Rey de la gula (Pecados 6) 46. Tu madre lo sabe mejor que nadie
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46. Tu madre lo sabe mejor que nadie

TU MADRE LO SABE MEJOR QUE NADIE

Aoife

No fui a clase durante unos cuantos días y dije que estaba enferma en el trabajo, porque me sentía demasiado triste y agotada para concentrarme en nada más que el caos en el que se había convertido mi vida.

Parecía que se me escapaba todo de las manos, en mitad de la locura, y la única buena decisión por lo visto era haber confiado en mi madre. Desde que le había contado lo del embarazo, mi madre había estado impresionante.

Al sentirme tan vulnerable, en plena caída libre desde el acantilado, ella había llegado para cogerme de la mano.

Me ofreció un hombro en el que apoyarme y me guio.

Sabía que la había decepcionado —me había dicho con tacto que lo sentía por mí—, pero al tenerla a mi lado la idea de mi futuro incierto era casi soportable.

Permitió que me retirara temporalmente de la vida filtrando las llamadas del director del instituto y de mi jefe, por no mencionar que interceptó las visitas espontáneas a casa de Katie y Casey.

Mi madre dio la cara por mí y paró el mundo mientras intentaba asimilar el camino que había tomado mi vida.

Incluso me acompañó a la temida cita, en la que tuve que sentarme frente al médico de cabecera, que me conocía desde que era pequeña, y decirle que había cometido el viejo error de quedarme preñada en el instituto.

Me confirmó lo que ya sabía, me hizo análisis de sangre y me dio la fecha estimada en la que saldría de cuentas, el 20 de septiembre.

Luego me mandó a casa con un puñado de folletos sobre el embarazo en la adolescencia y ser madre joven, y me indicó que recibiría una cita por correo para una ecografía en el hospital público de maternidad.

Después estaba tan alterada que mi madre había sacado la tarjeta de crédito para emergencias de la que mi padre creía que ella no sabía nada y me había llevado de compras.

Malgastamos una cantidad excesiva de dinero en nuestra peluquería y salón de belleza habitual, sin mencionar la renovación de mi armario entero con ropa que no podría volver a ponerme en mucho tiempo, pero mi madre se las había apañado para normalizar una situación que no tenía nada de normal.

Me mimó con tazas de chocolate caliente y platos de pastas recién horneadas, nos paseamos por la ciudad de Cork hasta que me harté de ver artículos rebajados o revolver en las ofertas.

Fue todo un logro cansarme físicamente haciendo lo que más me gustaba hacer y enseguida me di cuenta de que era la manera de mi madre de llevarme mediante el agotamiento a un estado de mayor flexibilidad.

Sentada delante de mí en un sillón de cuero igual al mío, en una cafetería de la calle Patrick, con una pequeña mesa redonda y un montón de bolsas de compras separándonos, mi madre se acercó su espumoso café con leche a los labios y le dio un sorbito.

Se la veía tan señora, con las piernas cruzadas por los tobillos y su precioso pelo rubio recogido en un moño suelto, que noté esa oleada familiar de fastidio.

Mi madre era guapa, por dentro y por fuera.

Era inteligente, ingeniosa y leal. Se conservaba bien, tenía un cuerpo bonito y trabajaba mucho por su familia.

Pero nada de eso parecía importarle a mi padre, porque continuaba repitiendo los mismos errores una y otra vez.

No era una cuestión de que mi madre se hubiera dejado y mi padre se hubiese fijado en alguien mejor, porque no había nadie mejor.

—Bueno, ¿y qué ha pasado con Joey? —sacó por fin mi madre el tema que yo llevaba esquivando con prudencia todo el día.

—Nada —respondí, cogiendo mi taza de chocolate caliente.

No había visto a Joey ni sabido nada de él desde la noche que había salido de mi habitación por la ventana.

No había vuelto y desconocía si había intentado llamar o enviarme un mensaje porque sin quererlo me había olvidado el móvil en su casa aquella noche.

Estaba tan desesperada por salir de esa casa que me lo había dejado con el cargador, el maquillaje, la bolsa para pasar la noche y, lo más importante de todo, mi collar, el que me habían regalado cuando cumplí los dieciocho años.

Me había quitado las joyas al ducharme y me había olvidado volver a ponérmelas después.

Seguía en la mesilla de noche, junto a mi anillo de Claddagh y los pendientes.

Podía sobrevivir sin todo lo demás que me había dejado allí, pero sin mi teléfono era un desastre, y sentía el cuello desnudo al no llevar el colgante.

Estaba todo el rato acercando la mano al medallón, que se había convertido casi en el consuelo que ofrece una manta, y me inquietaba al recordar que ya no lo tenía.

Estaba desesperada por verlo, hablar con él y hacer las paces, pero en el frente Lynch había un silencio total.

—¿Nada? —Mi madre enarcó una ceja—. Hace días que no lo veo.

«Ni yo tampoco».

—Está muy liado.

Según Kev, que se había enterado por Mack, que se había enterado por Alec, Joey estaba desaparecido en combate.

Nadie lo había visto ni sabía nada de él desde el fin de semana.

Ni en el instituto, ni en el entrenamiento, ni en las instalaciones de la asociación de hurling, ni en el pub.

Sabía que eso no era del todo verdad, porque, aunque en el instituto nadie supiera nada de mi novio, sí se había puesto en contacto con mi padre.

Mi padre le había mencionado a mi madre que Joey le había llamado para pedirle unos días libres y mi madre me lo había comunicado.

Por lo visto, su madre había tenido un aborto en el segundo trimestre y lo necesitaban en casa para ayudar con los niños durante una o dos semanas hasta que la mujer se recuperara.

En cuanto me enteré de la noticia, me puse a vomitar con ganas al atar cabos y darme cuenta de que, cuando me había dicho que le había surgido algo el otro día, no estaba soltándome un rollo.

Lo decía de verdad.

Y yo le había hecho daño aquella noche.

Mucho.

Mis palabras lo habían destrozado, y me había arrepentido de ellas en cuanto habían salido por mi boca.

No sentía de verdad nada de eso, pero en aquel instante me encontraba en un estado en el que no pensaba con claridad.

Jamás en mi vida había sentido el nivel de miedo y degradación que experimenté en esa cocina.

El ataque a manos del padre de Joey no había durado más de noventa segundos, pero esos noventa segundos habían sido los más espantosos de mi vida.

Teddy Lynch era el hombre más aterrador con el que me había topado y la desesperada necesidad de protegerme para no volver a toparme con él había acabado por apartarme de la única persona que sabía lo que sentía al temer a ese hombre.

Me dio una idea del miedo que Joey y sus hermanos llevaban sintiendo toda su vida, y se me rompió el corazón al pensarlo.

—Debes hablar con él de ese tema lo antes posible —me dijo mi madre—. Y tu padre y yo tendremos que sentarnos con sus padres y tener también una conversación.

—No —respondí, con el corazón acelerado al pensar en mi madre acercándose a esa casa.

La mujer no tenía ni idea de lo que me había pasado.

Si lo hubiera sabido, estaría en una conversación muy distinta en esos instantes.

Estaría hablando con la policía, que la habría arrestado por asesinato—.

Sé que Joey y yo debemos hablar, y lo haremos.

Pero no hace falta que papá y tú tengáis una conversación con sus padres de nada, mamá. Su madre está fatal y su padre es un…

—¿Gilipollas?

Asentí con la cabeza y exhalé de forma temblorosa.

—Un gilipollas total.

—Nada nuevo para mí, cariño —contestó—. Me pasé seis años en secundaria aguantando a ese capullo insufrible.

—¿Capullo? —Levanté las cejas, sorprendida—. Tú no sueles decir palabrotas, mamá.

—Ya, bueno, es que a veces no hay otra palabra para describir a alguien —respondió, dedicándome una sonrisita—. Y para describir a ese hombre me quedo corta con «capullo».

—Se lo va a tomar muy mal —me oí admitir, mordiéndome el labio mientras me venía una oleada de ansiedad.

—¿Teddy? —Resopló—. No te preocupes por él, cariño. Tu padre y yo somos más que capaces de tratar con ese hombre.

Negué con la cabeza.

Los ojos de mi madre se ablandaron.

—Joey.

Asentí, ansiosa.

—Odia a su padre, mamá. Es que lo desprecia muchísimo. Va en serio, mamá. Se pone paranoico con que se va a convertir en él cuando sea mayor y está muy jodido.

—Qué triste —respondió mi madre—. Joey no se parece en nada a su padre.

—Lo sé. Pero, en cuanto le diga que estoy embarazada, que vamos a tener un bebé estando aún en el instituto, va a comparar nuestra situación con la de sus padres. —Me encogí de hombros, impotente, antes de añadir—: Me da mucho miedo que esto le haga perder los papeles.

No habíamos hablado nunca abiertamente de los problemas de Joey, pero mi madre no era idiota. Joey llevaba trabajando con mi padre años, desde antes de que fuéramos pareja, y había estado en nuestra casa infinidad de veces.

Si yo sabía que tomaba drogas por aquel entonces, mis padres también. Aun así, mi padre no lo había despedido, y mi madre nunca le había cerrado la puerta. Es más, mantenían la puerta abierta a un chico al que los demás nunca le habían dado una oportunidad.

—Lo quiero, mamá —declaré, con la voz cargada de emoción mientras miraba a mi madre a los ojos desde el otro lado de la mesa—. Sí, lo quiero tanto que me ciega.

—Es lo que suele pasar cuando te enamoras por primera vez —respondió con tacto—. Nos pasa a las mejores, cariño.

—A ver, sé que está claro que no tenemos la relación perfecta.

Nos alejamos mucho de eso. —Con los hombros caídos, sacudí una mano delante de mí antes de continuar—: Estar con él es un lío, es crudo, complicadísimo, pero también es emocionante, adictivo, y me parece lo adecuado.

—Exhalé y me encogí de hombros, impotente—.

No hay nadie más para mí, mamá. Lo sé. Tengo ese presentimiento.

—Te creo —contestó, acariciando la taza entre sus manos—. Siempre has sido una dramática…

—¡Oye!

—Déjame terminar.

—Vale. —Exhalé, enfadada.