solté el aire y asentí.

—Cuanta más mierda se mete en mi vida, más alto habla esa voz, más alto, más alto, más alto hasta que literalmente está gritando en mi cabeza, y yo entonces no puedo concentrarme en nada más que hacer lo único que sé que la acallará.

—Automedicarte. —Tragó saliva—. Perderte.

—Me preguntaste por qué la cagué y cedí después de tres meses.

Pues fue porque ya no podía más. —Me encogí de hombros, impotente—.

Y ahora viene un bebé y tengo tanto que perder que me da un miedo que te mueres mandarlo otra vez todo a la mierda.

Sé que debo poner orden en mi vida, y lo haré.

Pero ahí está el problema, porque te puedo decir que me pondré bien, y va en serio cuando te lo digo, pero no me fío de mí mismo, Aoife.

—Bajé los hombros y exhalé, abatido—. Es que no me fío.

No me gritó ni me regañó. Tampoco me dio una bofetada y salió corriendo. En su lugar, se quedó allí, con los ojos clavados en los míos, mientras asimilaba mi dolorosa verdad.

—Ahora mismo… —dijo al final—. ¿En qué estás pensando ahora mismo?

—¿En qué pienso?

—Sí, en qué piensas.

—En ti —reconocí—. En ti y el bebé.

Asintió, temblando, y me abrazó con más fuerza el cuello.

—¿Y tu cabeza? ¿Dónde tienes la cabeza, Joe?

—En el mismo lugar en el que siempre ha estado —respondí—. Centrada en ti.

—Te creo.

Me dolió oír las palabras y me encogí.

—Molloy.

—Creo. En. Ti —dijo despacio—. No espero que seas perfecto, Joe. Joder, no quiero eso, porque está claro que yo no soy perfecta tampoco. Así que lo único que necesito que hagas es ser sincero, tener fe y seguir intentándolo.

—¿Y si no me lo merezco? —me atreví a preguntar—. ¿Si no me merezco que creas en mí? ¿Si todo esto se va a la mierda y termino decepcionándote otra vez? ¿Qué pasará entonces?

—Verás, no estás teniendo en cuenta mis sentimientos por ti —dijo, acariciándome las mejillas con los pulgares—. Y sé que para ti que te quieran es un concepto extraño, pero no viene con ataduras ni condiciones. Es incondicional, Joe.

La miré, totalmente perdido.

—No lo entiendo.

—Sé que no lo entiendes. —Asintiendo, se puso de puntillas y me dio un beso en la comisura de la boca—. No pasa nada.

—Todo el mundo tiene un límite, Molloy —dije—. Un día de estos, tú llegarás al tuyo conmigo.

—¿Tú me quieres, Joe?

Me aparté para mirarla con el ceño fruncido.

—Ya sabes que sí.

—¿Tienes pensado mentirme?

Me encogí de hombros.

—No más de lo habitual.

Levantó una ceja antes de preguntar:

—¿Tienes pensado ir follándote a otras chicas a mi espalda?

Puse los ojos en blanco.

—¿En serio?

—¿Piensas hacerlo o no?

—No, Molloy —gruñí—. Valoro mi polla.

—Buah. —Me dio un manotazo en el pecho—. Respuesta equivocada.

—¿Qué te parece que no voy por ahí follando con otras porque consumo todo el tiempo y la energía que tengo intentando lidiar con todas tus personalidades brillantes?

—Prueba de nuevo, gilipollas.

—Vale. No tengo pensado follarme a otras porque no quiero estar con nadie más. Porque no me veo con nadie más.

—¿Y?

Me la quedé mirando.

—¿Y?

—Y —insistió, mirándome expectante.

Solté el aire, frustrado, me ablandé y dije:

—Y porque no hay ninguna otra chica en el planeta tan sexy ni tan creída como tú.

—Perfecto. —Asintiendo con aprobación, añadió—: Y, por último, ¿tienes pensado desaparecer de la faz de la Tierra cuando llegue el momento? ¿Tienes pensado dejarme colgada?

Le lancé una mirada que le dijo todo lo que necesitaba saber.

—Pues acabas de responder a tu propia pregunta —contestó—. Merece la pena que crea en ti, Joe. Merece mucho la pena.