Rey de la gula (Pecados 6) 51. No puedo entrar ahí
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51. No puedo entrar ahí

NO PUEDO ENTRAR AHÍ

Joey

Consciente a ratos, oía dos voces familiares que iban y venían.

—Este coche es un montón de mierda.

—Lo sé.

—En serio, tu padre es mecánico y ¿esto es lo mejor que ha podido encontrar?

—Cállate y conduce, Podge.

—Ya me callo.

—Molloy. —Apreté los labios, giré la cabeza a un lado y solté un gruñido de aprobación cuando me abrí camino con la nariz entre sus cálidos muslos—. Hum.

—Chisss, Joe, no pasa nada —me tranquilizó, acariciándome la mejilla con la mano mientras me sostenía la cabeza en su regazo con la otra—. Tú duerme, ¿vale?

Para complacer a la maravillosa puta voz que pertenecía a la mejor cara que había visto en mi vida, cerré los párpados y me acurruqué en su cálido regazo, sintiéndome más a salvo que en muchos años.

Tal vez que nunca.

—Contigo me siento a salvo.

—Ay, Joe.

—Te quiero tantísimo que duele, joder.

—Lo sé, cariño. Yo también te quiero.

—No vuelvas a apartarme de ti, Molloy.

—No lo haré. —Sus manos volvían a estar en mi pelo—. Ahora, calla y duerme, cariño.

—¿Qué ha tomado?

—Algún tipo de polvo.

—¿Oxicodina machacada?

—No lo creo. Algo más fuerte.

—¿Coca?

—Estaría brincando por las paredes.

—Cierto.

—Creo que podría ser heroína.

—Ni de coña. No está tan loco.

—¿Se puede esnifar la heroína?

—Joder, Aoife, no lo sé.

—Yo tampoco.

—Mierda.

—Oye, necesito que hagas algo por mí. Necesito que vayas a registrar su habitación.

Revisa todos los bolsillos de todos los vaqueros que encuentres.

Busca en su armario. En sus cajones. En su mesilla de noche.

En todos los cajones. En cada centímetro de su cuarto.

En su mochila. Su bolsa de entreno. Hay un agujero en el lateral de su colchón.

Mira ahí también. Está drogándose otra vez, lo que significa que tendrá un alijo.

Lo que sea que encuentres, tíralo por el váter. ¿Puedes hacerme ese favor?

—¿Tú no vas a entrar?

—No puedo entrar en esa casa y no puedo llevarlo a la mía así. No estando mi madre.

—Genial, Aoife. Yo cuidaré de él. Ya sabes cómo va esto. Necesita dormir. Estará bien después de una siestecita de varias horas.

—No lo dejes solo, ¿vale? Por favor, Podge. No estando así.

—No lo haré.

—Lo digo en serio. Porque podría ponerse a vomitar durmiendo y se ahogaría con…

—No lo dejaré solo, te lo prometo.