Rey de la gula (Pecados 6) 50. Dios ama a quien se esfuerza, pero Aoife ama a Joey
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50. Dios ama a quien se esfuerza, pero Aoife ama a Joey

DIOS AMA A QUIEN SE ESFUERZA, PERO AOIFE AMA A JOEY

Aoife

—Vale, han pasado tres semanas —declaró Casey el martes por la mañana durante Francés, cuando nuestro profesor, el señor Brady, salió del aula. Cerró su libro de golpe y se giró en su asiento para mirarme—. Dime que hoy va a ser el día.

—Sí —susurré, moviendo las rodillas sin descanso debajo de la mesa mientras mantenía los ojos clavados en la espalda de mi novio—. Hoy es el día.

Estaba sentado dos filas delante de mí, con Neasa Murphy, tirado en su silla, y parecía hacerle cierta gracia lo que fuera que le estuviera contando.

—¿Puedes dejar de mirarla como si se hubiera meado en tus cereales? —susurró Casey entre dientes, devolviendo mi atención a ella mientras apartaba mis dedos del lápiz que estaba apretando con fuerza—. Se tiene que sentar con ella. Es el asiento que le ha tocado, cariño.

—Estaba antes con ella.

—¿Y? Eso fue hace millones de años.

—La odio.

—No, no la odias —se burló—. Están hablando tus hormonas.

—No, va en serio. —Me giré para mirar a mi mejor amiga—. Odio a todas las chicas con las que ha estado.

—Pues entonces odias a muchas tías en esta clase.

Casey se rio.

—Qué graciosa.

—Entonces ¿de verdad vas a contárselo?

Ignorando la ansiedad que me arañaba la garganta, asentí con la cabeza.

—Esta noche. Cuando vaya a mi casa después del trabajo.

—Madre mía, menudo momentazo —exclamó—. ¿Has preparado un discurso?

—Es más bien una súplica en plan «mi anticonceptivo falló, vas a ser papá; por favor, no me dejes».

—Aoife. —Me puso una mano en el brazo—. No va a dejarte.

—¿Ah, no? —Exhalé, ansiosa—. Espero de verdad que tengas razón, Casey.

Nos interrumpió Charlie, que se inclinó sobre su escritorio detrás de nosotras para darle unos toquecitos a Casey en el hombro.

—Mack quiere saber qué le pasa a Alec.

—¿Eh?

—Alec —repitió—. ¿Estás saliendo con él o qué?

Casey y yo nos miramos, confundidas, antes de volvernos hacia Charlie.

—No estoy…

—¿Por qué quiere saberlo Mack? —pregunté, apresurándome a ponerle una mano en la boca a mi mejor amiga—. ¿Qué le importa a él con quién se ve Casey?

—¿Por qué crees tú? —Charlie guiñó el ojo—. Sigue coladito por ella.

—¿Ah, sí? —La miré—. ¿Has oído eso, Case? Cha dice que Mackie todavía está coladito por ti.

—Sí, bueno, le puedes decir a Mack que me estoy viendo con alguien —respondió Casey, apartando mis dedos de su cara—, así que será mejor que se quede en su lado de la ciudad.

—¿Es Alec?

—No.

—Pues ¿con quién sales? —preguntó Charlie, acercándose.

—Eso lo sé yo, pero tú tendrás que averiguarlo —contestó, dándose unos golpecitos en la sien.

—No, en serio. —Fruncí el entrecejo—. ¿Con quién te estás viendo?

Me lanzó una mirada que decía «cíñete al guion» antes de poner los ojos en blanco.

—Bueno, pírate. —Le hizo un gesto para que se marchara, se volvió a su asiento y me llevó a mí con ella—. No estoy viéndome con nadie, pero no tiene por qué saberlo.

—Pero te gusta Mack.

—Bah.

—¿Y Alec?

Se encogió de hombros.

—Tantos chicos y qué poco queda de curso.

—Eres terrible —bromeé.

Esta vez me tocaron a mí en el hombro.

—¿Me llamaba? —dije imitando la voz de Lurch mientras me giraba en mi asiento para encontrar a Charlie mirándome con expectación—. ¿Qué pasa, Cha?

—Tengo un amigo que ha oído el rumor de que Lynchy y tú ya no estabais juntos. —Sonriendo, añadió—: Y mi amigo quiere saber si es verdad.

—Ah, sí. —Sonreí—. ¿Y por qué quiere saber tu amigo eso?

—Porque mi amigo cree que eres sin duda la chica más guapa del instituto.

—¿Tiene tu amigo un deseo antes de morir? —bromeó Casey—. Porque el novio de mi amiga os matará, Cha. Te digo que estáis muertos.

—Así que sigue siendo tu…

—Puedes decirle a tu amigo que me siento halagada, pero sigo muy pillada.

—Y puedes también decirle a tu amigo que tiene unos cojones bien gordos al intentar robarle la novia a Joey Lynch. —Casey soltó una risita—. Lo digo en serio.

Charlie se encogió de hombros avergonzado.

—Tenía que intentarlo.

—Dios ama a los que se esfuerzan —dijo Casey llenos de picardía—, pero Aoife ama a Joey.

Me tomé un rato para volver a entrar a mi última clase del día, después de ir un momento al baño, y me entretuve fuera de los lavabos de las chicas, admirando la estética propuesta artística en el vestíbulo principal, cortesía de la clase de Arte del último curso.

Reacia a regresar a mi clase de Economía, porque mi gestión de calidad y costes era igual que la gestión de mi vida, arrastré los pies, deteniéndome cada poco a inspeccionar uno de los cuadros que colgaban de las paredes o haciendo que leía las últimas novedades.

Cuando pasé por el lavabo de los chicos y oí a alguien tosiendo, me detuve en seco, esta vez sin entretenerme con ningún propósito.

No, porque había reconocido esa tos.

Hecha una gamberra, me colé en el baño y pasé de puntillas por una fila de cubículos vacíos.

Ignorando el hedor a orina que provenía de los asquerosos urinarios manchados de amarillo, llegué al cubículo del fondo, el que tenía acceso a la ventana.

La puerta estaba entreabierta y la empujé ligeramente hacia dentro hasta que alcancé a ver a Joey.

Sin embargo, lo que quedara de mi travesura enseguida se desvaneció cuando vi lo que tenía delante.

Joey se inclinaba hacia el alféizar, con una rodilla encima de la tapa bajada del váter, y, con el billete de cinco enrollado en la mano, inhalaba una raya de polvo blanco por la nariz.

Paralizada por el horror e incapaz de emitir sonido, observé mientras apoyaba los codos en la ventana y dejaba caer la cabeza entre las manos, sorbiéndose la nariz y frotándosela mientras exhalaba un horrible suspiro que parecía de alivio.

Los minutos pasaron mientras yo seguía allí, mirándolo mientras se le relajaban poco a poco los hombros y empezaba a mecerse. Un ligero gemido escapó de sus labios y se impulsó más hacia la ventana, apoyando todo su peso contra ella ahora.

Mientras le subía y cada vez tenía el cuerpo más flojo, noté que el corazón se me marchitaba y moría en el pecho. No podía volver a pasar por aquello con él. No ahora que había un bebé.

La mano se me fue al vientre un poco hinchado y, por primera vez desde que me había dado cuenta en el lío en el que estaba metida, sentí una oleada de algo peculiar dentro de mí.

Algo que se parecía muchísimo a querer proteger al bebé que crecía en mi interior.

Algo que se parecía muchísimo al amor.

Algo que con cada respiración se calentaba más y era más fiero.

El sentimiento de protección era tan fuerte, tan dominante y potente, que parecía casi de naturaleza carnal, pues eclipsaba el miedo que me había hecho enterrar la cabeza en la arena las semanas anteriores.

«Estoy embarazada», me di cuenta de repente, como si mi cerebro hubiera registrado en ese mismo instante que iba a tener un bebé.

«Su bebé», se oyó en mi mente, mientras seguía mirando horrorizada al chico que la estaba cagando a lo grande en el cubículo.

«Míralo».

«Mira a lo que te has atado».

Tomándome un minuto para recobrar la compostura, para absorber la multitud de sentimientos que me recorrían, me aclaré la garganta y abrí la puerta lo suficiente para avisarle de que estaba ahí.

Balanceándose contra el alféizar, Joey se giró para mirarme.

—Molloy —dijo con la voz pastosa y apretó los labios mientras entrecerraba los ojos, esforzándose por concentrarse en mi cara.

—No voy a pasar por esto otra vez contigo.

Frunció despacio el entrecejo e inclinó la cabeza a un lado, sin duda tratando de encontrarle sentido a mis palabras en medio de su confusión mental. Tardó más de lo habitual en asimilar lo que había dicho antes de negar lentamente con la cabeza.

—No es lo que parece.

—Ah, sí, claro, porque he malinterpretado todo lo que he visto aquí —dije, señalando donde estaba tirado—. No puedo. —Negué con la cabeza, notando mis emociones amenazando con salir a la superficie, desesperadas por salir de mí en una gran explosión—. No puedo volver a pasar contigo por esto.

—Pues sigue caminando —masculló, todavía balanceándose mientras intentaba ponerse derecho, sin conseguirlo, y terminó cayendo sobre el váter con la tapa bajada—. Porque soy lo que soy.

Sus palabras fueron como una bofetada en toda la cara y me encogí.

—¿Eres lo que eres?

—Sí. —Negando con la cabeza, intentó de nuevo ponerse de pie y, esta vez, lo logró—. Así que pírate, Molloy.

«Ay».

—Me estás diciendo que me vaya cuando ni siquiera puedes caminar en línea recta. —Entrecerré los ojos, indignada—. Mira en qué estado estás.

—Has dicho que no puedes volver a pasar por esto conmigo —dijo arrastrando las palabras, mientras andaba con dificultad para salir del cubículo y se agarró a la pared para estabilizarse cuando perdió el equilibrio—.

Pero yo siento lo mismo. —Frunció el ceño, negó otra vez con la cabeza, colocado hasta las cejas mientras intentaba sin éxito concentrarse en mi cara—.

No puedo tampoco pasar por esto contigo.

Ya no era una bofetada sino una puñalada.

—¿Qué estás diciendo?

—Estoy diciendo que debería haberme alejado de ti cuando lo dejamos en Navidad —respondió balbuceando, apuntando con las palabras a mi corazón como si fueran balas—. En vez de arrastrar esta mierda durante otros tres meses.

—Y la mierda a la que te estás refiriendo supongo que soy yo. —Me tragué el nudo que se me había hecho en la garganta antes de decir entre dientes—: Pues que te den, Joey Lynch.

Me di la vuelta entonces para marcharme, pero me detuve en seco cuando me rodeó con un brazo la cintura tirando de mí contra su pecho.

—Lo siento. —Exhaló con fuerza y apretó el brazo contra mi cuerpo—. La he cagado.

—Sí —logré decir, temblando de pies a cabeza mientras contenía las ganas de echarme contra él, porque, siendo realistas, apenas se mantenía recto en ese instante—. Eres un puto gilipollas.

—Lo sé. —Un gemido de dolor se escapó de sus labios y dejó caer la cabeza encima de mi hombro—. Lo sé, nena.

—Me estás haciendo daño.

Gimió de dolor.

—Chisss, deja de decir eso.

—Esto me hace daño, Joey.

Emitió otro gemido de dolor.

—No, no, no. Yo jamás te haría daño.

—Te haces daño a ti y eso es lo mismo —espeté—, porque cuando te haces daño me haces daño. Cuando ardes, yo ardo en llamas contigo. Estamos unidos, Joe. Somos espejos. ¿No lo has pillado aún?

—Ay, joder. —Me apretó contra él, temblando muchísimo—. Siento hacerte daño, Molloy.

—Escúchame, Joe. Necesito que arregles esto, ¿vale?

—Me estremecí al sentir sus labios rozándome la oreja y cerré con fuerza los ojos para intentar controlar los nervios—.

Porque ¿recuerdas cuando dije que no te necesitaba antes?

—Apreté los ojos y conseguí decir—: Bueno, pues ahora sí que te necesito, ¿vale?

—No —masculló mientras llevaba una mano hacia mi vientre, provocando que se me retorciera todo por dentro—. Yo soy la mierda, Molloy. Soy la puta mierda de esta relación. Tú traes todo lo bueno, y yo, todo lo malo.

—Eso no es cierto.

—Sí.

—Aun así —dije—, necesito poner punto y final a lo que coño sea esto y que vuelvas conmigo, ¿vale?

Porque voy a, ah… —Exhalé de forma entrecortada, echando la cabeza hacia atrás, y me quedé mirando al techo mientras intentaba encontrar las palabras—.

Voy a tener… Bueno, vamos a tener… —«Ay».

Temblé con intensidad, prácticamente escupiendo las palabras «un bebé» por la boca de forma apresurada.

—Un bebé —repitió despacio, arrastrando las palabras—. ¿Dónde está el bebé?

—Aquí —balbuceé y puse mi mano sobre la que había estado acariciándome el vientre.

—¿Dentro de ti?

Con mi cuerpo entero rígido por la tensión, me obligué a asentir.

—¿Y qué hace ahí?

—Tú lo has puesto ahí, Joe.

—¿Yo?

—Sí. —Solté el aire, temblando—. Tú.

—Vaya, mierda —farfulló, rozándome el cuello con la nariz—. Lo siento, Molloy. No era mi intención.

—¿Estás enfadado?

—¿Hum?

—Que si estás enfadado, Joe —repetí, tragándome un ataque de histeria—. ¿Estás enfadado?

—No, no estoy enfadado —murmuró, somnoliento.

—¿Me estás oyendo?

—¿Hum?

—¿Joe?

—¿Hum?

—Te acordarás de esto, ¿verdad? —Me di la vuelta para mirarlo, le agarré la cara con las manos y lo obligué a mirarme—. De esta conversación —reiteré cuando no respondió. Cuando sus ojos negros se quedaron fijos en mí—. ¿De mí?

—Claro. —Me pasó un brazo por la cintura, volvió a hundir la cara en mi cuello y soltó un suspiro de satisfacción—. Hueles a casa.

Era inútil.

No estaba allí.

Al menos, no estaba su mente.

—Vamos. —Me aclaré la garganta y dije—: Te llevaré a algún sitio para que duermas la mona.

—Creía que habías cortado conmigo —contestó, dándome un beso muy suave en el cuello—. Creía que él me había alejado de ti. —Exhaló un gemido de dolor y hundió su cara en mi cuello—. La he vuelto a cagar, Molloy.

—No he cortado contigo, Joe —dije, temblando—. No pasa nada. Te pondrás bien.

—Y tú también. —Rodeándome el cuerpo con fuerza, incluso en su alterado estado mental, se las apañó de algún modo para decir lo correcto—. Porque yo cuidaré de los dos.

Se me cortó la respiración.

—¿Lo prometes?

Asintió con la cabeza.

—Lo prometo.

Al cabo de unos instantes, a Joey le fallaron las piernas y se desplomó contra el suelo.