47. Piensa en tu futuro
PIENSA EN TU FUTURO
Joey
—Joey.
Bum, bum, bum.
—Joey.
Bum, bum, bum.
—Joey.
Bum, bum, bum.
—¡Joey!
Soltando un gemido de dolor, me desperté despacio, parpadeando, sintiendo un peso que no era normal sobre el centro de la espalda mientras tenía la cara pegada al colchón.
El peso continuó rebotando en mi espalda y poco a poco identifiqué ese peso como mi hermano pequeño.
—O-ui, o-ui.
—Joder, renacuajo —gruñí, sacando una mano de debajo de mi cabeza para coger una almohada—. Deja de saltar encima de mi espalda, chaval. Me encuentro fatal.
Intenté sin éxito ahogar el ruido que atacaba mis sentidos por todos los ángulos tapándome la cabeza con la almohada.
—Sean, baja a jugar con Ollie. —La voz familiar de mi madre me atravesó la mente y me puse rígido al tensárseme el cuerpo—. Tengo que hablar con tu hermano.
Sean saltó unas tres veces más sobre mi espalda antes de obligar a mi madre a sacarlo de allí.
—No empieces —gruñí, dándome la vuelta—. Sea lo que sea, déjalo.
—No iba a empezar nada. —Cerró la puerta de mi dormitorio, se acercó a la cama y se sentó a mi lado—. Solo quería ver si estabas bien.
Suspiró con fuerza y me retiró el pelo de la cara, y aquel pequeño acto de afecto me llevó a la otra punta de la cama, lo más lejos posible de ella.
—Querías ver si estaba bien —repetí mientras me recostaba contra la pared y la fulminaba con la mirada—. ¿Desde cuándo te importa una mierda cómo estoy?
—Desde el día que naciste.
—¿Qué? —Arrugué la frente por la confusión—. ¿Es que hay una trabajadora social abajo o algo de lo que no me haya enterado?
—No, Joey. —Mi madre suspiró y sus ojos azules llenos de tristeza me miraron mientras yo la observaba con desconfianza—. La pregunta iba en serio.
—Pues yo te digo en serio que estoy confundido —respondí—. ¿Qué quieres?
—¿Qué te hace pensar que quiero algo?
—Porque estás en mi habitación preguntándome cómo me encuentro —repliqué, tensando los hombros—. Así que, venga ya, dilo.
—No quiero nada de ti, Joey.
Me quedé callado y esperé a que fuera al grano.
No es que le hubiera dado de repente por comprobar mi bienestar emocional.
—No has ido a clase esta semana —dijo finalmente— y el señor Nyhan ha llamado dos veces.
—¿Y? Tampoco ha ido Shannon.
—Sí —asintió mi madre—, pero Shannon se ha quedado en casa esta semana y no ha ido al instituto para ayudarme.
—¿Al contrario que yo, el imbécil que no te ha ayudado ni un día en su vida?
—No, no estoy diciendo eso en absoluto.
—Entonces ¿qué estás diciendo? —solté—. ¿Qué quieres?
—Estoy preocupada por ti.
«Y una mierda».
Crucé los brazos por encima del pecho.
—¿Desde cuándo?
—Desde lo que pasó el otro fin de semana —respondió con un tono cansado.
—Ah, ¿te refieres a cuando mi padre intentó violar a mi novia? —espeté, temblando otra vez de rabia—. No, no, estoy genial, mamá. Eso no me jodió nada la cabeza.
—Ay, Joey —dijo mi madre temblorosamente—. Lo siento mucho.
—¿Por qué? —pregunté sin emoción—. No sabía que tú también intentabas follarte a mi novia.
—Joey.
—Ah, espera, es verdad. No intentaste tirarte a Aoife. No, solo te metiste en la cama con el que pretendía violarla.
Mi madre se encogió.
—¿Cómo está Aoife? ¿Está bien?
—No tengo ni idea —respondí con dureza—. No la he visto.
—¿Por qué no?
—Porque no soporta verme —contesté—. Le recuerdo demasiado a mi padre, el cabrón violador.
—No la violó.
—Te violó a ti.
Volvió a encogerse.
—Eso es distinto.
—¿Acaso le da un control automático sobre tu cuerpo que te pusiera un anillo en el dedo cuando todavía eras lo bastante joven como para jugar con muñecas?
—Joey. —Exhaló, dolida—. Ojalá pudieras entenderlo.
—Si te refieres a la pervertida fijación que tienes con ese hombre, olvídalo —le dije—. Porque jamás lo entenderé.
—No quiero pelearme contigo.
—¿Quién está peleándose?
—Tú, Joey —dijo con un suspiro—. Cada vez que intento acercarme a ti, cada vez que intento prestarte algo de atención, me atacas de inmediato.
—A lo mejor no lo haría si la experiencia no me fuera tan extraña.
Negó con la cabeza apesadumbrada.
—Ya estás otra vez.
—Por Dios, para ti nunca lo hago bien, ¿verdad?
—¿Quieres saber algo que no entiendo?
—Pues la verdad es que no. —Me encogí de hombros—. Esa lista es tan larga que estaríamos semanas con esto.
—No entiendo cómo un chico que desprecia tanto a su padre como tú le sigue por el camino de la adicción.
—No soy alcohólico.
—¡Eres un drogadicto, lo que es peor! —exclamó con la voz ronca.
—No lo soy —contesté, negando con la cabeza.
—Sí que lo eres —constató llorando y me cogió de la mano—. Tienes un problema, cariño. —Exhaló temblorosamente y añadió—: Sí, sé que has vuelto a las andadas. He encontrado las bolsas vacías en tus vaqueros.
Entrecerré los ojos.
—Te estás pasando de la raya.
—Déjate de chorradas, Joey —espetó—. Huelo la hierba en tu ropa.
—Sí, he fumado. Ya ves.
—¿Y?
—Y nada —solté—. Déjame en paz, mamá.
—Entonces ¿qué es esto? —preguntó, metiéndose la mano en el bolsillo para sacar un bolígrafo de plástico roto.
Me dio un vuelco el corazón, pero dominé mi reacción, demasiado avergonzado de mí mismo para admitir nada, y sobre todo delante de esa mujer.
—Parece un boli roto.
—¿En serio? ¡Porque yo creo que es una pajita improvisada! —La tiró en la cama—. Y puede que no sea la persona más lista del mundo, pero sé muy bien que eso no hace falta para la hierba.
Me encogí de hombros, evasivo.
—No sé qué decirte, mamá.
—¿Y si empiezas explicándome dónde está mi medicación? —me preguntó con los ojos llenos de lágrimas—. Llevas mucho tiempo bien. Meses, Joey, ¡meses! Y ahora ¿qué? ¿Volvemos a la casilla de salida? ¿Por qué te haces esto, Joey, por qué?
—¿Cuándo te he puesto un dedo encima? —dije con el corazón saliéndoseme del pecho mientras retiraba la mano—. ¿O a Shannon? ¿O a los niños, para el caso?
—No estoy hablando de que le hagas daño o no a la gente, Joey —replicó mi madre—. Estoy hablando del daño que te haces a ti mismo. No entiendo cómo tiras tu vida por el retrete por un vicio que sabes que arruina la vida.
—¿Qué quieres de mí, eh? —dije, desesperado—.
Dejas que ese cabrón se quede, sabiendo lo que intentó hacerle a mi novia, así que me marcho.
Luego me mandas un mensaje al cabo de tres días, suplicándome que vuelva y te salve de él, así que vuelvo y hago eso exactamente.
Ahora estás en mi habitación, interrogándome para saber por qué no voy a clase, acusándome de ser frío contigo y diciendo que soy un puto drogadicto.
Negué con la cabeza.
—Estoy aquí cuando no quiero estar aquí, cuando preferiría estar en cualquier otro lugar del planeta (y eso incluye un ataúd), pero estoy aquí porque me llamaste.
Porque me necesitas. Porque ellos me necesitan.
Aunque me entran ganas de arrancarme la piel al estar dentro de esta casa.
Aquí estoy, joder. Si eso no te dice todo lo que necesitas saber, pues no sé qué más decirte, la verdad.
—Quiero que te quieras lo suficiente como para dejar de destruirte.
—¿Cómo esperas que eso suceda cuando la persona que me dio a luz no puede quererme?
Mi madre retrocedió como si la hubiera golpeado, y tal vez lo hice, pero con la verdad.
—Eso es mentira —gritó, retirándose el pelo—. No puedes creer algo así.
—Lo que tú digas. —Me levanté de la cama negando con la cabeza y fui a vestirme—. No voy a hablar de esto contigo ahora. Tengo que irme a un sitio.
—¿Ese sitio es la casa de Shane Holland?
Le di la espalda, callado, mientras me subía los pantalones antes de ponerme la sudadera con capucha.
—No lo hagas —me suplicó, siguiéndome mientras me guardaba en el bolsillo el móvil y la cartera y me dirigía hacia la puerta—. Piensa en tu futuro.
—Yo ya no tengo de eso.
—Sí que lo tienes.
—No. —Negué con la cabeza y tiré de la puerta para abrirla—. Ese hombre me lo ha arrebatado.
Con un cigarrillo entre los labios, pasé una cantidad de tiempo excesiva tirado en los escalones de la comisaría, queriendo levantarme y entrar. Llevar mis piernas hasta allí y presentar mi declaración a la Gardaí.
«Cuéntales la verdad».
Mi padre debía estar entre rejas por ponerle las manos encima a Molloy, y el resentimiento que sentía al tener de nuevo las manos atadas a la espalda por una mujer a la que quería y que estaba desesperado por proteger me hacía mierda la cabeza como ninguna otra cosa.
Llegué a mi límite aquella noche y la cagué, pero no estaba ni la mitad de arrepentido por drogarme que por permanecer callado.
Cuando le puso las manos encima a Molloy aquella noche, apuntó una flecha directa a mi punto débil y, cuando ella me rechazó, cuando me comparó con él, la flecha salió volando para atravesarme el talón.
Herido y sangrando, había renunciado a cualquier falso pretexto más para pasar página y empezar de nuevo, y había ido directo a lo único que sabía que me ayudaría a ahogar el ruido.
A ahogar el puto sufrimiento que me causaba todo.
Porque lo cierto era que no quería mentir más.
No quería esconderlo más.
Estaba harto de toda esa mierda y, si eso me convertía en un mal hijo y un hermano horrible, pues vale. Porque el viejo había sacado algo de mí esa noche. Una verdad de la que no me había dado cuenta hasta que me obligó a enfrentarme a ella.
El verla sacudió los cimientos de mi propio ser, pero lo cierto era que había cambiado algo dentro de mí durante ese año. Mis prioridades habían cambiado. Llegué a la conclusión de que Aoife Molloy se había convertido para mí en la persona más importante del mundo.
Aunque me desconcertara admitirlo, habría hecho cualquier cosa para protegerla.
A pesar de que eso significase ir en contra de mi familia entera para hacer lo correcto por ella.
Porque me daban igual las consecuencias que sufriera el resto de mi familia.
Estaba dispuesto a protegerla, aunque tuviera que ir en contra de todo lo que me habían programado que protegiera.
Aunque significase ir en contra de cada fibra de mi ser y no decir nada de lo que había hecho mi padre porque eso era lo que ella necesitaba.
Confundido y furioso, me quedé allí, en los escalones de la comisaría hasta que el cielo se oscureció y disminuyó la ira, haciendo hueco a la depresión.
Joder, y la depresión era peor. Muriéndome por dentro y ardiendo por fuera, clavé la vista en las cicatrices que tenía en los nudillos y me obligué a fingir que me encontraba bien.
Que nada de eso me dolía.
Que no me importaba.
Por fin, cuando tuve el dolor bajo control, me sacudí la ropa y me marché, sintiendo el peso del mundo sobre los hombros a cada paso que me alejaba de hacer lo correcto.