Rey de la gula (Pecados 6) 59. Te acompañaré
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59. Te acompañaré

TE ACOMPAÑARÉ

Joey

Después de un total de setenta y tres magníficos minutos para asimilar el hecho de que mi novia alojaba una bomba atómica en su barriga, con el cincuenta por ciento de mis genes, la sostuve en mis brazos e intenté consolarla, mientras el cerebro me funcionaba a toda leche.

¿Qué coño íbamos a hacer? Estábamos aún en el instituto. Ella tenía todo el futuro por delante. Se suponía que saldría al mundo y dejaría una marca en neón, pero yo le había colgado encima un bebé.

¡Un bebé!

«Por Dios santo».

Era como ver desarrollarse a mi alrededor mi peor pesadilla y estaba demasiado paralizado para detenerla. Saber que era el único responsable de arruinarle su futuro me dejaba bloqueado.

«Bueno, al final lo hiciste, gilipollas —dijo una voz en mi cabeza—, por fin cerraste el círculo y te convertiste en tu padre».

Con demasiadas emociones en ese instante, sintiéndome muy expuesto y vulnerable, intenté sin éxito mantener la calma. Era inútil. El pánico y la incertidumbre retorciéndose en mi interior no se parecían a nada que hubiera experimentado antes.

Podía notar la ansiedad de Molloy. Era palpable. Reflejaba la mía.

—Tengo miedo, Joe —no dejaba de susurrar una y otra vez mientras hundía su rostro en mi pecho y se apoyaba en mí—. Tengo mucho miedo.

No podía tranquilizarla una mierda. No cuando no tenía ni idea de cómo se desarrollaría aquella situación. Lo único que podía hacer en ese momento era abrazarla. Porque no sabía cuáles eran las palabras para arreglarlo, para hacer lo mejor para ella.

Lo único de lo que disponía era mi cuerpo.

Mi presencia.

Mi capacidad de estar.

Se sorbió la nariz y me miró con los ojos rojos e hinchados.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por demostrar que tenía razón.

Confundido, fruncí el ceño.

—¿Cómo he demostrado que tenías razón exactamente?

—Bueno, para empezar estás aquí —dijo, dedicándome una sonrisa—. Y has puesto el grito en el cielo.

—Molloy, no te has quedado embarazada tú sola —contesté—.

Yo soy el gilipollas responsable, así que no voy a poner el grito en el puto cielo.

Esto es más culpa mía que tuya, ¿vale? —Negué con la cabeza, sintiéndome perdido y frustrado—.

No caí en que tu método anticonceptivo podía no funcionar.

Ni siquiera lo pensé cuando te pusiste a vomitar ese fin de semana.

Me debería haber puesto un condón. Debería haber cuidado de ti mejor.

—Y yo debería habértelo contado antes.

Sí, tendría que habérmelo contado antes, pero lo entendía.

—Mañana tengo cita en el hospital —dijo, y se me fue todo a la mierda—. Es para la ecografía, es un escáner fetal. —Temblando, añadió—: No quiero ir sola.

—No estarás sola. Yo te acompañaré.

—¿Sí?

—Por supuesto —contesté, sintiendo demasiado en ese instante—. También habría ido al médico contigo, ¿sabes? Si lo hubiera sabido. Soy muchas cosas, Aoife, pero no soy un cobarde y no salgo corriendo.

—Llevo días intentando pedírtelo —susurró—. Intentando reunir el valor para decírtelo.

—No pasa nada. —La acerqué más a mí—. Todo va a salir bien.

—Voy a ser la comidilla del pueblo, Joe —admitió en voz baja, con un aspecto dolorosamente vulnerable—. Probablemente ya lo sepa todo el instituto a estas alturas. Paul y Danielle se habrán asegurado de ello. ¿Cómo se supone que podré cruzar las puertas del Ballylaggin?

—Vamos a volver al instituto con la cabeza bien alta, y, si alguien tiene algo que decir, tendrán que vérselas conmigo —respondí mientras se me erizaba el vello de la nuca—. Que les jodan, Molloy.

—¿Que les jodan?

—Que les jodan —confirmé.

Se sorbió la nariz.

—Kev se lo ha contado a mi padre.

El alma se me cayó a los pies.

—Kevin es un bocazas de mierda.

—No quiero ir aún a casa. —Se mordió el labio—. No estoy preparada para enfrentarme a mi padre y, como vea a mi hermano, lo mato.

Ya seríamos dos.

—Pues no vayas aún a casa —respondí—. Quédate conmigo.

—¿Qué vamos a hacer, Joe?

«No tengo ni puta idea».

—Ya lo solucionaremos.

Compartir una bolsa de patatas fritas en las instalaciones de la asociación de hurling probablemente no era lo que Molloy tenía en mente cuando me dijo que no quería irse a casa, pero, en honor a la verdad, ¿qué otra cosa se suponía que iba a hacer?

No tenía un coche en el que meterla. No tenía una casa a la que llevarla donde estuviera a salvo. Tampoco tenía un gran futuro por delante como su ex ni tampoco una familia que me sostuviera como él. Solo tenía un total de trece euros en el bolsillo y las posibilidades de una rata de alcantarilla.

«Jodido» ni siquiera se acercaba a definir el problema en el que estábamos metidos.

La única ventaja para mí, de la que la mayoría de los chavales que conocía en posiciones similares no disponían, era el hecho de que la chica que llevaba a mi hijo en su interior daba la casualidad de ser mi mejor amiga.

En cierto modo, eso hacía que estar embarazada fuera mucho peor, porque la culpa era demoledora. Mi conciencia pesaba sobre mí de una forma que Dricko ni ninguno de los tíos que conocía con hijos había jamás experimentado.

Porque, para mí, no era mi futuro el que había fastidiado, sino el de ella.

Y lo lamentaba porque la quería.

La quería tantísimo que había sido imprudente y le había arruinado la vida.

No la había conocido por capricho y le había metido la polla después de dos o tres semanas tonteando para convertirnos en una familia improvisada de la noche a la mañana.

Llevaba acumulados seis años de amistad con Molloy.

Conocía a aquella chica por dentro y por fuera, igual que ella me conocía a mí.

Habíamos crecido juntos. Nuestras vidas estaban entrelazadas.

Nunca había sido alguien con quien pasar el rato hasta que apareciera otra persona mejor.

Ella era el rato, lo mejor, la meta, las nueve yardas enteras.

Cualquier futuro que me había atrevido a imaginar para mí siempre la tenía a ella en el centro.

Jamás había querido ser padre —los bebés nunca habían sido parte de mi plan—, pero si hubiera sido un factor decisivo para Molloy, mucho más adelante en el futuro, a lo mejor me habría convencido. Ahora nos había caído encima a ambos.

—Ni se te ocurra, Houdini —me oí advertirle una hora más tarde cuando vi que mi novia miraba el imponente muro que rodeaba el pabellón de la asociación de hurling. Era un muro que la había visto escalar sin esfuerzo miles de veces.

Pero ya no iba a subirse por ahí.

—Va en serio, Aoife —la advertí—. Mantén esos pies en el suelo.

—Estás siendo un poco dramático.

—Se llama ser sensato.

Puso los ojos en blanco.

—¿Desde cuándo las palabras «Joey Lynch» y «sensato» van de la mano?

—Desde que las palabras «Aoife Molloy» y «embarazada» unieron fuerzas —respondí, pasándole mi jersey del uniforme—. Sienta el culo en la acera.

Obedeciendo a regañadientes, cogió mi jersey, lo plegó por la mitad y luego lo puso encima del cemento antes de sentarse.

—Gracias por la comida, Joe. —Con sus piernas larguísimas estiradas delante de ella, dejó la bolsa marrón caliente de patatas humeantes en su regazo y suspiró—.

No tengo ni un duro ahora mismo y me salté todos los turnos en el trabajo la semana pasada, así que no dispongo de dinero para estas semanas.

Ambos estábamos sin blanca, pero, si no podía comprarle a mi novia embarazada una triste bolsa de patatas, entonces más valía que me pegaran un tiro.

—No te preocupes por el dinero —respondí, preocupándome yo por los dos mientras me sentaba a su lado—. Ya buscaré alguna solución.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que, si tu padre no puede contratarme a jornada completa en el taller, buscaré otra cosa para sacarnos del apuro. —Me encogí de hombros—. Te dije que iba a cuidar de ti y lo haré, ¿vale? El dinero es lo último que te debe preocupar ahora mismo. Déjame hacer eso por nosotros.

—¿Y el instituto?

—¿Qué pasa? —Me rodeé las rodillas con los brazos, suspirando con fuerza—. Los bebés no son baratos, Molloy.

—No. —Sacudió la cabeza—. Ni hablar, Joe. Tienes que terminar el instituto.

—No, tú tienes que terminar el instituto —la corregí—. A mí no me hace falta un trozo de papel para ganar dinero. Ya puedo ganarlo ahora.

—Ya oíste a mi padre —sostuvo—. Estaba de acuerdo con tenerte de aprendiz, pero solo después de que terminaras los estudios e hicieras los exámenes de acceso a la universidad.

—Aoife, ¿qué voy a hacer con ese papel? ¿Limpiarme el culo? —Negué con la cabeza—. Es un examen que no significa una mierda para mí. Para ti, sí, por supuesto, pero ¿para mí? Nada, nena.

—No salgo de cuentas hasta septiembre —se apresuró a añadir—. Ambos podemos terminar el instituto antes de que tengamos que pensar en nada más. Solo nos quedan dos meses, Joe. Dos meses y se acabó Ballylaggin.

—¿En septiembre? —Dios santo—. Sales de cuentas en septiembre.

Asintió con la cabeza.

—El 20.

—¿Justo después de mi cumpleaños?

Asintió.

Eché el aire.

—¿De cuántas semanas estás ahora?

—Hum, catorce semanas y dos días, creo.

—Dios, ya estás en el segundo trimestre, Aoife.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Estoy aterrada.

—Tranquila —intenté calmarla, y mentalmente entraba en modo pánico mientras trataba de asimilar el constante flujo de información que me iba a cambiar la vida y parecía que no dejaba de llegarme.

—Si sales de cuentas a finales de septiembre y la semana que viene es abril, entonces tenemos cinco meses y medio para ver cómo nos las apañamos.

—¿Cómo nos las apañamos?

—Sí —asentí—. Para ahorrar algo de dinero, Molloy.

Entrecerró los ojos.

—No vas a dejar el instituto.

—Escucha, no tiene sentido desperdiciar dos meses en un aula trabajando en algo que ambos sabemos que jamás necesitaré. No cuando podría estar trabajando de verdad a cambio de un dinero que está claro que vamos a necesitar —intenté razonar—. Vamos, Molloy, piénsalo. Sabes que es así.

—Ya lo he pensado —replicó—. No he hecho otra cosa en las últimas semanas, y no vas a dejar el instituto, Joe. Comenzamos en el Ballylaggin juntos y terminaremos juntos.