58. La oveja negra de la familia #2
—Literalmente me has destrozado la vida, Kevin. —Negué con la cabeza, sin molestarme en enjugarme las lágrimas de las mejillas. Las nuevas encontrarían su sitio—. ¿Por qué?
—No… —Se pasó una mano por el pelo y suspiró—. Mira, al menos ya ha salido a la luz. En todo caso, te he hecho un favor.
—Se lo has contado a mi padre antes de que yo pudiera hacerlo —dije con el pecho agitado—. Y se lo contaste a Paul, que se lo contó al padre de mi hijo antes de que yo pudiera hacerlo.
La confusión le inundó los ojos.
—¿Joey no lo sabía?
Negué con la cabeza.
—No tenía ni idea —suspiró con fuerza y fue a cogerme la mano—. Mierda, Aoife, yo no…
—No. —Levanté una mano como advertencia—. Ni te me acerques.
—Aoife.
—Va en serio —espeté—. Me avergüenza que seas mi hermano.
—¿Y crees que yo estoy orgulloso de que seas mi hermana?
—respondió, con las mejillas coloradas—.
¿Que estoy orgulloso de tener una puta en la familia?
Eres una vergüenza, Aoife. Tú eres la que se ha rebajado, tú eres el desastre, y no yo —soltó a la defensiva—.
No es culpa mía que no se lo dijeras a ese tío.
Él es al primero a quien se lo tendrías que haber contado.
—¿No es culpa tuya? —Me quedé mirándolo boquiabierta—. Todo esto es culpa tuya. Puede que seas un lumbreras para las cosas del instituto, pero eres un cabrón cruel, malcriado y celoso sin un poquito de corazón, y jamás te perdonaré por esto. ¿Me oyes, Kevin? ¡Jamás te perdonaré!
—Muy bien —contestó desafiante, con el tono cargado de emoción—. Ya ves lo que me importa.
—Ya te importará, ya, rencoroso mierdecilla —gruñí por el sendero del jardín hacia la puerta de la verja—. Y te arrepentirás.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó tras de mí—. ¿Mandarme a tu perro guardián? ¿Otra vez?
—La última vez lo detuve, pero no creas que cometeré el mismo error —fue mi respuesta acalorada.
—Y yo la última vez dejé que se fuera de rositas —me recordó mi hermano—. No creas que cometeré el mismo error.
—No, Kev, no voy a enviar a mi novio a por ti —dije entre dientes, abriendo la puerta del jardín—, porque, a diferencia de ti, no me hace falta que otros luchen por mí mis batallas.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que tú nunca has luchado tus propias batallas ni un día en tu puñetera vida —grité prácticamente—. Estás demasiado ocupado escondiéndote en las faldas de mamá.
—Y una mierda.
—Ah, ¿crees que has pasado sin esfuerzo la secundaria basándote solo en tu personalidad estelar? —inquirí—. No, gilipollas, llevas seis años en una burbuja porque yo te he guardado las espaldas todo el tiempo.
—Nunca te he pedido que hicieras eso por mí.
—No tenías que pedírmelo —solté—. Eso es lo que hace la familia. Se cuidan unos a otros. Se protegen entre ellos. Se guardan las espaldas. —Me encogí de hombros—. O, al menos, eso es lo que creía que éramos, pero está claro que me equivocaba.
—Estás exagerando —masculló, frotándose la mandíbula.
—No, tú estás subestimando el daño que le has hecho a nuestra relación —lo corregí, señalándole con el dedo—.
Ya no te voy a cubrir más las espaldas, Kev.
Ya no soy tu hermana. Eso termina hoy. Y buena suerte con que mamá se ponga de tu parte ahora que por fin ha visto cómo eres de verdad… ¡Un puto mimado!
—Estaba enfadado —intentó defenderse, levantando las manos en el aire—. Mamá y tú os contabais secretitos y estabais pasando mucho tiempo juntas…
—Y al pobre de Kev le entró la pataleta porque no tenía toda la atención de su mami, como suele tener a todas horas desde el día en que nació —acabé la frase con un tono lleno de sarcasmo—.
Ay, qué puta penita me das, imbécil. Mamá me prestó una pizca de atención por una vez después de dieciocho años que llevas monopolizándola. ¡Vete a tomar por culo!
—¿Como ha hecho tu novio con nuestro padre?
—Si tienes un problema con la relación de papá con Joey, tómala con papá —contesté, enfurecida—. No me arruines la vida porque quieras poner una barrera entre ellos.
—Eso no es lo que intento hacer.
—Eso es justo lo que intentas hacer —repliqué—. Y, sí, puede que lo hayas conseguido, pero también has perdido a una hermana en el proceso.
—Aoife, vamos —me dijo—. Lo siento, ¿vale?
—No te me acerques, Kev —le dije por encima del hombro mientras me alejaba de mi hermano por la acera—. No querrás que los vecinos te asocien con la puta de la familia.
—¿Qué le has dicho, imbécil? —Corriendo hacia el jardín, con mi madre pisándole los talones, mi padre me llamó—: Aoife, vuelve aquí, que en tu estado…
—No te vayas corriendo así —añadió mi madre—. Vuelve dentro, amor. Tu padre no va a gritarte.
—¡Dejadme en paz! —vociferé, echando a correr por la acera por la necesidad de alejarme de mi familia lo máximo posible.
Porque no podía con aquello.
Era demasiado.
No podía con todas las emociones que me abordaban.
Estaba demasiado al límite como para recibir otro golpe.
Sin embargo, al doblar la esquina al final de mi calle y chocar contra un pecho duro, fue exactamente lo que sucedió.
—Hostia puta. —Un par de manos familiares me rodearon, me agarraron de los hombros para sostenerme—. Molloy. —Joey respiraba rápido y con dificultad, sin duda había llegado hasta allí corriendo desde el instituto—. ¿Adónde coño vas?
No pude responderle porque no tenía ni idea de adónde pretendía ir. Solo sabía que estaba justo donde necesitaba que estuviera.
—Joe. —Incapaz de soportar yo sola un segundo más aquel peso abrumador, me desplomé contra él, con la necesidad de sentir sus brazos a mi alrededor en ese instante más de lo que necesitaba respirar—. Joe.
—No pasa nada. —Me rodeó con los brazos, con fuerza, llenándome de consuelo mientras me atraía hacia él—. Chisss. No pasa nada.
Hundí la cara en su jersey del uniforme, me agarré a la tela de su espalda y dejé que sostuviera mi peso, aceptando todo el apoyo que me ofrecía. Porque necesitaba su apoyo. Lo necesitaba a él.
—Te tengo, Molloy.
—Por favor, no me odies.
—No te odio.
—Siento muchísimo no habértelo contado antes —dije llorando —, que te hayas enterado de esa manera.
—Escúchame. —Con las manos en mis mejillas y los dedos enredados en mi pelo, me obligó a mirarlo—. No te disculpes. Lo entiendo, ¿vale?
—¿Lo entiendes?
—Sí, entiendo —asintió despacio— por qué no me lo contaste. Lo que intentabas hacer. No me gusta, pero lo comprendo. —Exhaló temblorosamente—. Solo siento la hostia ser el tipo de persona a la que crees que tienes que proteger cuando debería ser al revés.
Incapaz de apartar los ojos, miré cómo Joey asimilaba la peor parte de lo que acababa de lanzarle, de lo que acababa de llegar a su vida. Lo veía en sus ojos. Todo lo que él quería decir, todo lo que yo quería decir, pero nunca nos diríamos.
Todo el miedo.
El arrepentimiento.
El daño.
La culpa.
Soltando el aire con dolor, Joey bajó la cara hacia mí y apoyó con cuidado su frente contra la mía.
—Lo siento mucho, Molloy.
Las lágrimas bajaron por mis mejillas y la respiración se me entrecortó cuando coloqué mis manos sobre las suyas.
—Yo también lo siento, Joe.
—No sé qué decir —admitió con un tono ronco—. Tengo un puto miedo horrible ahora mismo, así que me imagino cómo te habrás sentido tú. Pero estoy aquí, ¿vale? —Se encogió de hombros sin poder remediarlo—. Estoy aquí y no me voy a ninguna parte.
—¿Sí?
—Sí —asintió despacio, con los ojos clavados en los míos—. No voy a salir corriendo.
—¿Me lo juras?
—Te lo juro —respondió Joey con un tono cargado de sinceridad—. No te dejaré sola en esto.
—Pues eso es lo único que hace falta que digas —sollocé, acariciándole la mejilla con la mía—. Porque es lo único que necesito saber.