Rey de la gula (Pecados 6) 57. El huracán Molloy #2
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57. El huracán Molloy #2

No, imbécil, sigues castigado. Considera esta nota mi versión de lanzarte un hueso. Y en cuanto a la canción de amor… ¡Ja! Ya te gustaría tener esa suerte.

Sonreí y escribí una respuesta.

Sí, bueno, pues este imbécil te quiere.

No puedes escribir ese tipo de cosas.

¿Por qué no?

Porque intento estar cabreada contigo.

¿Y? Siempre estás cabreada conmigo y yo siempre te quiero.

Vale, ahora estás dorándome la píldora.

¿Las que me tiraste por el váter?

Ay, Dios, qué pesado.

Pues anda que tú.

—¡Aoife! ¡Joseph! —Una mano apareció entre nosotros para coger el cable de los auriculares y tiró del reproductor de MP3 . La señorita Murphy estaba delante de nuestro pupitre con el reproductor en la mano—. ¿Qué os he dicho a vosotros dos de distraeros en clase?

—¿Que lo hagamos en voz baja? —sugirió Molloy con una de sus sonrisas ganadoras de premios grabada en la cara, el tipo de sonrisa que la sacaba de apuros habitualmente—. Es lo que estamos haciendo.

—Que no os distraigáis —la corrigió la señorita Murphy, echando chispas por los ojos—.

Sinceramente, vosotros dos sois ya lo bastante mayorcitos como para saber que no está bien escuchar música en clase.

Es vuestro último año —dijo suspirando, harta—.

Tenéis solo unos meses para repasar todo lo posible antes de los exámenes de acceso a la universidad.

—Parece ser que estos dos no necesitan practicar Matemáticas, señorita —soltó Ricey desde la parte delantera de la clase—. Por lo que he oído, se les da muy bien multiplicarse.

—Paul, vuelve a tus ejercicios, por favor —lo reprendió la señorita Murphy.

Vi cómo Molloy se quedaba boquiabierta y erguí la espalda al instante. Los ojos de Molloy se fueron a Casey, que estaba en el pupitre delante de nosotros, y esta se encogió de hombros, confundida, y le articuló a mi novia las palabras «Te juro que no he sido yo».

—¿De qué coño estás hablando, gilipollas? —inquirí, fulminando con la mirada al lameculos que nos estaba mirando.

—Tu hermano es un bocazas —continuó Paul.

—¿Kev? —musitó, y la expresión de dolor en sus ojos fue preocupante—. ¿Te lo ha contado Kev?

—Se lo ha contado a todo aquel que lo escuchara.

—No —dijo Molloy, negando con la cabeza—. No, no, no, no. —Dejó caer la cabeza en sus manos—. Esto no está ocurriendo.

—Esquivé una bala contigo, ¿eh? En qué puto cliché te has convertido —dijo con desdén—. Buen trabajo arruinándote la vida, Aoife.

¿Un cliché? ¿Se nos daba muy bien multiplicarnos?

Noté que me quedaba sin aire en los pulmones a toda prisa.

—Qué. Coño…

—Eh…, no… —Molloy exhaló de forma entrecortada y ahogó un sollozo—. Ay, Dios.

El corazón se me disparó en el pecho mientras centraba mi atención en la chica sentada a mi lado.

—Molloy.

No era un imbécil.

—Molloy.

Empecé a caer en la cuenta.

—Molloy.

Mierda, oía el sonido de los latidos de mi corazón en mis oídos.

—¡Aoife!

—Joe —susurró Molloy, mirándome aterrorizada—. Yo…

—Parece que le cuestan las Matemáticas —intervino Danielle, riéndose—. Ya te echo yo una mano, Joe —añadió, muy contenta por aportar su granito de arena a la ecuación—. Tu pene más su vagina igual a un bebé.

Todos los de la clase se callaron de repente. Aparte de un par de inspiraciones fuertes, se habría oído el vuelo de una mosca.

Mientras tanto, el corazón me iba a toda pastilla en el pecho mientras el puto mundo entero se derrumbaba a mi alrededor.

—Te dije que no llegarías a la graduación sin un bebé en la barriga —dijo Danielle con desdén— y parece que tenía razón.

—Ay, Dios —exclamó Molloy con un sollozo de dolor, retiró su silla hacia atrás para apartarse del pupitre y dirigirse hacia la puerta de la clase más rápido de lo que pude procesar lo que coño estaba ocurriendo.

—¡Aoife! —la llamó la señorita Murphy antes de volver hacia mí sus ojos muy abiertos por el horror—. No lo sabía.

—Ni él, por lo que parece.

—¡Cállate, Paul! —gritó la señorita Murphy con la cara roja mientras continuaba mirándome fijamente, expectante—. Joseph, lo siento muchísimo. No lo sabía.

Sin comprender ni una palabra de lo que estaba saliendo de su boca, me levanté y, aunque me sorprendió aguantarme de pie, salí del aula, ignorando el sonido de los murmullos que se propagaban a toda velocidad, sin duda.

Tenía el cuerpo entero en llamas, sacudido por un temblor nervioso cuando llegué al pasillo y posé los ojos en Molloy.

Me fallaron las piernas cuando la vi apoyada en la pared frente a la puerta del aula en el pasillo vacío, claramente esperándome.

—Joe.

—¿Qué pasa?

—Lo siento… —Conteniendo el sollozo, me miró con los ojos llenos de lágrimas—. Muchísimo.

—¿Por qué? —No reconocí mi propia voz mientras la observaba mirándome, desconcertado y en vilo—. ¿Qué coño está pasando? ¿De qué estaban hablando?

—He intentado decírtelo —dijo mientras se metía el pelo detrás de las orejas—.

Y te lo dije, pero te olvi… —se le quebró la voz—, te olvidaste.

—Inspiró varias veces de forma entrecortada antes de intentarlo otra vez—.

Lo siento muchísimo, Joe. —Agarrándose la cara con las manos, negó con la cabeza y sollozó—. Por favor, no me odies.

—Deja de decir que lo sientes, Molloy —espeté, levantando una mano temblorosa mientras contenía las ganas de gritar—. No te odio, pero tienes que… Bueno, dime qué pasa.

La miré con el corazón en la boca y un horrible presentimiento en el estómago mientras mi novia se llevaba la mano a la frente y emitía las palabras que pondrían mi vida patas arriba.

—Estoy embarazada.

—Embarazada. —Jamás sabré cómo pronuncié esa palabra, pero la dije y además conseguí mantener un tono de voz tranquilo—. Estás embarazada.

Siguió con la mano en la frente como si fuera un escudo y asintió, temblando.

—Embarazada.

Se le escapó un sollozo de dolor.

—Sí.

—Estás embarazada.

—Sí.

—Me estás diciendo que estás embarazada —me oí repetir como un idiota, mientras el corazón se me encogía en el pecho—. Embarazada, con un bebé. Embarazada.

—Sí, Joey, estoy diciendo que estoy embarazada, que voy a tener un bebé —me confirmó y luego volvió a sollozar—. Así que deja de decir la palabra «embarazada». ¡Por Dios!

—Lo siento, es que… —Incliné la cabeza a un lado, con una mezcla de incredulidad y confusión mientras esperaba que dejara de actuar y gritara «¡Es broma!»—. ¿Te estás quedando conmigo?

—Sí, me quedé contigo follando muchas veces —soltó, nerviosa—. Ese es justo el problema.

—No lo dices de coña, ¿verdad? —logré decir, totalmente trastornado mientras apoyaba la espalda en la pared—. Va en serio… —Negué con la cabeza y la miré boquiabierto—. ¿Embarazada?

Las lágrimas en sus ojos me aseguraban que no era broma.

«Joder».

Fruncí el entrecejo cuando una oleada de puro terror concentrado me recorrió las venas.

—¿Cómo?

Me lanzó una mirada que decía «¿Tú cómo crees?».

—Pero tomas la píldora.