49. Todo se jodió de nuevo
TODO SE JODIÓ DE NUEVO
Joey
—¿De qué coño estás hablando? —preguntó Alec en el descanso largo, mientras se quedaba mirando a Casey boquiabierto en la mesa del comedor—. «It’s Been Awhile» de Staind es una canción perfecta.
—¿Y? La vida es deprimente —replicó—. Ahí está el asunto.
—Bueno, el amor no es deprimente.
—Nunca vamos a coincidir en eso, Al.
—Pues entonces, por favor, ponme en los oídos tu versión de una canción de amor.
Casey inclinó la cabeza a un lado, esforzándose por pensar una respuesta antes de coger el MP3 y pulsar unos botones.
—«Word of Our Own». —Casey le dedicó una dulce sonrisa—. De Westlife.
Con recelo, Alec se llevó el auricular al oído y se mostró reacio.
—Está claro que eres una chica.
—No finjas que no conoces la letra.
Sonrió con picardía antes de ponerse a cantar el estribillo.
—Lo sabía —se rio.
—¿Te vas a comer eso, Lynchy? —preguntó Mack, señalando el sándwich de jamón intacto delante de mí encima de la mesa.
Negué con la cabeza.
—Cómetelo tú, chaval.
—A tu salud.
Recostándome en mi asiento, me quedé mirando al vacío con aquella gente sentada a mi alrededor y la mente dando vueltas mientras tenía un nudo en el estómago.
—¿Estás bien? —preguntó Molloy, acercando su silla a la mía—. No has comido nada en todo el día. —Colocó la mano sobre la rodilla que no dejaba de rebotar para detener el temblor que me recorría el cuerpo—. Estás muy pálido, Joe.
—Estoy genial —respondí, girándome y obligándome a prestarle mi atención y a dejar de sacudirme—. Todo va bien, Molloy.
La mirada que me lanzó me aseguró que no se creía ni una palabra, pero no insistió.
Probablemente porque ya sabía que la vida no me iba precisamente bien en esos momentos.
Parecía que todo se estaba arruinando de nuevo y, en vez de mantenerla a salvo a cierta distancia, la había vuelto a meter en mi mierda.
Esa mañana, cuando me la follé justo en el pabellón de Educación física, tan solo demostró que era tan insensato con mi corazón como con mi cuerpo respecto a esa chica. Estaba loco por ella y ambos lo sabíamos.
El poder que tenía sobre mí era desconcertante. Saber que una chica podía doblegar mi voluntad para sus propios planes me parecía un concepto preocupante.
Al ver a mi padre en el coche esa mañana, con sus pequeños y brillantes ojos clavados en ella, hice las paces con el hombre de arriba.
Había querido matarlo.
En serio.
Hasta que ella se metió en medio de mi ataque de nervios y me tranquilizó. Había usado su cuerpo para manipularme y pararme, un movimiento femenino de lo más astuto que a mi novia se le daba de maravilla.
Incluso en esos momentos, sentados en la cafetería del instituto, almorzando y rodeados de nuestros amigos, sentía la ansiedad comiéndoseme por dentro.
Molloy mitigaba el dolor, pero no podía hacerlo desaparecer del todo.
La noche anterior, por ejemplo, sabía que mi viejo le había puesto las manos encima a Shannon.
Lo sabía, joder. La manera en que mi hermana entró corriendo en su habitación y atrancó la puerta me decía todo lo que necesitaba saber sobre lo que había pasado entre ellos.
Le había hecho daño. Y yo no estaba abajo para protegerla. Estaba en mi dormitorio, colocándome.
Llamé a su puerta para ver cómo estaba tras oír que la había cerrado de un golpazo, pero no abrió con una excusa de mierda.
Tenía que sacarla de esa casa.
Tenía que sacarlos a todos.
Estaba tan… harto, joder.
Me sentía vacío. Como si no me quedara nada dentro.
Cada vez que cerraba los ojos por la noche, me perseguía el sonido de los gritos de mi madre y de mi hermana. Y, si no eran sus gritos, era la imagen de él inmovilizando a mi novia en esa mesa.
Quería destrozar esa mesa. Quería coger un mazo y romperla en mil pedazos.
—¿Podemos ir a dar una vuelta por ahí después de clase? —sugirió Molloy, devolviendo mi atención a ella—. O podrías venir a mi casa. —Me pasó el pulgar por el moratón que tenía en la mejilla y me dedicó una breve sonrisa—. Me da lo mismo, pero es que…, en serio, tenemos que hablar.
El teléfono me vibró en el bolsillo y me puse rígido, sin atreverme a sacarlo mientras ella me vigilara de cerca.
—La verdad es que esta tarde tengo mucho trabajo —me oí decir y luego me sentí como una mierda cuando la decepción inundó su rostro.
—Es importante, Joe.
Sabía que lo era. Sabía que tenía que soltarme mierda para sacársela del pecho. No había nada claro entre nosotros, acabábamos de caer en el mismo puto patrón de afecto físico, pero no tenía la energía para otro asalto con ella.
Con quien fuera.
Estaba demasiado agotado como para hacer nada más que simplemente funcionar en esos momentos. Levantarme de la cama por la mañana era como escalar el Everest. Me cansaba tan solo ir al instituto. El esfuerzo monumental que me resultaba caminar de una clase a otra era abrumador.
No podía mantener conversaciones profundas. No tenía la fuerza suficiente.
—En serio, tenemos que hablar —insistió, con los ojos llenos de inseguridad—. Por favor, Joe. No es que pueda esperar precisamente.
—Puedo pasarme mañana por la noche después del trabajo —dije con debilidad, sabiendo que era lo último que necesitaba, pero dándole de todas formas lo que quería—. Si estás libre.
—Estaré libre.
Asentí, me incliné hacia ella y le di un beso en la mejilla antes de ponerme de pie.
—Te veo luego, ¿vale?
—¿Qu-qué? ¿Por qué? —Los ojos se le llenaron de ansiedad—. ¿Adónde vas?
—Nyhan quiere verme.
«Mentiroso».
«Mentiroso».
«Puto mentiroso».
—No me lo habías dicho.
—Me olvidé.
—Ah.
No parecía convencida.
—Nos vemos luego —murmuré, acariciándole la barbilla cariñosamente con los nudillos para girar sobre los talones con brusquedad y marcharme.
Necesitaba alejarme de la persona que despertaba mi conciencia como nadie más.
«Necesito un puto respiro de esta vida».
Esperé hasta estar fuera de la vista, saqué el móvil del bolsillo y comprobé el mensaje que me había llegado.
Holland: Estoy fuera. Vámonos.
Suspiré desanimado, escribí una respuesta y volví a guardarme el teléfono en el bolsillo.
Lynchy: Voy para allá.