Rey de la gula (Pecados 6) 46. Tu madre lo sabe mejor que nadie #3
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46. Tu madre lo sabe mejor que nadie #3

—Y también sabes lo escasos de dinero que andan en ese pequeño apartamento de la urbanización de Elk —continuó mi madre—. Así que supongo que, cuando Casey te vio rechazar a un chico con un futuro tan sólido como Paul por un chico con uno no escrito, le entró pánico por ti.

—Paul tampoco es que fuera la leche —murmuré—. Y nosotras tampoco es que estemos forradas, mamá.

—Puede que no tengamos dinero, Aoife, pero siempre nos tendremos la una a la otra —aclaró mi madre—. Siempre hemos estado unidos en nuestra casa y esa es una forma de estabilidad y consuelo que ambas sabemos que Casey nunca ha tenido.

«Ni Joey».

—Tengo suerte de tenerte, mamá.

Arqueó una ceja.

—¿Qué? —me reí—. Estaba siendo sincera.

—Sí, bueno, estoy segura de que lo dirás de verdad sobre todo dentro de seis meses —se rio—.

Cuando haya un bebé llorando por la casa y estés hasta arriba de caca y vómito, pidiéndole a tu madre a gritos que coja a su nieto.

—Estaba claro que le divertían sus propias palabras y añadió—: Al menos tu cómplice tiene experiencia con recién nacidos, porque tú no has sostenido un bebé en tu vida.

—He cogido a Sean.

—Sean tiene tres años.

—Solo tenía dos la primera vez que lo cogí.

—Hay una gran diferencia entre un niño de dos años al que puedes llevar de la mano y un recién nacido indefenso que depende de ti totalmente para cada una de sus necesidades.

—Mamá.

—Necesitará que le des de comer, que lo ayudes a eructar, que lo cambies, que lo vistas, que lo consueles, que lo tranquilices…

Todo eso y más. Dependerá de que le limpies las vías respiratorias con un minúsculo aspirador nasal cuando se resfríe, porque no será capaz de hacerlo por sí mismo.

Esa diminuta personita dependerá completamente de su madre para sobrevivir.

Y eso es solo la etapa de recién nacido, que, te lo creas o no, querida niña mía, es la etapa más fácil de la maternidad.

—Por favor, para —le supliqué, mareándome solo con pensarlo—. Me siento tan aterrorizada por lo que me espera que me sorprende estar operativa.

—Puedes hacerlo —me aseguró—. Vas a ser una buena madre.

—Voy a ser un desastre —mascullé—. Apenas sé preparar una tostada francesa.

—Porque eres una princesita mimada que está acostumbrada a que se lo hagan todo. —Mi madre se rio—. Pero enseguida te pondrás al día, cariño. Para cuando llegue mi nieto o nieta, sabrás cocinar como para una boda y estarás lista para comerte el mundo.

—Ni se te ocurra dejarme, ¿vale? —le pedí—. Puede que esté a punto de convertirme en madre, pero eso no significa que no vaya a necesitar a la mía.

—Me temo que me tendrás que aguantar durante mucho tiempo. —Mi madre se rio y me guiñó el ojo—. Te guste o no.

—No me voy a mudar —le advertí, levantando un dedo tembloroso—. No me voy a ir nunca de casa, mamá. Me quedo donde haya una veterana de maternidad residente, y una veterana de la tabla de planchar.

Mi madre se volvió a reír.

—Esa es otra cosa que voy a enseñarte.

—No plancharé nunca.

—No te quedará más remedio.

—Ya lo creo que sí —repliqué—. Le compraré al bebé ropa que no haga falta plancharla.

—¿Y se puede saber quién te planchará a ti la ropa?

Puse los ojos en blanco.

—Mi madre, claro.

—Ay, Aoife, sí que me haces reír. —Y eso fue lo que hizo—. Todo va a salir bien, amor. Ya verás que sí.

—Espero que tengas razón, mamá —contesté—. Eso espero.

—Joey también estará bien —añadió—. Los dos estaréis bien. —Mi madre me dedicó otra de sus sonrisas perspicaces—. ¿Quieres saber cómo lo sé?

—Dígamelo, por favor, sensei .

—Porque el padre de tu hijo puede que sea tan cabezota y testarudo como tú a la hora de admitir sus sentimientos, pero su corazón tampoco se ha alejado nunca de ti.

—No. —Negué con la cabeza—. Eso no lo sabes, mamá.

—Claro que lo sé —me corrigió en un tono suave—. Aparte de que os he visto a los dos crecer y he vivido de primera mano el tipo de cualidades que poseéis ambos, da la casualidad de que también tengo un par de ojos (y de oídos) que están en perfecto funcionamiento.

—¿Qué significa eso?

—Significa que, cuando retiras el montón de capas de tu relación con Joey, sacas el ligoteo, las hormonas alteradas y el aspecto físico de la ecuación, debajo de eso hay unos cimientos sólidos —me dijo—.

Basados en la amistad, el respeto y la confianza.

—Sonriendo cariñosamente, volvió a cruzar los tobillos, cambiando de posición e inclinándose hacia delante en el asiento—.

Él es tu amigo, Aoife, y tú eres su amiga.

No importa amarse, esa es la parte fácil, Joey y tú os caéis bien.

Disfrutáis de vuestra compañía, y te prometo que todos esos maravillosos aspectos de vuestra relación, todas esas conversaciones naturales que mantienes con él o todos los momentos de silencio que habéis pasado a gusto juntos tan solo fortalecerán vuestra capacidad de superar la prueba del tiempo.

Y, lo que es más importante, la prueba de la paternidad.

—¿Lo piensas de veras?

—Claro —respondió, dedicándome una sonrisa tranquilizadora—. Y recuerda que tu madre lo sabe mejor que nadie.