48. ¿Qué has tomado?
¿QUÉ HAS TOMADO?
Aoife
Cuando finalmente regresé al instituto la mañana del lunes siguiente y me senté en tutoría, fue al lado de una silla vacía en el escritorio que me habían asignado para compartir con Joey desde principios de curso.
—¡Arrrjjj! —gritó Casey en la puerta del aula y se me quedó mirando horrorizada—.
¿Dónde coño has estado y qué mierda te has hecho en el pelo?
—preguntó, señalándome con un dedo acusador—.
Madre mía. —Abrió mucho los ojos por el espanto mientras dejaba caer su bolso por el hombro y se colocaba corriendo detrás de mi silla para verlo mejor—. Te lo has cortado.
—Yo también me alegro de verte, Case —me reí, pasándome una mano por el pelo cortado a la altura de los hombros—. Como respuesta a tu primera pregunta: estaba en casa. Necesitaba un par de días para aclararme la cabeza. Y, en cuanto a lo segundo, me hacía falta un cambio.
No, lo que me hacía falta era borrar de la memoria las manos de ese hombre de mi pelo y me había costado ochenta euros darme el gusto, pero ella no tenía por qué conocer los pequeños detalles.
Todavía lo tenía lo bastante largo para recogérmelo en una minúscula coleta, pero no tanto como para ponerme en la vulnerable posición de que un hombre me sujetara de él.
—¿Te gusta?
—¡No! —farfulló, horrorizada, mientras recogía su bolso.
—Vaya. —Puse los ojos en blanco—. Muchas gracias.
—Ay, cállate, todavía estás como un tren —respondió, echándole un vistazo a mi pelo y tirando de un mechón suelto—.
Pero es que nunca te lo he visto más corto que a mitad de la espalda, Aoife.
Has llevado el pelo a lo Rapunzel desde la guardería.
—Y, mirándome de reojo, añadió—: Por cierto, te he llamado mil veces.
—Me dejé el móvil en casa de Joey —le contesté—. Y la gente cambia.
—Sí, supongo que la maternidad inminente puede cambiar a una chica.
—¿Por qué no lo dices más alto? —dije entre dientes, dándome la vuelta para fulminarla con la mirada cuando se sentó en el escritorio detrás de mí—. Joder.
—Perdona. —Puso una mueca y levantó las manos—. Por cierto, ¿hay novedades al respecto?
—Se lo conté a mi madre.
Se le abrieron mucho sus ojos azules.
—¿Cómo se lo ha tomado?
—Mejor que yo, creo —admití con un suspiro de dolor—. Me acompañó al médico la semana pasada.
Se le abrieron más los ojos.
—¿Y?
Asentí con la cabeza.
—El 20 de septiembre.
—¿Cuando sales de cuentas? —Se le abrieron los ojos más aún—. Eso son dos días después de que cumplas los diecinueve.
—Chisss —le advertí, y luego asentí de mala gana—. Pero sí, es cuando salgo de cuentas. Recibí por correo la cita con el médico… para la primera ecografía.
—¿Cuándo es?
—Este viernes.
—¿A qué hora? Porque terminamos las clases a las doce en las vacaciones de Pascua y puedo acompañarte si…
—Te agradezco el ofrecimiento, pero no —respondí, negando con la cabeza—. Mi madre también se ha ofrecido, y tampoco quiero que vaya ella.
—¿Por qué?
«Porque solo quiero que esté Joey».
—Porque no —suspiré, frustrada—. No quiero y punto.
—¿Y cómo se lo ha tomado él? —preguntó entonces, con los ojos llenos de compasión—. Supongo que no muy bien, si tenemos en cuenta que tampoco ha venido a clase esta semana.
—No se lo he contado.
—¿Aún no? —Entrecerró los ojos—. Aoife.
—Lo sé, lo sé —refunfuñé, notando cómo se me estrechaba la garganta al pensar que no lo sabía y casi tanto por tener que decírselo—. ¡Buf!
—Al no aparecer ninguno de los dos por el instituto, estaba convencida de que se lo habías dicho —comentó Casey con el ceño fruncido—. Me figuré que no volveríais hasta después de Pascua.
Entonces sonó fuerte el timbre, interrumpiendo nuestra conversación y observé cómo el aula se iba llenando poco a poco. Cuando vi a Danielle y Paul entrando en clase agarrados por los hombros, puse los ojos en blanco.
—Puaj —interpuso Casey fingiendo que se metía un dedo hasta la garganta—. ¿Qué cree que pasará si no se pega a él durante una clase entera?
—Según parece, que se lo robarán —comenté, girándome en mi asiento para apoyarme en su pupitre—. Qué más da, son tal para cual.
—Sí, está claro que has hecho una gran mejora —reflexionó Casey y después sonrió, mirando detrás de mí—. Hablando del rey de Roma…
Señaló hacia la puerta del aula y me di la vuelta justo a tiempo de ver a Joey entrando en clase.
En cuanto mis ojos se posaron en él, el corazón se me disparó en el pecho, al reconocer al instante a su compañero.
Tenía el pelo como solía llevarlo, muy rapado por detrás y los lados, con una mata por arriba.
Sin el jersey del uniforme, vestía la camisa gris fuera de los pantalones, colgando de forma desaliñada por encima de la hebilla del cinturón, y la corbata del uniforme puesta de cualquier manera.
Iba remangado hasta los codos, revelando el impresionante dibujo a tinta negra que había estado aumentando sin cesar desde cuarto curso y que ahora le cubría ambos antebrazos.
Con su habitual expresión en la cara de que le den al mundo, se acercó al escritorio de la profesora y le entregó lo que sabía que era un informe de conducta, también conocido como el temido «libro rojo».
Era un cuadernillo tipo tarjeta que tenían los alumnos más alborotadores con los peores problemas de actitud, y tenían que firmárselo todos los profesores al llegar y al salir de clase.
Al final de cada día, el director recibía en su despacho a los alumnos con el libro rojo para revisar él mismo en persona los comentarios, si es que había alguno.
Como podéis imaginar, Joey había tenido más libros rojos que este a lo largo de los años.
Por lo general, un alumno, a pesar de lo mal que se portara, solo tenía que llevar el libro rojo durante una semana como mucho en un momento dado, pero recordaba especialmente ver a Joey con uno durante todo segundo y tercero sin interrupción.
Sin impresionarse en absoluto por lo que fuese que estuviera diciéndole la señorita Lane mientras señalaba el libro rojo encima de su escritorio, Joey se limitó a pasarle un bolígrafo y cruzó los brazos sobre el pecho, esperando su firma.
Y luego eligió el momento preciso para recorrer con la vista el aula.
Sentí el peso de su mirada en cuanto se posó sobre mí. El aire perdió densidad a mi alrededor y empezó a costarme mucho llevarlo hasta mis pulmones. Temblando por la intensidad de la situación, forcé una sonrisita y un breve saludo.
¿Qué otra manera había de saludar al chico que amabas desde hacía años? Al chico cuyo padre había abusado de ti. Al chico al que habías arrancado el corazón la última vez que lo habías visto.
«Madre mía».
Vi cómo Joey se tensaba, con los ojos clavados en mí. No sonrió. No me saludó. Tan solo se me quedó mirando fijamente.
Esto era demasiado. Era demasiado, joder. Había muchas palabras sin decir, muchas preguntas sin responder pendiendo del aire entre nosotros.
Sabía que él también lo notaba. Su expresión no me escondía nada. Estaba mostrándomelo todo en ese instante, cada pizca de confusión, dolor y enfado.
Finalmente, la profesora le devolvió el libro rojo a Joey y me quedé observando cómo caminaba hacia nuestra mesa, sin perderme de vista y todavía sin sonreír.
Dejó caer su mochila al suelo, al lado del pupitre, retiró su silla y se sentó en su sitio de siempre junto a mí. En cuanto lo hizo, el fresco olor dolorosamente familiar a Lynx y jabón inundó mis sentidos, provocándome un escalofrío.
—Joey —balbuceé, mirándolo con cautela, sin estar segura de cómo reaccionar por la manera en que habíamos dejado las cosas la última vez que habíamos hablado.
—Molloy —contestó, rozando el hombro contra el mío al echar hacia atrás la silla para tener más espacio donde colocar las piernas.
—Bonita camisa —susurré, dándole un empujoncito con el hombro y contuve la respiración mientras esperaba su respuesta de siempre.
«Dilo».
«Por favor, dilo».
«Las dos palabras».
«Es lo único que necesito».
Soltó el aire con tanta intensidad que vi cómo se levantaron y cayeron sus hombros antes de que negara con la cabeza en lo que pareció una rendición a regañadientes.
—Bonitas piernas.
«Ay, Dios, gracias».
—Esperaba que estuvieras hoy aquí.
—¿Dónde iba a estar si no?
—No viniste a clase la semana pasada.
—Tenía muchas cosas que hacer.
«Claro, por su madre».
—¿Cómo está tu madre?
Se encogió de hombros, evasivo, y se metió la mano en el bolsillo de los pantalones para sacar mi móvil y ponerlo en mi lado del pupitre.
—Te dejaste esto.
—Sí, eh… Lo sé. —Cogí el teléfono, tragando saliva, y me lo guardé—. Gracias por traérmelo.
Respondió con un asentimiento breve.
—De nada.
—También me dejé el collar —susurré—, en tu habitación. El que me regalaste para mi cumpleaños el año pasado.
—Te lo devolveré.
—Gracias —contesté, odiando la barrera que había entre nosotros—. ¿Estás bien?
Asintió con rigidez, con los ojos clavados en la puerta que teníamos delante.
—¿Y tú?
—Sí. —Me encogí un poco de hombros—. Bueno, eso creo.
—Eso está bien. —Tensó la mandíbula y vi que se le movía la nuez—. Me alegro. Estaba preocupado por ti.
—Yo también estaba preocupada por ti. —Temblando, llevé la mano por debajo del pupitre para colocarla encima de su muslo duro y musculoso—. Dios, Joe, te he echado muchísimo de menos.
Lo recorrió un fuerte estremecimiento, pero no reaccionó con ningún movimiento ni me devolvió el gesto cariñoso. En su lugar, se inclinó hacia delante, apoyó los codos en nuestro pupitre, dejó caer la cabeza en sus manos y murmuró algo para sí mismo, ininteligible.
—No volviste —me oí decir, con los ojos clavados en su espalda.
—Querías espacio —respondió categóricamente.
—Quería que volvieras.
—¿Y cómo se suponía que yo iba a saber eso?
—No tenías por qué saberlo —suspiré—. Es que… Da igual.
Un terrible silencio se hizo entre nosotros y me moría de ganas por deshacerme de él.
—¿Joe?
—¿Sí?
—¿Podemos hablar?
—Estamos hablando. —Su respuesta fue automática, casi robótica, mientras se tiraba sobre nuestro pupitre con la cabeza en las manos.