Rey de la gula (Pecados 6) 54. Échamela #2
38%

54. Échamela #2

—Solo te digo que estoy bien —respondió con un tono cortante al levantarse para ir a la otra punta de la habitación y hacer un pobre intento de comprobar una de las puertas que había colgado en mi armario—. Deja de preocuparte, ¿vale? Todo va bien.

—¿Bien? —dije entre dientes, cogiendo la falda del uniforme para ponérmela—.

Ya he estado antes contigo en esta situación, ¿recuerdas?

Ya he recorrido contigo este camino mil veces y, si te estás drogando otra vez, pues no estás bien, y, si lo de ayer no fue nada, entonces no controlas una puta mierda.

—Te equivocas —espetó, todavía examinando la puerta—. Estás exagerando.

—Y tú lo flipas —repliqué, poniéndome el jersey del uniforme por la cabeza—. Además de ser un puñetero mentiroso.

—Molloy.

—No. —Negué con la cabeza—. No me hagas esto, gilipollas. No me vas a camelar con palabras para librarte de esta. No me parece bien que te drogues, nunca me ha parecido bien y nunca me lo parecerá.

Se encogió de hombros, cerró la puerta del armario y se dio la vuelta para mirarme.

—Pues no sé qué decirte.

—¿Y si empiezas explicándome qué te dio para volver a tomar este camino? —le dije, muy dolida por sus acciones—. Y ni se te ocurra justificarlo con lo que intentó hacerme tu padre, porque encontré tu alijo el día antes de que sucediera, Joey.

Se puso tenso.

—¿De qué estás hablando?

—Encontré una bolsa de pastillas en el bolsillo de tus pantalones de chándal.

Entrecerró los ojos.

—¿Por qué me registras la ropa, Aoife?

Yo entrecerré los míos al mirarle.

—No te estaba registrando la ropa. Estaba buscando algo que ponerme. Pero a lo que vamos, ¿qué hacía eso ahí, Joseph?

—Esas pastillas no eran mías.

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué estaban en tu bolsillo?

—Te estoy diciendo Molloy que no las compré yo.

—No te creo.

—Muy bien. —Negó con la cabeza y exhaló un gruñido de frustración—. Créete lo que quieras.

—No sería la primera vez que me engañas.

—Bueno, no te estoy engañando esta vez, joder —espetó, levantando las manos al aire por la frustración—.

La lie, ¿vale? Lo pillo. La cagué. Creía que me habías dejado y tiré la toalla.

La cagué pero bien, porque, por si no te has dado cuenta, Molloy, aparte de ti, no tengo mucho más.

Yo creía que me habías dejado y no veía motivo para mantener esa fachada de mierda.

—¿Qué fachada de mierda? —pregunté.

—Pues la de pretender ser alguien que no soy —contestó—. Todo lo que he hecho, lo que he cambiado, lo he hecho por ti. Y entonces te fuiste, así que… —Lanzó las manos al aire, derrotado—. Dejé de resistirme a mi naturaleza.

—¿Tu naturaleza? —Lo miré con acritud—. Esa no es tu naturaleza.

Se encogió de hombros, pero no respondió.

—Así que, como estamos pasando por una mala racha, ¿te lo tomas como una luz verde para tirar los últimos tres meses a la basura?

—Mi padre intentó follarte, Molloy —gruñó con la voz ronca—. Y, al mirarme, lo veías a él, ¿recuerdas? Yo creo que eso es algo más que una mala racha.

Y así era.

El motivo detrás de cada mala decisión que tomaba mi novio era siempre su padre.

—Me hizo daño —intenté razonar con la parte de él que estaba empeñada en la autodestrucción—. Estaba asustada. Me quedé en shock. Estaba aturdida, joder, Joey. Ni una palabra que dije aquella noche iba en serio y lo sabes, así que deja de hacerme sentirme mal por ello.

Se encogió como si le hubiera pegado.

—Si me conoces un poco, y probablemente seas la única, sabes que jamás te haría algo así —soltó, herido—. Me merecía esa noche todo aquello. Me merecía eso y más, hostia.

—Sé que no lo harías —suspiré, llevándome una mano a la frente cuando las emociones continuaron aplastándome—. Lo sé, Joe.

—No intento que te sientas mal por nada —siguió diciendo—, pero me has pedido una explicación y estoy tratando de dártela.

—Bueno, está claro que no he terminado contigo —dije para que me escuchara—. Tu padre hizo algo terrible, eso es cierto, pero no es culpa tuya. Nada ha cambiado entre nosotros, ¿vale?

—No lo sabía. —Sus palabras apenas se oyeron cuando tragó con fuerza—. No lo sabía.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes —lo animé—. Así que para ya, ¿me oyes? Necesito que dejes esa mierda y sigas intentándolo.

—Ya te he dicho que esta vez lo tengo bajo control.

—¿Lo ves? Eso no me basta, Joe —me oí replicar—. No quiero que me asegures nada. Te quiero sobrio.

—Y así me tendrás.

—Quiero que estés sobrio ahora.

—No sé si eso te lo puedo dar.

Se apoderó de mí el pánico.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero mentirte —contestó—. Te prometo que no será como antes.

—No. —Negué con la cabeza, notando cómo se me rompía el corazón—. No, Joe.

—Molloy. —Bajando los hombros, derrotado, Joey suspiró con resignación—. Soy lo que soy.

Otra vez lo mismo.

Esa puta frase horrible.

«Soy lo que soy».

Odiaba esas cuatro palabras cuando salían de su boca.

—Sí, y lo que tú eres es muchísimo mejor que la persona que tengo delante poniendo excusas de por qué hace algo que sabe que casi se lo carga —espeté, con las manos en las caderas, mientras lo fulminaba con la mirada—. Eres mejor hombre que esto, Joey Lynch.

—Quizá pensaba que lo era.

—Y lo eres —protesté, luchando con el pánico y el dolor—. Eres mejor que el estilo de vida al que te empeñas en volver y estoy segurísima de que eres mejor hombre que Shane Holland, y lo sabes.

—Esto no tiene nada que ver con Holland.

—Esto tiene todo que ver con él.

—¡No es tu puto problema! —Vi que Joey inhalaba con fuerza, sin duda tratando de contener su genio, y se pasó una mano por el pelo antes de volver a intentarlo, esta vez con una voz relativamente más calmada—.

Oye, no quiero pelearme contigo. —Salvó el espacio entre nosotros, me colocó las manos en los hombros y se me quedó mirando—. No quiero hacerte daño, Molloy.

—Bueno, pues me lo hiciste —respondí, afectada—. Estás haciéndome daño, Joe.

El dolor se reflejó en sus rasgos.

—Lo siento.

—¿Pero? —logré decir.

—Es que… —Negó con la cabeza, se frotó la mandíbula y exhaló con fuerza—. Tengo la cabeza fatal ahora mismo y necesito que me dejes solucionarlo a mi manera.

—¿Tomando drogas? —dije inexpresiva—. ¿Destruyéndote?

—No. —Negó con la cabeza—. No es lo que estoy haciendo.

—Sí, Joey, sí es lo que estás haciendo. —Se me inundaron los ojos de lágrimas—.

Y me estás pidiendo que de nuevo haga la vista gorda.

—Se me quebró la voz e inspiré de forma temblorosa—.

Lo hice antes y por poco te mata y me destroza.

Ahora me pides que lo haga otra vez y no puedo.

No puedo ver cómo te pierdes otra vez. No puedo perderte, Joe.

—No, Molloy, no estoy diciendo eso para nada.

No me vas a perder, ¿vale? Yo te quiero, joder.

Seré tuyo durante todo el tiempo que quieras estar conmigo.

—Me acarició los hombros con los pulgares, rompiéndome el corazón con la dulzura de su gesto, que contrastaba mucho con la cortante punzada de sus palabras—.

Es que… necesito que no me odies por superar mi mierda de la única manera que conozco.

—Conoces otras maneras —le recordé con el tono lleno de amargura—. Maneras mejores.

«Maneras que no ponen en peligro tu vida ni me rompen el corazón».

—Muy bien. —Joey respiró con dolor, sin mirarme a los ojos—. Pues de la única manera que me funciona.

—Así que ¿ni siquiera lo vas a intentar? —inquirí, destrozada por el súbito cambio en él, al ver que no estaba dispuesto a intentarlo—. ¿Ni siquiera vas a mentirme y fingir que vas a intentarlo?

—Lo estoy intentando —replicó con la voz forzada—. Lo intentaré. Lo solucionaré, ¿vale? Voy a hacerlo, Molloy. Es que… necesito un tiempo.

—¿Un tiempo para colocarte antes con tus colegas drogatas?

—No. —Y añadió con un tono duro—: No voy a volver allí, te lo juro.

—¿A volver allí? —Sorbiéndome la nariz, me enjugué una lágrima de la mejilla—. Si te estás metiendo de nuevo, ya estás allí, Joe.

—Molloy.

—¿Me quieres?

—Ya sabes que sí.

—Pues para —le supliqué, agarrándole el cuello—. Para, Joe. Por favor.

—Lo haré.

—No. —Negué con la cabeza y me aparté de él—. No digas que lo harás. Di que lo dejas ya.

—Molloy…

—Me pones en una situación difícil —dije—. No me das otra opción.

—No es esa mi intención.

—Bueno, pues sea tu intención o no, eso es lo que está pasando —repuse, a pesar de lo lamentable que sonara—. Ayer, me acusaste de manipularte al usar tus sentimientos por mí en tu contra, y ahora estás haciéndome exactamente lo mismo.

Frunció el entrecejo.

—No es verdad.

—Sí lo es —me costó decir—. Porque ¿qué voy a hacer, Joe?

¿Marcharme? —Eché las manos hacia arriba totalmente resignada—.

No puedo convencerte con nada. Tan solo soy aquí la tonta que se supone que tiene que quedarse sentada a esperar cómo te destrozas la vida y eso es justo lo que va a ocurrir, porque ambos sabemos que te amo demasiado para siquiera contemplar cómo te largas.

—Te prometo que esta vez será diferente —volvió Joey a asegurar, ignorando la verdad de mis palabras en su intento por mentirme y empapelar su sentido común—. Tan solo necesito unas semanas más. Ya está, Aoife. Tan solo son unas semanas más de esto y habré acabado.

—Lo que tú digas, Joe. He terminado con este tema. —Me aparté de él, harta hasta la saciedad, y recogí mi mochila del suelo, incapaz de seguir dándole vueltas al asunto, después de recibir tantos golpes en el corazón—. Vámonos a clase.