54. Échamela
ÉCHAMELA
Aoife
Con la camisa del uniforme abierta y tan solo el sujetador y las bragas tapando mi dignidad, me puse frente al espejo de cuerpo entero en mi habitación el miércoles por la mañana y estudié cada centímetro de mi piel, prestando especial atención a las partes del cuerpo donde había cambios evidentes.
Tenía los pechos enormes y eso era mucho porque nunca me había faltado volumen en esa parte de mi cuerpo. En serio, estaban tan hinchados y pesaban tanto que parecía que llevara dos bolas de bolos en el sujetador.
Mis pezones habían decidido volverse diez tonos más oscuros y se me notaban mucho las venas azules en ambos pechos.
«Qué asco».
Y la ligera hinchazón en el vientre, la que había conseguido hasta entonces hacer pasar por una inflamación, ya no era tan ligera. La zona del abdomen debajo del ombligo se había convertido en una pequeña pero evidente panza.
Solo con verla se me disparaba el pulso. La llamaba «panza» porque me negaba a decir «barriguita de embarazada». Sí, no me acercaba ni siquiera un poco a estar preparada para eso.
No iba a ser capaz de ocultar mi situación durante mucho más tiempo. Los cambios en mi cuerpo ya habían sido drásticos y predecía que me quedaba otro mes como mucho antes de que todo el mundo lo supiera.
Las vacaciones de Pascua empezaban el viernes. Tendríamos dos semanas de fiesta y a una gran parte de mí le preocupaba inflarme en ese periodo de tiempo y terminar volviendo al instituto como una ballena varada.
Era un concepto aterrador.
Me giré de un lado a otro para estudiar mi aspecto, tocando y apretando con suavidad el vientre donde se hallaba la extraña entidad que se me había metido en el útero.
«Ay».
«Útero» definitivamente era otra palabra que odiaba, al igual que «placenta», «conductos mamarios», «parto», «barrido de membranas» y, la peor de todas, «coronación».
Tenía dificultades con el concepto de que estuviera creciendo un bebé dentro de mi cuerpo, por no mencionar que saliera de mi vagina su gran cabeza calva y unos hombros del tamaño de los de Joey Lynch, y me estremecí con violencia, sacudiéndome allí mismo mientras contenía las ganas de vomitar.
«Vacía la mente».
«Respira hondo».
«Olvídate».
«Aún eres guapa».
«Nada te ha atravesado aún la vagina».
«Tu cuerpo todavía no tiene estrías».
«Todo va bien».
Controlando la ansiedad, me puse a maquillarme la cara y a pasarme el rizador de pelo, porque había decidido ir ese día al instituto con ondas surferas.
Estaba hurgando en mi neceser cutre de maquillaje, en el que guardaba todos los productos rechazados de los sets de belleza que me regalaban en mi cumpleaños y Navidad, buscando un tono bronceado y maldiciéndome mentalmente por no comprar dos de cada artículo que usaba, cuando un par de antebrazos tatuados familiares me rodearon la cintura, llevándome hacia un pecho incluso más familiar.
—En una escala del uno al diez, ¿cuánto estás de cabreada conmigo?
—Hostia puta, Joe —espeté, a punto de mandarlo todo a la mierda del susto tremendo que me había dado—. ¿No puedes entrar por la puerta o qué?
—¿Por qué romper la costumbre de toda la vida? —Rozó los labios contra mi oreja al hablar y clavó los ojos en los míos en el espejo que teníamos delante—. Y diría «bonitas piernas», pero entonces le estaría hacía un flaco favor al resto de ti.
Suave como el pecado, llevó las manos de mi cintura a mis caderas y metió los dedos bajo la tela de encaje de las bragas por un brevísimo instante antes de dejar que la cinturilla elástica volviera a su sitio para después poner otra vez las manos en mis caderas.
—Bonito todo, Molloy.
Aquel movimiento hizo que todos los músculos al sur de mi ombligo se tensaran por la excitación.
—Gracias.
—¿Y bien? ¿En una escala del uno al diez?
Los párpados se cerraron por sí mismos, una reacción inevitable a las caricias de este chico, y dejé escapar el aire de forma temblorosa.
—Once.
—Sí. —Me rozó el cuello con los labios e inhaló profundamente antes de soltar un fuerte suspiro—. Me lo figuraba.
Como al cordero que llevan a la matanza, me apoyé en él mientras mi cuerpo gozaba de sus manos en mi piel.
—¿Eso es lo único que tienes que decir?
—Soy un gilipollas —respondió, dándome un beso en la mejilla—. No te merezco. —Cambió de lado y me besó la otra mejilla—. Lo siento. —Otro beso en la curva de la mandíbula—. Te quiero.
—No te acuerdas de nada, ¿verdad? —le pregunté, dándome la vuelta justo a tiempo de recibir un dulce beso en la comisura de la boca—. De lo que hablamos ayer.
—Me acuerdo de que la cagué.
Puse cara de circunstancias.
—Siempre la cagas.
—Oye. —Agarrándome la cara con las manos, se acercó más, con aquellos ojos verdes clavados en los míos—. Lo digo en serio. —Me acarició la nariz con la suya, me dio un beso en la punta y suspiró—. Siento lo de ayer.
—¿Qué parte?
—La parte en la que el gilipollas de tu novio te hizo llorar.
—¿Sí? —Odiando lo mucho que me gustaba su atención y mareada ante la desesperación con la que mi cuerpo ansiaba su tacto, me apoyé en sus manos, sin poder evitar lo enganchada que estaba a él—. Bueno, si ves por ahí a ese capullo, asegúrate de decirle que no lo perdono.
—No deberías. —Volvió a rozar su nariz con la mía—. He oído que es un desastre.
—Sí, menudo desastre —estuve de acuerdo, devolviéndole el beso cuando sus labios rozaron ligeramente los míos—. Si no fuera por esa gran polla suya, lo dejaría tirado.
—¿Ah, sí?
—Ajá —asentí—. A mí solo me interesa su polla.
—Entonces menos mal que sabe cómo usarla, ¿eh? —bromeó, con los labios cerca de los míos mientras me agarraba el cuerpo para frotarlo contra el suyo—. Y los dedos. —Se me cortó la respiración cuando deslizó la mano por debajo de la cinturilla de mis bragas—. Y su lengua.
Y tal que así, me derretí como una tonta, con los labios contra los suyos en un beso que me alteraba las hormonas más de lo que ya estaban.
Totalmente consciente de que era tan peligroso para mi mente como las drogas para la suya, interrumpí el beso antes de que afectara más a mis sentimientos.
«Por él».
Retirándome antes de perder el control del todo, llevé mis manos a su pecho para apoyarme y dije:
—No te vas a librar tan fácil.
—No lo había pensado.
—¿Por qué estás aquí, por cierto? Creía que habíamos quedado en el instituto, como siempre.
—Porque tenía que pedirte disculpas —explicó, pasándose una vez más el pulgar por la boca para limpiarse el brillo de labios que le había dejado antes de acercarse a la ventana y volver a bajar por ella.
Transcurrieron unos cuantos segundos antes de que su mochila atravesara volando mi ventana, seguido de su palo de hurling, el casco y la bolsa con mis cosas que había dejado en su casa.
—¿Me has traído el collar? —pregunté, mirando cómo volvía a entrar por mi ventana con destreza—. Me siento como si fuera desnuda sin él.
—Lo tengo —respondió, sacándose la cadena de plata del bolsillo mientras salvaba el espacio entre nosotros—. Date la vuelta.
Le obedecí y me retiré el pelo del cuello para que me lo abrochara.
—Gracias, semental.
—De nada, reina.
—Todavía tienes problemas.
—¿No los tengo siempre? —masculló, dándome un beso tierno en la curva del cuello antes de acercarse a mi cama para sentarse—. Vale, soy todo oídos.
—¿Eh?
—Querías hablar. —Se recostó sobre los codos, poniéndose demasiado cómodo en mi cama y demasiado sexy—. Hablemos.
—Cierto —contesté y la ansiedad cobró vida dentro de mí mientras me apresuraba a abotonarme la camisa—. Pero se suponía que ibas a venir anoche para hablar. —Me callé y fruncí el entrecejo—. De lo que está claro que te olvidaste.
—Bueno, estoy aquí ahora, así que también podemos hacerlo.
—¿Hacer… el qué? —me oí decir sin aliento, incapaz de ocultar la casi histeria que amenazaba con dominarme.
—Habla, Molloy —me animó—. Vamos.
No estaba preparada.
A diferencia del día anterior, cuando estaba fuera de sí por lo que se hubiera tomado, mi novio ahora estaba sentado en mi cama con la cabeza despejada y me miraba expectante.
«Ay, mierda».
—Puede esperar —intenté conseguir un poco más de tiempo— hasta la hora de comer, o después de clase, ¿no? —vacilé, nerviosa, con las manos temblorosas—. Después del trabajo también está bien. O mañana. Joder, mañana me va bien. No tiene por qué ser en este justo instante.
—Oye, ya sé cómo va a ir esta conversación —me interrumpió Joey—. Tienes mierda que soltarme, y además me la merezco, así que échamela.
—¿Que te la eche? —Me recorrió la confusión—. Joe, creo que no estamos hablando de lo mismo.
—Ayer —soltó, con un fuerte suspiro y frotándose la mandíbula—.
Como estaba… Lo que viste… Sé que te decepcioné, ¿vale?
La cagué y lo pillo, pero no tienes que preocuparte.
No fue como otras veces, Molloy. No soy la misma persona que era antes de Navidad, y no tengo intención de volver atrás. Esta vez está controlado, ¿vale?
Las drogas.
Estaba hablando de las drogas.
Y, aunque por supuesto tenía que hacer algo respecto a su comportamiento del día anterior, no estaba en el puto orden del día de hoy.
Porque, a pesar de lo ridículo que sonara, teníamos un problema más grave.
—Cuando dices que lo tienes controlado —dije con recelo—, lo que quieres decir en realidad es que tuviste un lapsus mental durante unas semanas, pero que ya has entrado en razón y no lo volverás a hacer más, ¿no?
«Dilo».
«Por favor, tan solo dilo».
«Dime que lo estás intentando de nuevo».
«Lo único que necesito es que sigas intentándolo».
—Estoy bien, Molloy —insistió con un tono despreocupado—. Todo va bien. No tienes que preocuparte por nada. Lo tengo controlado.
«Lo tengo controlado».
Me inundó la desolación. Se me rompió el corazón en el pecho.
—Eso no es lo que te he preguntado, Joey.
—Todo está bien.
Dolor.
Amenazaba con tragárseme entera.
—Dilo —le pedí con la voz ronca—. Dime que lo estás intentando otra vez.
No respondió.
—Dime que lo estás dejando, Joe. Mejor aún, dime que ya lo has dejado.