Rey de la gula (Pecados 6) 48. ¿Qué has tomado? #3
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48. ¿Qué has tomado? #3

—¿Por qué me estás diciendo esto? —exclamé y me paré de golpe cuando llegamos al aparcamiento y los ojos se me fueron al coche de su marido. Con su marido sentado en el asiento del conductor.

«Ay, Dios».

Solo con ver al hombre, me puse a temblar y me encontré retrocediendo sobre mis pasos.

—¿Qué quieres de mí?

—Lo que te dije cuando nos vimos por primera vez —contestó, poniéndose delante de mí en lo que supuse que era un intento patético de taparme la vista—. ¿Sabes aquello de que tenías que apartarte de mi hijo? Bueno, pues me equivocaba.

Fruncí el entrecejo.

—¿Te equivocabas?

—Joey te necesita —continuó diciendo, con los ojos azules llenos de pura sinceridad mientras aumentaba la urgencia en su voz—.

Más de lo que me necesita a mí, o a nadie más, para el caso.

Durante la mayor parte de su vida, mi hijo ha estado tan empeñado en escapar de su mente que jamás se ha parado a pensar que estaba destrozándose en el proceso.

Pero, desde que Joey está contigo, es diferente.

No solo es que esté presente, sino que quiere estarlo.

Calmas algo en su interior, algo de lo que su padre y yo somos responsables, y no quiero ver que se lo arrebatan de nuevo.

—¿Por qué estás diciéndome esto? —pregunté, mirando de su cara al coche que veía por encima de su hombro. La ansiedad me roía las tripas, y me hizo falta un esfuerzo sobrehumano para quedarme allí y no salir corriendo.

—Porque he cometido un error, Aoife —respondió con un tono tembloroso—.

He cometido muchos errores en lo que respecta a mi hijo, pero espero poder arreglar este.

—Entonces me miró a los ojos, implorándome que la escuchara decir—: No te des por vencida con él, Aoife. Por favor, no abandones a mi chico.

La sinceridad en su voz me dejó hecha polvo, y tardé unos instantes en aclarar mis ideas antes de contestar.

—Nada de lo que has dicho de Joey cambia nada para mí —me oí decir—.

Sé que tu hijo se merece que lo quieran, que lo salven, aunque el resto del mundo no lo vea.

—«Aunque no lo viera ni yo misma»—. Sé quién es, Marie, la clase de hombre que es, sé lo que vale, así que ten por seguro que nada de lo que tú…

—me callé un momento para mirar con asco en dirección al coche antes de continuar—, tu marido o cualquier otra persona, para el caso, haya dicho o hecho se ha acercado a hacer mella en mis sentimientos por él.

Aunque estaba siendo malvada con ella y mi tono sin duda era de mala leche, vi que la madre se relajaba aliviada.

—Gracias —susurró— por querer a mi hijo. Sé que a veces no es fácil.

—Querer a tu hijo no cuesta nada —la interrumpí, retirándome el pelo mojado de la cara—. Lo difícil es lograr que se quiera a sí mismo.

Por supuesto, su marido decidió que aquel era el mejor momento para bajar la ventanilla del coche y gritar:

—Marie, termina ya, joder. Tengo que marcharme.

El miedo inundó a la mujer y vi cómo retrocedía mientras resignada se encogía de hombros.

—Siento lo que intentó hacerte —susurró—. Lo siento mucho.

—¿Me oyes, mujer? —vociferó—. O vienes de una puta vez o te vas caminando a casa.

Después se fijó en mí y se dio cuenta de quién era.

Al notar que se me ponía la carne de gallina porque me estaba mirando, pero negándome a echarme atrás, entrecerré los ojos y le devolví la mirada amenazadora a la vez que lo mandaba a tomar por culo levantándole el dedo.

Fue justo en ese momento cuando Joey decidió aparecer por detrás del pabellón de Educación física, con lo que supuse que era el final de un porro entre los labios.

Dándole una última calada, tiró la colilla al suelo y exhaló una impresionante nube de humo desde sus pulmones mientras su mirada borrosa se posaba en nosotros.

Parpadeando por la confusión, Joey miró primero a su madre, después a mí y luego a su padre, que estaba aparcado allí cerca. La confusión en sus ojos enseguida se transformó en furia.

—¡Pero qué cojones!

—Ay, Dios, no —dijo su madre, percibiendo el peligro potencial de la situación—. ¡No, Joey, no!

—¿Qué te he dicho de mirarla?

—Joe, espera. No pasa nada.

—¿Qué te he dicho respecto a que no te acerques a ella?

—Joey, por favor.

—¡Sal del puto coche, viejo!

Moviéndome por instinto, rodeé a Marie y corrí directa hasta su hijo mientras se lanzaba furioso hacia el coche.

—No. —Intercepté a Joey antes de que llegara a su padre y le puse las manos en el pecho—. No.

—Fuera. —El cuerpo entero le vibraba de tensión mientras se resistía contra mis manos, con la atención centrada en su padre—. Apártate de mi camino.

—No —espeté, y después, antes de que tuviera la oportunidad de contestar, subí las manos por el pecho sin parar hasta agarrarlo bien por el cuello—. He dicho que no —repetí, llevando con brusquedad su cara a la mía—. Pon tus ojos en mí y tu boca en la mía.

—¿Qué? —Negó con la cabeza, frustrado, mientras llovía a cántaros sobre nosotros—. No, Molloy, joder, no podemos…

Lo que fuera que estuviera a punto de decir se lo tragó cuando mis labios chocaron contra los suyos.

Con mi boca en la suya, y agarrándole con una mano la parte delantera de la camisa del uniforme, guie con la otra su mano a mi cadera antes de colocar la otra en mi culo.

La tensión que emanaba de él era ligeramente aterradora, pero sabía que no corría peligro con aquel chico.