58. La oveja negra de la familia
LA OVEJA NEGRA DE LA FAMILIA
Aoife
—¡Mamá! —grité, abriendo la puerta principal e irrumpiendo en mi casa el jueves por la tarde. La única explicación de cómo había llegado a mi casa en coche desde el instituto sin tener un accidente era mi desesperación por estar en un lugar seguro. Por estar con mi madre—. ¡Mamá!
—¿Aoife? —Mi madre apareció en la puerta de la cocina con un trapo en las manos y cara de asustada—. ¿Qué pasa?
—¡Mamá! —grité, yendo directa a ella—. Mintió.
—¿Quién mintió? —quiso saber, abrazándome mientras me dejaba caer contra ella—. ¿Qué ha pasado, Aoife? ¿Quién mintió, cariño?
—Kev. —Llorando mucho, de forma desagradable, le eché a mi madre los brazos al cuello y me aferré a ella con todas mis fuerzas—. Se lo contó a Paul, mamá. Se lo contó a todos los del instituto.
—¿Que hizo qué?
—Joey lo sabe. Se enteró en clase —dije llorando, agarrándola con más fuerza mientras mi cuerpo entero se retorcía y se sacudía por los sollozos—. Ni siquiera tuve la oportunidad de ser yo quien se lo contara.
—Ay, Dios mío. ¿Cómo se lo ha tomado?
—¿Tú qué crees? —grité—. Horrible. Está furioso conmigo por no haberle dicho nada.
—Ay, Aoife.
—No se lo merecía, mamá —sollocé—. No se merecía que se lo dijeran así delante de todo el mundo. —Me estremecí ante el recuerdo—. Fue espantoso.
—Me lo puedo imaginar.
Al cabo de unos instantes, se abrió la puerta principal y apareció mi hermano, con la cara roja y nervioso.
—Aoife. —Kev levantó las manos y se acercó con cautela—. Antes de que digas nada, que sepas que no sabía que Paul iba a…
—¡Cabronazo! —Sin darle la oportunidad de que terminara de hablar, me di la vuelta y me abalancé sobre mi hermano, arañándole la cara, con un nivel de desesperación que no había alcanzado en toda mi vida—. ¿Cómo has podido hacerme esto?
—Te lo has hecho a ti misma —replicó Kev, agarrándome de las muñecas para sostenerme los brazos a los lados—. Deja las manos quietas, Aoife.
—Te odio —grité, soltándome las manos para empujarlo en el pecho—. ¿Me oyes? Te odio, Kevin, joder.
—Sí, bueno, tú tampoco me vuelves loco.
—Parad los dos —espetó nuestra madre, poniéndose entre ambos—. Ya basta.
—Ella es la que está dando bofetadas.
—Porque le ha contado al instituto entero que estoy embarazada.
—No se lo he contado a todo el instituto. Solo a unos cuantos amigos íntimos.
—¿Desde cuándo mi ex es tu amigo íntimo?
—Desde siempre —replicó mi hermano.
—Y una mierda —solté—. Paul solo era simpático contigo porque salíamos juntos.
—De verdad te lo crees, ¿no?
—Porque es cierto.
—Tú no controlas de quién soy amigo, Aoife —dijo Kev con desdén—. Y, si no te creyeras el ombligo del mundo, verías lo que pasa a tu alrededor y sabrías que soy amigo de Ricey desde primero. De hecho, nos hemos hecho muy íntimos este último año.
—Me pregunto por qué. —Puse los ojos en blanco—. Eres un imbécil.
—No todo gira en torno a ti, Aoife —espetó Kev—. Él se para a charlar conmigo, a diferencia de ese gilipollas al que te has pegado, que apenas reúne la energía para reconocer ni que existo.
—¿Por qué debería Joey saludarte? —inquirí—.
Para empezar nunca intentas ser algo amable con él.
Nunca has sido amable con él. Cada vez que viene, vas de superior, siempre, y es asqueroso.
En serio, hablas de que yo me creo el ombligo del mundo cuando tú vas de guay por la vida, creyendo que eres mejor que nadie.
—Soy mejor que él.
—¿Porque sacas buenas notas y él no? ¿Porque irás a la universidad y él no? ¿Porque te han dado el lujo de poder concentrarte en tus estudios, mientras que él trabaja desde los doce años? ¿Crees que eso te convierte en mejor que él?
—¿Ves? Intentas insultarme cuando lo único que enumeras son rasgos característicos positivos.
«Buf».
—Kevin, Aoife —trató de intervenir nuestra madre—. Paremos un momento a respirar.
—Noticia de última hora, gilipollas, hay todo un mundo ahí fuera al que no le importa una mierda tu puntuación en el examen de acceso a la universidad ni cuáles son tus notas en el instituto —grité, ignorando la petición de mi madre—.
Y, si continúas con esa actitud de ser más papista que el papa, te garantizo que no vas a durar ni una semana en el mundo real.
Así que puedes seguir pensando que eres mejor que mi novio, pero la verdad es que no le llegas ni a la suela de los zapatos —solté—.
Eres un niñato mimado y consentido, mientras que Joey es un hombre de verdad.
¡No llegarías a su nivel ni aunque lo intentaras toda la vida!
—Si no estar a su nivel significa no pasarme el resto de mi vida con la cabeza bajo el capó de un coche, con las manos manchadas siempre de aceite, por una mierda de sueldo al final de mes que no cubriría una hipoteca decente, entonces no me oirás quejarme.
—Madre mía, menudo esnob estás hecho —grité, alzando las manos.
—¿Por qué? —dijo Kev—. ¿Porque soy realista? ¿Porque estoy exponiendo los hechos? ¿Porque me cabrea que mi hermana haya arruinado su futuro por un gilipollas de la urbanización de Elk sin ninguna posibilidad?
—Porque eres un desagradecido —interpuso nuestra madre, más que herida—.
Todos esos juegos caros de ordenador que llenan las estanterías de tu cuarto están pagados por unas manos manchadas de aceite.
Cada puntada de la ropa que llevas puesta y cada trozo de comida que te has metido en la boca desde que naciste vienen de esas mismas manos.
Las manos de tu padre. Tu padre es el mecánico que ha pasado la mayor parte de su vida partiéndose el lomo para darles a sus hijos una vida mejor que la que él tuvo.
—Y por eso exactamente deberías alabarme por apreciar los sacrificios que papá y tú habéis hecho por nosotros y regañarla a ella por tirároslos a la cara.
—¿En qué momento se los he tirado a la cara?
—Al ser tan tonta para dejar que ese drogadicto de mierda se te metiera entre las piernas —gruñó Kev—. Te das cuenta de que el padre de tu nieto es un puto yonqui, ¿no, mamá?
—Calla la puta boca, Kevin —dije entre dientes, abalanzándome sobre él de nuevo.
—Basta —advirtió nuestra madre, separándonos otra vez—. Cálmate, Aoife. Esto no te va nada bien.
—Él no le va nada bien —dijo entonces mi hermano.
—¡No tienes ni puta idea de lo que hablas!
—Mírate —bramó mi hermano—. Mira en qué estado te encuentras. Buscando pelea en tus circunstancias. Sabes por qué, ¿no? Es porque te lo está contagiando. Lo tenías todo y lo has tirado a la basura. —Negó con la cabeza, indignado—. Por él.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó entonces nuestro padre, entrando en la cocina, con una fiambrera en las manos y, sí, con manchas de aceite de motor.
Miró a Kev después de hacerlo hacia mí y frunció el entrecejo por la confusión—.
¿Por qué estáis gritando? —Dirigió los ojos a su mujer—.
Es la hora de comer, Trish. ¿Por qué los mellizos no están en clase?
—Nada —se apresuró nuestra madre en intervenir, acercándose a su marido—. No pasa nada, Tony.
—Disfruta convirtiéndote en su madre —continuó Kev, ignorando a nuestros padres mientras me fulminaba con la mirada—, porque la ciudad entera sabe cómo se deja pisotear. A ver si te da algunos consejos porque eso es a lo que aspiras ahora.
—Cállate, Kevin —le ordenó nuestra madre—. Ni una maldita palabra más.
—¿En su madre? —Nuestro padre parpadeó, confundido—. ¿La madre de quién?
—Esto es culpa tuya —espetó Kev, dirigiendo su mirada acusadora hacia nuestro padre—. Tú lo trajiste a nuestras vidas.
—Por favor, mamá —le pedí, dejando caer la cabeza en mis manos, mientras ella intentaba sin éxito acallar a mi hermano furioso—. Haz que se calle.
—¿A quién? —preguntó nuestro padre, totalmente desconcertado—. ¿De qué estás hablando?
—¡Aoife está preñada! —bramó Kev, señalándome con un dedo, y con esas palabras hizo añicos mi mundo. Otra vez—. Por culpa de ese mierda en el que te empeñas en ver algo bueno.
Mi padre retrocedió como si las palabras que hubiera dicho mi hermano lo hubieran golpeado físicamente.
—Kevin —dijo nuestra madre, que enseguida se volvió hacia su marido para ponerle las manos en el pecho—. Tony, respira. No pasa nada, amor, tú respira.
—Sí, tu niñito no te parece tan perfecto ahora, ¿eh? —lo provocó Kev, más enfadado de lo que lo había visto en la vida—. Ahora que le ha hecho un bombo a tu hija, ¿verdad, papá?
—¿Qué estás…? —Los ojos llenos de pánico de mi padre se posaron en mí—. ¿Aoife?
—Papá, no quería… Lo siento —sollocé, con las manos colgando sin fuerza a mis costados. Miré a mi hermano y negué con la cabeza—. Te odio.
—Intenté advertirte sobre él —continuó Kev gritando, dirigiendo su dolor a nuestro padre en ese momento—, pero no me escuchabas. ¡Te dije qué tipo de persona era, pero insististe en contratarlo, en tratarlo como el hijo que siempre quisiste y que jamás encontrarías en mí!
—Kevin.
—Pues felicidades, papá —dijo con la voz quebrada—, por fin se ha hecho tu sueño realidad. Dentro de poco tendrás un nieto de él que consolidará su unión a esta familia. Por fin tendrás al hijo que siempre quisiste.
Incapaz de soportar un segundo más viendo cómo el mundo se derrumbaba a mi alrededor, salí corriendo de la cocina, ignorando las súplicas de mi madre y los gritos de mi padre mientras iba directa a la puerta principal, desesperada por escapar.
—Aoife —me llamó Kev, corriendo detrás de mí—. Espera.
—No me toques —espeté, soltando el brazo de su mano y fulminándolo con la mirada—. Y no vuelvas a hablarme en la vida.
—No… —empezó a decir mi hermano, pero entonces levantó la barbilla desafiante y dijo entre dientes—: Tenía que saberlo.
—No te correspondía a ti decírselo —repliqué, temblando al sentir la máxima traición por parte de la persona que había compartido un útero conmigo—. No te correspondía a ti contárselo a nadie. Era yo quien debía hacerlo y me has quitado esa opción.
El arrepentimiento apareció en sus ojos.
—Tienes tantos celos de Joey por su relación con papá que has echado a los leones a tu propia melliza para sacarle ventaja.
—Aoife.