48. ¿Qué has tomado? #2
—Bien —insistí, crujiéndome los nudillos, nerviosa—. En privado.
Se encogió de hombros, desanimado, y soltó un suspiro de dolor, pero no respondió.
—¿Quedamos esta tarde?
—Tengo que trabajar. Ya he faltado una semana. No puedo saltarme más días.
—¿Y mañana?
No respondió.
—Quería saber si tienes planes el viernes para comer —me oí proponerle, con las palmas sudando, presa del pánico—. Porque tengo que ir a un sitio y esperaba, eh… Bueno, esperaba que pudieras acompañarme.
Más silencio.
—¿Joe?
Se puso derecho, miró a su alrededor, como si se hubiera asustado, antes de volver a desplomarse sobre sus codos.
—¿Sí?
—¿Tienes algo que hacer el viernes?
—Eh… No sé —murmuró como si estuviera agotado—. No estoy seguro.
—Bueno, ¿y estás ocupado hoy a mediodía? —probé—. Me refiero a si tienes entrenamiento o algo así. Porque necesito en serio hablar de algo contigo en privado.
—No quiero hablar en privado —contestó en voz baja—. Hoy no, Molloy.
—Pero ni siquiera sabes de qué quiero hablar contigo —logré decir—. Es importante.
—Sea lo que sea, ahora mismo no quiero hablar de ello.
—¿Por qué?
—Porque estoy demasiado cansado, Molloy.
—Tienes que saber que no lo dije en serio —solté, refiriéndome a la verdad incómoda—. Toda la mierda que te eché encima la última vez que estuvimos juntos… No era yo, Joe.
Se puso tenso.
—No lo dije en serio, ¿vale? —Le puse la mano en la espalda y fruncí el entrecejo al notar el calor que emanaba su cuerpo. Joder, estaba ardiendo—. Te lo juro, Joe. Ni una sola palabra iba en serio.
—Sí, sí lo dijiste en serio. —Los músculos de su espalda se tensaron bajo mi mano—. Y no pasa nada. No te culpo.
—No te echo la culpa por lo que pasó, Joe —le dije, sintiéndome dolorosamente vulnerable en ese instante—. Y no quiero espacio. Nunca he deseado alejarme de ti.
—Ni yo tampoco —contestó tranquilo—. Pero porque no queramos algo no significa que no lo necesitemos.
La ansiedad se agitó dentro de mí.
—¿Qué significa eso?
—Significa lo que significa, Molloy.
—Mírame.
No lo hizo.
—Joe.
—Déjalo, Molloy.
—Joey Lynch, será mejor que me mires.
Soltando un suspiro de dolor, se recostó en la silla, apoyó las manos en el regazo y me miró a regañadientes.
De repente todo tenía sentido.
La somnolencia.
El letargo.
La piel ardiendo.
Los ojos negros como el carbón.
—Ay, Dios mío. —Tomé aire de forma brusca—. ¿Qué has tomado?
—Nada —replicó antes de exhalar con dolor—. Hoy.
—¿Ayer?
Asintió despacio.
—¿Y el día anterior?
Asintió otra vez.
Se me rompió el corazón.
—¿Cuándo empezaste?
Silencio.
—¿Cuándo empezaste?
—Después de marcharme de tu casa.
«Ay, Dios, no…».
—Así que una semana…
—Más o menos.
—¿Qué ha sido? —me obligué a preguntar—. ¿Qué has tomado?
—No es lo que piensas.
—¿Qué has tomado, Joey?
—No es eso.
—No te he preguntado lo que no has tomado —dije entre dientes, con el corazón partido y furiosa—. Dime lo que has tomado, maldita sea.
Me miró directo a los ojos y se quedó así, concentrado en mí lo máximo posible, dado que sin duda se hallaba bajo la influencia de las drogas.
—Unas cuantas pastillas y esa mierda.
—¿Esa mierda? —Lo fulminé con la mirada—. ¿En qué consiste «esa mierda»? Porque llevo contigo lo suficiente para saber que, cuando dices «pastillas y esa mierda», el significado puede variar mucho.
—Molloy.
—Bueno, ¿de qué estamos hablando? ¿Un porro, una raya o una puta aguja? —Me sentí como si me hubieran transportado a un lugar que no quería volver a visitar—. Ay, Dios mío. —Se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Por qué, Joe, por qué?
—¿Por qué crees? —susurró de forma entrecortada, pero aún manteniendo el contacto visual obedientemente mientras le sostenía la barbilla con la mano—. Te hice daño.
—No, Joe, tú no me hiciste daño. —Negué con la cabeza y contuve las lágrimas que brotaron en mis ojos—. Yo te hice daño a ti.
—Es culpa mía. —Entonces apartó la vista, girando la cara—. Lo que te pasó fue por mí.
—Tú no hiciste nada malo.
—Te metí en esa casa —dijo entre dientes y se volvió para fulminarme con la mirada—. Te acerqué al peligro y el peligro te alcanzó.
—Estoy bien —conseguí decir, levantando la mano para acariciarle la mejilla, solo para sentir la punzada del rechazo cuando se apartó al rozarlo—. No lo hagas. No tires por tierra todo por lo te has esforzado tanto.
—No tengo nada, Molloy —fue su respuesta apagada—. Nunca lo he tenido.
—Me tienes a mí —susurré, con el pecho agitado, mientras intentaba mantener la compostura en un aula rodeada de nuestros compañeros—. Todavía me tienes a mí, Joe. No te echo la culpa, ¿vale? No te echo la culpa.
—Soy él.
—No, no lo eres.
—Sí que lo soy. —Se encogió de hombros—. Lo dijiste tú misma.
—Me salió por el dolor —contesté—. No lo decía en serio.
—Te salió del cerebro —me corrigió—. Era tu verdad.
—Joey, vamos.
—No. —Vi cómo lo recorría otro escalofrío—. No puedo hacer esto ahora mismo, Aoife.
—¿No puedes qué? —exclamé con las mejillas ardiendo y el pulso disparado—. ¿No puedes hablar conmigo? ¿No puedes mirarme? ¿No puedes estar conmigo? ¿Qué?
—No puedo hacer esto. —Vi cómo se pasaba las manos por el pelo, frustrado—. Sí, está claro que no puedo hacer esto —masculló, echándose el pelo hacia atrás, cogiendo la mochila del suelo y poniéndose de pie—. Me largo.
—Siéntate, Joseph —le ordenó la señorita Lane desde su escritorio—. La clase está a punto de empezar.
—Sí, sin mí —respondió, yendo hacia la puerta del aula.
—Ni se te ocurra salir de la clase —le advirtió, levantando una mano—. Ya tienes un libro rojo. No empeores las cosas.
—¿Me puede decir cómo coño se puede empeorar esto? —dijo con desprecio, chocando con fuerza la palma contra la puerta, lo que hizo que se abriera con un zumbido—. Bueno, parece ser que lo acabo de hacer, ¿no?
—¡Joseph!
—Que la jodan, profe —dijo por encima del hombro y después se fue furioso.
—Ay, Dios.
Dejando caer la cabeza hacia las manos, contuve las ganas de salir corriendo tras él. Conseguí aguantar tres minutos hasta que no pude más, me levanté de la silla y fui hacia la puerta como si mi vida dependiera de ello.
—¿Adónde crees que vas, Aoife?
—Creo que va a que la jodan, señorita —terció Alec con una risita—. Pero en sentido literal, en este caso.
—Esa boca —le advirtió la señorita Lane a Alec, antes de volver su atención a mí—. No estamos en clase de teatro, Aoife. No hace falta que te pongas a interpretar Bonnie y Clyde . Vuelve a tu sitio.
—Pero…
—Ya, Aoife.
—Ay, señorita, no sea cortarrollo —intervino Alec, animado por los chicos de la clase—. ¿No ha visto cómo iba Lynchy? Usted solo tiene una clase con él, pero el resto de nosotros estaremos todo el día en la línea de fuego. Deje que vaya a tranquilizarlo. Estará mucho mejor el resto del día.
—Sal de mi clase —ordenó la señorita Lane, mirando a Alec con el ceño fruncido— y vete directo al despacho del director a por un libro rojo para ti.
Decidí entonces que era la oportunidad perfecta para escapar y eché a correr hacia la puerta.
Ignorando las risas detrás de mí, por no mencionar la voz de nuestra tutora de curso mientras me gritaba, o a Alec posteriormente diciendo «de nada», salí a toda pastilla del aula, dejando allí mi mochila y confiando en que Casey la recogería por mí al final de la clase.
Mi plan original era dirigirme a la parte trasera del pabellón de Educación física, pues sabía que era uno de los sitios que Joey frecuentaba, y, si no estaba allí, entonces intentaría buscarlo detrás de los cobertizos del instituto, pero el plan enseguida se fue al traste cuando llegué a la entrada principal y me topé de bruces con nada más y nada menos que Marie Lynch, que salía del despacho del director.
—Aoife. —En cuanto advirtió mi presencia, se acercó a mí, directa hacia la salida que estaba desesperada por alcanzar—. ¿Puedo hablar contigo, por favor?
Los pies vacilaron antes de detenerse de golpe, mientras la cabeza me decía que continuara caminando.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Tenía una reunión con el director —contestó cuando salvó el espacio entre nosotras y llegó a la puerta—. Sé que soy la última persona con la que quieres hablar ahora mismo.
—La segunda última.
—¿Perdona?
—Eres la segunda última persona con la que quiero hablar.
Tuvo la decencia de poner una mueca de dolor.
—Sí, bueno, ¿te importaría caminar conmigo un momento para que podamos hablar? —me preguntó, señalando la puerta doble de la entrada—. Por favor. Es importante.
Como no podría ignorar siempre a la madre de Joey, asentí con frialdad y la seguí afuera, marchando a su mismo paso.
—¿Cómo estás?
—Bien —respondí con un tono frío.
—¿Estás segura?
—¿De qué quieres hablar, Marie?
Al darse cuenta de que no iba a ningún sitio con ese tipo de preguntas, emitió un fuerte suspiro y se frotó la frente con su pequeña mano.
—Estoy preocupada por Joey.
«Sí, yo también».
—¿Por qué?
—Creo que otra vez ha vuelto a las andadas.
—Sí —suspiré con fuerza y me rodeé con los brazos mientras caminábamos, ignorando el chaparrón de marzo que estaba cayendo—. Me he dado cuenta.
—Entonces ¿está aquí? —El alivio inundó sus ojos—. ¿Ha venido al instituto?
—Estaba aquí —la corregí con tono seco—. Se fue de clase poco después de llegar.
—Ay, Dios, eso es lo que me temía —dijo con un hilo de voz—. No sé qué hacer con él, Aoife. No tengo ni idea. —Negó con la cabeza—. No sé cómo ayudarlo.
—No te ofendas, pero dudo que sea posible que lo ayudes cuando eres el origen de su dolor.
Se encogió ante mis palabras, pero no me lo discutió. Porque sabía tan bien como yo que era responsable de que su hijo se hubiera descarriado.
«Otra vez».
—Me lo merezco.
—No se trata de lo que te merezcas, Marie —espeté—. Se trata de la verdad.
—Me dijo que le habías pedido espacio —dijo, nerviosa—. Que no querías volver a verlo.
La desolación me inundó.
—Le dije muchas cosas que no sentía en realidad.
—Entonces tenemos algo en común —respondió con tristeza—. Somos culpables de dirigir nuestro enfado y nuestro dolor a la persona equivocada.