45. Las once #3
—¡Muy bien, Joey, muy bien! ¿Quieres saber cómo me siento?
¡Estoy dolida! —gritó, poniéndose de rodillas y tirándome la almohada—.
Porque casi me violan esta noche. ¡Un hombre que se parece a ti!
¡Y me vi en esta situación por tu culpa!
Porque no te importó lo suficiente para coger el teléfono y contarme lo que estaba pasando.
¡Porque no pensaste en mí cuando te marchaste y no volviste!
Ahí estaba.
Lo había sacado.
Me culpaba tanto como me culpaba yo.
—Estaba de espaldas a él cuando me agarró —dijo con la voz ronca—. Creía que eras tú… ¡Creía que eras tú, Joey! Pero no eras tú. No eran tus manos en mi cuerpo, ni tu lengua en mi piel, ni tus dedos en mi pelo, y ahora no sé qué sentir.
Me estremecí.
—Dios santo.
Justo cuando pensaba que no podía odiarme más, abrió la boca y me contó su verdad.
—Así que, sí, estoy enfadada contigo —dijo emitiendo un gran sollozo— y a lo mejor es irracional sentirme así y tengo las emociones descolocadas, pero me siento enfadada y dolida, y muy cabreada contigo.
—Se le quebró la voz y sollozó de nuevo antes de admitir—: Porque esta noche estaba allí por ti.
Estaba cuidando a tus hermanos por ti. Y porque en todas las horribles situaciones en las que me he encontrado en el último año y medio ha sido por ti. ¡No dejo de sufrir porque te quiero!
Olía su perfume en mi piel, sentía lo destrozaba que estaba mientras me miraba a los ojos y me arrancaba el corazón del pecho. Aquello era justo lo que intentaba evitar que sucediera.
No quería enamorarme de ella y me había enamorado. No quería dejarla entrar en mi vida y lo había hecho. Todo lo que no quería hacer lo había hecho con ella, por ella, porque la amaba. Porque se negaba a aceptar nada más.
No sabía qué decir para hacerlo bien.
No tenía palabras de consuelo para ella en esos momentos.
No podía negar ni despreciar lo que estaba diciendo.
Aunque fuera duro oírlo, era la verdad.
Le hacía daño y ella me hacía daño a mí, al parecer, y ahora no podía mirarme sin ver a mi padre, y lo único que vi en ese instante al mirarla fue a mi madre.
Se me inclinó el cuerpo de dolor.
No podía respirar.
Decidí que era mejor mantener el pico cerrado en ese momento, me levanté de la cama y fui a por mi ropa.
—¿Qué estás haciendo?
No le contesté.
—¿Joey?
No podía. Ignorando el dolor que me atravesaba el pecho, que me bajaba por la tráquea, me centré en lo que me decía el cerebro.
«Apágalo».
«Deja de sentir».
Si hubiera escuchado a mi cabeza desde el principio, no habría estado en esa situación.
El corazón me había jodido y me había llevado a todo aquel sufrimiento innecesario.
Con el cerebro en el asiento del conductor y el corazón destrozado salpicando las paredes de su dormitorio, me centré en vestirme.
Mis movimientos eran rígidos, incluso automáticos, mientras terminaba de ponerme la ropa e iba hacia la ventana de su habitación, ahogando el sonido de su llanto de dolor.
—No, no, no, no te vayas —me suplicó, levantándose de la cama y salvando el espacio entre nosotros—. Lo siento, Joe. ¡Lo siento! No pretendía… Es que… Necesito que te quedes.
—Iba en serio lo que he dicho —respondí, alejando mi cuello de sus labios cuando intentó besarme—. Si cambias de opinión respecto a ir a la Gardaí, te apoyaré en cada paso del camino.
—No te vayas.
—Lo siento. —Apartando con cuidado sus manos de mi cuerpo, se las coloqué a los costados y fui hacia la ventana, porque necesitaba estar lo más lejos posible de aquella chica antes de provocar más daños—. Te quiero.
—¡Joey!
—Nos vemos, Molloy.
Y después salí por la ventana y me adentré en la noche.
Un poco más tarde, me encontraba delante de una casa familiar, con las manos en el bolsillo delantero de mi sudadera, el corazón hecho trizas y la cabeza agachada por la resignación.
Exhalé frustrado y golpeé los nudillos contra el tablón pintado con grafitis que cubría el cristal roto de la puerta.
Cuando se abrió la puerta hacia dentro, el único juicio que recibí vino directamente de mi conciencia mientras gritaba «cabronazo» en mi cabeza.
—Lynchy —me llamó Shane y movió el cigarrillo que tenía en los labios esperando que le explicara mi repentina reaparición.
—Necesito un sitio donde quedarme unos días —me oí decir, obligándome a mirarlo a los ojos.
—¿El viejo está haciendo de las suyas de nuevo?
Sabía que estaba buscando en mi cara los moratones habituales, los que me habían llevado a necesitar consuelo en su sofá más veces de las que podía contar durante todos aquellos años.
Sin decir palabra, asentí con rigidez.
—¿Por qué no te quedas con esa muñequita tuya?
—Hemos terminado.
—¡No me jodas! —Levantó las cejas y cogió con la mano el cigarrillo que sostenía en los labios—. ¿Y eso?
Me encogí de hombros, conteniendo las ganas de gritar.
—Se ha hartado de mi mierda. ¿Puedo quedarme aquí o no?
Exhalando una nube de humo, Shane se apartó y me hizo un gesto para que entrara.
«Da la vuelta y pírate».
«Vete, joder».
«¿Ir adónde?».
«¿A casa?».
«¿A la de Molloy?».
«No tienes otro sitio al que ir».
«No tienes nada, gilipollas».
«No tienes nada».
Con la cabeza gacha, resignado, entré.