57. El huracán Molloy
EL HURACÁN MOLLOY
Joey
La ira que emanaba de la chica en el asiento del conductor me aseguró que no solo estaba castigado de forma permanente, sino que me había ganado el título de rey de los imbéciles.
Para cuando llegamos al instituto el jueves por la mañana, la tensión silenciosa que aumentaba entre nosotros era insoportable.
Como ninguno de los dos quería ceder un ápice, yo la dejaba con su cabreo mientras que ella me permitía cocerme en mi culpabilidad.
Después de su cuarto pésimo intento de dar marcha atrás en un estrecho hueco para aparcar, y esta vez casi llevándose el parachoques de un coche vecino, Molloy gruñó furiosa. Echó el freno de mano, puso en punto muerto el cambio de marchas, salió del vehículo y lo abandonó en medio del tráfico.
Sin mediar palabra, bajé también, me dirigí hacia el asiento del conductor mientras Molloy cruzaba los brazos sobre el pecho, daba golpecitos con el pie, expectante, y me lanzaba una mirada asesina.
Di marcha atrás para aparcar donde ella pretendía, apagué el motor, volví a bajarme del coche y fui al maletero.
Lo abrí, cogí nuestras mochilas y me las eché al hombro, antes de ir a por mi palo de hurling y el casco.
Bajé de golpe la puerta del maletero, cerré el coche y le lancé las llaves.
Las cogió en el aire, se las guardó en el bolsillo y luego, con la barbilla levantada, se acercó y me quitó su mochila del hombro.
Vale.
Tú misma.
Con una ceja levantada, me quedé mirando a Molloy mientras se echaba la mochila al hombro y se marchaba contoneándose hacia la entrada principal, manteniendo al menos diez pasos de distancia entre nosotros y mostrándome una vista gloriosa de su culo estupendo mientras meneaba las caderas con genio.
—¿Lynchy? —oí a Rambo llamarme y apartó mi atención del fantástico trasero de mi novia.
Me di la vuelta para verlo mientras él me señalaba con la mano que me acercara al lateral del pabellón de Educación física y casi le salía humo de detrás de la manga de su jersey.
—¿Vienes, chaval?
Asentí brevemente, cambié el rumbo y los pies se movieron en dirección a mi colega, cuando una mano me cogió la mía y me hizo detenerme.
Me di la vuelta para encontrarme a Molloy allí, con mi mano entre las dos suyas, fulminándome con la mirada antes de sacudir la cabeza.
Todavía se negaba a hablar conmigo, pero no estaba dispuesta a marcharse, y se quedó allí, con el ceño fruncido, dándome un ultimátum con los ojos.
«Hazlo —me retó mentalmente— y verás lo que pasa».
Más que irritado, le lancé una mirada asesina, igual de decidido a no ser el primero en ceder y hablar.
Me soltó la mano, me miró por última vez con acritud antes de retroceder unos pasos y entonces, con esa barbillita sexy levantada, giró sobre sus talones y se marchó.
«Vale».
Con un gruñido de frustración, me di la vuelta y caminé hacia el pabellón de Educación física, pero solo conseguí avanzar cinco pasos antes de girarme.
«¡Maldita mierda!».
Oí a Rambo y a los chavales partirse de risa, imitando el sonido de un látigo mientras seguía a mi novia como un puto perrito.
«Joder».
Cuando la alcancé en la puerta, no se volvió a mirarme mientras se quitó la mochila del hombro y la sostuvo en la mano.
Apreté la mandíbula, cogiéndola a regañadientes, y me la eché al hombro.
Se aclaró la garganta, cruzó los brazos sobre el pecho y señaló la puerta con la barbilla.
Reprimiendo un gruñido, la rodeé para sostenerle la puerta abierta.
—Hum —resopló con remilgo antes de pasar adentro.
Conteniendo las ganas de cerrarle la puerta en el culo, apreté los dientes y seguí a la chica dueña de mi corazón… y de mis pelotas.
—¿Qué te pasa? —preguntó Alec, tirándome un cigarrillo cuando fui a fumar con él en la parte trasera del pabellón de Educación física—. ¿Piernas Sexis sigue haciéndote el vacío?
—Digamos que las mujeres de mi vida me tienen la cabeza loca, chaval —farfullé, subiéndome al muro a su lado—. Gracias, Al —mascullé con un cigarrillo entre los labios mientras cogía el mechero que me pasaba para encenderlo—. Estoy fresco como una rosa.
—Las tías te joden el coco, Lynchy.
—Uf, créeme, yo lo sé demasiado bien.
—¿Cómo le va a tu hermana con la élite de Tommen?
—Bien —le dije, exhalando una nube de humo—. Le va de la hostia, Al.
—Me alegro —respondió, empujando su hombro con el mío—. Siempre fue demasiado pura para este lugar.
Asentí al estar de acuerdo y le di otra calada al cigarrillo antes de decir:
—Está con un tío.
—¿Uno de esos pijos que juegan al rugby?
—Sí.
—Vaya, mierda —se rio—. ¿Tenemos que darle una advertencia?
—No, parece un chaval bastante majo.
—Debe de serlo si no lo has colgado de los huevos.
—Ah, es todo muy inocente —musité, dando otra calada e ignorando el timbre que indicaba que había terminado la pausa—. Mientras se lo monte bien con ella, no lo molestaré.
—Bueno, si no se porta bien con la chica, habrá una cola de candidatos esperando para sustituirlo. —Me dio una palmada en el hombro—. Porque odio decírtelo, Lynchy, pero esa hermana tuya está muy buena.
—Por Dios —gruñí, incapaz de detener el escalofrío que me recorrió—. ¿Por qué tienes que arruinarme la vida diciendo eso?
—¿Qué? —se rio—. Es verdad. Todos lo pensamos. Ninguno ha ido nunca a por ella por respeto a ti.
—Es mi hermana pequeña, puto pervertido.
—No es pequeña, chaval —dijo riéndose—. Shannon Lynch tiene dieciséis años y está para comérsela.
—Te mataré.
—Yo solo te lo digo.
—Bueno, pues no me lo digas. —Volví a estremecerme—. Ni siquiera lo pienses, joder.
—Tiene unos ojos azules de ensueño.
—Yo tengo un gancho de ensueño.
—Pues guárdatelo para el tío que se tire a tu hermana y no lo dirijas al que la admira desde lejos —dijo, riéndose.
—No se la está tirando.
—Aún no.
—Cállate.
Capeando el temporal que acompañaba al huracán Molloy, logré mantenerme fuera de su radar y de los problemas durante las primeras cuatro clases. Hasta las dos horas de Matemáticas antes de la pausa para la comida, donde no solo tendría que enfrentarme a su ira, sino que estaría sentado a su lado.
Molloy entró en clase con cara de pocos amigos cinco minutos tarde, lo que no era normal en ella, y le contó una milonga al profe de que tenía que ir al lavabo.
Con todos los ojos clavados en ella, y sus largas piernas a la vista de los babosos que la miraban —que, afrontémoslo, era casi la clase entera—, mi novia se paseó hasta nuestro escritorio con las tetas subidas hacia arriba, contoneando las caderas.
Era una de las características de Molloy —una de las primeras cosas de las que me había enterado de ella—, que cuando se cabreaba se ponía muy sexy.
Aunque eso no significaba que no fuera tremendamente sexy todos los días.
Era más como si nunca fuese más consciente de su supremacía femenina que cuando tenía algo que demostrar, como en ese instante, por ejemplo, en el que me hacía saber que estaba en el primer puesto de su lista negra, y mucho que decir si no seguía el programa y continuaba con lo mío.
—Molloy —decidí romper el silencio llamándola cuando tomó asiento a mi lado—. Bonitas piernas.
Movió los labios hacia arriba a regañadientes, pero enseguida dejó el gesto y volvió a fruncir el ceño mientras ponía los libros y el estuche encima de nuestro pupitre.
—¿Podemos…?
Negó con la cabeza, dejándome claro que no iba a izar una bandera blanca. Menudos cojones los suyos. Si alguien tenía derecho a estar cabreado era yo, el cabrón desafortunado al que le habían tirado por el puñetero váter su alijo la noche anterior.
Me encogí de hombros ante su actitud, me recosté en mi silla con el lápiz en la mano y me quedé mirando por la ventana, observando la lluvia de marzo aporrear el cristal desde fuera.
Sumido en mis pensamientos, ahondé en el desastre de mi vida, preguntándome por qué coño la chica sentada a mi lado, bueno, seguía a mi lado.
Sí, dejando aparte el tema del alijo por el váter, sabía que estaba jodiéndola.
Y en el mal sentido.
Estaba cagándola en todo.
Otra vez.
Había faltado a mi palabra.
Otra vez.
La había decepcionado.
Otra vez.
Nada de nuestra relación se inclinaba ya a mi favor y, sinceramente, además de mi capacidad de usar bien la polla, no veía qué atractivo tenía estar conmigo.
Creía que me había dejado aquella noche.
Esperaba que me dejara.
Mi padre la había atacado, por Dios santo.
Ninguna relación, daba igual cuánto amor y lealtad hubiera, continuaba tras un golpe como ese. Pero allí estaba ella, enfadadísima, colocándose bien los guantes de boxeo para otro asalto conmigo.
No sabía cómo me quería Molloy después de lo que le había hecho y mucho menos por qué deseaba estar conmigo. Ni siquiera yo soportaba verme.
—Joseph, ¿necesitas ayuda con algo? —me preguntó nuestra profesora, apartando mi atención de la ventana para centrarla en la parte delantera de la clase.
Me quedé mirándola fijamente.
—¿Eh?
—Página 457 —dijo y suspiró, cansada—. Los ojos en el libro, por favor.
Puse cara de circunstancias y centré mi atención en el libro de texto de Molloy que estaba abierto sobre nuestro pupitre, el que había estado utilizando desde principios de curso, y fruncí el ceño cuando me fijé en un auricular.
El cable comunicaba con un reproductor de MP3 sobre el regazo de Molloy debajo del pupitre, mientras que el otro auricular colgaba de su oreja derecha.
Lo cogí, me lo llevé discretamente a la oreja izquierda y escuché «She Hates Me» de Puddle of Mudd.
Genial.
Qué forma más bonita de cantarle a tu novio.
«Me cago. En. Mi. Puta. Vida».
Al pasar la página del libro, vi que Molloy escribía algo antes de pasármelo.
Eres un gilipollas.
Suspiré con fuerza, cogí el lápiz que tenía detrás de la oreja y enseguida le puse una respuesta.
¿Y ahora te das cuenta?
Leyó mis palabras y se apresuró a contestar.
Me cegaba tu enorme polla.
Negué con la cabeza, me acerqué la página y escribí.
Me escribes notas y me pones canciones de amor. ¿Significa eso que ya no estoy castigado?
Frunció el ceño al leer mi pregunta y escribió una respuesta furiosa.