Rey de la gula (Pecados 6) 46. Tu madre lo sabe mejor que nadie #2
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46. Tu madre lo sabe mejor que nadie #2

Riéndose, mi madre lo intentó de nuevo.

—Lo que trato de decir es que, aunque siempre has tenido una vena dramática y eres peligrosamente impulsiva en tus acciones, nunca has sido imprudente con tu corazón.

—¡Vaya! —exclamé—. Qué cumplido más ambiguo.

—Anda ya. —Mi madre sonrió—. ¿Acaso miento?

No, no mentía.

—Vale, soy una dramática —reconocí, haciendo un gesto con la mano—, pero Kev es el que se muere por tu atención.

—Aoife —dijo mi madre riéndose.

—Es cierto —repliqué alegremente—. Se pone loco de celos cada vez que pasamos tiempo juntas últimamente. ¿No te has dado cuenta de lo gruñón que está? No me sorprendería que tuviera una muñeca de mí en su cuarto con agujas clavadas.

—Pobre Kev —se rio.

—Pobre Kev y una mierda —repliqué, poniendo los ojos en blanco—. Lo has mimado mucho, mamá, y no lleva nada bien que otra persona tenga tu atención.

—Si he mimado a Kev es porque lo necesitaba.

—Puaj. —Fingí una arcada—. Claro.

—Es cierto. Tú nunca me necesitaste como me necesita él.

Siempre has sido mi niña salvaje —continuó diciéndome—.

Más difícil que tu hermano y también más rebelde.

Kev, en cambio, siempre se ha escondido en la seguridad de la sombra, inseguro sobre sí mismo.

Pero tú, mi querida niña, has disfrutado al sol.

Te niegas a alejarte del mundo y abrazas todo lo que tenga la vida que ofrecerte.

—No estoy segura de si lo dices como algo bueno o no —admití, mirándola con recelo.

—Es algo bueno. —Mi madre se rio—. Sí, has provocado que me salgan unas cuantas canas estos años, y he tenido que frenar a veces esa vena temeraria, pero lo has hecho genial encontrando el equilibrio entre disfrutar de tu adolescencia y perderte en el proceso.

Estoy muy orgullosa de ti por eso, tesoro.

—Eh… ¿Cómo? Estoy preñada, mamá —reaccioné de forma dramática, señalando mi barriga ligeramente abultada, una hinchazón que parecía más bien provocada por haber comido mucho—.

Estoy a punto de convertirte en abuela antes de que cumplas los cuarenta y cinco.

Creo que se puede decir que no lo he hecho genial encontrando el equilibrio entre nada, a menos que te estés refiriendo a mi capacidad para hacer equilibrios sobre la polla de Joey.

En ese caso, tenemos todas las pruebas para confirmar que soy una profesional.

—¿Por qué me hablas así? —protestó mi madre, tapándose la cara con las manos—. Soy tu madre, Aoife. Por Dios.

Me encogí de hombros.

—Supongo que mi vena temeraria está volviendo a asomar la cabeza, ¿eh, mamá?

—Sí, bueno, estoy de acuerdo con tener una conversación abierta y sincera con mi hija —dijo con una mueca—, pero, por favor, considera el hecho de que yo te parí y conozco a Joey desde que tenía doce años.

No necesito una imagen mental de ti haciendo equilibrios sobre su pito ni tampoco indagar en ningún tipo de detalles íntimos.

Guárdatelo para cuando hables con Casey.

—Pito —dije con una risita—. Di «polla», mamá.

—No voy a decir eso —respondió, sonrojada—. Es una palabra horrible.

—Para una maravillosa parte del cuerpo.

—¡Aoife!

—Vale, vale. —Levanté las manos—. Ya me callo. —Riéndome un poco, miré a mi madre y dije—: ¿Te acuerdas de cuando hace unos años te dije que nunca me volvería loca por un chico?

—Ah, sí. —Mi madre sonrió con complicidad—. Me parece recordar que insistías en que jamás te enamorarías de Paul ni dejarías, para el caso, que ningún chico te nublara el juicio.

Puse mala cara.

—Dios, menuda mojigata estaba hecha.

—En ese momento lo creías.

—Sí, la verdad es que sí.

—Claro, pero Paul Rice no fue nunca Joey Lynch, ¿eh?

«Eso segurísimo».

—No. —Exhalé temblorosamente y negué con la cabeza—. No lo era.

—Me ponía triste, ¿sabes? —Mi madre le dio otro sorbo a su café con leche antes de añadir—: Verte con Paul, obligándote a sentir cosas que sabía que no sentías, mientras estabas enamorada de otra persona.

Hice una mueca de dolor.

—¿Era tan evidente?

—Uy, sí —asintió mi madre—. Te pegaste cuatro años de tu juventud con la opción cómoda, conformándote con un chico que no tenía nada que ver contigo, mientras tu corazón no se alejó ni una vez del chico que hacía que se te iluminara la cara entera cada vez que te lo encontrabas.

—Se le escapó un suspiro de melancolía—.

Jamás te vi reaccionar así cuando estabas con Paul.

No se te abrían los ojos cuando te miraba ni se te sonrojaban las mejillas si te guiñaba un ojo.

Casi se te notaba desanimada cuando te llamaba para verte.

—Tres años y medio —solté con un gesto de dolor—. Sé que Paul era estable, mamá, venía de una familia con dinero y tenía un gran futuro por delante, pero nunca fui feliz con él.

—Si quieres dinero, puedes ganarlo tú —respondió mi madre—. No te hace falta un hombre para eso.

—Lo sé y estoy completamente de acuerdo —me apresuré a decir—. Pero Casey creía que estaba loca por dejarlo escapar. Bueno, a ella le gusta Joey ahora, pero durante un tiempo se planteó en serio si había perdido la cabeza.

—Sabes tan bien como yo de qué tipo de hogar viene Casey —respondió mi madre con delicadeza—. Ya sabes cómo es su madre, Aoife. Has visto a lo que ha expuesto esa mujer a su hija durante estos años. La clase de hombres que han cruzado su puerta.

—Sí —mascullé, estremeciéndome al recordarlo.