Rey de la gula (Pecados 6) 59. Te acompañaré #2
43%

59. Te acompañaré #2

—Tú aún puedes hacerlo —contesté—. Quiero que lo hagas.

Lo único que estoy intentando es empezar con buen pie en esto, Molloy.

Necesitaremos un montón de cosas y todo cuesta dinero.

Dinero que ninguno de los dos tiene. Habrá que comprar para el bebé una cuna, ropa, pañales y leche de fórmula.

Hay una larga lista de mierda que vamos a necesitar y no puedo hacerme cargo de todo eso con un sueldo de media jornada en el taller.

—Ya te partes el lomo a trabajar.

—No es suficiente.

—Mi madre me ha dicho que puedo quedarme en casa —comentó, como si fuera algo que quisiera oír—. No tenemos que preocuparnos de adónde ir cuando nazca el bebé.

Me opuse.

—No voy a vivir separado de ti y de mi hijo.

Abrió mucho los ojos.

—¿Ah, no?

—Joder, no. —Negué con la cabeza—. Conseguiré un apartamento para nosotros, Aoife.

—Joe, si es a expensas de tu educación, no quiero.

—Tienes que dejar que me preocupe yo de la pasta —le pedí—. Me ocuparé yo de todo.

—¿Estamos juntos, Joe?

Puse los ojos en blanco.

—Obviamente.

—¿Vamos a hacer esto juntos?

La miré con dureza.

—¿Adónde quieres ir a parar?

—¿Somos un equipo o no? —preguntó.

—Sí, joder, somos un equipo —admití.

—Pues los dos vamos a acabar el instituto —declaró—. Juntos.

—Oye, no quiero pelearme contigo por esto.

—Pues no lo hagas —me interrumpió—. Porque, por mi parte, asunto terminado. Terminarás el instituto y ya está. Los pisos y las casas vendrán más adelante.

—No estás pensando con claridad.

—Y tú no estás pensando directamente.

—Molloy.

—Lynch.

Frustrado, cogí la bolsa de papel marrón en su regazo, saqué una patata empapada en vinagre y puse una mueca en cuanto me tocó la lengua.

Sabía a mierda.

Con la boca llena de patatas fritas, Molloy me dedicó una sonrisa, avergonzada.

—¿Demasiado vinagre?

Le lancé una mirada que decía «siempre» antes de preguntar:

—¿Cómo estás?

—¿Por el vinagre?

—No, listilla, por el embarazo.

La ansiedad apareció en sus ojos y vi que le recorrió un breve escalofrío.

—Ah, creo que se puede decir que estoy aterrorizada hasta lo más profundo de mi ser. ¿Y tú?

«Ah, yo igual».

—Bien.

—Bien. —Arqueó una ceja sin creérselo—. Y una mierda.

Claro que estaba mintiendo, pero tenía los medios para no revelar el miedo que tenía a la chica que sin duda había sacado la pajita más corta en este juego.

—¿Estás enfadado? —preguntó, pero esta vez se mordió el labio, nerviosa, antes de añadir—: ¿Por el hecho de que vaya a tenerlo?

—¿Por tenerlo? —Fruncí el entrecejo—. Así es como funciona este rollo.

—No siempre.

—No vayas por ahí.

—Ya sabes a lo que me refiero.

Sí, lo sabía, y no me gustaba nada adónde quería llegar.

—Jamás te pediría que lo hicieras.

—Pero ¿si pudieras elegir? —Tragó saliva, nerviosa—. ¿Lo preferirías?

—No, Molloy. —Negué con la cabeza—. No querría que lo hicieras.

—¿No? —dijo con un tono de esperanza en la voz.

—Jamás.

Sus ojos reflejaron alivio.

—¿En serio?

—En serio —confirmé—. Si no quisieras tener a mi hijo, lo entendería. Joder, te daría la mano durante todo el camino, pero sé que no es lo que realmente deseas.

—A lo mejor debería haberlo hecho, Joe.

La miré con acritud.

—¿Ah, sí?

Me devolvió la mirada durante un buen rato, antes de soltar el aire y negar con la cabeza.

—Quiero tenerlo.

—Exacto —respondí, empujándole el hombro con el mío—. Parece que vamos a ser padres.

—Sí —suspiró con fuerza, me agarró del brazo y apoyó la mejilla en mi hombro—. Eso parece.

—Podremos con ello, Molloy —intenté tranquilizarla—. Lo solucionaremos.

—Tú… Tú quédate conmigo, Joe —dijo en voz baja—. Como ahora. Esta versión de ti. Necesito que se quede este tío.

—No me voy a ir a ninguna parte.

—No es eso a lo que me refiero.

Sí, ya sabía a lo que se refería.

—Ahora hay mucho en juego y no puedo hacer esto sin ti —admitió, acariciándome el hombro cariñosamente—. No te pierdas otra vez, Joe.

Los hombros me pesaron por la vergüenza y dejé caer la cabeza para apoyarla contra la suya.

—No lo haré.

—Necesito que lo dejes —insistió—. Como después de Navidad. ¿Recuerdas esa voluntad y esa determinación? Necesito que la vuelvas a encontrar, Joe. Necesito a ese tío.

—Lo sé —afirmé, sintiéndome un trozo de mierda por ponerla en una situación en la que debía tener ese tipo de conversación conmigo—. También solucionaré eso, Molloy.

—Dejándolo —añadió—. Soluciónalo dejándolo, Joe. Ni mañana ni la semana que viene. Ahora mismo.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? —me oí decir, consciente de que jamás sería bastante, pero que era lo único que tenía—. No hay nada que no hiciera por ti en esta vida, Molloy. Nada.

—Pues termina con las drogas y esa mierda —suplicó—. Hazlo por mí.

—Lo haré.

—Se supone que no tienes que decir eso —susurró con tristeza—. Se supone que tienes que decir que lo dejas ya.

—Lo arreglaré —me oí decir con debilidad, intentando darle a esta chica todo lo que necesitaba de mí, pero era como sacar de donde no hay. Podía saborear la mentira en mi lengua y, al parecer, ella también—. Lo solucionaré.

—Quiero creerte —respondió Molloy, acercándose más—. Me encantaría creerte.

Yo también. Al sentirme tan al puto descubierto, me aparté de ella y me levanté.

—Escucha. —Me metí la mano en el bolsillo de los pantalones del uniforme y saqué un paquete de cigarrillos para encender uno enseguida—.

No sé cómo va a ir esto. —Retrocediendo unos pasos para que no le llegara el humo, di una fuerte calada antes de soltarlo—.

No tengo una bola de cristal con la que ver el futuro.

Ojalá pudiera decirte que todo va a salir perfecto a partir de ahora, pero ambos sabemos que sería venderte una trola.

—Suéltame todas las trolas que se te ocurran —gruñó, dejando caer una patata de nuevo a la bolsa y limpiándose la mano en el muslo—. Yo también puedo inventarme unas cuantas.

«¿Nos íbamos a poner así los dos?».

—La verdad es que tengo un miedo que te cagas, Molloy.

—No ayuda.

—No me da miedo dar el paso, Molloy. Lo que me da miedo es no ser suficiente —me obligué a continuar…, a admitir—. Lo que me aterra es decepcionarte.

La emoción se vio en sus ojos.

—Joe.

Negué con la cabeza, me di la vuelta y clavé la vista en el campo vacío, porque necesitaba un minuto para poner en orden mis pensamientos antes de seguir.

—Estar ahí por ti no es el problema. —«Lo que me cuesta es ser lo suficiente para ti»—. Es que… ojalá no fuera quien soy. —Dejando caer la cabeza hacia atrás, di otra calada y me quedé mirando al cielo que oscurecía—. Ojalá fuera otra persona por ti. —Exhalé una nube de humo—. Alguien mejor.

—No. —Se acercaron a mí unos pasos y noté sus brazos rodeándome la cintura—. No querría que fueras otra persona distinta a la que eres ahora —dijo, apretando la mejilla contra mi espalda—. Solo quiero que estés sobrio.

—Lo estoy intentando, Aoife —le dije, bajando una mano para ponerla sobre las suyas—. Lo he estado intentando.

—Lo sé, Joe —me tranquilizó, acariciándome la espalda con la mejilla—. Y te quiero por hacerlo.

—Yo también te quiero. —Se me disparó el corazón en el pecho y le di una última calada al cigarro antes de tirar la colilla y girarme para mirarla—. Te quiero, Aoife. —Exhalé temblorosamente y le puse las manos en las caderas—. Te adoro, joder.

Me rodeó el cuello con los brazos, suspirando con fuerza, y me sonrió con tristeza.

—¿Pero?