Rey de la gula (Pecados 6) 53. ¿Cómo he llegado aquí?
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53. ¿Cómo he llegado aquí?

¿CÓMO HE LLEGADO AQUÍ?

Joey

Parpadeé despacio mientras me despertaba con un dolor de cabeza de campeonato. Me aterrorizó ver que estaba tumbado boca abajo sobre unas sábanas de flores que no conocía, sin recordar cómo había llegado allí.

Preso del pánico, me incorporé enseguida sobre los codos y miré hacia abajo, aliviado por encontrarme totalmente vestido con el uniforme del instituto. Incluso tenía los zapatos puestos.

Al darme en la cabeza con la barra de una litera que me resultaba familiar, me di cuenta de que estaba en mi cama, pero habían cambiado las sábanas. Shannon, sin duda.

—Así que estás vivo —dijo Podge mientras se sentaba en el colchón con una botella de agua vacía en la mano—. ¿Qué coño has hecho, Joey? Creía que lo tenías controlado.

—¿Qué haces aquí? —murmuré, sentándome con cuidado mientras parecía que la habitación flotaba a mi alrededor. Me retiré el pelo mojado de los ojos y pregunté—: ¿Por qué estoy contigo?

—Te he traído yo —respondió—. Te desmayaste en los lavabos del instituto esta tarde, gilipollas. Aoife te encontró y fue a buscarme. Tienes una suerte que te cagas de que Nyhan no te haya pillado o estarías en la calle.

—¿Esta tarde? —La confusión retumbó en mi mente y el corazón se me disparó en el pecho—. ¿Qué hora es? —Negué con la cabeza—. ¿Dónde está Aoife?

—Son más de las dos.

—¿De la tarde?

—No, chaval, de la madrugada. —Podge suspiró con fuerza—. Llevas fuera de combate diez horas, Joey. Así que repito, y no le puedo poner más énfasis: ¿qué coño has hecho?

«Madre de Dios».

—No sé. —Poniéndome de pie sin mucha estabilidad, me retiré el pelo de la cara otra vez—. ¿Por qué tengo el pelo mojado?

—Tenía que despertarte de alguna manera —se defendió, tirándome la botella de agua vacía a la cabeza. No me molesté en esquivarla y decidí que el plástico chocara contra mi cabeza—. Llevas tanto tiempo dormido que estaba empezando a creer que podrías estar muerto.

—Sí, bueno, está claro que no estoy muerto.

—Esta vez —me soltó, pasándose una mano por el pelo—. Joder, ¿cuándo has empezado otra vez con esto?

—Ha sido algo puntual.

—Y una mierda.

—Cállate, Podge —mascullé—. La he cagado. Lo pillo. No hace falta que me des un sermón.

—Por la cara de Aoife y la cantidad de lágrimas que ha derramado, creo que esta vez has hecho algo más que cagarla.

Me tensé por los nervios.

—¿Eso qué significa?

—Pues es como si te importara una mierda cualquier cosa que no pase en tus narices.

—¿Qué significa eso, Podge?

—Significa que la has cagado pero bien con tu novia —susurró entre dientes, poniéndose de pie—. No sé qué le has hecho, o qué coño has dicho, pero jamás había visto a nadie tan destrozado.

—¿A qué te refieres? —Asustado, cogí el móvil y no encontré ninguna notificación de Molloy. Enseguida marqué su número, pero me salió directamente el buzón de voz—. Joder, ¿qué he hecho?

Cruzó los brazos sobre el pecho y me miró con dureza.

—Tú sabrás.

—Hostia, no te lo preguntaría si lo supiera —gruñí, perdiendo los nervios mientras caminaba de un lado a otro del cuarto—. ¿Has dicho que estaba llorando? —Lo miré, asustado—. ¿Le he hecho daño?

Se me quedó observando un buen rato antes de negar con la cabeza, resignado.

—No, Joe, no le has hecho daño en ese sentido. No le has puesto nunca la mano encima y jamás lo harías, así que relájate.

Exhalando temblorosamente, me dejé caer contra la pared de mi habitación y me tomé un minuto para recuperar la compostura.

—Joder.

—Te importa —declaró Podge, observándome con detenimiento—.

Más de lo que te ha importado nada o nadie.

Lo he visto…, cómo has cambiado, y también Alec.

Ha habido un cambio. Te da esperanza. Hostia, todo el puto mundo ve lo buena que es esa chica para ti, tío.

Pero estás tan empeñado en autodestruirte que no te estás fijando en lo que le estás haciendo a ella.

Negó con la cabeza antes de añadir:

—Si no te preocupas de ti, y está clarísimo que no lo haces, entonces piensa en lo que tus acciones le hacen a ella.

Porque ¿sabes qué, cabrón? Aoife Molloy te quiere.

¿Me oyes, suertudo hijo de puta? Sin duda alguna, la chica más guapa de nuestro instituto, y es posible que del pueblo entero, y que tiene la mejor conversación, te quiere.

—Suenas muy sorprendido, ¿por qué no?

—No es que esté sorprendido —replicó sin vacilar—. Te he visto ligarte a un montón de tías buenas. No soy tan inseguro para negar que eres un mamón guapo. —Se encogió de hombros—. Los dos sois muy atractivos. Tiene sentido que ella esté contigo.

—¿Sabes? No sé si me gusta cómo está yendo esta conversación —le advertí—. Porque, si esta es la parte en la que me dices que sientes algo por mi novia, me vas a cabrear mucho, y, si me dices que sientes algo por mí, entonces me vas a traumatizar, joder.

—Claro que me siento atraído por tu novia —respondió Podge—. Como cualquier otro chaval del instituto.

—Sí —asentí para mis adentros—. Estoy cabreado.

—Pero, dejando a un lado la apariencia física, eres un puto desastre —dijo—, y yo lo sé bien.

Me he pasado los últimos catorce años viéndote meter la pata, y me he quedado a tu lado por el mismo motivo que ella.

Porque ella ve lo mismo que yo: una buena persona debajo de toda esa mierda.

Pero estás traspasando esa línea, Joe. Hoy lo has hecho y tienes que arreglarlo —dijo, levantando un dedo—.

Te quiero como a un hermano, siempre te he querido así, pero uno de estos días vas a derrapar tanto que ninguno de nosotros podremos alcanzarte.

Sus palabras me calaron y me encontré reaccionando por instinto.

—No tiene que alcanzarme nadie —repliqué entre dientes, nervioso—. No te necesito a ti, ni a ella, ni a nadie para que me ayude con esta mierda.

Entrecerró los ojos.

—Sigue comportándote así y nadie querrá ayudarte.

Yo también entrecerré los ojos.

—Pues vale.

—Sigue, Joe. Continúa apartando a la gente que te quiere de verdad —arguyó con un tono de enfado y los ojos llenos de decepción—. Continúa echándonos de tu vida y terminarás solo con Shane Holland y sus sanguijuelas chupándote la vida.

—¿Ya has terminado el sermón? —Me acerqué a la puerta, la abrí y lo fulminé con la mirada—. Porque entonces puedes marcharte.

—Chaval, se te ha ido la olla si crees que voy a sacar mi culo a esta calle tuya llena de matones a las dos de la madrugada.

—Echándose en mi cama, Podge se colocó mi almohada detrás de la cabeza y se puso cómodo—.

No, esta noche me quedo aquí —dijo, bostezando—, porque tengo la sensación de que será donde vayas a pasar más tiempo por ahora.

—Tengo que ir a verla…

—No, tío, tienes que tumbarte antes de meterte en más problemas —me ordenó mi amigo, lanzándome un cojín—. Deja que la pobre chica duerma por la noche. Puedes ir a su casa a primera hora de la mañana.

Transigí y me tiré al suelo, tapándome la cara con el brazo.

—¿Quieres saber una cosa?

—Si tiene que ver con la persona de mierda que soy, pues no, chaval —mascullé.

—Ya me ha quedado claro.

—Charlie Monaghan lo ha intentado hoy con Aoife en el instituto.

—¿Qué coño…? —Retiré el brazo de la cara para mirar a Podge boquiabierto—. ¿Y tú cómo lo sabes?

—Se lo oí a Rambo, que se enteró por Becca.

—¿Qué le dijo?

—¿Te crees que leo la mente? Te digo que se lo oí a Rambo, que se enteró por Rebecca. No tengo puta telepatía, chaval.

—Ese montoncillo de mierda.

—Se le ha pegado, por lo visto. —Podge se rio—. Así que me parece a mí que tienes que sacar la cabeza del hoyo y mejorar tu estrategia si quieres seguir con esa chica.

—A mí me parece que tengo que romperle la jeta a Charlie Monaghan.

—Sí. —Mi mejor amigo se rio—. Eso también.