52. De mal en peor
DE MAL EN PEOR
Aoife
Mi madre me estaba esperando en la puerta de casa cuando llegué del instituto el martes por la tarde.
—¿Y bien? —preguntó, con un tono de esperanza, mientras se apartaba para dejarme entrar—. ¿Se lo has contado? ¿Va a venir?
«Sí, se lo he contado, pero estaba en otro planeta y no oyó ni una palabra de lo que le dije».
Negué con la cabeza, dejé caer la mochila en el vestíbulo y colgué el abrigo de la barandilla, totalmente desanimada.
—Aoife. —Puso cara de decepción—. Tienes que contárselo al chico.
—Lo sé —la interrumpí enseguida, yendo hacia la cocina mientras el cuerpo se me agitaba por la ansiedad—. Lo he intentado, pero está liado.
«Liado perdiendo la cabeza».
—Todos estamos liados, Aoife —repuso mi madre, cerrando la puerta de casa y siguiéndome—. Nunca va a ser el momento adecuado para tener esa conversación, pero tienes que hacerlo.
—Lo sé —repetí, con los hombros agarrotados por la tensión.
—¿Quieres que hable yo con él por ti?
—¿Qué? —Cerré la puerta de la nevera de golpe y me di la vuelta para mirarla boquiabierta—. No, mamá. ¡Por Dios!
—Si no se lo dices pronto, lo único que conseguirás será empeorar muchísimo más las cosas.
Entrecerré los ojos.
—Lo estoy intentando, mamá, pero no es algo que puedas soltar tan alegremente, ¿vale? ¿Qué se supone que tengo que hacer, eh? ¿Decírselo en medio de la clase?
—Deberías llamarlo —dijo mi madre, acercándose para colocarme una mano tranquilizadora en el hombro—. Si no puedes decírselo a la cara, pues hazlo por teléfono.
Tragándome el nudo en la garganta, le imploré con los ojos que lo entendiera. Ya me sentía fatal por la mierda de aquella tarde sin que mi madre me metiera presión.
—Déjalo, ¿vale?
—Tienes que hacerlo, Aoife —insistió—. Vas al hospital el viernes y Joey tiene que acompañarte. Es importante que sepa que está a punto de convertirse en padre. Es su derecho, ¿sabes?
—¿Padre? —inquirió Kev, y me di la vuelta para encontrármelo en la puerta de la cocina.
—Kev, no deberías estar escuchando a la gente a escondidas —lo amonestó mi madre, llevándose la mano al pecho mientras regañaba a mi hermano—. No está bien.
—Joey Lynch va a ser padre —repitió con los ojos clavados en los míos—. Lo que claramente significa que tú vas a ser madre.
—No —mentí, nerviosa y con la cara colorada mientras rodeaba a mi madre para ir a por la tetera—. No seas tarugo.
—No soy tarugo —se apresuró a replicar mi hermano, entrando en la cocina—.
Da la casualidad de que soy tu mellizo, ¿sabes?
Llevaba un tiempo sintiendo que te pasaba algo.
—Negó con la cabeza—. Y ahora todo tiene sentido.
—Se giró y miró con mala cara a nuestra madre—.
Las dos lleváis unos días inseparables, susurrando y cuchicheando —dijo con desdén—, porque está embarazada.
—Deja de decir eso —dije con debilidad—. No es cierto.
—Chorradas —replicó con tono vehemente—.
Hace semanas que es una pesadilla vivir contigo.
Esto parece la casa de los bruscos cambios de humor, por no mencionar todos los días que mamá te ha permitido saltarte las clases.
—Me miró de arriba abajo, con los ojos entrecerrados por la repulsión—.
¿Es porque has dejado que ese gandul te deje preñada?
—Ya basta, Kev —le advirtió nuestra madre, hablando por mí al no poder hacerlo yo—. Será mejor que lo dejes estar, jovencito. Esto no tiene nada que ver contigo, basta, para ya.
—¿No tiene que ver conmigo? —espetó, furioso—. ¿Estás de broma? Yo vivo aquí también, ¿sabes? Tengo derecho a saber si va a traer a un bebé a esta casa. Y también lo digo por papá.
—Basta —supliqué, notando cómo me quedaba pálida—. Cállate, Kev.
—Al principio, creí que habías engordado, pero ahora tiene sentido. Todas esas cosas raras que has estado comiendo es por los antojos del embarazo.
—¡Kevin!
—Ni siquiera puedes negarlo, ¿a que no? —siguió hablando, ignorando las protestas de nuestra madre y manteniendo sus furiosos ojos clavados en mí—. Porque no se puede negar esa barriga que intentas ocultar.
—¡Kevin! —exclamó nuestra madre—. ¡Te he dicho que basta!
—Sí, la veo. No estoy ciego y mucho menos soy estúpido —soltó mi hermano, mirándome con el ceño fruncido—. A diferencia de ti. La imbécil que se tumbó y dejó que un bala perdida como Lynchy la dejara embarazada.
—Que te jodan —logré decir, notando cómo las lágrimas me brotaban de los ojos al darme mi hermano una dura dosis de realidad—. No tienes ni idea, Kev. Ni puñetera idea.
—Felicidades, hermana —continuó con desdén—.
Has dejado que ese gilipollas te haya convertido en otra estadística de embarazo adolescente.
Bien hecho. Puedes despedirte de tu futuro ahora que te has unido a la larga lista de chicas inútiles de nuestro instituto que fueron lo bastante idiotas para abrirse de piernas a tipos como ese.
—He dicho que ya basta, Kevin —gritó mi madre, interponiéndose entre nosotros—. No me importa lo sorprendido o disgustado que estés. Ni se te ocurra volver a hablarle así a tu hermana ni a ninguna otra mujer. ¿De dónde has sacado esos modales? Tú has recibido una educación.
—Sí, y ella también —replicó a la defensiva—. Pero por lo visto solo uno de nosotros se acuerda de eso.
—Eso no es justo —respondió mi madre con la voz cargada de emoción—. No entiendes por lo que está pasando tu hermana.
—No, porque da la casualidad de que tengo un cerebro entre los oídos —dijo, furioso—. A diferencia de esta idiota.
—¡Kevin!
—Joder, siempre he sabido que no eras la más lista del mundo, pero ¿esto?
—me acusó mi hermano, entrecerrando los ojos, desafiante—.
¿Quedarte embarazada cuando estás aún en el instituto?
¿Y de una escoria como Joey Lynch? Ostras, mira que conformarte con mezclar tus genes con los suyos…
¡Ese pobre crío va a salir adicto a la cocaína y con el coeficiente intelectual de un osito de goma!
—¡He dicho que basta! —gritó nuestra madre, abriendo la puerta del armario de la cocina para cerrarla de golpe. Lo hizo tres veces más hasta que captó la atención de mi hermano—. Tú —dijo entre dientes, señalando a mi hermano a la cara—. Ni una palabra más.
—Pero…
Nuestra madre dio otro portazo.
—Ni una puta palabra más, Kevin, o lo próximo que voy a chocar es mi mano contra tu cara.
—¿Así que ella es la que está embarazada y yo el que recibo la amenaza de una bofetada? —Mi hermano resopló y cruzó los brazos sobre el pecho—. Hablando de favoritismos…
—Esto no tiene que ver con favoritismos y sí con decencia humana —gruñó nuestra madre, tocándole el pecho con el dedo—. Y te lo digo ya, jovencito, será mejor que no digas nada de esto a nadie. ¿Me oyes, Kevin? Ni a un alma.
—Pues se lo pienso decir a papá.
—Si sabes lo que te conviene, mantendrás el pico cerrado —le advirtió nuestra madre con un extraño tono amenazador—.
No es una noticia que tengas que dar tú, Kevin.
No es asunto tuyo. Es asunto de tu hermana, y Aoife tiene derecho a ser ella la que se lo cuente a tu padre, y a todos los demás, cuando esté preparada.
—¿Estás loca? Estamos hablando de Aoife.
Nunca va a estar preparada para tener un hijo —respondió mi hermano, mencionando uno de mis mayores miedos—.
Ni siquiera es capaz de limpiar lo que ensucia Spud, y ella es la que os suplicó que quería un perro.
¿Cómo se supone que va a cuidar a un ser humano?
—Me miró y dijo—: Deberías hacerte un favor y abortar. Arregla este desastre mientras puedas.
—¡Vete a tomar por culo! —Aparté a mi hermano de un empujón, con lágrimas corriendo por mis mejillas, y salí disparada escaleras arriba.
—Sabes que tengo razón —dijo Kevin detrás de mí—. No aguantarás ni un día de maternidad y harás que nuestra madre se responsabilice.
Unos golpecitos en la puerta de mi habitación apartaron mi atención de la almohada en la que intentaba ahogar mi agudo lamento de banshee .
—Aoife, amor, soy mamá. ¿Puedo entrar a hablar contigo?
¿Por qué no, coño? Para ser sincera, nada de lo que quisiera hablar mi madre podía empeorar aquella situación.
—No he echado la llave —dije, sentándome en la cama, con la almohada pegada a mi vientre.
La puerta se abrió hacia dentro y apareció mi madre, con los ojos llenos de ganas de ayudar.
—¿Estás bien?
Me encogí de hombros.
—Pues no.
—Bueno, he hablado con tu hermano, y me ha dado su palabra de que no dirá nada hasta que estés preparada para contárselo a la gente.
—¿Le crees?
—¿Tú no?
—No lo sé. —Exhalé, cansada—. Antes se ha pasado bastante.
—Tu hermano se ha portado como un imbécil. —Mi madre se acercó a mi cama, se sentó en el borde y me cogió de la mano—. No te preocupes por nada de lo que ha dicho, Aoife. No deberías tomarte a pecho ni una palabra.
—No sabía que me odiaba tanto, mamá —confesé, con ganas de llorar de nuevo cuando el cerebro me recordó las horribles palabras que mi hermano había pronunciado—. Entiendo que esté molesto por lo del bebé, pero lo que me ha dicho… Había auténtico odio en su voz.
—No era odio lo que has oído, Aoife. Eso eran celos —me corrigió mi madre con un triste suspiro—. Y créeme, eso tiene mucho más que ver con tu padre que contigo.
Fruncí el entrecejo, confundida.
—¿Con papá?
—Entre tu padre y tu hermano no hay conexión. Nunca la han tenido. Se quieren, sí, pero no tienen nada en común.
—¿Y qué tiene eso que ver con que yo vaya a tener un hijo?
—Porque, en la mente de tu hermano, el chico con el que vas a tener el bebé es el mismo chico que supone la mayor amenaza para la relación con vuestro padre.
—¿Joey?
—Joey —confirmó con una triste sonrisa antes de continuar—: ¿Puedes imaginarte cómo debe de haberse sentido Kev durante estos seis años? ¿Al ver que tu padre estrechaba lazos con un chico de su clase mientras apenas reconocía los logros de su propio hijo?
—Vale, pero ¿por qué es culpa de Joey?
—No es culpa de Joey —respondió con tacto mi madre—. Ni tampoco es culpa tuya. La culpa es de papá por no esforzarse más con tu hermano estos años.
—Mamá, sé que Kev es tu niño, pero no puedes justificar el arrebato que ha tenido con que es problema de papá —dije. «He visto en persona los problemas de papá y eso no es lo que le pasa a mi hermano»—. Te puedo garantizar que es un buen padre.
—Tienes razón, es un buen padre —estuvo de acuerdo—, pero has de reconocer la falta de armonía en su relación.
—Bueno, a papá le gustan los coches, y a Kev, los ordenadores.
Papá es un hombre fácil de tratar y Kev es un milenial introvertido —me obligué a admitir—.
No son compatibles. ¿Y qué? Ninguno de nosotros lo somos, pero a mí no me ves ir por ahí de esa manera, porque sé que aun así tú me quieres, igual que papá quiere a Kev.
Abrió mucho los ojos por la sorpresa.
—¿No crees que nosotras seamos compatibles?
—¿Sinceramente?
Asintió con la cabeza.
—No, mamá, no lo somos. —Quité una pelusa de la almohada y me encogí de hombros—. Kev siempre ha sido tu niño bonito, mientras que yo siempre he sido demasiado…, bueno, demasiado yo para ti.
—Eso no es cierto.
—Sí que lo es. —Sonreí tristemente—. A decir verdad, creo que hemos hablado más en la última semana que en los últimos tres años, y eso seguramente es porque ahora por fin tenemos algo en común.
El dolor envolvió el rostro de mi madre y me sentí como una mierda por lo que había dicho.
—Eso no significa que no me sienta querida —me apresuré a añadir, cogiéndole la mano y dándole un apretón para tranquilizarla—.
Solo que sé cómo es no estar en sintonía con tu madre, pero aun así sentirme apoyada y saber que ella se preocupa por mí.
Quiero decir que no estoy resentida contigo ni nada por el estilo.
No albergo rencor ni tengo problemas con mi mami.
—Lo siento mucho —susurró mi madre, horrorizada de verdad—. No me había dado cuenta de que te sentías así.
—Mamá. —Puse los ojos en blanco—. Contrólate, ¿vale? No es para tanto.
—No tengo preferencia por tu hermano —soltó—. No, te lo juro. Os quiero a los dos por igual.
—Ya lo sé —le dije y así era—. Y también sé que no pasa nada si te llevas mejor con Kev. Eso no tiene nada que ver con el amor, mamá. Es simplemente que la personalidad de Kev encaja mejor con la tuya que la mía, y por mí está bien. No me afecta, mamá, en serio.
—Lo dices de verdad, ¿no?
Asentí con la cabeza.
—Sí, de verdad.
Se me quedó mirando durante un buen rato antes de soltar el aire con fuerza.
—Vas a ser una mamá maravillosa. ¿Lo sabes, mi niña?
—Sí —mascullé—. Seguro.
—Lo eres —insistió mi madre—. Ahora lo veo. Ahora lo veo todo mucho más claro.
—¿Qué ves?
—A ti —respondió—. A la mujer en la que te estás convirtiendo. Ese carácter de acero que hay detrás de ti. La razón por la que se siente tan atraído hacia ti.
—¿Quién?
—Joey.
Me subió el calor a la cara.
—Ah.
—Es obvio que eres una chica guapa.
Resoplé y moví la mano delante de mí.
—Es obvio.
—Y modesta —se mofó mi madre antes de continuar—: Pero eres mucho más que una cara bonita. Eres cálida, Aoife. Ese pobre chico jamás tuvo una oportunidad de resistirse a ti, ¿no? No cuando todo lo que nunca ha tenido fluye de ti como una cascada.
—No, soy una dramática, ¿recuerdas? —dije avergonzada.
—Eso también —estuvo de acuerdo mi madre con una sonrisa—. Pero, ¡por Dios!, esa calidez que emanas debajo de ese exterior pícaro tuyo… Es contagiosa.
—Ah, eso debe de ser por el embarazo, mamá.
—¿Puedes dejar de esquivarlo y aceptar el cumplido?
—Sí, bueno, no puedo evitarlo. —Hice una mueca de protesta—. Es raro.
—No tienes ningún problema de aceptar cumplidos respecto a tu cara.
—Sí, bueno, cada vez que quiero validación respecto a mi físico, puedo mirarme a un espejo —contesté sin complejos—. Pero no puedo abrirme y ver toda esa confusa calidez contagiosa en mi interior, ¿no?
—Bueno, créeme, está ahí —contestó, sonriendo—. Y ni se te ocurra perderla.