Rey de la gula (Pecados 6) 56. No te tengo que pedir permiso
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56. No te tengo que pedir permiso

NO TE TENGO QUE PEDIR PERMISO

Aoife

Joey: ¿Vas a hablar conmigo?

Aoife: No.

Joey: Vamos, Molloy. No seas gruñona.

Aoife: Cállate y mira la peli.

Joey: No estoy hablando. Te estoy escribiendo.

Aoife: Sí, bueno, puedo oír tu estúpida voz en mi cabeza.

Joey: Bruja.

Aoife: Gilipollas.

Joey: No me quedo si no me vas a hablar.

Aoife: ¡Ja! Intenta marcharte. Si te atreves.

Joey: Muy bien, pero no voy a abrazarte.

Aoife: Vale. No quiero que me abraces. Apestas a hierba.

Joey: Una pena que no te relaje.

Aoife: Chisss. ¡¡¡Estoy intentando ver la película!!!

Joey: Vale.

Aoife: Deja de jugar al Snake en el móvil.

Joey: Deja de ser una zorra.

Aoife: ¡Lo haré en cuanto dejes de ser un gilipollas!

—Me cago en la puta. —Joey tiró su móvil al colchón entre nosotros, cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirando con el ceño fruncido el techo de la habitación—. Esta manera de ignorarme es una mierda.

No, no era una mierda.

Era una consecuencia directa de su mierda.

Con tan solo la iluminación de la pantalla de mi televisor portátil, vi por el rabillo del ojo cómo Joey soplaba y resoplaba como un toro frustrado.

Mi novio estaba siendo un gilipollas, y tenía la intención de hacérselo saber.

Sorprendentemente, el silencio estaba fastidiándolo muchísimo más que mis palabras.

—Molloy. —Sin camiseta, se puso derecho en mi cama y se pasó una mano por el pelo—. Vamos, hoy no he hecho nada malo.

—El hecho de que tengas que añadir la palabra «hoy» a la frase «no he hecho nada malo» lo dice todo, Joe.

—Ya te he pedido perdón.

—Lo sé.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

—Te quiero sano.

—Estoy sano —gruñó, tumbándose de nuevo en el colchón—. Joder.

Sabía que estaba tambaleándose al borde de los problemas otra vez y me negaba a dejarlo caer por ese precipicio de nuevo. Era horrible el hecho de que no recordara ni una palabra de la conversación que habíamos mantenido el día anterior cuando le había contado todo.

Me había costado muchísimo sacar esas palabras y no las había oído. Y aún era más aterrador saber que llevaba a su hijo nonato dentro mientras él jugaba con su vida.

—No voy a volver a pasar por esto, Joe —le dije—. No voy a dejarte que lo hagas otra vez.

—A dejarme —escupió las palabras como si fueran ofensivas—. No te tengo que pedir permiso para nada, Aoife. Yo decido mis cosas.

—Ajá, claro, gilipollas —me burlé, subiendo el volumen del televisor con el mando a distancia—. Por cierto, tiré al váter tu alijo.

Me miró con los ojos entrecerrados.

—No tengo ningún alijo.

—¿Ah, no? —Le devolví la mirada de ojos entrecerrados—. Entonces ¿de quién eran las pastillas con receta que había en el bolsillo delantero de tu mochila?

—¿Me has registrado la mochila?

—Sí. —Sonreí con dulzura—. Pues claro.

—Me cago en la puta —masculló, frotándose la cara con la mano—. ¿Dónde has puesto la bolsa, Molloy?

—La bolsa está en mi papelera. El contenido de la bolsa estará en algún lugar del mar.

—¿No dirás en serio que has tirado al váter mis pastillas?

—Pues claro que sí, semental.

—Dios santo. ¿Sabes cuánto me ha costado eso? —Mi novio se volvió a poner derecho, dejó caer la cabeza en sus manos y contuvo un rugido—. Joder, Aoife, te dije que lo tenía bajo control.

—Y yo te he dicho que no voy a permitir que lo hagas otra vez.

—Estoy bien.

—Pues yo me voy a asegurar de que sigas así.

—Esto es absurdo —se quejó, girándose para mirarme—. Sabes que otro tío no aguantaría esta mierda de su novia.

—¿Qué mierda exactamente? —Tirando el mando a distancia, me incorporé para mirarlo—. ¿Lo de que estoy intentando mantenerte vivo?

—No me estoy muriendo.

—Podrías morir… —Se me quebró la voz, inspiré fuerte, desesperada por controlar mis gestos faciales, mientras lo miraba a los ojos—. Te quiero.

—Lo sé. —La emoción se coló en los ojos de Joey y este inclinó la cabeza—. Yo también te quiero.

—No. No lo entiendes. Tú eres el amor de mi vida —espeté, agarrándolo de la barbilla para obligarlo a que me mirara—.

Lo que siento por ti, lo mucho que te quiero, es una puta locura, Joe.

Así que, sí, voy a hacer lo correcto por ti siempre, aunque te cabree, porque te quiero aquí conmigo.

En el planeta Tierra. Durante mucho tiempo.

—No me voy a ninguna parte —susurró, levantando la mano para cogerme la mía—. No te voy a dejar nunca, Molloy.

—¿Ves? Sé que te lo crees —contesté con un tono cargado de emoción—, pero cada vez que esnifas una raya o te tragas una pastilla, estás jugando a la ruleta rusa con tu vida y con mi corazón.