55. Los pájaros, las abejas y el dublinés
LOS PÁJAROS, LAS ABEJAS Y EL DUBLINÉS
Joey
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Shannon al entrar en su habitación a la hora de comer el miércoles por la tarde, rompiendo el extraño silencio en el que estaba inmerso, porque el resto de mi familia había salido de casa.
—Sean se ha meado en mi cama —le expliqué, exhalando una nube de humo con la vista clavada en el techo de su dormitorio mientras me entraba el bajón del colocón—. He puesto las sábanas a lavar.
—Ah. —Dejó caer la mochila al suelo, se quitó los zapatos y se acercó a la cama—. Échate para allí.
Obediente, me acerqué más a la pared y me puse un brazo detrás de la cabeza mientras se tumbaba en su pequeña cama individual a mi lado.
—Es hora de comer, Shan. ¿Qué haces en casa en vez de en el instituto?
—Mira quién habla. —Clavándome su huesudo codo en el costado, me imitó—: Es hora de comer, Joey. ¿Qué haces en casa?
—Estoy castigado.
—¿Por Aoife?
—Sí.
—¿Es eso hierba?
—No.
—¿Estás mintiendo?
Inhalé otra bocanada de humo y la retuve un buen rato antes de exhalar despacio.
—Sí.
—Porrero.
—Vaga.
—¿Y qué has hecho? —preguntó, apartando con la mano una nube de humo—. ¿Para que te haya castigado? —Inspiró con fuerza antes de que pudiera responder y dijo entre dientes—: Por favor, dime que no le has puesto los cuernos. Porque esa chica es increíble y tienes que casarte con ella.
—¿Qué coño…? —Entrecerré los ojos y exhalé una nube de humo—. No, por Dios, no le he puesto los cuernos. Yo no pongo los cuernos, Shan.
—Perdona. —Se encogió de hombros avergonzada—. Es que… Bueno, en el instituto Ballylaggin, solía oír a muchas chicas en el baño hablar de ti y tus…, eh… Bueno, de tus habilidades en la cama.
—Mis habilidades en la cama. —Resoplé—. ¡Por Dios santo! Las chicas están fatal.
—Las chicas están fatal —estuvo de acuerdo mi hermana pequeña sinceramente—. No las entiendo en absoluto.
—¿Sabes? Dicen que los tíos hablan, pero es al revés —me quejé—. Son las chicas las que hablan. —Giré la cabeza para encontrármela mirándome con los ojos muy abiertos—. Las chicas cuchichean mucho, Shan.
—Sí, lo sé.
Suspiró.
—La mayoría de lo que dicen son gilipolleces, ¿sabes? —decidí añadir, resentido—. Solo he estado en la cama de una chica.
Abrió los ojos mucho.
—Entonces ¿solo has estado con una?
—Solo he estado en la cama de una chica —repetí.
—Joey. —Mi hermana entrecerró los ojos—. Eso no es lo mismo.
—Mira quién habla —contesté usando sus palabras de antes—. La que se metió en la cama del Señor Rugby la otra semana. Supongo que el que hayas venido ahora a casa tiene algo que ver con él.
—¿Qu-qué?
—No vayas de tímida conmigo —me reí—. Sé muy bien cómo eres.
Se acurrucó bajo mi brazo y suspiró con fuerza.
—No he venido a casa antes por Johnny.
Me puse tenso.
—Entonces ¿por quién?
—Por Bella Wilkinson.
—¿Qué ha hecho?
—No importa —respondió Shannon, negando con la cabeza—. Olvídalo.
Fruncí el entrecejo y me giré para mirarla.
—¿Te ha hecho daño?
—No.
—¿Te ha dicho algo?
Se puso tensa.
—Así que te ha dicho algo.
Asintió con la cabeza.
—¿Qué te ha llamado?
—Lo de siempre —admitió en voz baja—. Y luego se ha burlado de mí por ser de la urbanización de Elk.
—Puta zorra —gruñí, dando otra calada antes de incorporarme al notar que me estaba calentando—. Sabes por qué estas chicas van a por ti, ¿no?
—Porque me odian.
—Porque se sienten amenazadas por ti —la corregí—, porque irradias bondad y te lanzan mierda para arrebatarte el brillo que tienes. No las dejes ganar, Shan.
—¿Qué tal te va en el Ballylaggin? —preguntó, sin duda intentando apartar el foco de ella y llevando la conversación hacia mí.
—El instituto es el instituto, Shan —respondí, mirando por la ventana—. La misma mierda, días diferentes.
—Ya sabes la verdadera razón de por qué he venido a casa antes —contestó—. ¿Cuál es el motivo real para que tú estés aquí?
—Ya te lo he dicho. —Me encogí de hombros y le di otra calada al cigarro—. Estoy castigado.
—¿Por qué tengo la impresión de que es mentira?
Me volví a encoger de hombros.
—Me daba pereza quedarme allí.
—¿Por qué no hablas conmigo, Joe? —me preguntó entonces con un tono de tristeza—. Yo siempre confío en ti, pero tú no haces lo mismo.
«Porque no puedo. Porque te haría pedazos. Porque tengo que protegerte».
—Ya me conoces, niña —respondí, levantándome de su cama para acercarme a la ventana. Me di la vuelta y le dediqué una sonrisa—. Yo soy a prueba de balas.
Se me quedó mirando, con inseguridad, durante un buen rato antes de susurrar:
—Si te cuento algo, ¿prometes no enfadarte?
Empujé la ventana para abrirla y le di otra calada al cigarrillo antes de tirar la colilla.
—Depende.
—Prométemelo, Joe.
—Vale, lo prometo.
Mordiéndose el labio inferior, mi hermanita se retorció, incómoda, antes de levantar las manos y soltar:
—He besado a Johnny Kavanagh.
Bueno, mierda.
No esperaba eso.
Las cejas se me dispararon hacia arriba por la sorpresa.
—Has besado a…
—Johnny Kavanagh —terminó la frase asintiendo, con las mejillas coloradas.
—Vale —respondí despacio mientras intentaba apañármelas en aquel nuevo puto territorio al que mi hermanita estaba arrojándome sin ceremonias.
No era una conversación que necesitara tener con su hermano mayor.
Era una conversación para una hermana mayor.
O una conversación entre madre e hija. Pero yo era a quien tenía.
«Me cago en mi puta vida». Podía sentir cómo el pedo se me pasaba a gran velocidad—. ¿Fue eso todo lo que hiciste con él?
«Por favor, di sí».
«Por favor, Dios, no me cuentes nada más».
—Sí —afirmó, asintiendo con entusiasmo.
—¿Cuándo?
—El lunes por la noche. En su casa.
—¿En su casa? —Enarqué una ceja—. ¿En qué parte de su casa exactamente?
—En su dormitorio.
Entonces levanté las dos cejas y también me subió la tensión arterial.
—¿En su dormitorio?
—Pero no me devolvió el beso —respondió, retorciéndose las manos—. ¡Y cuánta vergüenza me dio todo el asunto, Joe!
—¿Por qué no te devolvió el beso?
—Dijo que no sería justo empezar nada conmigo cuando está a punto de marcharse. —Se mordió el labio y pareció muy joven e insegura—. Pero entonces se pasó por aquí ayer después de clase.
—Se pasó por aquí. —Abrí mucho los ojos—. Por esta casa.
Asintió con la cabeza.
—Me ayudó con los deberes.
—¿Pasó algo entonces?
—Nos abrazamos.
Contuve la carcajada que amenazaba con escapárseme.
—Os abrazasteis.
—Ajá.
Desesperado por intentar mantener la cara seria, pregunté:
—¿Fue un buen abrazo?
Suspiró melancólicamente y se llevó las manos al pecho.
—Fue el mejor abrazo que me han dado en la vida.
Entonces sí me reí.
—¡Joey!
—Lo siento. Lo siento. —Me aclaré la garganta, me froté la cara con la mano y lo volví a intentar—. Entonces, el dublinés da buenos abrazos, ¿eh?
—Sí. —Asintió otra vez de forma insegura y se encogió de hombros sin poder remediarlo—.
Pero yo quería que fuera algo más que un abrazo porque…
, es que me gusta mucho, Joe. Y entonces, hoy, a la hora de comer, le dio un puñetazo al novio de Bella en la cara porque ella estaba diciendo esas cosas tan terribles sobre mí.
Eso me asusta, porque ya sabes lo que opino de la violencia, pero no es que me dé miedo él, ¿sabes?
Es una buena persona. Va en serio, es muy buena persona.
Perfecto, de hecho. Lo sé bien. Y me gusta, Joe.
Me gusta tantísimo que me cuesta respirar cuando está cerca de mí.
Pero es que… Y él no… Y yo no… ¡Ay, Dios, ayúdame!
Joder, necesitaba otro porro para eso.
—¿No podías haberte encariñado de un chico de por aquí? —Negando con la cabeza, volví a sentarme en la cama y suspiré—. ¿Tenías que escoger al irlandés internacional?
Se retorció, incómoda.
—¿Lo siento?
—No lo sientas, Shan —me reí, frotándome la mandíbula—. No puedes evitar que te guste quien te gusta. Y, para que conste, me parece que tú también le gustas a él, niña.
—¿Qué hago, Joe?
—¿Me lo preguntas a mí?
—¿A quién más se lo voy a preguntar?
—Joder. —Me apreté las sienes con los dedos e intenté pensar una respuesta adecuada para ese momento—. Dame un segundo para pensarlo.
—¿Qué harías si estuvieses en mi lugar?
Sí, no iba a decirle lo que yo haría.
—¿O Aoife? ¿Qué haría ella en esta situación?
Y tampoco iba a decirle lo que haría Molloy.
—Tómate tu tiempo. Sé su amiga y deja que lo que tenga que pasar suceda de forma natural —decidí decir al final, sabiendo que era una gilipollez, pero no estaba dispuesto a darle a mi hermanita consejos sobre cómo seducir a un tío—.
Si pasa, pasa; y, si no, pues también está bien.
Y, por favor, por el amor de Dios, no le pidas consejo a Aoife —añadí, estremeciéndome ante la idea de las sugerencias que estaría contenta de darle Molloy—.
Solo tienes dieciséis años, Shan. Todo esto es nuevo para ti.
Debes llevar este asunto con Kavanagh a tu propio ritmo y no al de nadie más.
—Eso puedo hacerlo —susurró, mirándome como si le estuviera dando un consejo sagrado—. Gracias, Joe.
—De nada.
—¿Puedo preguntarte otra cosa?
—¿El qué?
—¿Cuántos años tenías? —Puso una mueca antes de añadir—: ¿La primera vez que…, ya sabes?
La miré con recelo.
—¿Es necesario tener la charla?
Abrió los ojos mucho.
—¿La charla?
—La charla —confirmé, serio—. Has tenido ya la charla, ¿verdad?
—Eh…
—Mamá ha tenido la charla contigo, ¿no? —insistí mientras me sudaban las palmas de las manos.
—No. ¿Tuvo ella la charla contigo?
—Joder, no, lo aprendí sobre la marcha —solté.
—Ah. —Se le incendiaron las mejillas—. Vale.
—Pero tú no lo hagas —añadí al cabo de un segundo—. No lo aprendas con la práctica.
—¿Con la práctica?
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Eh… —Tenía la cara coloradísima—. La verdad es que no.
«Dios santo».
—Bueno, sabes cómo funciona el asunto, ¿no? —pregunté entonces y después cambié de postura, incómodo—. El sexo y la intimidad, los anticonceptivos y toda esa mierda.
—Eh… Sí. —Exhalando de forma entrecortada, asintió, vacilante—. Sé lo suficiente.
—¿Sí?
—Bueno, creo que sí.
Eso claramente significaba que no.
«¡Ay, joder!».