Rey de la gula (Pecados 6) 48. ¿Qué has tomado? #4
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48. ¿Qué has tomado? #4

Tras unos inquietantes instantes de estoica rigidez, sentí el cambio en él mientras cedía a regañadientes, soltaba la ira y correspondía a mi afecto. El sonido de un motor rugiendo y los frenos chirriando me inundó los oídos, y me relajé aliviada.

Su padre se había marchado.

Cayendo en nuestro beso, Joey movió su boca contra la mía mientras separábamos los labios y las lenguas se batían en duelo con saña.

Joey estaba herido y me hizo saber cuánto en un beso duro y doloroso que me alborotó completamente las hormonas.

Flexionó la mano en mi culo, me agarró con fuerza la cadera, llevando mi cuerpo con brusquedad hacia el suyo mientras tomaba de mi cuerpo lo que fuera que necesitase en ese momento para estabilizarse y centrarse.

Al necesitarlo con la misma desesperación, me puse de puntillas, le agarré el cuello con los brazos y le devolví con los labios todo lo que me estaba ofreciendo.

Tal como estaba allí, se fue, apartándose de mí como si mi beso le produjera algún tipo de dolor físico.

—No me hagas esto —advirtió Joey, respirando con dificultad mientras se limpiaba con el pulgar el brillo de labios que le había dejado mi boca en la suya y me fulminaba con la mirada—. No me confundas de esta manera, joder.

—¿De qué estás hablando? —exclamé jadeando, totalmente descolocada por su reacción—. No estaba intentando confundirte.

—Ese beso —soltó, retrocediendo unos pasos—. Manipulas mis sentimientos, Molloy. Ya he tenido suficiente de eso en mi puñetera vida.

—¿Vas en serio? —Entrecerré los ojos—. ¿Cómo puede ser un beso una forma de manipulación?

—Es una manipulación cuando usas mis sentimientos por ti contra mí —replicó, inflexible—. Lo hiciste esa noche y estás haciéndolo otra vez.

—¿Me estás echando la culpa por lo que pasé?

—¡No, me culpo a mí por eso! —rugió, lívido, pasándose una mano por el pelo—. ¡Me culpo por preocuparme demasiado por lo que quieres y dejar que mis sentimientos por ti me ataquen por la espalda y no me permitan hacer lo correcto!

—Te dije que quería olvidarlo.

—Y yo te dije que haría lo que quisieses que hiciera. —Una vena le palpitó en el cuello mientras me veía mirarlo—. Pero eso no significa que mi silencio no me esté comiendo vivo.

—Joey, no le permitas que nos haga esto. —Di un paso hacia él y lo cogí de la mano—. No le dejes ganar.

—¿No lo pillas, Molloy? —Joey apartó su mano de la mía y retrocedió—. Siempre gana.

Mientras veía cómo Joey se retiraba y se apartaba de mí, me di cuenta de que una pieza fundamental de él se había apagado aquella noche y, si dejaba que se marchara en ese instante, puede que no pudiera volver a llegar a él.

—Te quiero —me oí decir y vi que los hombros de Joey se tensaban y su paso vacilaba. Moviéndome por instinto, salvé el espacio entre nosotros y lo cogí de nuevo de la mano, porque no estaba dispuesta a dejarlo marchar dos veces—. Estoy enamorada de ti y eso será algo que él jamás podrá arrebatarte.

Lo recorrió un escalofrío.

—Molloy.

—No ha ganado, Joe. —No paré hasta estar sobre su pecho con las manos agarrando con fuerza la tela de la camisa del instituto y disfruté cuando cedió y bajó su cara hacia la mía—. Tú has ganado.

Emitió un gemido de dolor cuando mis labios chocaron contra los suyos y, en vez de apartarse esta vez, me rodeó con los brazos y me acercó más a él. Con nuestros labios fundidos, nos tambaleamos hacia el lateral del pabellón de Educación física antes de volver a entrar en el edificio.

Al cabo de un momento, toqué con la espalda la pared y acto seguido su cuerpo chocó contra el mío.

—Ya no sé en qué punto estamos —admitió contra mis labios mientras llevaba las caderas hacia mí y dejaba los brazos caídos a los costados—. Tus cambios de humor me están volviendo loco.

—Lo sé, semental —susurré, dirigiendo la mano enseguida a su cinturón para desabrochárselo, así como el botón de los pantalones grises del uniforme—. Soy un desastre.

—Yo también —dijo con la voz pastosa por la necesidad mientras me veía sacarle la polla del confinamiento de los bóxers negros—. Soy un imbécil, reina. He vuelto a defraudarte.

—No pasa nada —susurré, metiendo la mano por la falda para bajarme enseguida las bragas por las piernas y quitármelas—. Lo solucionaremos.

—El pelo —dijo en vez de responderme, estudiándome con las pupilas tan dilatadas que sus ojos eran casi negros—. Te lo has cortado.

Sentí una punzada de dolor y rápidamente choqué los labios contra los suyos, desesperada por evitar los pormenores de aquella particular decisión.

—Joder. —Emitiendo un gemido de dolor, me agarró por la parte de atrás de los muslos y me levantó con un rápido movimiento.

Envolviéndole la cintura con las piernas, deslicé la mano entre nosotros y guie la gruesa cabeza de su polla hasta dentro de mi cuerpo.

—¿Vas a mandarme otra vez a paseo? —preguntó con un tono dolorosamente vulnerable, hundiéndose en mí—. Dímelo ya para que esté preparado.

Me dio un vuelco el corazón.

—No, Joe. —Con una mano en su mejilla sin afeitar, me incliné hacia él y rocé mis labios con los suyos—. No volveré a mandarte a paseo.